Revista de Letras

Pender siempre de un hilo

Adrià Pujol Cruells | Foto: James Cardús

Adrià Pujol Cruells | Foto: James Cardús

Pongámonos brevemente en antecedentes: antes de la novela Picaduras de Barcelona (Laura Editora, 2016), Adrià Pujol Cruells ha publicado ocho libros (cinco de literatura y tres de antropología), esto es: ha picado piedra y comido polvo (lo que cabe esperar en alguien que quiera labrarse un oficio). Resulta pues una sorpresa relativa –si bien bienvenida– el hecho de que el libro haya tenido una muy buena acogida crítica (véase la solvencia de los críticos implicados). Vaya por delante otra cosa: el libro está originariamente escrito en catalán (Picadura de Barcelona, Edicions Sidillà, 2014). Leemos, por lo tanto, una traducción. Así las cosas: por un lado la novela pierde, claro está, una pizca de espontaneidad y parte de su riqueza verbal (y con ella algo de tono), intraducible, marca de la casa del autor. Por el otro, y aun siendo un libro complicado de traducir, la traductora Anna Carreras ha hecho un digno trabajo, en una demostración de arduo amor al arte, partiendo de la base que, más que una tarea de verter el catalán al castellano al uso, se trataba de versionar el “begurenc” a algo que, aunque fuera de un modo remoto, pudiera evocarlo; esto es: a algo parecido al cervantino. El lenguaje indicando el humo indicando el camino, el héroe y sus ringorrangos, nomen est omen y etcétera… Alto. Y una enmienda al editor: se echa en falta la mano de un corrector. En cualquier caso, el lector siempre puede optar por aprender el catalán. No desgrava, pero es relativamente fácil de aprender y esconde gratas sorpresas para los que las quieran recibir. Y, ahora sí, empiezo.

Fue en la época de la Leningrado sitiada por los nazis cuando Mijaíl Bajtín, uno de los más eminentes teóricos de la literatura rusa, decidió fumarse su propia obra. Página tras página, usó la única copia de un libro de juventud para poder liar el tabaco y fumar. La anécdota ha pasado a la historia como un acto poético e incluso divertido cuando, a decir verdad, debió ser un hecho bien prosaico y de pura supervivencia. Ya se sabe: la memoria, y más la histórica, es cuanto menos selectiva.

Dicha anécdota nos sirve, sin embargo -y salvando las distancias-, para poner coordenadas al libro Picadura de Barcelona del escritor y antropólogo Adrià Pujol Cruells. Una novela de carácter autobiográfico y con un título que viene a ser pedernal de la propia escritura que contiene. Una novela que se despliega a partir de un paseo nocturno en la ciudad de Barcelona y que se alarga hasta el alba. Por un lado: el soliloquio del caminante a modo de mapa abierto; por otro la narración de recuerdos de infancia y adolescencia, su educación sentimental (picadura de recuerdos y de cierto subsuelo generacional: la vida de niño en el Ampurdán, la universidad en Barcelona, viajes por el mundo, las relaciones laborales con algunas de las instituciones culturales de la ciudad y un sinfín de anécdotas (algunas de ellas memorables)), que lo  han llevado hasta donde está (en este sentido, parece tener algo de novela iniciática aunque no lo sea, diríase como el ciclista que se pone a pedalear en la bici estática del gimnasio). El personaje protagonista va patrullando la ciudad a base de humo, divagaciones, cervezas y conversaciones con sus otros yos. Mosaico. Una personalidad rica. Tiene algo de beatnik sin llegar a serlo, será que hace de efecto espejo. Tiene esa cosa de realismo reflexivo pastado de alienación y digresión. Quizás tan solo en apariencia: a la que se rasca un poco uno se da cuenta que la cosa está bien trabada, que la complementariedad de los yos es estructural. Anécdotas y disertaciones, la visión del mundo y no mundo, observaciones sagaces y autojustificaciones, todo suma, todo es material de quema, de consumo: camino del humo. Véase la ironía ya en el título del libro.  A todo esto, cabe añadir otro yo de carácter digamos más omnisciente, profesional y objetivo, que es el Pujol reflexivo, antropólogo, disertando, analizando, diseccionando: desde  los quehaceres y hábitos de su tierra, el Ampurdán, y de su estancia en Barcelona como estudiante, donde se quedaría a vivir, hasta el conocido como “Modelo Barcelona” (que por sus avatares laborales en distintas instituciones culturales ha conocido), la cosmopolización y la vorágine y resaca postolímpica que encuentra su última perpetuación en el Fórum de las culturas; todo contado con una mirada aguda y crítica, tramuntanada, lucida y ácida, iconoclasta a toro pasado, que tiene el desparpajo del que sabe de lo que habla y, por lo tanto, no puede evitar cierta mofa o el hacerse el desganado.

