Revista de Letras

Por qué se compra vida con la muerte

La piel de zapa dice que la vida es deseo y el deseo se compra siempre con la muerte. Frente a esta situación solamente tenemos dos opciones: o vivimos una vida tranquila pero inerte (dejando que el manjar se vaya pudriendo lentamente ante nosotros); o deseamos, ardemos y amamos, gastando así con mayor o menor premura esa piel de zapa –piel de vida– que nos entregan a todos al nacer. Habremos usado la piel. Habremos comido el manjar, si bien, claro está, al precio de la propia muerte.

El anciano sepultado en su tienda de tesoros antiguos es para el joven Raphaël de Valentin una especie de Mefistófeles. Mi longevidad, explica el viejo, se basa en la frugalidad, la tranquilidad, la moderación y la renuncia a todos esos vanos deseos que tan rápidamente consumen las vidas de los hombres. Aquí está la piel de zapa, tan extraña que jamás me he atrevido a poseerla. La piel cumple los deseos de quien la posee, pero disminuye de tamaño con cada deseo cumplido, hasta que por fin queda reducida a nada, extinguiéndose entonces la vida de su dueño. Tú has llegado a mí como el suicida que espera la medianoche para consumar su acto; tú podrás adueñarte de la piel, pues nada perderías. Esta es la lección del viejo anticuario. Ahora bien, el profeta de la larga vida cae en cuenta demasiado tarde del error de su filosofía, por tanto de su longevidad, y ahí aparece en medio de las luces de París abrazando la cintura de una joven cortesana cuando ya es demasiado tarde y el hacerlo resulta bochornoso. El anciano descubre que el pastel todavía yace intacto ante sus ojos, y quiere comerlo cuando ya está podrido. Una hora de amor vale más que cien años vegetando lentamente junto a una chimenea. Un deseo cumplido vale exactamente el centímetro de piel que le corresponde. Pues así son las cosas: no hay piel que no se gaste antes o después. No hay ningún elixir de la vida eterna. Tampoco hay manjar que no se corrompa tarde o temprano. Es por esto que la novela arranca a partir de una alternativa. Raphaël quiere morir, y su vida en la novela empieza justo cuando la piel de zapa cae en sus manos. No se arrojará al Sena. No se pegará el tiro en la sien. Vivirá, pero el dilema no es otro que la vida misma. Los deseos, las inquietudes, los pálpitos acelerados de la vida, siempre son letales; el corazón se gasta con cada latido, y Raphaël renunciará a la vida en nombre de la vida misma, lo cual no deja de ser una cobardía y una estupidez.

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La piel de zapa contiene una crítica a las pretensiones de la ciencia para explicar el secreto inexplicable de la vida. Raphaël mismo se ha pasado varios años encerrado en una triste buhardilla para terminar su Tratado sobre la Voluntad. Pero todos sus conocimientos sobre el tema no le capacitan en absoluto para lidiar con esos dos grandes vectores de la vida humana: la voluntad y el deseo, el “quiero” y el “puedo”. Los naturalistas, los físicos, los químicos, los sabios, los filósofos, todos fracasan ante la piel de zapa. No pueden reducir su fuerza; no pueden agrandar su superficie. Dios o el Demonio protegen el secreto de esa piel. Podremos buscarle un nombre nuevo, podremos especular sobre sus orígenes, su composición y su comportamiento ante la aplicación de fuerzas, pero la piel siempre reducirá a nada nuestros empeños por conocerla. La vida –el deseo– es irreductible, inexplicable, se escapa al conocimiento. La vida –la enfermedad y la muerte– silencia a los más doctos médicos de París, que han abandonado sus despachos y hospitales para presentarse en el palacio del millonario enfermo. Todo el lujo que ha adquirido Raphaël está destinado a mostrar mejor el contraste: lo tenía todo y no supo o no pudo hacer nada. Al contrario. Raphaël hizo de París un sepulcro y del palacio una tumba en la que yacer esperando la muerte. Y muere, en efecto, agarrado a eso que ha dejado escapar o ha despreciado: el cuerpo semidesnudo de Pauline, la fuente del deseo, el ardor de la vida, que es también su valor, imagen elocuente del mensaje de la obra: la vida consiste en deseo y el cumplimiento del deseo se obtiene a costa del desgaste de la vida misma. No hay otra salida; hay que saber gastar la vida. Todos nuestros actos la desgastan. Pretender conservar la propia vida en un frasco de cristal no es vivir. Evadirse de la vida no es vivir. Quien por miedo al desgaste pone un muro entre él mismo y el mundo que nos gasta quizá prolongue su existencia hasta los cien años, pero, en todo caso, no habrá vivido sino más bien vegetado. Y este es el disparate: renunciar a la vida para conservar la vida. Así lo comprende finalmente el anciano de la tienda de antigüedades. Así lo dice Balzac, quien pone el misterio de la vida por encima de todas las pretensiones explicativas del conocimiento.

