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Andrés Neuman: “La palabra es una superviviente”

Su primera novela, Bariloche (1999), publicada cuando contaba 22 años, fue finalista del premio Herralde. Con El viajero del siglo (2009), obra que obtuvo, entre otros, el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica, le llega el reconocimiento definitivo. Escritor en toda la extensión del término, Andrés Neuman figura entre los autores más versátiles de las lenguas hispanas, con más de 20 títulos publicados, entre poesía, cuento, novela y ensayo. Conversamos con él sobre géneros y creación literaria.

Andrés Neuman, visto por Luis Ángel Gómez (Alfaguara)

Andrés Neuman, visto por Luis Ángel Gómez (Alfaguara)

Me gustaría empezar la entrevista hablando de géneros. Salta a la vista que pareces hallarte igualmente cómodo escribiendo poesía, ensayo, cuento o novela. Has practicado, también, el aforismo, género poco habitual en las letras hispanas. ¿Cuál crees que pueda ser el motivo de contar con tan pocos autores en éste género?
Más que cómodo, al saltar de un género a otro intento quizá sentirme voluntariamente incómodo. O sea, en estado de tensión lingüística. No comparto la idea de dominar el oficio literario, si entendemos por ello la adquisición progresiva de una experiencia mediante la cual escribir sería cada vez más fácil. A mí escribir me parece algo cada vez más raro. Me siento literalmente un principiante: alguien enamorado del principio de la escritura, cuando es una mezcla de incertidumbre, entusiasmo y miedo. En ese sentido el aforismo parece un terreno particularmente propicio, porque pasa de la nada a la idea, del vacío a la música en una sola línea. Tiene algo abismal. Y te enfrenta de manera inmediata con tus errores y tu puntería. Es cierto que la tradición del aforismo ha abundado en otras culturas, más proclives quizás a la unión de poesía y pensamiento y, en definitiva, históricamente más ligadas a la Ilustración.

Pero habrá ejemplos aquí…
Por fortuna, aquellos aforistas que antes parecían ser brillantes excepciones (Bergamín, Vicente Núñez, Gómez Dávila, Porchia) hoy tienen cada vez más herederos en castellano, como demuestra una estupenda antología que acaba de publicar José Ramón González. Nada más que durante los últimos años en España, se han publicado grandes libros de Ramón Andrés, Miguel Ángel Arcas, Lorenzo Oliván, Ramón Éder, Dionisia García, Carlos Marzal, Erika Martínez o Jordi Doce, entre otros muchos.

En un encuentro virtual que mantuviste con lectores del diario El Mundo, preguntado sobre si disfrutas más escribiendo cuento o novela, afirmabas que “a veces uno tiene ganas de tirarse en paracaídas, y escribe un cuento. Otras veces uno se siente más piloto de aerolíneas, y se atreve con una novela”. ¿Cuál sería el símil para describir las sensaciones que anteceden a la poesía y al ensayo?
Complementando la verticalidad del asunto, a lo mejor el ensayo se parezca a bucear. A la búsqueda en ciertas profundidades que uno mismo desconoce. El poema tendría algo, no sé, como de nadar en seco.

Pasemos a la novela. Contaba John Irving, en su reciente visita a Barcelona, que no se sienta a escribir una novela hasta que no la tiene totalmente concebida, sabe exactamente cuál es su desarrollo y cuál su final. Podríamos decir, en su caso, que se sienta a transcribir aquello que ha estado escribiendo mentalmente durante, a veces, varios años. ¿Es éste tu caso o piensas que el texto tiene vida propia y hay que dejarlo hacer conforme va creciendo?
Al menos en mi caso, ambos procedimientos me funcionan en momentos distintos. Por un lado, cada novela que he escrito fue previamente pensada, a veces durante años. Hubo unas notas previas, un diseño de estructura, una serie de decisiones estilísticas, un cruce de puntos de vista y un retrato de personajes. Concibo esos prolegómenos no como un plan estricto, sino como un mecanismo de rectificación continua. De cambios de opinión que van matizando y madurando la primera idea, que poco a poco va llenándose de sentidos que no había previsto. Cuando siento que ese ejercicio imaginario tiene impulso suficiente, me pongo a escribir la novela con mis notas delante y, por supuesto, pasa lo que tiene que pasar: improviso, altero, me contradigo. Se parece a inventar después de haber ensayado. Si me faltara una de esas dos fuerzas, pienso que la novela se quedaría coja. Limitarse a cumplir un plan previo me parece burocrático. Y escribir lo primero que te viene a la cabeza me parece una simple ocurrencia.

