Revista de Letras

En defensa de los marginados

Mohamed Chukri | Foto: Cabaret Voltaire

Fue Roberto Bolaño quien se refirió al escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez como el “Bukowski habanero”. Y lo cierto es que, más allá del hecho de que tanto en la obra de Charles Bukowski como en la de Pedro Juan Gutiérrez abundan los parias, las prostitutas, las peleas, las borracheras y, en definitiva, la cara más sórdida de las ciudades de Los Angeles y La Habana, hay otras cualidades que permiten emparentar a ambos escritores: la capacidad de elipsis, el desgarro y una precisión sumamente austera. Ambos practican, como diría el filósofo Salvador Pániker, la estética conductista. Lejos de trazar retratos psicológicos de los personajes, los consideran únicamente por su conducta y no por sus pensamientos o vida interior.

Sucede que Bukowski es probablemente el más conocido representante de esa estirpe de escritores y a menudo se le cita como referente cuando se habla de otros cuyas obras, por las características mencionadas más arriba, permiten establecer esa asociación. Sin ir más lejos, hace poco descubrí, leyendo al periodista Javier Valenzuela, que el Magreb, la región norte del continente africano, también tiene “su Bukowski”: el escritor marroquí Mohamed Chukri (1935-2003).

Si bien en la actualidad se habla de los menores no acompañados que deambulan por algunas ciudades del Magreb (Ceuta y Melilla incluidas), el fenómeno no es nuevo ni reciente en aquellas regiones. Durante la época de los protectorados español y francés, en Marruecos había cientos de niños que, huyendo de la miseria y de la brutalidad, malvivían en algunas de las principales ciudades del país. Uno de ellos fue Mohamed Chukri, quien acabó convirtiéndose, contra todo pronóstico, en uno de los más importantes escritores de la literatura magrebí. Chukri nació en una región pobre del Rif. Huyó de casa por culpa de la violencia de su padre, que en un ataque de cólera estranguló a su hijo, hermano menor de Chukri. Fue aquel uno de los episodios más macabros y violentos a los que se enfrentó el escritor en su infancia, tras lo cual tuvo que poner tierra de por medio por miedo a correr la misma suerte que el hermano. A partir de ahí se buscó la vida como pudo, exponiéndose, como tantos otros niños, a los peligros y amenazas propios de la calle: hambre, hurtos, violaciones, drogas, prostitución y alcohol. Años más tarde, aprendió a leer y escribir, y en 1972 escribió El pan desnudo (reeditada bajo el título El pan a secas por Cabaret Voltaire), el crudo y desgarrador relato de su infancia y juventud. Dicha obra le valió la fama y el reconocimiento internacional gracias a la traducción al inglés que hizo Paul Bowles, escritor estadounidense llegado a Tánger en la época dorada de la ciudad, buscando en ella, como muchos otros escritores de la época, exotismo y placeres.

Chukri sostenía en alguna entrevista al final de sus días que, al margen de hablar de sexualidad en sus obras, también intentaba dar ciertos valores y que estaba comprometido socialmente. Y es que, como Charles Bukowski o Pedro Juan Gutiérrez, el escritor marroquí siempre fue dado a defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. Su legado literario da fe de ello.

Etiquetas: Bukowski, El pan a secas, Magreb, Mohamed Chukri, Tánger

Sobre el autor

Jordi Pacheco

Jordi Pacheco (Girona, 1980). Periodista y músico. Ha estudiado Comunicación en la UOC (Universitat Oberta de Catalunya). En la actualidad colabora en diversos medios de comunicación, entre los cuales destacan las revistas 'El Ciervo' y 'Foc Nou'. Como músico, es guitarrista en la formación Grupo Local, con la cual ha publicado un disco, Estropósito (2016). Además es miembro de la Asociación Cultural Mistura, un colectivo que trabaja por difundir la cultura del conocimiento, la comprensión y el entendimiento, para acercar los vínculos entre las personas y dar visibilidad a la crisis humanitaria por la que atraviesa el mundo.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario