Revista de Letras

Los relatos reales

Javier Cercas | Foto: Mondadori

Javier Cercas | Foto: Mondadori

El escritor español Javier Cercas (1962) ha publicado al menos ocho libros de narrativa, de los que lamento haber leído hasta ahora solo algunos; entre ellos El móvil (2003), primeriza novela corta que antes fue parte de un volumen de relatos y que significativamente ya mostraba cierto sesgo meta-ficcional, es decir, una tendencia a auto-referir el proceso de escritura del relato y al mismo tiempo oscurecer o difuminar las fronteras entre realidad y ficción.

Es la historia de un abogado obsesionado con la idea de ser escritor y con escribir una novela valiéndose de personajes y situaciones reales: sus propios vecinos y sus dramas. Planifica la estructura, la perspectiva y la trama: será la narración de la escritura de otra novela que trata del asesinato por dinero de un anciano avaro que vive en la planta alta de su edificio; por una pareja de migrantes que ocupa el apartamento contiguo, que a su vez atraviesa una crisis conyugal y dificultades económicas.

Para darle el máximo de verosimilitud a su ficción, el aspirante a escritor va procurando o contribuyendo deliberadamente a que la trama de la novela se convierta en realidad; hasta que ambas (novela y realidad) terminan por confundirse.

Sobre este punto el mismo Cercas ha confesado públicamente que en la mayoría de sus novelas no solamente se narra una o varias historias, sino que en ellas también se describe la forma y los motivos por los cuales se cuentan esas historias; es decir, el proceso de su escritura y lo que también hay detrás de ellas:

“Lo que yo escribo -ha dicho- son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas”.

Tusquets

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Antes de El móvil pude leer Soldados de Salamina (2001), que acusa la misma característica metaficcional y trata de la búsqueda, o más bien del gesto, de un soldado republicano que al final de la guerra civil española, luego de un desastrado intento de fusilamiento colectivo, se ve en el dilema de matar o no a un jerarca fascista a quien sorprende huyendo, y decide no hacerlo.

¿Qué es lo que nos quiere decir el gesto o la decisión tomada en un instante por el personaje Miralles (un heroico y desapegado combatiente republicano) al dejar escapar al ideólogo falangista Rafael Sánchez Mazas, o al perdonarle la vida? En mi opinión muchísimas cosas, además de constituir el punto central para la construcción de una trama que devolvió al autor, según confesión de parte, el entusiasmo o la alegría por vivir.

Esa instantánea y misteriosa decisión de Miralles es lo que obsesiona al narrador (que es Javier Cercas) y lo lleva a emprender la búsqueda de una respuesta en cuyo camino también va encontrando y no encontrando respuestas, o encontrando y no encontrando sentido a entelequias tales como la propia historia de España, la guerra civil y el drama que se deriva de la posición en que, tras cualquier guerra, quedan vencedores y vencidos; la posibilidad o imposibilidad del heroísmo; la nunca refrendada generosidad de los muertos por una causa justa, y, finalmente, la utilidad o inutilidad de la literatura como forma de salvación.

En palabras del propio Cercas (o en palabras de los narradores de sus posteriores novelas, que suelen ser y no ser él mismo) este libro es y no es una novela sin ficción, pues todo lo que narra es parte de la realidad, salvo excepciones relativas a ciertos personajes, especialmente Miralles, cuyas conversaciones con el narrador en realidad fueron inventadas.

Pero aunque Soldados de Salamina tampoco parece ser lo que llaman un relato real, de cualquier modo a mí me pareció estupenda, entre otras cosas porque en cierta forma me hizo recordar mi propia realidad y la historia de mi propio país, Nicaragua; salvando distancias.

Literatura Mondadori

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Lo mismo me ha sucedido con Anatomía de un instante (2009), que es más francamente un relato histórico novelado; aunque al decir novelado se debe especificar, o más bien hacer la salvedad, de que se trata de un hecho histórico narrado con los procedimientos escriturales de la novela, pero sin recurrir del todo, o casi del todo, a los recursos de la ficción.

El libro es, como dice el autor (o su narrador) en el prólogo, la anatomía del instante en que Adolfo Suárez, hombre clave en la transición política española de finales del siglo XX, permaneció impasible en su asiento cuando un grupo de militares golpistas irrumpió a balazos en el Congreso mientras casi todos los diputados se escondían bajo sus escaños el 23 de febrero de 1981.