Como otras novelas de Balzac, La piel de zapa es un cuadro médico de la sociedad francesa. Fedora, condesa plebeya, solo piensa en sí misma; solo quiere pasear una figura huera y bien vestida por los palcos de París, recogiendo ávidamente los homenajes más inocuos del amor sin dejarse jamás tocar por él, pues el amor, como la piel de zapa, exige de nosotros que perdamos algo y pongamos algo en juego, y si Fedora exclama “¡Dios mío!” antes de acostarse por las noches en su colchón de plumas, lo cierto es que no está pensando en ninguno de los goces y los dramas del amor, sino en las variaciones del interés de sus elevadas rentas. La vanidad de una sociedad basada en el egoísmo y en el dinero se resumen en esta mujer que está hecha para el amor, pero no es capaz de amar. La belleza de Fedora no puede ser más que un envoltorio o una máscara, ya que carece por completo de virtud. Es la capacidad de amar a otra persona lo que desarrolla en nosotros esas cualidades morales que contrarrestan en cierta medida la búsqueda del propio interés, y Fedora, lo dijimos, no es capaz de amar. Tal vez sea esto lo más inteligente que se puede hacer en la sociedad moderna. Tal vez esas virtudes que Fedora no tiene les cuesten a otros la vida, pues nadie duda que la sensibilidad que nos permite mostrar amor y compasión hacia los otros también puede matarnos con el tiempo (ahí está Pons, enterrado en un cementerio porque su familia le ha hecho añicos el corazón), por lo mismo que el amor nos cuesta tantas veces la salud y la vida (el bello rostro de Mdme. Hulot adquiere un tic nervioso que se agrava al compás de las fechorías de su marido, hasta acabar finalmente en el colapso). Ahora bien, Pauline podrá terminar como un triste fantasma que sobrevuela las calles de París, pero Fedora, que se pasea todavía por el Bois de Boulogne por las mañanas y mueve aún el abanico en un palco de la Ópera por las noches, Fedora es un monstruo, un autómata, algo peor que un fantasma, pues lo suyo no es más que una existencia inerte y mecanizada. La bolsa sube y baja; los intereses crecen y decrecen; Fedora entra y sale de los salones de París sin que esto signifique nada, porque lo que no cuesta tampoco significa.

El diagnóstico se formula con claridad meridiana durante esa cena de borrachos con la que Raphaël estrena su nueva vida. Rastignac, Blondet y los demás enuncian sin tapujos las verdades del mundo moderno. No hay religión ni principios morales. La inteligencia es el corazón –la falta de corazón– de la sociedad moderna. E inteligencia no quiere aquí decir otra cosa que autointerés, negocio, lucro, capital, cálculo, rentas. Ella lo conduce todo y lo gobierna todo. Una inteligencia sin escrúpulos ha encumbrado a Rastignac, uno de los peces que mejor nadan en esa charca infecta que es París. Los periodistas son los sofistas del siglo XIX, que ponen precio a sus palabras y defienden por las mañanas lo mismo que atacan por las noches. Así las cosas, solo puede intentarse mantener cierto equilibrio: Horace Bianchot ejerce la medicina, pero no ha perdido todavía el corazón que lo aproxima a sus pacientes. Trata diariamente con lo intratable de la vida, con sus males sin remedio, pero no se ha insensibilizado. Proporciona un bálsamo, pero este no consiste en pócimas ni fármacos, sino en la compasión y en la comprensión de los que sufren o han sufrido. Bianchot representa al hombre de ciencia, pero su ciencia no desprecia la vida ni es ciega para la vida.

El poder de la piel de zapa era enorme, pero un gran poder solo engrandece a los que ya son grandes. Napoleón habría sido capaz de mover el mundo sobre una palanca. Raphaël se ha quedado quieto en la oscuridad de su buhardilla, de su espléndido palacio, de los campos apartados del ruido escandaloso de París. No ha vivido, y la piel de zapa se ha ido haciendo diminuta en su bolsillo hasta desaparecer.

Etiquetas: ópera, Balzac, Ciencia, diagnóstico, Dios, fármacos, La piel de zapa, Napoleón, París

Sobre el autor

Aida Míguez

Aida Míguez Barciela es Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona y profesora de Filosofía Antigua en la Universidad de Zaragoza. Ha sido profesora asociada en la Universidad Pompeu Fabra, investigadora postdoctoral en la Universidad Libre de Berlín y profesora visitante en la Universidad de Vigo. Su trabajo de investigación se centra en la hermenéutica de los textos griegos antiguos. Es autora de los libros 'La visión de la Odisea' (La Oficina, 2014),' Mortal y fúnebre. Leer la Ilíada' (Dioptrías, 2016), 'Cuando los pájaros cantan en griego' (Punto de Vista Editores, 2017) y 'Talar madera. Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo' (La Oficina, 2017).

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1 Comentario

  1. Estuardo López 10 julio 2018 at 16:58

    Excelente artículo.

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