La picadura viene mezclada de otros y variopintos temas, aventuras y desventuras: la genealogía familiar y  los pinitos de una abuela en el espiritismo, el hollín de los premios y no premios literarios, la lengua, amigos presos, novias, salidas de extrarradio, trabajos de todo tipo con gente de toda condición, de situaciones hilarantes y divertidas como por ejemplo una estancia en Yemen poco después de los atentados del 11-S, etcétera. Un anecdotario que constituye en sí mismo un bestiario de la cabeza del autor y de la ciudad paseada y que, en su resultado escrito, resultan ya inseparables; he aquí uno de los aciertos del libro. En general te ríes, pero es una risa militante, orientada, que templa. Y, además, uno aprende cosas por el camino. “Aut delectare, aut prodesse est”, reza la concurrida sentencia de Horacio.  Sin aspavientos, sin grandilocuencias. Ya es lo que se espera de un buen libro.

Laura Editora

Laura Editora

Picaduras de Barcelona.  Una Escritura del yo en donde el yo [o los distintos yos: A) a menudo el yo protagonista remite a sí mismo como tu; B) pensemos el discurso como proveniente de un exterior que se interioriza; C) ya, puestos, podríamos hablar de un monólogo dialógico] deviene, sea a través del sarcasmo, sea a través de las ramificaciones de las que va y viene, animal de compañía, un andar camino a lo Machado. Toma calzador barato. Un yo desenfrenado y un digámosle contra-yo que hace de pared para posibilitar el eco correspondiente, que replica-censura (es la correa-doma) como si de un partido de tenis se tratara en donde la red es el ensanche de la cabeza del autor. Siempre hurgando, sospechoso de él mismo y curioso a la vez. Un yo-contra-yo jugando a ser su propio agente doble. Sancho Panza y Don Quijote. Rizar el rizo a la preterición. Es el sentido del humor. Quizás una vuelta de tuerca más al collonar ampurdanés. Encontramos también el ‘yo’ digamos profesional, de carácter más objetivo, más sutil, en modo Guadiana que se viste y desviste de ensayista. Y, aún, el que deviene por defecto en el hecho literario en sí mismo, el propio espacio literario que comparten autor y lector, lo que vendría a ser el alma del libro. Matriuska Pujols. Y uno termina por no tener del todo claro donde empieza una cosa y termina la otra, la cosa es mover el horizonte; cuando está en el Ampurdán se orbita alrededor de Barcelona, cuando está en Barcelona alrededor del Ampurdán o del mundo entero. El protagonista afirma que “la identidad es una materia oscura, loca”; y es precisamente en el flujo de sucesiones, en el paseo como trama, donde uno coge el hilo del libro (hasta el punto que aún no tengo claro si el protagonista del libro es el propio protagonista o la escritura que lo sostiene –probablemente la pregunta no proceda–). La copa del hilo deshilachado. Árbol con alma de humo y pulmón. Alma que se encarna en laberinto. Aquí todo es material susceptible de ser escrito, picadura. Una escritura arborescente, juguetona y ambiciosa al unísono, en pro de un desenmascarar lúdico y de un  plantar la propia semilla: “entender es mi oficio”, dice el protagonista en algún momento. Que el lector comprenda, también. Desdoblamientos a golpe de coma y punto seguido que, sin embargo, se siguen bien.