Es la crónica, amplia y detallada, de un golpe de estado fallido; narrada a partir de ese gesto. Y fue a partir de ese gesto y de ese intento de golpe que Cercas quiso, primero, hacer una novela de ficción; pero ciertos imponderables lo llevaron a cambiar de rumbo en el proceso de escritura.

Según explica en el prólogo (o lo explica su narrador) en determinado momento se percató de que, a esas alturas del siglo XX la televisión era el principal fabricante de realidad, y al mismo tiempo de irrealidad, en el mundo; en consecuencia, por más real que fuese lo que tocase la televisión, terminaba por contaminarlo de irrealidad y por alterar su naturaleza.

Como acontecimiento histórico, o como “el único golpe en la historia grabado por televisión”, el del 23 de febrero convivió con esa anomalía, “y el hecho de que haya sido filmado es al mismo tiempo su garantía de realidad y su garantía de irrealidad”.

El narrador Cercas dice haberse percatado de que muchos españoles recordaban con detalle haber visto en directo y por televisión la entrada de los militares golpistas al Congreso; pero no le fue difícil comprobar que ese recuerdo no era real. Aunque la radio lo transmitió en directo, las imágenes sólo se emitieron después de la liberación del Congreso, hasta el día siguiente.

“Todos nos resistimos a que nos extirpen los recuerdos, que son el asidero de la identidad, y algunos anteponen lo que recuerdan a lo que ocurrió”.

Explica Cercas ante lo que supone una “reacción neurótica”, en la cual es difícil distinguir lo real de lo ficticio. El golpe del 23 de febrero, dice:

“Es fruto de una neurosis colectiva. O de una paranoia colectiva. O, más precisamente, de una novela colectiva”.

Nadie había sido un héroe, nadie hizo el más mínimo gesto de oponerse al golpe; nadie, salvo un puñado de personas, se echó a la calle para enfrentarse a los militares:

“El país entero se metió en su casa a esperar que el golpe fracasase. O que triunfase”.

Fue mentira lo que rezó después una declaración oficial del Congreso, pues contrario a lo que suelen recordar los españoles cada año, ese día no hubo siquiera un implícito rechazo social al golpe; tampoco hubo ninguna actitud ejemplar de la ciudadanía, ni hubo un comportamiento responsable de los partidos, ni de los sindicatos, ni de los medios de comunicación; que según el pronunciamiento “bastaron para frustrar el golpe”.

Todos esos encomios a la sociedad española fueron, según Cercas, puras falsedades. Fue entonces que la aparatosa discrepancia entre su recuerdo personal y el recuerdo colectivo de los españoles le produjo “el pálpito presuntuoso” de que la realidad le estaba reclamando una novela. Por eso su primera intención fue hacer una ficción.

Pero tan pronto como hubo terminado el primer borrador la sensación de triunfo se evaporó, y las dudas, en vez de despejarse, se multiplicaron. ¿No era redundante escribir una novela basada en otra novela, una novela colectiva? ¿No debía partir aquel relato de la realidad, y no de la ficción? ¿No era la obligación de una novela sobre el 23 de febrero renunciar a ciertos privilegios del género y tratar de responder ante la realidad además de ante sí misma?

Entonces empezó a comprender que era inútil proponerse la hazaña de derrotar una realidad de tal magnitud con una novela. “Comprendí –dice– que los hechos del 23 del febrero poseían por sí mismos toda la fuerza dramática y el potencial simbólico que exigimos de la literatura, y comprendí que, aunque yo fuera un escritor de ficciones, por una vez la realidad me importaba más que la ficción”.

Así decidió escribir Anatomía de un instante, un libro que, aunque no sea del todo una novela, tampoco renuncia del todo a ser leído como una novela. Incapaz de inventar todo lo que sabía sobre el golpe del 23 de febrero, iluminando con una ficción su realidad, Cercas simplemente se resignó a contarlo. El resultado es una especie de crónica periodística, un documental cuyo lenguaje y estructura son eminentemente novelísticos.

