Revista de Letras

“Alba Cromm”, de Vicente Luis Mora

10 septiembre 2010 Críticas

Alba Cromm. Vicente Luis Mora
Seix Barral (Barcelona, 2010)

Hace algunos muchos años yo era asiduo de la revista Heavy Metal sin estar abonado a ella. De hecho, la música que suelo escuchar en el coche está casi restringida a dos docenas de cedés de los que más de la mitad pertenece a ese ámbito del ruido y los gritos. En mi reproductor de mp3 hay clásica y chillidos a partes iguales. Uno es de una forma pero los demás lo ven de otra totalmente diferente. Lo que quiere decir que las clasificaciones nunca nos hacen justicia. En realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

En un número de aquella revista leí una crítica de un concierto de Steve Vai. Esa noche Vai tocaba acompañado al teclado por Tony McAlpine. Como todo el mundo sabe, Steve Vai es el guitarrista más rápido del mundo, pues es capaz de meter seis notas diferentes en un segundo; y McAlpine hace lo propio con las teclas de cualquier cosa que las lleve e incluso con las cuerdas de una guitarra. El cronista decía que, en un momento dado, Vai le hizo una señal convenida a McAlpine y éste comenzó un solo virtuoso, sin más relación con el tema que el gesto de su compañero. Un solo que se alargó tanto como los de John Lord en The Mule, de Deep Purple. Virtuosismo metido con calzador para dar descanso a Steve, pero también para demostrar a la audiencia lo bien que Tony sabe tocar. Lo que nadie comprendió es que aquella noche Vai y McAlpine fabricaron una versión metálica de lo que los catetos llaman pastiche.

Sobre esta sinrazón, este no venir a cuento del exhibicionismo de capacidades, escribe también David Foster Wallace en La niña del pelo raro. Utiliza para ello un símil tomado de la infancia: una niña que va en bicicleta e intenta llamar la atención de su madre con un “¡Mira, mamá, sin manos!”. La referencia es, por supuesto, irónica, pues él mismo no desperdicia ocasión alguna para hacer lo propio. Lo que hay que agradecerle pues, como una vez dijo una amiga, “me da igual de qué se escriba, con tal de que esté bien escrito”. Se refería a magníficamente escrito.

La literatura de Vicente Luis Mora participa de estas desviaciones. Temática, estilística y estructuralmente. Javier Calvo ha dicho hace poco que los libros de Vicente Luis Mora son eso: libros de Vicente Luis Mora. Reconocibles por su disimilitud con el precedente, pero también valientes por su cambio de registro. Por su permuta entre instrumentos. Porque, como Tony McAlpine en su alternancia instrumental, en uno explora las relaciones entre espacios, arquitectura y literatura (Pasadizos), en otro reúne relatos cuya condición común es el encerramiento (Subterráneos), en el de al lado realiza un recorrido por el presente narrativo español (La luz nueva), y en el precedente examina las circunstancias tecnológicas y sociales que están propiciando la proliferación de formas y formatos literarios distintos (Pangea). Uno puede pensar que Mora se aburre de temáticas y morfologías y va probándolas, sobándolas hasta cansarse de ellas para pasar a otras diferentes, más avanzadas. O más seculares, pero revistiéndolas con la pátina de lo post, de lo after, de lo afterpost. Así, por ejemplo, el final de Pangea es revelador, pues prefigura lo que podrá venir a continuación: la consolidación de su faceta de pensador, de filósofo cultural.

Sin embargo, Mora hace un “¡Mira, mamá, sin manos!”, que bien podría ser como tomarse un kit-kat bocabajo, y coloca en los escaparates de las librerías Alba Cromm, justo al lado de El oficinista de Saccomanno. Una novelita fácil. Una novelita lumpen. Novelita porque es corta. Fácil porque en ella Vicente huye, excepto en contadas ocasiones, del estilismo retórico con que obligamos a nuestras neuronas a hacer gimnasia. Lumpen porque la temática principal es la caza del delincuente. Fácil porque su lectura es ideal para macizas desbordantes en bikini. Lo que quiere decir que es apta para todos los públicos. Para todos lo lectores. Propia para que todo aquel que lea se introduzca en una forma de hacer literatura que va mutando de obra en obra. Porque Mora ha simplificado el discurso, despojándolo de casi toda superfluidad, hasta dejarlo en su razón de ser más elemental: contar una historia. Una historia cuyo hilo narrativo logra despertar tensión hasta en el lector más desconfiado por experimentado y, por desgracia, viciado

Me imagino a ese lector pensando, al comprobar la existencia de Alba Cromm en Novedades: ¡Coño, una novela de Vicente Luis Mora! Un lector que no lee best-sellers. Que ni siquiera los ve, pues su sentido visual ha sido entrenado para aislar los productos literarios de sus sucedáneos. Pero, además, ese lector es como el crítico de la película Ratatouille: está tan de vuelta de la literatura que acude a valorar las nuevas obras de escritores jóvenes cargado de sacos de escepticismo. Como él ya es viejo, o como él no ha sido capaz de emular las proezas de sus héroes secretos, sus prejuicios sobre la brevedad de las biografías de los demás no le dejan apreciar, en primera instancia, el valor intrínseco de determinadas tintas frescas. Sin embargo, compra el libro. En la caja de la librería responde a las preguntas de la dependienta con monosílabos que son murmullos esquivos. Y llega a su casa y comienza la lectura de la historia.

