Revista de Letras

Pesimismo con motor híbrido

14 septiembre 2016 Críticas, Portada
Byung-Chul Han | Foto: Isabella Gresser | CCCB Debats

Byung-Chul Han | Foto: Isabella Gresser | CCCB Debats

Un buen amigo que conoce mi interés por la literatura de ideas me puso un día en la mano un librito de Byung-Chul Han (Seúl 1959) y me dijo escuetamente: “Toma. Lee.” Lo leí y pensé de entrada, bah, es una exótica y curiosa mezcla de Oriente y Occidente, como podría esperarse de un surcoreano que lleva treinta años estudiando y luego enseñando filosofía en Alemania. Tiene un método híbrido, me decía. Por un lado, hasta un lego percibe el influjo taoísta, con esa explotación característica de contraposiciones binarias combinada con un gusto por el paradojismo. Su lectura invertida de los conceptos “negatividad” y “positividad” es binaria y paradójica de manera ejemplar: la negatividad es buena, la positividad es mala. Luego, como el viejo Heidegger, se trata de jugar imaginativamente con las etimologías grecolatinas.

Pero no debió de resultarme ni tan esquemático ni tan banal: al final de la lectura había subrayado largos pasajes y garabateado numerosas anotaciones en los márgenes. El libro me había apelado y provocado. Leí después otros títulos de Han publicados en castellano siempre por la colección Pensamiento Herder, que dirige Manuel Cruz, y siempre con la misma sensación de interés suspicaz. Hay que agradecer a Cruz esta fidelidad al filósofo germano-coreano y, si hay que poner un pero a su diligente trabajo, es la impresión de precipitación que transmite la edición de Topología de la violencia -se han colado numerosas erratas, traducciones poco maduras y hasta faltas de ortografía.

Para quien no es un lector profesional de filosofía, Han no es difícil de leer, pero tampoco es fácil. Emplea una sintaxis muy sencilla, que puede reducir con frecuencia sus frases a la raspa sujeto-predicado-punto. La antítesis, pongamos por caso, de Rafael Sánchez Ferlosio. Por ese lado, ningún obstáculo, ningún manierismo. Sin embargo, Han escribe con una enorme condensación. Sus libritos, de cien páginas o incluso menos, no se acaban nunca. A veces hay que dedicar un buen rato de reflexión a entender correctamente un sujeto, a veces el predicado y a veces hasta el punto.

En el núcleo del pensamiento de Han hay un viaje al interior. Sigmund Freud, una de sus referencias básicas, ya formuló en El malestar en la cultura la forma en que el ser humano civilizado había sacrificado los instintos en el altar de la seguridad colectiva, cediendo espacios de libertad a base de represión. El más acabado refinamiento del control social consiste en la interiorización individual de la represión que llamamos sentimiento de culpa o conciencia moral. Podríamos decir que la conciencia consiste en insertar un policía en la mente de cada ciudadano. Pues bien, en una nueva vuelta de tuerca, ese proceso de interiorización de las fuerzas represivas a lo largo de la historia incluye ahora a una nueva figura: la del capataz.

Herder

Herder

Para Han, la historia es la historia de la represión: todo puede cambiar, pero la violencia humana es eterna. De la sociedad del soberano (que retrataría Giorgio Agamben) pasamos a la sociedad disciplinaria (que Foucault situó a partir del siglo XVII), y de ella a la sociedad de rendimiento, en la que vivimos actualmente bajo el orden neoliberal. Esta sociedad tardo-moderna, que no post-moderna, es la que retrata el profesor de Berlín.