Literatura Mondadori

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Años después Cercas publicó El impostor (2014), un libro que ha sido calificado por él mismo (o por su narrador) como una novela sin ficción, o una novela de no ficción aunque saturada de ficción. Es prácticamente la biografía o el testimonio novelado de la vida de Enric Marco, un catalán que se hizo pasar primero por un heroico antifranquista y antifascista, y luego por superviviente de los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

El caso Marco, o el caso de las mentiras de Marco, al ser desvelado en mayo de 2005 luego de que a lo largo de cuarenta años el tipo hubiese pronunciado centenares de conferencias, concedido entrevistas, recibido condecoraciones, liderado una beligerante asociación sindical y llegase a presidir la asociación española de supervivientes; provocó, me atrevo a suponer, una especie de sisma moral en España, y quizás también en Europa.

Acerca de este libro, como parte de su costumbre de también contar el cómo y el porqué de sus historias, Cercas (o el narrador de Cercas) dice que durante un tiempo se resistió a escribirlo porque se encontraba en un estado anímico deplorable y lo que entonces necesitaba o creía necesitar escribir era una novela con ficción y no un relato real. Al cabo escribió El impostor, es decir, lo que él dice que es una novela sin ficción saturada de ficción.

Respecto a esta forma narrativa sabemos que, aunque en castellano fueron el colombiano Gabriel García Márquez (Relato de un náufrago, 1955/1970), el argentino Rodolfo Walsh (Operación masacre, 1957) y el español José María Gironella (Un millón de muertos, 1961) los primeros en ejecutar con eficacia lo que ahora se suele llamar novela de no ficción; en lengua inglesa fue el estadounidense Truman Capote quien le dio mayor celebridad al proclamar abiertamente su relato In cold blood (A sangre fría, 1966) como Nonfiction novel.

Pero ¿qué es al fin y al cabo una novela de no ficción? ¿Es acaso una crónica, un relato histórico novelado, un testimonio, una memoria, una biografía, una autobiografía? ¿Es una narración apoyada en personajes, hechos, ámbitos y acontecimientos reales pero a la que se ha dotado de ciertas pinceladas de imaginación o de cierta dosis de ficción para hacerla más vívida, persuasiva o creíble para el lector?

No lo sé. Aunque para los escritores centroamericanos de la última postguerra estas interrogantes nos resultan, más que familiares, persistentes. Al menos a mí me resulta interesante saber que un escritor español relativamente joven como Cercas privilegie la opción meta-ficcional en su quehacer narrativo, pues al fin y al cabo es ese precisamente el eje de las formas testimoniales o autobiográficas que han sido tan importantes en los distintos contextos históricos de la literatura centroamericana.

Y es doblemente interesante que, como la mayoría de la narrativa centroamericana de las últimas décadas, la obra de Cercas tienda recurrentemente a enfatizar el entrecruzamiento de memoria, literatura y política, tan característico de la narrativa autobiográfica o testimonial en Centroamérica.

En todo caso, como en toda buena novela (con ficción o sin ficción), y como en todo relato real, en El impostor se busca la verdad, o una verdad; y sobre la verdad se dice con frecuencia que no necesariamente debe significar lo contrario de ficción, por tanto no es ilógico deducir en esa línea que tampoco la mentira es sinónimo de ficción. De hecho, si apelamos al sentido original del término ficción (del latín fingere), éste se refiere a suponer, actuar, modelar, inventar.

Según el argentino Juan José Saer, al contar con el poder de esquivar el terreno de la verificación, la ficción hace que las formas que existen para su tratamiento se multipliquen, pero eso no significa que la ficción sea estrictamente sinónimo de absoluta falsedad. Sí se puede decir que su carácter es doble: mezcla lo empírico con lo imaginario. Dice Saer:

“La ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción”.

En realidad, lo que hace un autor de ficción es darse permiso para tratar (y retratar) la realidad a su modo, como una caricatura. En cualquier caso el tratamiento de la ficción apunta más bien a problematizar el conflicto entre verdad y falsedad, en lugar de huir de él.

Para ilustrar el asunto Saer acude al ejemplo de su compatriota Jorge Luis Borges:

“Borges no reivindica ni lo falso ni lo verdadero como opuestos que se excluyen, sino como conceptos problemáticos que encarnan la principal razón de ser de la ficción. Si llama Ficciones a uno de sus libros fundamentales, no lo hace con el fin de exaltar lo falso a expensas de lo verdadero, sino con el de sugerir que la ficción es el medio más apropiado para tratar sus relaciones complejas” (Saer: El concepto de ficción, 1997).

Ergo: ficción es la problematización de la relación entre verdad y falsedad. Exactamente el mismo asunto que ocupa el centro de este libro de Cercas, además (o incluyéndolos) del asunto de la historia de España y de la traumática psicología colectiva de los españoles, y por derivación –debo agregar– de los latinoamericanos.

A lo largo de su libro, Cercas (o su narrador) establece parámetros literarios relacionados con lo que está escribiendo. Entre otros recurre sobre todo al ejemplo de A sangre fría, de Capote, de quien moralmente se distancia, aunque no respecto a la mayoría de sus procedimientos. Durante su lectura, sin embargo, no pude evitar recordar la magnífica Historia de Mayta (1984), de Mario Vargas Llosa, y el reportaje novelado Noticia de un secuestro (1996), de García Márquez. Y al recordar ambos textos logré entender mejor el propósito de tal procedimiento.

Sin embargo aún me sigo preguntando qué es una novela de no ficción, o qué no lo es. La verdad no estoy seguro. Lo que sí puedo decir es que El impostor es al mismo tiempo una biografía, un relato histórico, una crónica, un largo reportaje o un documental biográfico que condensa casi toda la historia contemporánea de España, o de la España del siglo XX.

Pero es también una novela, porque el protagonista o el biografiado llamado Enric Marco es una ficción, aunque una ficción creada por él mismo, no por el novelista. En el libro también se narra cómo el protagonista se inventó a sí mismo, aunque el porqué de esa casi increíble invención más bien se sugiere, pues narrarlo creo que implicaría narrar los últimos cien años de la historia de España.

El protagonista se creó a sí mismo y Cercas lo que hizo fue reconstruir su biografía y tratar de dilucidar en el camino (quizás ilusamente) lo que en ella había de verdad y de mentira; es decir, escribir la crónica o el reportaje de un hombre real, de carne y hueso, inscrito en la realidad, en la historia, pero que es también una invención urdida por él mismo; la suma de una invención colectiva o de una serie innumerable de invenciones individuales: la encarnación de la mentira histórica fraguada en nombre de la memoria histórica y a espaldas, o traicionando, a la propia historia.

Eso me recuerda una imagen que he intentado esbozar otras veces a propósito de la poesía y las memorias escritas por mi compatriota el poeta Ernesto Cardenal: es como si, Memoria e Historia, dos hermanas que en nuestros países nunca se han puesto de acuerdo, recibiesen una herencia cuantiosa y una de ellas (la más avezada, la más astuta, la más veleidosa) traicionara a la otra (seria y decente) y a punta de argucias al final se quedase con todo.

Conste que con esto solamente quiero recordar que la memoria suele ser traicionera, y de paso ponderar a la historia como ciencia, no a la legión de historiadores que, por ejemplo, en Latinoamérica la han falseado y manipulado secularmente, y han terminado por convertirla en una mala ficción; así como otros, eventualmente, también lo han hecho desde la literatura en nombre de la memoria histórica.

En un tiempo saturado de memoria -dice el narrador-, ésta amenaza con sustituir a la historia:

“La memoria y la historia son, en principio, opuestas: la memoria es individual, parcial y subjetiva; en cambio, la historia es colectiva y aspira a ser total y objetiva. También son complementarias: la historia dota a la memoria de un sentido; la memoria es un instrumento, un ingrediente, una parte de la historia. Pero la memoria no es la historia”.

Los motivos puntuales que llevaron a Cercas a hacer de la historia de Marcos una novela de no ficción, fueron prácticamente los mismos que anteriormente tuvo para hacer también lo mismo con la historia de Adolfo Suárez y el golpe del 23 de febrero en Anatomía de un instante. Admite Cercas (o su narrador) en la explicación que la novela hace de sí misma:

“Tratándose de la historia de un fastuoso creador de ficciones sobre sí mismo, contar su historia mediante la ficción hubiese sido redundante, literariamente irrelevante”.

