Revista de Letras

Blogs influenza, por José Luis Amores

En el encuentro sobre blogs literarios celebrado el sábado día 3 de marzo en el Medialab Prado de Madrid se quería “analizar la influencia de los blogs en la narrativa tradicional”, aunque al parecer la deriva de las diferentes charlas acabó más centrada en el papel de la crítica ejercida en la red versus la tradicional.

"Who killed the literary critic?" (salon.com)

Como parte interesada en el fenómeno (escribo sobre literatura y asuntos literarios tanto aquí como en mi blog), pienso que los blogs “literarios” son la gripe de la crítica literaria entendida como esa relación unívoca y tradicional entre los árbitros culturales —los críticos— y la masa lectora. En un ámbito de público tan reducido como el cultural literario, los blogs —pero no solamente los blogs, como veremos— vinieron para arañar grandes cuotas de audiencia a la crítica impresa en los ¿mass? media, hasta el punto de que el fenómeno ha dejado raquítico, temblando, a un sector tradicionalmente reservado a quienes de ello supieron hacer una profesión —peor o mejor— remunerada.

Recuerdo que cuando era muy joven pasaba mucho tiempo en librerías, intentando invertir de la mejor manera el poco dinero que llevaba encima. Miraba y consultaba tanto y durante tanto rato que tenía la sensación de que el librero pensaba que mi verdadero propósito era robar algún libro. Pero aunque así fuera, el problema era ¿cuál? ¿Para qué comprar, o robar, algo cuya lectura no iba a gustarme? En Rayuela me orientaron bien en varias ocasiones (“este de P. D. James es magnífico”, “¿has leído a Italo Calvino?”), y ocasionalmente me dejé llevar por reseñistas tradicionales (leí cosas de Alberto Vázquez Figueroa y de Ken Follet…, pero también gracias a ellos leí a edad muy temprana a Franz Kafka, a Albert Camus, a Simone de Beauvoir). Hasta que descubrí que había críticos tan buenos y/o tan reputados que sus artículos o reseñas o críticas se publicaban en formato libro y me aboné al género. El resto de la historia es irrelevante.

Hace dos semanas un editor me contaba que de cierto libro habían conseguido una “publicidad” a doble página en un renombrado suplemento cultural, reseñas favorables en varios periódicos importantes, entrevistas con el autor, etc. Es decir, el departamento de prensa había realizado una excelente labor “tradicional”. Sin embargo las ventas del libro en cuestión no marchaban como se había previsto. ¿Crisis? Seguro. Pero no sólo económica, también mediática. Del libro no se hablaba en blogs, ni en twitter, ni en facebook. Era invisible en la red. El lector potencial tenía dos únicas vías para conocer su existencia: los medios tradicionales, de pago, o la visita a librerías, en las que sí era bien visible gracias al poder de la marca y a las consabidas estrategias de distribución. (Entonces ¿no se leen esas reseñas periodísticas? Lo paradójico es que sí, pero cuando la editorial o el autor las escanean y las cuelgan en sus muros de facebook…) Pero ¿se trata de un buen libro (no voy a decir el título, por motivos obvios)? A mí no me va cierto tipo de literatura, pero reconozco que aquél pertenece a la especie que tiene tirón comercial. También sucede que hay demasiados libros, la mayoría inservibles, y destacar o llamar la atención en medio de esa montaña de títulos es muy difícil. Y otro problema es que, al parecer, estamos empezando a comprar en Amazon, por lo que están entrando en juego, además de la recomendación implícita en el Top XXX de ventas, las relaciones de unos libros con otros, las compras de lectores de gustos similares, las últimas búsquedas más populares…

En realidad se está discutiendo sobre el sexo de los ángeles, o descubriendo el fuego, o inventando la rueda, para el caso es lo mismo. En su imprescindible El telón, Milan Kundera dedica unas páginas al provincianismo cultural. Dice que

“las naciones pequeñas se muestran reticentes al gran contexto” porque “tienen la cultura mundial en alta estima, pero les parece ajena, como un cielo lejano, inaccesible, por encima de sus cabezas, una realidad ideal con la que su literatura nacional poco tiene que ver … Fijar la mirada más allá de la frontera patria, unirse a sus colegas en el territorio supranacional del arte, es considerado pretencioso, despreciativo para con los suyos. Y como las naciones pequeñas atraviesan con frecuencia situaciones en las que corre peligro su supervivencia, consiguen con facilidad presentar su actitud como moralmente justificada”, p. 52-53.