En diálogo crítico con un buen puñado de nombres clave de la intelligentsia europea, Han se esfuerza por demostrar que Poder y Violencia no son sinónimos, para poner así énfasis en la naturaleza voluntaria de la servidumbre que caracteriza a esta sociedad de rendimiento y la esquizofrenia que produce. Enferma de un exceso de positividad productiva, en el lenguaje paradójico del autor, nos ha inoculado efectivamente un capataz inflexible a cada uno, un amo que nos explota desde dentro sin piedad con el agravante de que, a diferencia de otras formas de explotación, tiene aspecto de libertad. Llegar exhaustos a casa por la noche después de la jornada laboral, como si nos hubiese pasado un camión por encima, no nos hace sentir siervos sino que, por el contrario, nos proporciona sensación de autonomía. Trabajamos como desforados gustosamente, por libre voluntad -hasta el infarto. Es lo que Han llamó en otro libro La sociedad del cansancio. La autoexplotación es el culmen de un desarrollo de autoprogramación que nos ha transformado a todos, sin distinción de patria o clase social, en amos y esclavos a la vez.

Desde el punto de vista político, dice Han, lo más problemático de esa identidad biológica entre explotador y explotado es la ausencia de un enemigo externo, claro y definido, al que combatir:

“La violencia sistémica afecta a todos sin requerir antagonismo”.

Esa carencia de enemigo propicia la perduración indefinida del sistema. Espartacos del mundo entero, lasciate ogni speranza: en Han no se lee esperanza por ningún lado, no hay a la vista ningún proceso revolucionario; incluso se complace en señalar la ingenuidad de fantasías como las de Hardt y Negri. No hay remedio a la totalitaria globalización neoliberal: como un agujero negro, lo engulle todo. Si acaso Han vislumbra un final por implosión con ecos lafarguianos pero tonos personales: la primera víctima de la autoexplotación es, naturalmente, el instinto de pereza. El sistema puede reventar desde dentro por sobreproducción, que en el expresivo lenguaje de Han se traduce “por sobrecalientamiento y sobreexcitación”.

Y, no obstante, habría que recordar al pensador germano-coreano que las guerras con uno mismo no han eliminado por desgracia las guerras de siempre, entre unos y otros. Del mismo modo que el policía interior no ha acabado con los policías de carne y hueso, y las conciencias coexisten con las cárceles para bien o para mal, los capataces no han desaparecido tampoco: hoy ya no llevan un látigo en la mano ni exhiben maneras soeces, sino que saludan educados y pulcros, con un título de Psicología en el bolsillo, detrás de los rótulos de “Recursos Humanos”. Y por encima de ellos hay otros amos.

Para dar mayor mordiente a su argumentación, Han parece concebir la historia como etapas que se sustituyen sin solaparse, pero la historia no avanza de ese modo, erradicando de una vez por todas el pasado: más acertado sería decir que se comprime a medida que nuevas capas históricas se agregan a las previas. Sin duda habrá que explicar cómo ha mutado la lucha de clases, pero pretender, como hace Byung-Chul Han, que éste es un concepto definitivamente trasnochado, inválido para analizar lo que sucede, se parece mucho a anunciar el Fin de la Historia, como proclamara otro profesor con apellido también oriental. Por lo menos resulta un poco precipitado.

Pero, además, puede que Han se equivoque. Él mismo se presenta como un ejemplo acabado de su propio modelo teórico. Podría decirse que es un sujeto de rendimiento puro. Curra a destajo. Escribe y publica con fertilidad sorprendente: la colección de Pensamiento Herder ofrece hasta nueve títulos suyos y Topología de la violencia frisa ya las 200 páginas. Con esa productividad quizá da prueba de su capacidad para mantener el interés, pero también puede alentar nuestra suspicacia: si Byung-Chul Han fuera verdaderamente sabio (y él me entenderá), diciendo lo que dice hubiera debido callar hace ya tiempo.

Etiquetas: Byung-Chul Han, Foucault, Giorgio Agamben, Heidegger, Rafael Sánchez Ferlosio, Topología de la violencia

Sobre el autor

Juan Luis Conde

Juan Luis Conde (Ciudad Rodrigo, 1959) es Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y en la actualidad es Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid. Ha combinado actividades literarias como crítica, ficción o ensayo. Como autor de ficción ha publicado las obras 'El largo aliento', 'La ascensión al hoy', 'Un caso de inocencia' y 'Hielo negro'. Como ensayista destacan 'El segundo amo del lenguaje' y 'La lengua del imperio: la retórica del imperialismo en Roma y la globalización', premio Rosa María Calaf de investigación social, entre otros.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario