Revista de Letras

“La aldea de las viudas”: Violencia, género y realismo mágico

“Sería muy fácil decir que ésta es una utopía femenina
que realmente funciona, pero eso sería minimizar la
brillantez de este gran trabajo literario.”
OutSmart Magazine (EEUU)

“Tales from the Town of Widows”, cuya traducción al español aparece como La aldeas de las viudas fue publicada simultáneamente en  EEUU, Canadá y el Reino Unido por la editorial Harper Collins en 2007.  Posteriormente ha sido traducida al francés, italiano, alemán, holandés,  coreano, hebreo y turco.. En España ha sido publicada por la editorial La Otra Orilla (parte del Grupo Editorial Norma).

Esta novela ganó en Francia el premio a la mejor primera novela extranjera publicada en el año 2008, y el premio de los lectores del festival América de Vincennes (también en Francia). En los EEUU, fue obra finalista del premio nacional de novela Edmund White, y del premio nacional de novela Lambda. Kirkus Reviews la escogió en el 2007 como uno de los “10 Mejores Libros del Año” para  grupos de lectores.

Con el peso de todos estos reconocimientos me enfrenté a la lectura y análisis de esta novela, luego de algunas peripecias por conseguir la edición en español, puesto que en Colombia no circula.

Una constante en los comentarios críticos de la obra es su señalamiento de ser deudora del realismo mágico. Un comentarista de Le Monde de Paris afirma: “Una novela tan mágica como realista… Una utopía sabiamente elaborada y deliciosamente optimista.” Y  The New Yorker recaba “La escritura sólida y sencilla de James Cañón, que fusiona humor y realismo mágico, nunca falla.”

Y efectivamente uno encuentra que las páginas de la novela están salpicadas de esa hiperbolización de los acontecimientos y también la caricaturización de personajes y de  hechos que realiza  García Márquez en Cien años  de soledadEl otoño del patriarca, solo que para  James Cañón, como para todo colombiano hay situaciones de la realidad que superan la ficción.

En el realismo mágico, según Yolanda Argudín Vázquez (1992; 7), los escritores latinoamericanos buscan una autonomía  y una posibilidad para denunciar las situaciones sociopolíticas sin ser tan directos, por eso “logran una fusión de localismo y universalidad, usan un lenguaje natural y asequible a cualquier lector e insertan los problemas particulares de los latinoamericanos en lo característico del hombre contemporáneo”. En ese sentido el ensamblaje que hace Cañón  de las historias paralelas demuestran su maestría en lograr que la particularidad del conflicto de los protagonistas se articulen con el de la comunidad.

Para algunos lectores puede parecer  increíble  que una pequeña aldea se quede sin hombres, porque la guerrilla  los incorporó a sus fuerzas o asesinó a los remisos, pero eso lo hemos vivido en distintos momentos de nuestra historia. Las vivencias de la guerra de los mil días, la conflagración a partir del cuarenta y ocho, y contemporáneamente con los desplazamientos generalizados son un claro ejemplo de ello,  Yo conocí a Convenio, un corregimiento de el Líbano  en la década de los setenta cuando solo era un pueblo fantasma, tipo Comala,  el pueblo creado por Juan Rulfo, y allí en Convenio  uno no encontraba sino ancianos y niños, los demás habitantes estaban en la esperanza del regreso o en el rústico cementerio del caserío.

En la novela de Cañón a veces uno se encuentra conviviendo en una atmósfera que nos recuerda a Macondo, pero son situaciones distintas. Por ejemplo al cura se le acaban las hostias y como escasea el trigo, a alguna de las mujeres  se le ocurre elaborar  arepitas para reemplazar las originales, agregarle sabores y hasta un poco de queso. Esta  actitud genera grandes trazas humorísticas que son también características del realismo mágico. Otro ejemplo resulta menos humorística,pero más dramático: Oliva, una de las mujeres feas que habita la aldea logra conseguirse un novio, pero pronto la guerrilla se lo arrebata y ella sufre una diarrea incontenible. Con el tiempo se cura y jamás volverá a tener ni novio ni diarrea.