Marco hizo de sí mismo una ficción, pero eso no lo convierte en un novelista literario, sino en un novelista real, en un novelador de su propia vida. El narrador de Cercas se pregunta si eso es malo, y concluye que sí, que las mentiras, en la vida (no en las novelas) están mal:

“Salvo en una novela sin ficción, o en un relato real”.

Salvo en su libro.

Pero el mismo libro de Cercas nos ilustra cómo la mentira de Marco lo llevó, y nos llevó a sus lectores, a descubrir una verdad: la verdad de la condición moral de la España contemporánea; y yo diría que también la condición de todas las sociedades que, como las centroamericanas, se parecen en muchos aspectos a la de España; la verdad de que todos, o casi todos, somos como Enric Marco, y que vivimos en sociedades en donde quienes siempre se imponen y logran sus propósitos son los impostores.

Sin embargo, en cierto momento del relato, según lo confiesa el narrador (o el propio Cercas), tiene de pronto la revelación de que Enric Marco construyó su personaje para que, al cabo, alguien, un escritor, lo descubriera e hiciese pública su verdadera historia. ¿Y quién mejor que un novelista que escribe novelas sin ficción, relatos reales, y a quien le gusta al mismo tiempo describir cómo y porqué lo hace? Veamos las verdades a que llega Cercas por medio de la gran mentira de Marco:

Marco inventó el personaje de sí mismo durante la transición de la dictadura a la democracia en España, en un momento en que el país entero estaba también reinventándose. Muerto el dictador Franco, casi todos en España empezaron también a construirse un pasado para encajar bien en el presente y prepararse para el futuro: políticos, intelectuales, periodistas, personas de todo tipo, de derecha o de izquierda; deseosos de demostrar que eran demócratas desde siempre y que durante el franquismo habían sido opositores secretos.

Pero no todos mintieron con la misma habilidad o con la misma desfachatez o con la misma persistencia que Marco:

“La mayoría se limitó a maquillar o adornar su pasado (o a desvelar por fin una intimidad miedosamente velada u oportunamente oculta hasta entonces)”. Pero lo hicieron sin remordimientos, “sabiendo que a su alrededor todo el mundo estaba haciendo lo mismo”.

Al fin y al cabo:

“El país entero cargaba a cuestas con cuarenta años de dictadura a la que casi nadie había dicho No y casi todos habían dicho Sí”.

Marco adornó, maquilló u ocultó su verdadera historia inventando un ficticio pasado individual y colectivo. España fue un país tan narcisista como lo fue Marco. La democracia española se construyó sobre una mentira, una gran mentira colectiva o una larga serie de pequeñas mentiras individuales. Esas son las verdades a que nos lleva la gran mentira de Marco, y no creo que las semejanzas de todo eso con nuestras propias realidades históricas en Centroamérica sean una mera coincidencia.

Pero como dice el narrador de Cercas, hay que ser justos: casi todos los países tienen o han tenido una compleja y deficitaria digestión de su pasado reciente. En efecto: ningún país puede presumir de un pasado sin conflicto y sin violencia y sin nada de lo que avergonzarse:

“Igual que Marco, las naciones hacen también lo posible para evitar conocerse a sí mismas o reconocerse como lo que son”.

Aun con lo expuesto, no puedo evitar la tentación de invertir los términos con que Cercas propone su libro, y aducir que El impostor es más bien un relato de ficción saturado de realidad, y no al revés. Lo digo porque, independientemente de cómo asume Cercas su libro, creo que en él hay elementos que lo inscriben en el territorio quizás pleno y absoluto de la ficción, es decir que al menos en parte no es una novela de no ficción, o, en parte, sí es una novela legítima de ficción.

Uno de ellos es el capítulo ocho de la tercera parte: El vuelo de Ícaro (o Icaro), donde Cercas se inventa (o su narrador dice que se lo inventa) un diálogo intenso, agudo, crítico y autocrítico con su protagonista. Un diálogo imaginado (novela pura), que quizás sea uno de los pasajes que a lo largo del libro más contribuyen a la verdad, o más bien a la verdad que se busca entender en esta novela.