Esa historia va de una mujer policía que se dedica a perseguir delincuentes sexuales. Más concretamente, pederastas. Esa mujer, Alba Cromm, en tanto que personaje de novela, tiene un pasado que no cabe desvelar aquí. Aunque sí es pertinente decir que ese pasado condiciona su comportamiento social e incluso profesional. La policía tiene una amiga psicóloga. También hace migas con un periodista que está elaborando un reportaje sobre la pederastia. Hay acontecimientos que, por evidentes, se ven venir, y otros no tanto o —si el lector tiene a bien abandonarse a la lectura y dejar de estar tan tieso y envarado, siempre a la caza y acecho del error, de la metedura de pata aunque sólo se trate de un burdo anacronismo (porque además no los encontrará, por más que se empeñe)— en realidad nada: son pura sorpresa cuyo objetivo es el respingo, sea éste mero arqueamiento de cejas o puro erizamiento del vello de la nuca. Con todo, a nuestro lector lo primero que le llama la atención —y lo primero que mentalmente apunta como nota negativa basada en su oposición a la estética programática— es el formato estructural de la novela. Porque no se trata de una novela, sino de una revista. Una revista para hombres machistas: Upman. Y además futurista en la corta distancia: 2017 o algún año más. Nuestro lector piensa entonces en la ironía que supone proyectar un futuro tan cercano. Por un lado, Mora no arriesga demasiado, excepto en una circunstancia que ya se comprobará, al imaginar posibles evoluciones del estado actual de la cosa social. Por otro, da por sentada una inminente ruptura del matriarcado que ontológicamente corresponde, pero al que el gran péndulo se está demorando en llegar. La inversión se da, en efecto, con una violencia superficial esperpéntica. Que se dedica a poner de manifiesto aspectos de la estética y modos de vida de los macho-men aparentemente ya superados. Pero que Mora piensa que no lo están. Que persisten aletargados en el subconsciente masculino. Tras pensarlo un rato, nuestro lector considera que quizá Mora lleve razón en esto. Y prosigue la lectura. Ya menos desdeñoso, Ahora pensando que quizá Vicente Luis Mola.

Lo siguiente que encuentra, una vez avanzado el número de páginas, es el preaviso de una mutación del último relato de Subterráneos. Una máquina que piensa y habla, conectada a todas las demás máquinas del mundo. Un centinela informático cuyo cometido es proteger la entrada a la caja de Pandora de un Richard Branson mesmerizado. Y, por consiguiente, una evidente tentación para todo hacker que se precie (y hay uno, el hacker, que se llama Nemo: como el pececillo de colores de la aleta lisiada; como el capitán del Nautilus). Pero también anuncios publicitarios —recuérdese que estamos dentro de una revista— cargados de ironía, alguna que otra reflexión filosófica —recuérdese que estamos ante una novela de Vicente Luis Mora—, y una continua especulación subyacente sobre el sentido final de la última frase del primer párrafo de este texto —recuérdese que un texto sobre otro texto de Vicente Luis Mora no tiene más remedio que ser circular, aunque intente escapar de esa circularidad siquiera sea mediante algún tipo de radialidad—: en realidad, somos mucho más bestias de lo que parecemos.

El lector se salta la cena. La novela no es larga, pero lo obliga a conectarse a Internet para consultar algunos blogs. No es la primera vez que esto se hace, piensa. Seguramente Vicente se habrá inspirado en aquel experimento de J. J. Abrams en Wired. Ahora va entendiendo bastante mejor los conceptos desarrollados en Pangea: Vicente ha vomitado en Alba Cromm su visión personal de la sociedad en que ha sido insertado: machismo larvado, proliferación de desviaciones sexuales que atentan contra la alteridad, efectos secundarios de las guerras recientes, desconfianza como barrera relacional, tensión moral, violencia sistémica que fomenta la implosión de conductas aberrantes sin más causalidad que la existencia de alrededores, desbordamiento de los medios de expresión fuera de su entorno natural: blogs, chats, crónicas periodísticas, entrevistas, grabaciones, vídeos: meta-hipertextualidad.

Sin darse cuenta, el lector ha terminado la novela. Se queda un buen rato pensando. Le viene a las cejas la palabra pastiche. Pero la descarta porque hace tiempo que se depila el entrecejo. Igualmente desecha los términos polifónica, coral, thriller, género, nocilla y mutante. Escarba en sus lecturas y advierte que las referencias explícitas a Slavoj Žižek no son gratuitas. Qué decir entonces de las de Sloterdijk. Son la segunda muestra incontestable de la honradez del autor. La primera es la elección de la temática y la delicadeza en su tratamiento. Pues Mora podría haberse puesto morado escribiendo escenas snuff. Regodeándose en ellas, como los malos imitadores de Bret Easton Ellis. Pero no lo hace. Le basta hacer decir a sus personajes que lloran después de verlas. No las narra. Para qué. Y para colmo, le repugna admitirlo, la novela le ha enganchado; vaya verbo más desagradable para ir asociado a la literatura; sobre todo si esa literatura, en uno de sus niveles, denuncia la práctica del vicio. Del estar enganchados.

Por todo ello ese lector, ahora, piensa como quien esto escribe: Alba Cromm Mola. Vicente Luis Mora Mola.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Alba Cromm, Bret Easton Ellis, David Foster Wallace, Deep Purple, El oficinista, Guillermo Saccomanno, J. J. Abrams, Javier Calvo, La niña del pelo raro, Peter Sloterdijk, Ratatouille, Seix Barral, Slavoj Žižek, Steve Vai, The Mule, Tony McAlpine, Vicente Luis Mora, Wired

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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1 Comentario

  1. Leo Mares 2 abril 2011 at 2:06

    Gran artículo, sí señor (como “Tanatostories”, sobre “Los muertos” de Carrión). Un saludo

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