Si en Macondo los árboles genealógicos están marcados por la repetición de nombres de  Aurelianos y José Arcadios,  en Mariquita las disertaciones políticas  del maestro Ángel Alberto Tamacá, quien no logra convencer a sus paisanos de las bondades del marxismo, a pesar de amenizar sus charlas con cerveza,  si consigue, sin proponérselo, que la nueva generación lleve nombres revolucionarios y uno se encuentra con Che López, Vietnam Calderón, Cuba Castro, Trosky Sánchez y hasta dos gatos reciben el nombre de Fidel y de Castro, como una forma paródica de criticar cierto fanatismo surgido en nuestro país por los años setenta.

En el conflicto colombiano actual cualquier cosa puede suceder, por eso para nosotros no resulta nada extraordinario  que en esa aldea perdida en la montaña las mujeres asuman roles diversos para no dejar desaparecer el lugar donde nacieron y tengan que acudir a medidas extremas para que el tiempo no sepulte su recuerdo y surjan nuevas generaciones que desafíen el futuro. Pero el problema de la procreación se torna en un dilema mayúsculo. En el pueblo no quedan sino tres hombres biológicamente. Dos de ellos son homosexuales y el tercero es el cura. Este último decide, en aras de la supervivencia de la especie, renunciar a sus votos de castidad y  tratar de fecundar a  cerca de treinta mujeres solteras que viven en Mariquita.

Para poder acceder a la posibilidad de procrear, las mujeres de la aldea debían seguir unas estrictas reglas:

“Una vez que el registro se hiciera oficial, la participante sería colocada en una lista y se le informaría cuando podía esperar la visita del padre. La lista estaría colgada en forma permanente en el despacho de la alcaldesa. Por respeto a Dios , todas las imágenes religiosas deberían sacarse de la habitación donde se fuera a consumar el acto sagrado. No se involucrarían los sentimientos en el acto sagrado El padre no les iba a hacer el amor, sólo estaría haciendo bebes, ojala varones. Y finalmente las mujeres deberían considerar la posibilidad de darle comida al padre para que se mantuviera fuerte y sano, durante toda la campaña, la cual duraría un par de meses” (pág. 163)

El fracaso del cura  es estruendoso, su papel de semental no funciona, ninguna mujer queda embarazada y, en cambio  tienen que llevar el lastre de habérsele entregado al cura impotente. Un comentario se generaliza y todas las mujeres hablaban de que el cura “estaba bien dotado, pero terminaba antes de que se diera cuenta”.

La caracterización de algunos personajes obedece al criterio del realismo mágico. Por ejemplo  Julio Morales  se quedó mudo desde el día que,  a sus doce años,  vio violar a sus hermanas y casi hacen lo mismo con él, pues su madre lo había vestido de una niña ingenua. Aquella experiencia lo marcará definitivamente y se convertirá en la preciosa Julia Morales, la misma que años después será capaz de huir en busca de un periodista gringo que visitó casualmente la aldea.

La síntesis del papel que cumple el realismo mágico en la obra de James Cañón lo plantea muy bien  la publicación  norteamericana Booklist, en cuyas páginas se afirma que este procedimiento literario funciona en la obra como el caldo  de un  “guiso inventivo  y rico” , el cual  “se hace más delicioso cada vez que usted cambia de página”. En otras palabras,  la exageración de las características de algunos personajes, lo que les acontece a otros y algunas actitudes colectivas, hacen parte de una visión que no concluye en nuestra América Latina y que, a pesar del “parricidio” de que nos habla Luz Mary Giraldo, todavía  perviven  prácticas con este tono que en el pasado le permitieron a nuestra literatura dialogar con las expresiones universales.

La novela está  dividida en XIV capítulos  y al final de cada uno de ellos figura una especie de crónica breve o nota periodística escrita por Gordon Smith, un periodista norteamericano que cubre el conflicto de nuestro país y que va por la geografía de Colombia entrevistando a los actores del conflicto. Son historias de vida signadas por el terror que experimentan los informantes, por el horror que campea en las acciones de los mismos y que constituye una especie de viñetas que anclan o contextualizan la aventura de las mujeres en la aldea.

Los personajes que cuentan sus “hazañas” son militares retirados, comandantes guerrilleros, desplazados, militares activos, paramilitares y campesinos. La crueldad de lo que afirman son el vivo reflejo de lo que ocurre en los caminos y poblados de Colombia. Aquí entran en juego las voces de unos narradores descarnados  como el teniente coronel  del Ejército Nacional José L. Mendoza quien relata:

“Así es que se mata un hombre, dije y le pegué un tiro. Al escuchar  la descarga, mis ojos de manera involuntaria, se cerraron. Cuando los volví a abrir, el cuerpo del indio todavía estaba dentro del hoyo, pero había desaparecido su cabeza, de la nariz hacia arriba. El pelo, los sesos, los ojos diminutos… simplemente ya no estaban allí”.