Precisamente es en ese “gran contexto” donde todo esto ha sido ya discutido y mascado y asumido hace tiempo. Porque esta problemática “nuestra” es eco tardío de la misma situación en un ámbito más universal que el suelo “patrio”: la “cultura mundial”. El domingo 31 de diciembre de 2010 The New York Times, considerado el mayor periódico del mundo, publicaba un megaartículo escrito a 12 manos con una introducción de los editores que se titulaba “Por qué es importante la crítica”. Ya en esa introducción se apuntaba directamente a la instantaneidad y la estridencia de las opiniones sobre literatura en la red, y se hacía referencia a los “me encanta”, “lo odio”, los abrazos, los acosos y derribos, las adulaciones, los ronquidos, los pulgares hacia arriba o hacia abajo. Se decía que a veces estas “conversaciones” eran divertidas, y que en ocasiones partían de una comprensión genuina frente a meras presunciones ideológicas. Y se preguntaba a seis espadas de la crítica norteamericana qué pensaban ellos de este asunto. No voy a traducir todo eso, pues con los derechos de reproducción del NYT no se juega, so pena de acabar enfangado en marrones, además de que sería una paliza que no estoy dispuesto a darme. Pero voy a extractar lo más importante —citar está mundialmente permitido— para que podamos comprender qué se piensa sobre esta revolución de la opinión literaria en el país con más lectores —y críticos— del mundo.

Foto: allthingsd.com

Una chica llamada Katie Roiphe, profesora en el Instituto de Periodismo de la Universidad de Nueva York, pondera las buenas maneras del crítico frente a —no lo dice ella tan claramente pero se lo complemento yo— la zafiedad de la opinión amateur en la red. Es decir: pide a los críticos que escriban bien y se dejen de jeremiadas y apocalipsis. Al fin y al cabo una crítica literaria son palabras sobre palabras, que flaco favor le hacen a la obra analizada —y al crítico— si está mal escrita. Pankaj Mishra, novelista, ensayista y crítico en The New York Review of Books, The New Yorker, The Guardian (de Londres), The London Review of Books (de cuya web me inspiré para el diseño de mi blog, y que ahora han puesto más chula), etc., para empezar no se considera crítico literario sino un tipo autodidacta que escribe sobre historias. Cree que los tiempos de la crítica clásica hace tiempo que murieron y menciona a Vargas Llosa como ejemplo de adaptación a un tipo de crítica que tiene en cuenta los movimientos sociales y políticos. Adam Kirsch, editor de The New Republic, crítico en Tablet Magazine, The New York Review of Books y The New Yorker distingue entre crítico literario y periodista —y enfatiza el término “literario”— e insiste en que el crítico se preocupe de escribir para la audiencia correcta, independientemente de su envergadura. Sam Anderson, crítico en el New York Magazine y ganador del National Book Critics Circle’s Balakian Citation por la excelencia de sus críticas, también insiste como Rophie en el asunto de escribir bien: “Como críticos, nuestra escritura es escritura sobre escritura. Respondemos a las metáforas del autor con contrametáforas, criticamos o elogiamos una historia contando una historia sobre ella”. Elif Bautman, periodista, escritora, ensayista y crítico en The New York Times Magazine, Harper’s Magazine y The London Review of Books, etc., se enfanga con los rusos, con Freud, con Proust, con Jameson y el marxismo, y termina diciendo que la “primera” novela, Don Quijote, fue una clara muestra de crítica negativa (por los puyazos cervantinos a los best-sellers de la época, las novelas de caballerías). Pero por encima de todas estas disquisiciones destacan las reflexiones de un tipo del que, cuando lo leí, me hice fan incondicional: Stephen J. Burn.

Stephen J. Burn es profesor asociado del Departamento de Inglés de la Northern Michigan University. Se doctoró en Durham en 2001 con un estudio sobre las “novelas enciclopédicas”. Ha escrito una guía de lectura de La broma infinita, de David Foster Wallace, un completo análisis de la obra de Jonathan Franzen (antes de que éste publicara Libertad) y unos ensayos sobre Richard Powers; además es el editor de Conversations with David Foster Wallace, libro de próxima aparición que recoge las 22 entrevistas más importantes que concedió el escritor.