Cercas dice o sugiere (o lo sugiere su narrador) que encandilarnos o encandilar a una sociedad como la española con el rollo de la memoria histórica puede convertirse (o se convirtió) en una moda superficial; puede transformarse (o se transformó) en una industria lucrativa (económica, política y moralmente), en fin, puede llegar a ser letal (o llegó a ser letal) para la misma memoria; es decir que puede llegar a convertirla en mentira histórica, pues la memoria es, como él dice (o su narrador), de los individuos, no de las sociedades; “y en una sociedad la memoria no puede sustituir a la historia”.

En el transcurso de la narración de El impostor, mientras al mismo tiempo que narra explica el proceso de su relato, el narrador de Cercas pone de relieve un fenómeno que, según creo, por mucho tiempo ha afectado a la narrativa centroamericana, especialmente a la de las últimas décadas, y que explica de algún modo los conflictos frecuentes entre memoria e historia que la entrecruzan.

Un historiador, dice el narrador Cercas, no es un juez, pero su forma de operar es similar: busca la verdad, estudia documentos, verifica pruebas, relaciona hechos, interroga a testigos y emite un veredicto que no es definitivo; un veredicto que puede ser recurrido, revisado o refutado; pero que es un veredicto. En tanto el testigo, o quien da testimonio de hechos históricos, no siempre tiene la razón; su razón es su memoria, y la memoria es frágil, y con frecuencia interesada:

“No siempre se recuerda bien; no siempre se acierta a separar el recuerdo de la invención; no siempre se recuerda lo que ocurrió sino lo que ya otras veces recordamos que ocurrió, o lo que otros testigos han dicho que ocurrió, o simplemente lo que nos conviene recordar que ocurrió. El historiador, en cambio, responde ante la verdad. Y, como responde ante la verdad, no puede aceptar el chantaje del testigo”.

Lo que Cercas nos está proponiendo como alternativa es un nuevo tipo de narrativa en la que cobra relevancia la perspectiva del cronista; un tipo de relato en el que, sin renunciar a las herramientas propias de la novela, se privilegie la realidad, que a fin de cuentas es el camino por el que se llega a la verdad, o a una verdad determinada.

Según Cercas (esta vez sí el autor) los lectores de principios de siglo XXI tienen una idea un poco estrecha o reducida de lo que es una novela, y por eso su propuesta particular podría ser una redefinición o ampliación de la noción de novela; la búsqueda de un modelo de novela, en sus palabras, más abierto y plural; menos rígido; “un modelo en el que son bienvenidas todas las formas o géneros: la historia, la crónica, el ensayo, la biografía o la autobiografía”.

Yo no soy español, pero tras leer El impostor siento que soy como Enric Marco. En realidad creo que todos, en España o América Latina, de alguna manera lo somos, así como también somos en algo parecidos a los españoles que se refugiaron bajo sus escaños o tras las puertas de sus casas durante el golpe del 23 de febrero.

He nacido y vivido en un país que, al igual que España, padeció por casi medio siglo una dictadura, además de una guerra insurreccional que duró dos años y otra guerra aún más cruenta que duró casi una década, y que de no ser porque quienes movían los hilos del conflicto se cansaron de ella (o se dieron cuenta de que todos estábamos cansados de ella) no hubiesen convenido en recobrar al menos las bases para sustentar nuestra todavía endeble, coja y maniatada democracia.

Soy de un país situado en el centro de una región o subcontinente en el que siempre se han compartido historias más o menos comunes; lo que me lleva también a pensar que, tanto en Nicaragua como en casi toda América Latina, activar a fondo los resortes de lo que llaman memoria histórica quizás no hubiese permitido (por la sangre que probablemente hubiese seguido corriendo) instaurar los remedos de democracia con los que hasta ahora nos las hemos arreglado.

Pensando en eso me he preguntado si ha sido realmente importante para Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Argentina, Venezuela, Colombia o Paraguay, o para nuestras sociedades de postguerra, postdictaduras o postconflictos, recobrar la memoria histórica.

¿Es importante al fin hacerlo, y hacerlo a fondo? ¿No es mejor que se ocupen del pasado los historiadores serios y decentes como Benito Bermejo, quien desenmascaró a Enric Marco, y no los guerrilleros convertidos después en escritores o en historiadores; o los políticos, o las propias víctimas con sus testimonios y memorias y autobiografías, y que al cabo no son otra cosa que testigos parciales dispuestos a chantajear para exigir justicia?

