Revista de Letras

Basilio Sánchez: La casa, la ventana y la lámpara

3 junio 2013 Reseñas

CristalizacionesCristalizaciones. Basilio Sánchez
Ediciones Hiperión (Madrid, 2013)

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Es un proverbio hebreo: Coge un libro entre las manos / y eres un peregrino ante las puertas / de una nueva ciudad”, nos aconseja Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) en uno de los poemas de su libro Al final de la tarde. ¿Cuál es la ciudad de Basilio Sánchez cuyas puertas solo pueden abrirnos sus libros? La ciudad a la que nos asomamos, como peregrinos, desde todos y cada uno de sus nueve poemarios editados hasta la fecha, y que culminan con el recién publicado Cristalizaciones, tiene la exacta dimensión de sus versos: la tensión entre una mirada serena, pero con un acendrado soplo de tristeza, sobre la naturaleza, y la de quien vierte una meditación nostálgica con un fondo metafísico-existencialista sobre la fugacidad de la propia vida, el desengaño y la identidad del hombre como poeta. Entre uno y otro extremo de esta tensión, sobre la ciudad de Basilio Sánchez se eleva una sola casa, una casa vacía que solo el poeta habita y a menudo reconstruye, que es la casa del alma, emblema del recogimiento espiritual y refugio del ser, rodeada de un paisaje mítico que el poeta suele recorrer a solas, vaciando su corazón en el deseo de que el aire que lo acoge sea “un indicio de que todo respira /…/ De que debe haber algo, más allá de mí mismo, / que aún pueda convencerme de vivir” (Del libro Para guardar el sueño). Este paisaje aparece con frecuencia sumido en la noche, entre árboles que suelen formar bosques, y ríos de agua límpida y nevadas, lámparas, lentitud, y una gran propensión a la melancolía, “un sistema perfecto, pero desmoronable, / tan insustituible como frágil”, puntualiza en Cristalizaciones, dibujando -¡ay!- el lugar en lontananza de los derrumbamientos y de la nostalgia, de la conciencia de la inexorabilidad de la muerte y de la soledad, y de la fragilidad de la belleza.

La casa del poeta Basilio Sánchez es también la casa de la palabra, donde el poeta se explora y explora el lenguaje, donde tiene lugar el consuelo de que la escritura participe en cierto modo de la creación del mundo y no se agote en el decir, influya quizá en la trascendencia del hombre.

Allí, junto al laurel de las bodegas, / frente a los desconchados azules de los muros, / aquello que lo salva: la escritura / que en su despojamiento, en su deliberada lentitud, / …/ y en la que intuye a veces un confuso / deseo de trascendencia, / pueda doblarse un poco por sus goznes, / comenzar a ceder  (De Las estaciones lentas).

Una sola ventana es el ojo omnisciente de esta casa del poeta, una ventana emblemática a la que el poeta se asoma para meditar sobre las cosas del mundo -“Detrás de la ventana, el universo / continúa vaciándose sobre el barro del mundo”, (de Cristalizaciones)-, pero que es también la medida de su corazón de demiurgo, que construye y reconstruye su país interior con sus palabras, y que guarda toda su metafísica y algunas de sus quimeras sin dejar de abrirse a “la luz que hace apacible / la inquietud de la noche, la llama que convoca / la austeridad del frío” (de La mirada apacible). La tristeza del poeta es la de quien ha visto desde la ventana la inconmensurable hermosura del mundo que él desea inamovible, pero que sabe de su finitud; la de quien mira con nostalgia otro tiempo y una identidad desaparecidos para siempre -“Quién ha vuelto a esta casa, / quién ha vivido entonces bajo este mismo techo / que ahora cubren las hojas y el fruto de los años, / qué hombre he sido antes” (De Al final de la tarde). La mirada hacia el exterior que propicia la ventana está sujeta a la indeclinable conciencia de un paraíso fugaz y efímero, con sus ríos y sus lluvias y sus árboles edénicos prontos a ser exiliados, símbolos del poeta que vislumbra con melancolía la precariedad del mundo.

La casa de Basilio Sánchez se debate, pues, entre su proyección al exterior a través de esa ventana también mítica y el ansia de proteger al poeta en su interior, entre los muros domésticos donde el poeta traza las líneas maestras de sus versos.

Basilio Sánchez (foto: Hiperión)

Basilio Sánchez (foto: Hiperión)

Todos los libros de Basilio Sánchez, incluido este último, Cristalizaciones, se mueven en estas coordenadas, impulsados por una meditación serena, pudorosa y delicada y tendente a la trascendencia, y por semejantes símbolos del quehacer poético y de su propia alma, rociados con el mismo sentimiento de armonía y pérdida, de gozo y desazón, de instinto vital y de referencias a la constancia ineludible de Tánatos y del fátum. Sus títulos lo delatan, además, y jamás son caprichosos, como naturalmente tampoco lo son las citas que los jalonan: Bajo el título genérico de Los bosques de la mirada, que compila su obra completa hasta el 2009, -y de la que, por voluntad expresa del autor, desaparece un primer libro-, ha ido el poeta publicando con regularidad los siguientes: Los bosques interiores, La mirada apacible, Al final de la tarde, El cielo de las cosas, Entre una sombra y otra, Para guardar el sueño y Las estaciones lentas, un recorrido, que invito a hacer al lector, de enorme honestidad y coherencia, de rotunda aserción poética, delimitado por contornos tangibles apuntalados sobre una soberbia poética y un magistral dominio del verso -heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos- y del lenguaje poético, y, sobre todo, único, perfectamente reconocible, como que es la casa de un poeta de voz propia construida con el rigor de unas palabras que solo a él le pertenecen. La demostración palmaria de que aún hay poetas con un universo inconfundible y de extraordinaria raigambre en sus entrañas. Pues sabemos de la posición de verdad de Basilio Sánchez por la fidelidad a su poética, por la constancia de sus emblemas o símbolos, por la entrega total a un lenguaje y a una mirada; es su absoluto. De todas las posturas posibles, él duerme siempre, “como diría Caeiro, del lado del corazón”.

Sin dejar de lado estas premisas fundacionales regidas por idénticos y feraces símbolos, Cristalizaciones supone un paso adelante en la índole de su quehacer poético, pues es en sí mismo La Poética de Basilio Sánchez. Es un libro de extraordinaria madurez donde el poeta, ya saciado de vida no siempre realizada y a menudo desconcertante y sin consuelo -“Nunca le he dicho a nadie que vivir fuera fácil”-, y, colmada su visión del mundo, ya asumida la derrota, deliberadamente / conciliado con todo,  que culmina en la percepción del paso del tiempo y de la propia desaparición, decide que es la hora de que sus poemas se contemplen a sí mismos, y reflexiona sobre la labor poética, sobre el lenguaje y las palabras, y sobre el sentido de la vida, al mismo tiempo que se acentúa su sensibilidad moral:

Cuando sale a la calle, ¿qué puede hacer un hombre / que es consciente de sus limitaciones / [que debe] enfrentarse con lo inmenso / con lo que desconoce?

Como refugio de su manera de concebir la creación poética, este libro está impulsado por sugerentes reflexiones que giran en torno al concepto del acto creador “ex nihilo” que ya José Ángel Valente había explicitado: “La idea de la creación “ex nihilo” es una estética para mí”, según la cual, y en palabras de Elisa Martín Ortega, “el hombre ha de retirarse de sí para poder acceder a su propio ser. Tal paradoja se encuentra en el corazón de la labor poética”.  En su poema “Teoría lingüística”, Basilio Sánchez explica cómo el poeta debe exiliarse al principio de los tiempos, a una etapa protohistórica, prelingüística, para poder sumirse desde ella y a continuación en la labor creadora:

Antes de que comience la vida del poema / hay una oscuridad elemental, / una extensión más grande que la noche / sin conciencia ni culpa: / la materia de un paisaje / desprovisto de sus significados, / excluido de los discernimientos del espíritu, / de aquello que convierte / lo visible en hermoso, lo que existe / en acompañamiento y en consuelo /…/”.

Esta consideración del poeta como demiurgo y la certeza de la utilidad de la poesía, que Basilio identifica con una lámpara -otro símbolo tan propio del poeta, la lámpara sagrada de la condición humana  que alumbra todas sus perplejidades e incertidumbres, su desconsuelo, y que es en sí misma luz, y además guía en la oscuridad del mundo al hombre-,  se explica en otro poema, “Bajo la llama azul del alquimista”: “Sin embargo, el poeta / no es más que un alquimista /…/ el chamán que suscita, / allí donde los hombres construimos / una pared o un muro, / la idea de una ventana, la ilusión de una puerta”. Nuevamente el fundamental símbolo de la ventana en la poética de Basilio Sánchez, la ventana desde la que el poeta-chamán permite que se acceda a un mundo liberado de corsés y de tópicos, un mundo innominado pero que, como la lámpara, solo la poesía vislumbra frente a los estrechos márgenes donde queda aprisionado el hombre. Pero Basilio Sánchez es consciente de los peligros de estar siempre asomado, como a un libro de imágenes, a esa ventana simbólica donde el poeta extrema su emotividad, el riesgo de cargar con el peso insoportable del mundo: “Cuando se ha agudizado hasta el extremo, / la sensibilidad es, en sí misma, / quizá la más perversa de las formas del paraíso”.

Este libro supone, con respecto a todos los anteriores, en los que predominaba, como resumían estos versos de “Entre una sombra y otra”, “un dolor tranquilo, /…/ una melancolía silenciosa, / una de esas tristezas que se pueden llevar en una mano”,  una progresiva caída en el desaliento, con una mayor presencia de la noche, del paso del tiempo y de la muerte, una muerte también desconcertante en su serenidad, y que adquiere la forma del desconsuelo, que es el envés del consuelo que la escritura propicia, pues, como si hiciera suyos los versos de Julia Otxoa -el secreto de la poesía pertenece más al náufrago que al navegante- Basilio Sánchez escribe:

Mi lámpara ilumina / un universo pobre /…/ el mapa de una vida con pocas certidumbres / y sin ningún consuelo”.

El poeta sabe, sin embargo, cuáles son sus límites, y así lo expresa, “sin sentimentalismos, pero con el vigor del sentimiento /…/ convencidos de nada, reincidentes / en la melancolía, esperanzados / en la desesperanza, / seguimos ocultándonos para temblar a solas”. Una escritura la de Basilio Sánchez que contiene los mejores aparejos del clasicismo, con esos lentos y apacibles alejandrinos, tan recios entre la perfección de endecasílabos y heptasílabos y que aportan a sus poemas un aura de sosegada e inteligente meditación; versos todos que testimonian el dolor contenido, alejados de toda desmesura, prestos a dar fe, a pesar de su reserva, del desamparo del hombre en la noche y de lo que hay de fraudulento / en la letra pequeña del contrato de la felicidad. Un libro hermoso, Cristalizaciones, cuya lectura, como la de los demás libros de Basilio Sánchez, lo aseguro, se convierte en una experiencia inolvidable.

Yolanda Izard

Etiquetas: Basilio Sánchez, Cristalizaciones, Ediciones Hiperión

Sobre el autor

Yolanda Izard

Yolanda Izard Anaya, (Béjar, 1959), escritora y crítica literaria. Licenciada en Filología Hispánica y estudios de Bellas Artes, en la Universidad de Salamanca. Ha publicado las novelas “La mirada atenta” (Premio Carolina Coronado) y “Paisajes para evitar la noche” (Premio Cáceres de Novela Corta), además de tres poemarios y una Selección de Poemas en la Transición. Colaboradora habitual del suplemento cultural de El Norte de Castilla, y de las revistas digitales Sigueleyendo, Granite&Rainbow y Subverso.

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