Desde Métodos de la noche, tu primer libro de poesía, publicado en 1998, hasta Hablar solos, tu última novela aparecida el pasado 2012, han transcurrido 15 años y casi 20 títulos. No hay duda de que eres un autor prolífico. ¿Piensas, como opinaba Virginia Woolf, que “escribir es el placer profundo y ser leído el superficial”?
No sé si se trataría tanto de una diferencia de profundidades, o más bien de necesidades. Pero jamás me atrevería a llevarle a la contraria a la señora Woolf. Que por cierto tiene un ensayo brutal, On being Ill, donde explica muy bien cómo el lenguaje nace de lugares oscuros y bastante viscerales. Al menos en mi caso, escribo porque lo necesito desesperadamente. Pero esa desesperación se sofistica (y ahí está lo interesante), se vuelve más formal y más elíptica, a medida que empiezo a trabajar esa escritura. Hay entonces un tránsito de lo compulsivo a lo estético al que, me temo, ya soy adicto.

Déjame que me interese por la obra que no llega a ver la luz. ¿Qué ocurre con los textos que no publicas? ¿Quedan interrumpidos, inacabados, hasta mejor ocasión o están listos para ser recuperados en cualquier momento?
Es curioso ese tema. Rara vez recupero lo que taché, tiré o dejé a medias por falta de convicción. En ese aspecto en concreto procedo siempre igual con los libros, sean del género que sean: lo que al final se publica es tan sólo una parte, a veces incluso menos de la mitad, del material reunido inicialmente. Buena parte de la escritura consiste en tachar y reescribir. La fluidez es el objetivo, de ninguna manera el punto de partida. Creo que es bueno que existan, digamos, esos residuos de escritura. Significan que la literatura es una búsqueda, un tanteo. En casa tengo cientos de poemas y cuentos que me parecen horribles (incluso más horribles que los que aparecen en los libros) metidos en cajones o en carpetas digitales. Hay incluso por ahí una novelita, anterior a la primera publicada (Bariloche), que ha tenido la fortuna de permanecer inédita. Dudo mucho que algún día publique esos textos. Como máximo podría intentar reescribir alguno. Pero radicalmente, desde cero.

Uno de los elementos recurrentes en tu obra es el viaje, ya sea vital o geográfico. Está presente en Hablar solos, El viajero del siglo, Una vez Argentina y le has dedicado el ensayo Cómo viajar sin ver (Latinoamérica en tránsito), en el que afirmas que “viajar se compone sobre todo de no ver. Nos lo jugamos todo, nuestro pobre conocimiento del mundo, en un parpadeo”. ¿Es la escritura la forma que tiene Andrés Neuman de atrapar y hacer visible la fugacidad de nuestros días?
Me gusta esa idea. Y es cierto lo que señalas: al final, de algún modo, termina apareciendo algún tipo de viaje. Quizá porque en el viaje se encarna no tanto un desplazamiento como una transformación. Es decir, un doble movimiento. Estar en un solo lugar me parecería insoportable, además de imposible. La escritura trabaja de forma natural con ese desdoblamiento: estamos y no estamos, actuamos y nos vemos. Entonces uno se da cuenta de que estaba vivo.

Lectores y crítica valoran la calidad de tu obra, has sido merecedor del Premio Alfaguara, el Premio de la Crítica y el Hiperión, entre otros, además de gozar del reconocimiento internacional. ¿Condiciona este éxito tu libertad como escritor o, por el contrario, te brinda la oportunidad de experimentar o afrontar cualquier tema con mayor libertad?
Puede condicionar quizá tu estado de ánimo, y no siempre para bien: por un lado evidentemente te alegras, pero por otro te asustas. Ahora, cuando pienso en publicar un libro, tengo mucho más miedo que antes. Pero todos esos vaivenes son, digamos, exteriores al trabajo concreto con el lenguaje, que es de lo que se trata. Me parece que el reconocimiento toca un nervio distinto, que no tiene que ver con ese otro que activa la escritura. Puedes tener reconocimiento o no, y ambas situaciones generan incertidumbres distintas. Pero creo que sí, por el mero hecho de ser reconocido, alguien pierde la sensación de libertad o el deseo de experimentar al escribir, entonces quizá no escribía por las mejores razones.

Ya para acabar por donde empezábamos, los géneros, como escritor, ¿te interesa la llamada nueva textualidad, la que posibilita la literatura electrónica con sus textos interactivos, dotados de hiperenlaces e hipermedia? ¿Te “leeremos”, si es que sigue siendo válido el término, en alguno de estos nuevos géneros o formatos?
Cualquier forma de escritura me parece una tentación. ¿Por qué no? Los nuevos formatos por supuesto inciden en nuestra concepción de la literatura, pero conviene recordar también que la tradición literaria influye en nuestro uso de las nuevas tecnologías. El dietario, el ensayo o la columna son la base del blog, igual que el aforismo o el microrrelato están muy presentes en nuestro acercamiento a twitter. Creo que la palabra es una superviviente: pase lo que pase, cambie lo que cambie, estará ahí para contarlo.

Joan Carles Navarro entrevista al autor dentro de las actividades realizadas en el curso de Periodismo Cultural que ofrece Revista de Letras

Etiquetas: Aforismos, neuman, palabra

Sobre el autor

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Revista digital de crítica cultural. Publicación bajo licencia Creative Commons. Edita: Albert Lladó y David Lladó. Coordinación: Olga Jornet. Patrocinador: Fundación Aquae. Colabora: CCCB

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