La realidad aparece aquí  con toda su carga descriptiva como si se tratara de dibujarnos los gestos de la guerra. Es más, se pudiera afirmar que el procedimiento utilizado por el autor linda con las formas del naturalismo decimonónico, donde lo importante es la objetivación minuciosa  de los resultados de la intervención degradante del mismo hombre sobre sus congéneres. En el siguiente ejemplo un paramilitar recuerda  una masacre de indígenas, porque no quisieron decir donde estaban los guerrilleros:

“Góngora dio unos pasos hacia atrás y apuntó con el revolver la cabeza del indio. Observé sus ojos. : miraban en blanco más allá de nuestro líder, más allá de nosotros. Luego mire a mis compañeros y luego a Góngora, pero cuando Góngora apretó el gatillo, miré hacia otro lado. Más tarde, nos enteramos de que los guerrilleros les habían cortado  la lengua a los indios mucho antes que nosotros llegáramos” (pág. 226)

Estas descripciones escalofriantes, aunque aparecen sueltas se estructuran a la novela y  están articuladas al conjunto del conflicto en que está inserto el país y cuyas posibilidades de redención son casi imposibles, pues en las zonas rurales cunde el horror y el desplazamiento se vuelve otro mal con características similares, solo que el escenario es la ciudad indolente.  Javier Vanegas, un desplazado,  confiesa casi que eufemísticamente su aventura para sobrevivir en  la ciudad: “Mis mejores trucos consisten en hacer  que aparezca comida  en la basura de otra gente, y hacer que desaparezca dinero de los bolsillos de los hombres y los bolsos de las mujeres”

La dosis de violencia física que cuentan las historias de vida de los protagonistas de esta guerra se ven matizados con ese otro de tipo de violencia que se ejerce en la aldea, esta vez por las mismas mujeres y que tienen un carácter menos real y más simbólico. Rosalba, la alcaldesa nombrada por una comisión del gobierno departamental que visitó fugazmente la aldea, intenta organizar la comunidad pero sus decisiones oscilan entre un ideal socialista y su propia subjetividad, por eso llega a cometer, alentada por el cura, arbitrariedades como el intentar expropiar a la viuda Francisca de Gómez, quien se encuentra doscientos millones de pesos debajo del piso de  su casa,  y prefiere quemarlos antes que dejárselos incautar de la alcaldesa y el cura.

Las mujeres de la aldea   conservan una estructura de acuerdo a su edad. Por un lado están las viudas, aquellas que perdieron sus maridos asesinados por la guerrilla o llevados por la fuerza, por el otro las solteras. Son un total de treinta y siete viudas, cuarenta y cinco solteras, diez niñas, cuatro niños, dos homosexuales y un hombre (el cura), para un total de noventa y nueve personas que se enfrentan  entre sí, dado los intereses que cada uno tiene, pero que poco a poco y ante las circunstancias terminan cediendo en sus pretensiones.

Quizá la mayor violencia la soportan las mujeres en edad reproductiva  ante la imposibilidad de procrear,  sobre todos las solteras que sienten  como pasa el tiempo y sus sueños comienzan a erosionarse, porque nunca llegan hombres a la aldea, a pesar de que es la prioridad  de la alcaidesa, quien todos los días anota en su libreta como parte del dramatismo de la obra: “Desde que fui nombrada como alcaldesa de Mariquita, traer hombres al pueblo ha sido una de mis prioridades. En más de una ocasión le he rogado al gobierno, e incluso a Dios, que nos mande un camión lleno de hombres”

James Cañon

Otra forma de violencia relacionada con el sexo es la que tienen que soportar las mujeres de Mariquita al privarse de la convivencia con hombres, no necesariamente para procrear. Esta es la razón por la cual un grupo de solteras  se rebelan  cuando doña Emilia, la dueña de la casa de citas de Mariquita, primera damnificada por la falta de hombres, decide elaborar un portafolio e ir a mercadear los servicios de sus doce mujeres  en los pueblos vecinos y comienzan a llegar furtivamente vehículos de noche, y vuelve el esplendor a la casona Las solteras llenas del ardor juvenil y de la precipitud  de sus carnes ansiosas, se ubican antes de la llegada al pueblo, improvisan “cambuches” entre la maleza y seducen a esos hombres por el puro placer de sentirse poseídas y recibir en pago una flor, un poema, una frase amable.