[Pienso. Un apunte. Aprovechando que Bajtín es el artista invitado, bien podría tirar del hilo acerca de sus teorías y pensamientos que, pienso, casarían, con parte de la empresa que ha llevado a cabo Adrià Pujol con su libro. Ideas sobre: el lenguaje como realidad concreta del habla, partir de que la consciencia es de carácter verbal, el inconsciente transindividual que remite en la estructura lingüística de la obra, dialogismo y otredad, y otras, pero sería ponerse en un berenjenal que, por extensión y limitaciones propias, prefiero tan solo señalar. Así las cosas: me la cojo con papel de fumar. Cojear por oficio, redundar como muleta. Literaturacomparaditis.]

Aunque quizás en algunos momentos pueda parecer que el autor de Picaduras de Barcelona abuse de tirar del pastiche postmoderno y de lo fragmentario para construir su discurso de picadura, en general le sale bien, la cosa funciona porque parece estar justificada con el despliegue que el texto propone y hay una trama que consigue sostener/contener la tendencia entrópica de la disertación. Me viene en mente ahora la hermenéutica de interrogatorio peliculero, algo así como: no se puede mentir así de bien sin que haya parte de verdad. Esto, por lo que respecta a lo que se cuenta. Respecto a cómo se cuenta: que dicho despliegue no es gratuito sino que está al servicio de la literatura se intuye en el uso de las herramientas que hace el autor. Por ejemplo: la parodia aquí (llamo parodia a la mezcla de ironía y sarcasmo con un punto de fondo naif, esto es: entre cristiano y bienintencionado) tiene función motriz: opera como oda a la pasión, paseador del cajón de sastre y canalizador de la desazón, como exigencia del agente doble que se ha auto-guionado, quizás también como un modo de neutralizar la desazón y justificarla, un poco a la manera del verso del poeta Josep Domènech Ponsatí: “Al full, tot el dolor, rient rient”. Pero sigo, que me desvío. A lo que iba: el saber ordenar todo este fluencia de disertaciones y ‘yos’ flirteando con el caos, pero solo para saludarlo y seguir; resulta otro de los aciertos del libro. Digamos que aquí el humo se planta a los pulmones. Al final uno escribe como respira, leí el otro día en alguna parte. Así las cosas, toda la inserción en el texto de: notas mentales, listas, (pseudo)poemas e incluso algún que otro desvío dialectal con vocación de despropósito, es, claro está, premeditada. Las distintas tramas comentadas se retroalimentan una a las otras, con una argamasa paródica que las ubica e interrelaciona, produciendo la ilusión de generar un todo, aunque sea por defecto, que pueda abarcar el carácter poliédrico del personaje y de estar leyendo realmente dentro de su cabeza; un acierto más. TritsamShandea sin cansar, héroe del andar a pie. O como escribe el crítico Ponç Puigdevall (en una reseña de El País del 03/05/2015, haciendo referencia al anterior libro del autor; Escafarlata d’Empordà, pero también al actual, que es, en cierta forma, una continuación del primero, y que resume muy bien lo que estoy intentando decir):

“Estaban todos los ingredientes de la autobiografía como género literario o como remedio particular -estaba el deseo de describir-se por escrito y de captar la propia realidad per encima del paso del tiempo, el gusto de contemplarse y la necesidad de ser absuelto-, pero las reglas del juego eran, sobretodo, inventar una nueva forma donde meter su anecdotario -organizar un discursos con unas normas y unas derivas-, y usar unos registros dialectales y juguetones y vivazmente armónicos que se leyeran, tal como se dice en Picadura de Barcelona de las traducciones de Ferran Ràfols, “como si fueran un trago de agua de mi lengua materna. Agua fresca y cristalina”.”

Y donde dice agua un servidor diría: vino, embriaguez que transforma el horizonte en más vino. Vino que, ese a ese, serpentea el camino para demorar la llegada a casa, vino que hace decir la verdad aun cuando se  miente.