Burn comienza hablando de la revisión del rol de la crítica en una época de cambios tecnológicos que han devenido cambios en el lector. “Un lector solitario, empollando una oscura novela contemporánea, o descifrando lentamente una página del Finnegans Wake, de repente no está tan solo” porque tiene “la posibilidad de encontrar un grupo de personas con ideas afines”, algo que le resultará beneficioso si la soledad le incomoda y ésta no es condición previa indispensable para una lectura productiva. (Ciertamente, Burn habla de su país). Como he dicho en varias ocasiones, hasta ese momento crucial en el que el ruedo se ensanchó para dar cabida a todo aquel que tuviera voz propia y quisiera utilizarla —en el sentido que sea, positivo o negativo—, el lector no era para autores y críticos sino una entelequia acumulativa que les animaba o no a seguir en un su particular y cerrado mundo:

“Si en siglos anteriores el lector común fue para Johnson y Woolf al menos en parte una construcción retórica, alguien imaginario y sin especialización, para el crítico de este milenio la audiencia literaria no es ya un concepto tan impreciso. Mientras que [Alfred] Kazin podía decir en 1960 que ‘el público no sabe lo que quiere’, con la llegada de las reseñas en Amazon y otras webs de evaluaciones ese público es ya lo suficientemente ruidoso … Aunque las reseñas online varían inevitablemente en calidad y agudeza, su misma existencia impide pensar que no existe ahí fuera el interés general de un público comprometido que consume y piensa en obras literarias. Ahora el público se habla a sí mismo”.

Diletante, amateur, naif, vulgar, desinformada: sea como sea, la opinión literaria en la red ha desplazado un discurso unilateral y ensimismado que basaba sus prerrogativas en un cruce de favores multilateral y cuyo discurso cargado de tópicos ha acabado convirtiéndose en el hazmerreír de un público que ha cortado de raíz las ataduras históricas que lo unían a él.

“El crítico quizá no sepa quiénes son esos lectores, pero su existencia parece indiscutible; la cristalización del lector común ha cambiado de varios modos concretos la función de la crítica. La era de la evaluación, del crítico olímpico como árbitro cultural, ha pasado. Aunque sigue habiendo críticos, a menudo en destacadas publicaciones, a quienes les gusta emitir fallos dogmáticos y castigar a los escritores, sus esfuerzos nostálgicos son meros añadidos al ruido cultural. La opinión en una cultura distribuida es abundante y está disponible en exceso, y mientras que la autoconstrucción digital acelera la transformación del paisaje privado interior en una página de Facebook para el visto bueno del público, la personalidad se convierte en moneda devaluada”.

Es decir, poco importa quién emita la opinión, su bagaje profesional o la experiencia que tenga a sus espaldas. Cada vez más, al lector sólo le interesa saber si merece la pena leer un determinado libro o no. En nuestro país ese aglutinamiento de reseñas en Amazon no ha “cristalizado” aún, pero en su defecto pueden encontrarse algunos foros de discusión amateur con cierto éxito de visitas y algunos blogs populares cuyos administradores suplen su falta de experiencia literaria con un tono asertivo curiosamente vecino al de la crítica estándar.

“En materia de crítica mainstream es hora de dejar de oír a los críticos hablar de ellos mismos, hilando reseñas desde sus fascinantes memorias o usando el libro en cuestión más como una plataforma para promoverse a sí mismos y a sus asuntos. El crítico debería ser una figura oscura y marginal, y sospecho que la tendencia a personalizar en exceso las reseñas deriva del sentimiento compartido de que parte de su trabajo ha sido usurpado por el conjunto fangoso de opiniones disponibles en cualquier lugar a través de un portátil …  [Pero] la pérdida de una crítica más centralizada y unívoca no es algo necesariamente malo. Seguramente la mayoría de los lectores (y puede que unos pocos autores) han leído reseñas escritas por críticos eminentes cuyo trabajo está sin duda envenenado por prejuicios personales …  En mi corta carrera académica me ha sorprendido, por ejemplo, encontrar a profesores de Literatura Inglesa que han perdido el interés por la literatura a cambio de la búsqueda de poder institucional bajo la forma de puestos administrativos. Entretanto la desaparición —o mejor dicho, la redistribución— de la labor evaluativa diluye las normas de la crítica, lo que también posibilita que el crítico pueda abordar tareas más serias que reviertan en la cultura y provean de un esqueleto más fuerte al ámbito de la actividad literaria”.