Doña Emilia hace hasta lo imposible por conservar su burdel, pero las doce mujeres no resisten la soledad de sus cuartos y la falta de dinero, más la competencia de las solteras de Mariquita, las llevan a tomar la decisión de partir abandonando a la “Madam” que era el ejemplo vivo del empeño, laboriosidad y conocimiento del tema en región, una mujer que había nacido en esa misma casona y solo se había retirado del oficio, el día que su dentadura postiza superior se le cayó en una sesión del sexo oral. La dignidad de esa mujer le impide involucrarse en el proceso que realizan las otras mujeres, por eso su final es lamentable, abandonada en un banco de la plaza, acompañada tan solo de los perros y demás animales que siempre están husmeando comida se encuentra con la muerte.

Del caos inicial que reina en la aldea, las mujeres van derivando hacia una forma de adaptación que encuentra múltiples  obstáculos entre ellas. mismas. Los decretos de la alcaldesa que proclama la necesidad de barrer las calles, reparar los techos, sembrar productos de pan coger, son atendidos por unas pocas mujeres, pero la terquedad y obsesión de la alcaldesa  por crear una nueva sociedad, encuentra en una vieja maestra que cae por accidente en la aldea, una aliada incondicional y poco a poco se va configurando una sociedad que, sin la retórica hueca de las consignas políticas, logra que las personas con más recursos entreguen sus bienes y se establezca la propiedad colectiva. Así nace Mariquita La Nueva, esa sociedad igualitaria donde Perestroika, la única vaca que existe, da la leche suficiente para que cada habitante tome al menos un vaso en la semana. Comederos comunitarios, dormitorios inodoros y duchas  colectivas, concretan esa aldea soñada por Rosalba, sólo que ella tiene que ceder en sus pretensiones del poder y repartirlo entre un Consejo que dirige la situación, pero cuyas decisiones finales tienen que tomarse colectivamente.

Mediante el procedimiento del consenso se decide la expulsión de  Gordon Smith, el periodista que llega en busca de una tribu de Amazonas y se encuentra con una organización social regida por mujeres desnudas que se tornan implacables contra los forasteros. Igual le sucede a los cuatro hombres que regresan a la aldea, luego de habérsele fugado a la guerrilla, ellos pretenden retomar sus prácticas machistas y no son admitidos en el lugar, tienen que fundar un lugar paradisiaco Mariquita la más nueva.

Las mujeres aceptan el nuevo tipo de sociedad, tal vez movidas por la libertad  sexual absoluta. La misma alcaldesa informa en una de las tantas reuniones comunitarias  que está enamorada de Eloísa y enseguida comienzan a surgir declaraciones, otra grita que es la amante de la secretaria de la alcaldía y así sucesivamente se va conociendo la configuración de las parejas. La construcción  de dormitorios tiene en cuenta las relaciones existentes. Los valores como la libertad y  la justifica se imponen, luego de un largo periplo en el que las mujeres tuvieron que inventarse hasta su propio calendario y desear por último que sus hombres no regresaran, porque no soportarían su machismo y sus actitudes prepotentes.

Dos líneas temáticas se  entrecruzan durante  los catorce capítulos de la obra, por un lado la violencia política  y por el otro el conflicto de género. El primer tema tiene un tratamiento realista, descarnado, ya se dijo anteriormente que hay un casi naturalismo en las descripciones que hacen parte de los testimonios recogidos por el periodista y que están al final de cada capítulo. Una lectura atenta nos permite hablar de lo estúpido que resulta esa confrontación donde, de alguna manera todos pierden. Hay un testimonio que puede resumir la anterior consideración. Un coronel del ejército, recluido en un hogar  para lisiados, se entera de que un guerrillero que sufre amnesia ha ocupado un cuarto al final del pasillo en el mismo piso. Toma su pistola, impulsa su silla de ruedas y se dirige a buscar a su enemigo. Va  y golpea en la puerta, esta se abre “y ahí estaba él, justo enfrente de mí, el nuevo inquilino, el ex guerrillero, el monstruo. No tenía piernas, solo muñones y también estaba sentado en una silla de ruedas. Nos miramos en silencio por un instante, como si nos estuviéramos viendo a nosotros mismos reflejados en un espejo”.

Idéntica situación  se presenta en la historia de vida de Gerardo García, el paramilitar que está levantando el censo de los asesinados:

“Retiré la chaqueta deshilachada del muchacho  y lo quedaba del pantalón. Gran parte del tronco estaba embadurnado de sangre seca. De su cuello colgaba una lámina pequeña de un niño Jesús. No era nada inusual (nosotros los combatientes cargamos toda clase de amuletos y medallas), con la diferencia de que esta lámina parecía exactamente igual a la mía: el mismo tamaño y longitud, el mismo cordón castaño de cuero y, pegado a su respaldo. la misma fotografía en blanco y negro de mi madre” (pág. 286).

No se trata exclusivamente de la violencia contemporánea, también hay evocación de la cruenta confrontación bipartidista de mediados del siglo pasado y aquí  los recuerdos de Cleotilde, la vieja señorita que oficiaba de maestra, son tan contundentes como los anteriores:

“Desde el lugar donde se encontraba escondida vio como los hombres le sacaban los ojos a su padre y le arrancaban las uñas a su madre antes de matarlos a machetazos. Después de eso los hombres le le cortaron la cabeza a sus hermanos menores y desmembraron sus cuerpos” (pág. 96).

Además el tema político está siendo recreado de distinta manera. La parodia aparece para censurar  esa confrontación. El maestro Ángel Alberto Tamacá fundó una célula marxista a la que denominó “El momento de la verdad”, una reunión los domingos por la tarde a la que al principio no asistía nadie, pero después que se comenzó a repartir cerveza se convirtió en: “el evento más popular de la semana”. El maestro solo logró y he aquí la ironía que

“Al cabo de meses, la gente ya empezaba a repetir poemas socialistas (…) se aprendieron de memoria “La maza”, “Si se calla el cantor” y otras canciones revolucionarias, para las cuales se inventaban  animados pasos y figuras, creando así una danza singular que era una mezcla de tango, salsa y Sanjuanero” (Pág. 21).

Aunque Ángel estaba convencido de haber elevado la conciencia política de los habitantes de la aldea, cuando llegaron las elecciones: “la mayoría de los habitantes se olvidó de Marx y Lenin, y de Castro y el Che Guevara y votó por los candidatos de los dos partidos tradicionales” (pág. 21). Por eso la decisión que toma el maestro de escuela de ofrecerse como voluntario para irse con la guerrilla es la más coherente desde el punto de vista político, aunque en el pueblo se hablara de un problema amoroso. Pero la ironía continúa y cuando Ángel Alberto regresa con sus tres compañeros de fuga de la guerrilla,  el balance  resulta sarcástico: “había pasado la mitad de su vida peleando por una causa inútil y, ahora, todo lo que tenía  para mostrar a cambio  era la cuenca vacía de su ojo derecho” (pág. 327)

La segunda línea temática está muy bien definida y abarca quizá la mayor parte del texto. Tiene que ver con las relaciones de género y presenta diversos matices. “Rogarle a Dios que nos enríe un camión lleno de hombres”  (pág. 56) es la prioridad número uno de la alcaldesa, pero con el paso del tiempo se va desgastando esta quimera hasta que pareciera que va a desaparecer y la llegada de los  cuatro hombres  que se le escapan a la guerrilla, antes que constituirse en festejo, se torna problemático porque ellos no pueden aceptar que las mujeres vayan por la calle desnudas  “¿ Y vieron como se tomaban de la mano y se baboseaban entre sí? ¡Malditas lesbianas!. Estoy de acuerdo con Restrepo, tenemos mucho que enseñarle a estas mujeres”..  Esta actitud machista genera un conflicto de entrada porque ellas deciden someter al consenso la decisión de aceptarlos de nuevo en la aldea. Triunfa  una solución  intermedia, bajo condiciones los aceptan pero tienen que construir una nueva aldea y seguir el mismo sistema administrativo que el de ellas. La condición número uno establece “la igualdad entre los individuos y entre los géneros” y solo cuando tres de los cuatro acceden, reciben la autorización para comenzar a construir Mariquita la Más Nueva.

El respeto hacia las relaciones homo o heterosexuales es una especie de principio que permea toda la novela. Hay  varias historias alternas que enfatizan esta hipótesis. Una de ellas es el proceso de declaración amorosa que sigue Rosalba, la alcaldesa y Eloísa  y que pasa por el envío de flores y continúa con el intercambio de poemas, uno de los cuales  dice:

BESOS DE MIEL

(Este poema está  dedicado con todo mi corazón

A la siempre hermosa y jovial Rosalba viuda de

Patiño, alcaldesa la población de Mariquita La Nueva)

Anoche soñé que tus labios

Recorrían toda mi piel,

Y eran tan dulces tus besos,

Tus besos eran de miel.

Para sentirlos de nuevo

Voya a tomar una siesta,

Si solo en mis sueños me besas,

Yo no quiero estar despierta.

kkkk

Sinceramente tuya

Eloísa viuda de Cifuentes

Cédula de ciudadanía No. 79.454.248 de Ibagué.

Este ritual ingenuo, contrasta con el lirismo que está presente en la relación de Pablo Y  Santiago, dos muchachos de Mariquita que sostienen una relación homosexual desde niños y Pablo viaja a New York con la promesa del regreso lleno de dinero. El regreso  se da pero cuando se encuentra en estado terminal. Ha contraído sida, aunque esta palabra no se nombre y viene a cumplirle la promesa  de entregarle un anillo a su amante,, pero su estado de salud es agónico  y  Santiago lo toma en sus brazos y realiza el ceremonial de entregarlo a las aguas donde pasaron largas jornadas acariciando sus cuerpos

“Fijó su mirada en el rostro de Pablo, llenándose  plenamente del hombre que amaba, y con delicadeza empezó  a aflojar su abrazo, sus firmes brazos separándose  lentamente de la pequeñez  de la espalda de su amado, entregándoselo a la corriente   como una ofrenda. L endeble figura de Pardo se alejó de él, río abajo, ora desapareciendo en el agua, ora volviendo a salir a la superficie, hasta que lo último  que quedó de  él fue la toalla blanca atrapada en un remolino, meciéndose hacia arriba  y hacia abajo. O quizá era la luna llena que ahora brillaba en el agua”.

El nacimiento de un niño en Mariquita la Más Nueva cierra la novela y el conflicto de género se resuelve satisfactoriamente con la aceptación del tiempo femenino y el sentido de la justicia y la libertad para esa estirpe, que al contrario de lo que ocurre en Cien años de soledad, ellos si tienen una segunda oportunidad  sobre la tierra.

Estructuralmente la novela se caracteriza por su aparente sencillez. Aunque no hay una evidente intención de experimentar con la forma, la focalización que se da en algunos momentos del relato permiten observar la capacidad del narrador y una propuesta interesante que tiene que ver con lo que se hace desde la omnisciencia del narrador .y que termina por parecerse a una primera persona.  Explicó brevemente esta técnica con dos ejemplos: Una voz narrativa de tercera persona  trascribe el diálogo que tienen tres  personajes, por un lado la joven  Virgelina Saavedra, su abuela Lucrecia y por el otro Cleotilde,  una viaja maestra que llega extraviada a Mariquita; los diálogos son breves, pero de pronto Cleotilde entra en un soliloquio de  casi una página:

“Usted por casualidad no sabe cuánto pagan ¿ no es que me importe mucho , pues soy una mujer soltera, sin ninguna obligación financiera. Claro, tendría que comprar la comida y pagar un arriendo , pero ¡Cuánto se puede  pagar en un pueblo chico como este? ¿De verdad? ¿Tanto por una costilla de cerdo?. Bueno de todas maneras no me gusta la carne:” (pág. 84).

Aquí la voz de narrador se desdobla y entra a participar en un largo soliloquio, donde las otras dos mujeres aparecen como receptoras de sus pensamientos.

En otro ejemplo es un árbol de mango el que hace de receptor pasivo a las confesiones de Rosalba la alcaldesa: “Todo el mundo debe estar ocupado  haciendo nada – dijo amargamente, dirigiéndose a un árbol de mango que se erguía a su lado – Yo jamás he conocido a otras mujeres más pasivas  que las viudas de este pueblo”.