¿No es esa también una especie de tiranía de la memoria en tiempos en que deberíamos dejar funcionar a la historia, o más bien dicho, a los historiadores verdaderamente serios que asumen su oficio como una ciencia insobornable?

Por eso, y por otras cosas más estrictamente literarias, me he identificado (pese a la lejanía de contextos) con las novelas que hasta ahora he leído de Javier Cercas; porque en este tipo de relatos el novelista realmente debe asumir su oficio con seriedad: el oficio de fingir para tratar de entender (no justificar ni condenar) los complejos y escabrosos asuntos humanos.

Creo que es el tipo de realismo que nos toca como narradores periféricos en estos tiempos, y es inútil eludirlo. Las fórmulas mágico-realistas hoy descartadas por las nuevas generaciones de escritores no deberían, creo yo, ser sustituidas tan alegremente por la parafernalia tecnológica o globalizante, o por atmósferas y elucubraciones más propias de las metrópolis.

En todo caso deberían ser más bien incorporadas a las recreaciones o representaciones críticas de nuestras nuevas, crecientes y caóticas realidades urbanas y rurales; sin eludir por ello la terrible y literariamente rica experiencia que para los escritores hispanoamericanos significa la invariabilidad o permanencia del pasado.

Y la invariabilidad del pasado es una de las importantes conclusiones a que nos llevan las novelas de Cercas. El pasado no pasa nunca. Ni siquiera es pasado; es sólo una dimensión del presente, dice el narrador de El impostor, repitiendo un decir de William Faulkner. Por eso creo que en nuestros contextos, es decir, en el contexto hispanoamericano, lo único que existe verdaderamente es el pasado; un pasado que no pasa nunca.

Si lo pensamos bien, además, nos percataremos de que, en general, si hablamos de las proyecciones del tiempo humano, el presente en realidad es efímero: a cada instante está convirtiéndose en pasado (es una dimensión efímera del pasado). Y al parecer el futuro no existe.

Puede que en España estas novelas de Cercas no hayan sido del agrado de algunos, o quizá de muchos (seguramente de muchos); pero creo que es cierto lo que de él se ha dicho en algunas publicaciones: no solo ha logrado difuminar las fronteras del género novelesco, sino que ha escarbado aun más profundo que otros que hasta ahora lo habían hecho, en esa misteriosa fusión o aleación compuesta por la invención y la realidad.

Por lo demás, como otras buenas novelas (u otros buenos relatos reales), las novelas de Javier Cercas también escarban y manosean con impudicia en la quizás ilimitada capacidad de vileza o decencia de que goza como extraño tributo la condición humana.

Etiquetas: Adolfo Suárez, Anatomía de un instante, Congreso, El impostor, Javier Cercas, Soldados de Salamina

Sobre el autor

Erick Aguirre

Erick Aguirre Aragón (Managua, 1961). Escritor y periodista. Publicaciones: ‘Pasado meridiano’ (Poesía, 1995), ‘Un sol sobre Managua’ (Novela, 1998), ‘Conversación con las sombras’ (Poesía, 2000), ‘Con sangre de hermanos’ (Novela, 2002), ‘Juez y parte’ (Ensayos, 1999); ‘La espuma sucia del río’ (Ensayos, 2000); ‘Subversión de la memoria’ (Ensayos, 2005), ‘Las máscaras del texto’ (Ensayos, 2006); ‘La vida que se ama’ (Poesía, 2011), ‘Diálogo infinito’ (Ensayos, 2012). Su novela inédita, ‘Cuando estábamos vivos’, fue finalista del Premio Herralde 2014. Redactor y editor en periódicos de Centroamérica. Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Miembro del Consejo Editorial de ‘Istmo’ (Revista Virtual de Estudios Literarios y Culturales Centroamericanos). Colaborador de ‘Carátula’ (Revista Centroamericana de Literatura).

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1 Comentario

  1. Fernando Vega 6 Mayo 2016 at 13:39

    A mí también me faltan por leer libros suyos pero El Impostor y Soldados de Salamina me parecieron muy buenos. Lo veré este domingo en una entrevista en Arrelats a ver si habla de sus libros. http://www.ccma.cat/tv3/arrelats/

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