Revista de Letras

Alejandro Hernández

17 abril 2009 Entrevistas

portugal-2007-077Nacido en La Habana en 1970 Alejandro Hernández es escritor y guionista.  A los 18 años  sirvió como soldado en la guerra de Angola, donde escribió para periódicos militares y fue mecánico de la fuerza aérea. En 1996 publicó su primera novela, La Milla , en Cuba y Estados Unidos. Desde el año 2000 reside en España, donde trabaja como guionista cinematográfico e imparte clases en la Universidad Carlos III.  En 2007 publicó su segunda novela, Algún Demonio. Oro ciego es su tercera novela.

¿Cómo y cuando supo que lo suyo era escribir?

No lo sé exactamente. Ganas de contar he tenido toda la vida, y se me daba fácil lo de hacer redacciones en clase. Pero no quería ser escritor porque me parecía un oficio aburrido. Prefería ganarme la vida haciendo  algo más interesante, marino mercante o qué sé yo, y luego escribir de lo que fuera viviendo. Quise ser abogado, historiador,  psicólogo… y no me dio la nota para nada de eso. Terminé de licenciado en Lengua Inglesa, el día que recogí mi título tenía claro que no tenía paciencia para enseñar inglés en un instituto, así que no tuve más remedio que hacerme escritor.

¿Cómo surgió “Oro ciego”?

Justo cuando acababa de publicar mi primera novela en Cuba (por la que no recuerdo si me pagaron algo) me enteré de un concurso del Instituto de Cine sobre la guerra del 98. Había que enviar un argumento de diez páginas y el premio consistía en ocho mil pesos (unos 320 dólares, el equivalente a 3 años de trabajo de mi madre) y te contrataban como guionista. Como no tenía nada que perder  armé una historia.    Mi intención era contar las peripecias de un ex mambí alejándome de cualquier alegoría patriótica. Narrar algo humano, universal, en el contexto de lo que fue el 98. Por eso se me ocurrió la historia de un soldado que tras la guerra no encuentra nada mejor que hacer que irse a buscar oro a unas cavernas perdidas en un valle. Una especie de fiebre del oro a lo Jack London (con todos los respetos) ubicado en las selvas de Pinar del Río. Tuve la suerte de ganar el concurso y firmar mi primer contrato como guionista. La película nunca se hizo pero  me ayudó a encontrar el oficio que tengo.

Por eso decidí que mi protagonista tenía que bajar a ese infierno, para contar cómo fue, más allá de números, de aritmética. Para vivir el día a día de la reconcentración con alguien que tiene cara, que sufre, que te importa.

¿Utiliza la “historia” para comprender el presente o es un recurso estilístico que le permite desarrollar una trama?

Utilizo la historia para contar algo que todos sabemos que sucedió, pero desde una perspectiva más personal, la que le aportan los personajes. Mi primer largometraje en España fue un documental titulado “El Juego de Cuba” (dirigido por Manuel Martín Cuenca, que escribió el guión conmigo) los dos quisimos contar la historia de la revolución cubana usando de pretexto el béisbol.  Eran historias de peloteros, pero sobre todo de seres humanos que estuvieron en Bahía de Cochinos, que sufrieron el embargo norteamericano, que un día quisieron jugar en las grandes ligas americanas y el gobierno cubano los acusó de traidores y los mandó a la cárcel. Historias de épica, de desolación. Si algo aprendí de ese documental fue que la historia sólo tiene emoción cuando lleva un componente humano, cuando hay un cuento detrás de la noticia. Un cuento con rostro.

En Oro Ciego hay un capítulo donde el protagonista sufre en carne propia la experiencia de los campos de reconcentración de Valeriano Weyler. Considerados hoy en día los primeros campos de concentración de la historia ( los invito a ver las fotos que hay en Google, parecen de Auschwit), cuando estuve investigando sobre esos campos me sorprendió que casi todo lo publicado se limita a una guerra de cifras, si murieron seiscientos mil o cien mil o qué sé yo pero apenas encontré historias de la gente que pasó por allí. Por eso decidí que mi protagonista tenía que bajar a ese infierno, para contar cómo fue, más allá de números, de aritmética. Para vivir el día a día de la reconcentración con alguien que tiene cara, que sufre, que te importa.

portada4“Oro ciego” se da en un escenario de horror. Desde la muerte inherente a la guerra hasta las atrocidades de la barbarie. Dado que usted participó en la guerra de Angola, ¿En qué medida la experiencia de la guerra nutre su escritura?

Yo viví la guerra de Angola en la última etapa, Sudáfrica ya estaba derrotada y la guerrilla no era tan activa en mi zona. Mi experiencia, más que de guerra, fue la de un soldado de ocupación. En ese sentido, me siento más identificado con los reclutas españoles que con los mambises. Sé lo que es vivir tras los muros de una zona fortificada. Sé lo que es estar noches y noches en vela, metido en una garita pendiente de lo que pueda ocurrir, o pasar un año y medio en un país extraño, hostil, donde no sabes si la gente te odia o te quiere. Sé lo que es la malaria, la mosca verde y el desquicie que generan los antipalúdicos.  ¿En qué medida todo eso nutre mi escritura?  Pues… imagínate…

¿Cómo funciona su proceso creativo?

Trabajo en casa, así que me levanto, desayuno, me siento y escribo. No sé nada del síndrome de la página en blanco. Mi proceso es distinto en función de lo que escriba: cine o literatura. Cuando hago guiones le dedico más tiempo a la estructura de la historia. Sólo tengo cien páginas, y hay que pensar en cómo contarlo todo sin salirme del presupuesto. Es un trabajo mucho más técnico. Para mí la literatura es sinónimo de libertad. A veces ni siquiera hago una sinopsis, la trabajo desde mi cabeza. No tengo productor al que rendirle cuentas, no tengo plazos de entrega. Trabajo desde la diez de la mañana hasta las siete o las ocho, con una pausa intermedia de unas tres horas para comer y hacer deporte (fundamental para desconectar del mundo, el tuyo y el de los demás).

Lo que más me apasiona del proceso creativo es la construcción de personajes. A los 18 años descubrí a Sigmund Freud, desde entonces soy un apasionado de la psicología, y creo que todo escritor debería serlo. Ayuda a entender a tus personajes, a hacerlos vulnerables, imperfectos sin dejarte arrastrar por juicios de valor. Un personaje complejo puede hacer grande una historia (el señor Kurtz de “El corazón de las tinieblas”). Esa es la diferencia entre Salgari y Conrad, para mí los dos escribían historias de aventuras, pero Conrad entraba en las tripas de sus personajes, en las zonas más oscuras, y le daba a todo una dimensión que iba más allá de la propia aventura.  Imagina una película sobre Chuck Norris en crisis… el ranger en un estado de vulnerabilidad absoluta. Nunca la hará, pero sería un peliculón.

¿Cuáles son sus referentes?

Sherezade, Esopo, Julio Verne, Jack London, Alejo Carpentier, Joseph Conrad o mi tío Fortunato, que era técnico avícola y contaba las historias con una tensión sobrecogedora.

¿Qué se encontrará el lector en “Oro ciego”?

La aventura de Alex Pashinantra, un hombre que lo apuesta todo a una promesa de prosperidad que lo lleva a situaciones muy límites.  Una aventura que me hubiera encantado vivir… y escapar a tiempo para contarla.

Etiquetas: Alejandro Hernández, Alejo Carpentier, Esopo, Jack London, Joseph Conrad, Julio Verne, Oro ciego, Salto de Página, Sherezade

Sobre el autor

Diego Giménez

Diego Giménez, doctor en filosofía y pensamiento (UB) con una tesis sobre "El libro del desasosiego" de Fernando Pessoa, ha realizado diferentes actividades relacionadas con la literatura y el periodismo. Ha trabajado como redactor de LaVanguardia.com y en 2008 cofundó Revista de Letras. Actualmente está terminando un proyecto de investigación que prevé la publicación del libro "História do 'Livro do Desassossego'" en la editorial Angelus Novus con una beca financiada por la Fundación Calouste Gulbenkian.

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