Más aproximaciones. Voy de discurrir en discurrir. Ahora hacia el protagonista: me quedo con un pasaje del libro donde describe sus propios paisajes (a modo de encrucijada y que son, como ya nos dijo Joan Brossa, su propios estados de ánimo) porqué la descripción ofrece, de paso, una buena explicación del lugar que orbita la escritura del autor. Dice:

“Begur y el Ampurdán son mi todo uno, un lugar indefinible pero acabado. No como Barcelona, siempre fragmentada. Inacabada. Ni con la excusa de la investigación social, no puede abrazarla”.

Barcelona y el Ampurdán, el tanto monta, monta tanto del protagonista.

Discurrir, ahora hacia el autor. En una entrevista reciente Adrià Pujol afirmaba que “la única comprensión posible tan solo puede ser autobiográfica, des de un centro más o menos definido”. Claro está: la cuestión es cómo llegar a esta ‘comprensión autobiográfica’ de una manera viva, no confesional, con desparpajo y las trampas mínimas: aquí es donde salea a relucir el estilo usado y a reivindicar su importancia en el libro. Un estilo arborescente, nervioso, vacilón y de auto-réplica (que funciona como una apariencia de pisar el freno para así no tenerlo que pisar, diría), todo a chorro, que también es resultado de lo que se va contando.

Pensar. Me hace pensar en aquello de que el pensamiento es movimiento, que casa son las piernas y que el paseo le sirve para viajar alrededor de la cámara móvil de su cabeza, que su escritura tiene un poco de todo esto. Aun así, no son las supuestas experiencias autobiográficas expuestas las que consiguen que el relato devenga veraz, sino la parodia antes comentada que le da el contrapunto necesario. Bufón que riendo-riendo las va soltando, ¡pim!, al tiempo que la supuesta desazón hace de cojín, le concede la venia, ¡pam!

Al final, si hay una enseñanza en todo el itinerario que recorre el libro puede que sea como respuesta a dos preguntas que el mismo texto focaliza: ¿dónde llevan toda las expectativas sino al hacerse y deshacerse uno mismo?; y: ¿este hacerse y deshacerse uno mismo permite, sin embargo, ancorar en algún sitio? Pregunta que bien podría responder la escena del libro en que el protagonista (atención spoiler), ya en casa, tiene a su hija sentada a la falda. Tan solo esto, y como lo cuenta. Hilo de Ariadna. Momento digamos epifánico donde confluyen todas las tramas que configuran el mapa de la buhardilla mental y espiritual del protagonista y del autor, caso que en algún momento hubieran sido personas distintas. Un punto de llegada que es, claro está, punto y seguido. Darse fuego, la primera calada. El amor, tan fácil y tan difícil. Voy terminando.

Obras como éstas ayudan a confirmar que el autor no estaba muerto, que estaba de parranda. Y que a la madurez no se va, se llega. Picaduras de Barcelona no ofrece garantías ni ancorajes ni promesas más que él mismo, es imperfecto y se lo agradecemos, y le viene al pelo una breve frase de Tom Spanbauer en Ahora es el momento que dice: “fumar es rezar”. La cual -salvando las distancias- nos devolvería a Mijaíl Bajtín en Leningrado, donde el acto de fumarse su propia obra adquiere, si cabe, y desde la distancia que permite reducir los hechos a símbolos, más significación. Un papel injertado de vivencias, un fumárselas que funciona como constatación y huella, picadura, y como pulso vital y creativo. Humo, pulmón y los labios-bisagra, esto es: literatura. Dejémosle por el momento aquí. Tan sólo un poco más de entusiasmo final (la promoción viene gratis) para añadir: háganse ustedes el favor de leer este libro, si tienen la suerte de poder conseguirlo en su librería o biblioteca habitual.

Etiquetas: Adrià Pujol Cruells, fumar, Mijaíl Bajtín, Picaduras de Barcelona, tabaco

Sobre el autor

Ramon Boixeda

Ramon Boixeda (1981) ha escrito los libros de poesía ‘La pell fina’ (Viena Edicions, 2013) y ‘El sedàs’ (LaBreu Edicions). Ha colaborado en distintas revistas literarias como ‘Poetari’ o ‘Barcelona Review’, en el digital de cultura ‘Núvol’ y ha ejercido de cronista para el Festival Internacional de Poesia de Barcelona y la Setmana de la poesia de Barcelona.

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