Ha dejado de tener sentido la labor crítica cuya finalidad es evaluar libros, por no decir reseñarlos, ya que eso mismo es lo que están haciendo cientos de personas sin exigir nada a cambio, por mero entretenimiento o para no sentirse solos o simplemente para conseguir su cuota de gloria, para ser princesas por unos días.

Paranoia visual sobre la posición de la poesía (Ernesto García López, 2009)

Sin embargo no todo está perdido para el crítico profesional. Todavía está a tiempo de apartarse del ruido generado por Amazon, los foros, los blogs de reseñas y el mismo Facebook y diferenciarse centrándose en algo que Burn denomina vertical or horizontal mapping, es decir, trazados verticales u horizontales. Se trata de algo serio y complicado, francamente alejado de masturbaciones mentales estériles y de la política de la invectiva continuada tan cara para nuestros no lectores más activistas. A bote pronto ese mapping, ya sea vertical u horizontal, parece que llamaría poco la atención de la masa, y además tiene toda la pinta de que hay que currárselo. Por trazado vertical Burn se refiere a algo bastante más ambicioso que la antigua técnica de T. S. Elliot de conectar una obra determinada con un pequeño grupo de obras maestras dentro de su género; se trataría de ampliar el habitualmente estrecho marco de referencia genérico dentro del cual suelen clasificarse las novelas. Una muestra de cómo ensanchar esos límites sería, afirma, la obra de Steven Moore The Novel. An Alternative History. Por otro lado, el trazado horizontal podría consistir por ejemplo en analizar las fuentes ocultas que gobiernan las frases de cada novela, o en el establecimiento de un diálogo con las corrientes intelectuales de otras disciplinas que han informado o argumentado la obra a reseñar. Y en algunos casos ese horizontal mapping requerirá una investigación más profunda o una penetración subjetiva en lo que el novelista cree haber hecho. Termina siendo aún más claro: el crítico que aporte ideas en lugar de prejuicios obtendrá su recompensa (es de suponer que pasado un tiempo…); que los críticos suspiren por grandes audiencias es un índice claro de la insuficiencia de la tarea en sí misma (las reseñas); haciéndose a un lado de la industria de la opinión y profundizando en análisis imparciales, los críticos podrían cumplir con su función principal: dar a conocer las mejores obras que no siempre son visibles en las redes y mercados populares (mainstream).

Me encanta. Celebro todo lo que sea ensanchar el “mercado” hacia arriba y no engordarlo hacia los lados ni lastrarlo hacia abajo. Y si la “audiencia” desciende porque no se habla del último megafichaje editorial ni de la última novela del sempiterno dios del Olimpo ni se “critican” animosamente los productos de temporada —supuestamente perecederos—, mejor.

Stephen Burn, y también en cierto modo algunos de sus compañeros de tema en el periódico más grande del mundo, expresa de forma magistral cuál es mi opinión sobre el actual estado de la crítica versus el ruido de la red y cuál podría ser su deriva: se decanta por el grand style al que me aboné y sigo abonado desde hace dos décadas y que no aspiro a imitar sino a rendir tributo.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Adam Kirsch, blogs literarios, Conversations with David Foster Wallace, Elif Bautman, Katie Roiphe, Pankaj Mishra, Sam Anderson, Stephen J. Burn, The New York Times

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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1 Comentario

  1. AVF 5 marzo 2012 at 18:47

    Menudo artículo obsoleto, elitista y pretencioso.
    Me da vergüenza ajena un fragmento como: “Ha dejado de tener sentido la labor crítica cuya finalidad es evaluar libros, por no decir reseñarlos, ya que eso mismo es lo que están haciendo cientos de personas sin exigir nada a cambio, por mero entretenimiento o para no sentirse solos o simplemente para conseguir su cuota de gloria, para ser princesas por unos días”.

    Bienvenidos los que “para no sentirse solos o conseguir su cuota de gloria” se dedican a reseñar libros, aunque sea sin saber, aunque sea con ingenuidad naif o espíritu diletante.

    Soy profesora de universidad, escritora, resseñadora y editora de 3 blocs. Los bloqueros me merecen más respeto que la crítica llena de presunción, sobreinterpretadora y supuestamente canónica, más vendida a los intereses que cualquier otra que conozca.

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