Esa aparente sencillez  de la narración  se complejiza con las fechas que encabezan cada capítulo, sobre todo a partir del X, donde aparece: fecha desconocida y en el siguiente ya entra en juego el nuevo calendario inventado por las mujeres ante la imposibilidad de continuar con el tiempo normal, por el desperfecto del reloj de la iglesia. El capítulo XI  ya nos habla del 5 de Rosalba de la escalera 2000, una nomenclatura que se inventan y cuyo gráfico aparece en la novela para explicar esa decisión de retroceder en el conteo de los años y es así como la novela comienza el 15 de noviembre de 1992 y termina  quince años después  y corresponde al 13 de Eloísa de la escalera 1993, en un  aparente retorno cíclico del tiempo, pero en realidad  es el cambio de un calendario más preciso que se establece a partir del ciclo menstrual de las mujeres de Mariquita y que parece relacionarse con el calendario maya.

El mito tiene su espacio en esta novela proteica y es precisamente en la configuración del tiempo, pero también está presente la leyenda y hasta la fábula, en especial esta última cuando los animales de las mujeres que no aceptan el nuevo régimen socialista que se  aprueba  deciden abandonar la aldea, pero la vaca Perestroika es la primera que se rebela y retorna a las calles de Mariquita con el alborozo que esto produce en Rosalba y sus compañeras. A la vaca le seguirán los otros animales y el éxodo se interrumpe y las mujeres regresan a cohesionar ese lugar donde la libertad y la equidad hacen arte de las únicas leyes aceptadas por todos.

La aldea de las viudas nos deja una grata impresión con el manejo sobrio del lenguaje, la imaginación desbordada, la reflexión profunda sobre la condición humana, la religiosidad, el sexo, la guerra y el sistema político. Esta novela es en síntesis, según las palabras de un redactor de Washington  Post Book World “Encantadora . . . Una historia divertida y a veces espeluznante, que Cañón cuenta con encanto y mordacidad.”

BIBLIOGRAFIA

Argudin, Vásquez Yolanda (1992). El realismo mágico. Fernández editores. México.

Booklist

Cañón, James (2009). La aldea de las viudas. La otra orilla. Madrid.

Washington Post Book World

Le Monde de París

New Yorker

Outsmart Magazine

Libardo Vargas Celemin
Profesor Asociado Facultad de Educación Universidad del Tolima

Etiquetas: Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez, James Cañón, Juan Rulfo, La aldea de las viudas, La Otra Orilla, Libardo Cargas Celemin, Macondo, Yolanda Argudín Vázquez

Sobre el autor

Revista de Letras

Revista digital de crítica cultural. Publicación bajo licencia Creative Commons. Edita: Albert Lladó y David Lladó. Coordinación: Olga Jornet. Patrocinador: Fundación Aquae. Colabora: CCCB

¡Comparte este artículo!

5 Comentarios

  1. Rouenna Perez-Gómez 11 abril 2010 at 11:04

    Excelente reseña de la mejor novela que leído en los últimos años. En su novela, Cañón muestra una sensibilidad bastante compleja y sofisticada, haciéndote pasar de la mueca de horror a la risa esturendosa en una misma página. Una novela muy recomendada para todos, pero especialmente para TODAS.

  2. María de los Ángeles Gutiérez 11 abril 2010 at 12:31

    Me encanta la literatura latinoamericana, pero siempre he criticado el hecho de que en ella la mujer casi siempre está relegada a un segundo plano, y las pocas veces que es protagonista termina convertida en un objeto del machismo. La aldea de las viudas, aún siendo escrita por un hombre, ofrece una perspectiva diferente de la mujer latinoamericana, de la valentía y capacidad de liderazgo que se esconden bajo esas faldas. Es una novela vanguardista que merece la pena ser leída y difundida. Gracias por este artículo.

  3. Javier Cárdenas 11 abril 2010 at 17:33

    No he leído la novela, pero suena muy bien. Tomo nota.

  4. Ángela Sotello 17 abril 2010 at 12:33

    Siempre me ha encantado el realismo mágico, y aunque yo no ubicaría la novela de Cañón como realismo mágico, si reconozco que tiene algunas escenas que me recuerdan las novelas del boom latinoamericano de los años 70s. La aldea de las viudas es una novela para leer y releer, para compartir y comentar. Es perfecta para grupos de lectura ya que ahonda (o al menos toca) temas muy interesantes para la discusión, como el género, la política, la historia, la religión, todo con un sentido del humor y un liricismo que encantan. Si no la habeis leído, os la recomiendo.

  5. Mengalir 13 noviembre 2010 at 18:19

    ALguien lo tiene acá en Colombia? se realizó la publicación para nuestro país? no lo encuentro!.

Envía tu comentario