Revista de Letras

Circuit-ON (III). Irina Kouberskaya: “La crisis despertará el alma conquistadora de los españoles”

3 junio 2013 Teatro

¡Tú y yo somos libres como el viento, hermana!
Huyamos, es hora, do blanquea entre nubes
la montaña y brilla de azul la marina,
donde paseemos sólo el viento… ¡y yo!

(Alexander Pushkin)

c-ONNo es ésta la casa de los Benavides-Alba que describiera Lorca. Aquella de atmósfera irrespirable rodeada por una locura de cal, un patio entre tapias, un caballo -sinónimo de la Muerte y del Deseo- que corcovea, ansiando la misma libertad por la que aullaban y mataban las cuatro feas hijas de Bernarda, las dos criadas serviles, la abuela adorablemente loca. Esta casa, nacida del imaginario de Hugo Pérez, codirector de la obra, es una enajenación de mantillas y encajes; costumbrismo y saeta machadiana; escenas que remontan a los cuadros de Caravaggio; clarooscuros o metáforas de esas mentes opacas, que oscilan entre la dulzura y lo salvaje; tenebrismo de Ribera; imaginería y coreográficas escenas evangélicas que traducen la historia lorquina en retablos vivientes: las actrices evocan el Descendimiento, lavando la cara del Nazareno; acompañando a Cristo por una Calle de la Amargura, que tiene las mismas piedras que la casa paterna. Desde el patio de butacas (el más bonito de Madrid) se intuye el olor a juncias, a romero, al blanco de la cala y el crisantemo del luto, al rojo del capote, a la humedad y al polvo de los ajuares muertos. Esta relectura de la universal obra lorquiana pasa por crear una escenografía barroca, que sumerge al espectador en un mar de mujeres sexuales, mujeres-araña, anhelantes por inocular veneno en la rival, dominadas por el contumaz deseo hacia Pepe el Romano, mujeres de uñas fieras, espléndidamente interpretadas por Carmen Rodríguez (Bernarda), Chelo Vivares (Poncia), Katarina de Azcárate (Magdalena), Badia Albayati (Adela), Matilde Juárez (Martirio), Ana Peiró/Matilde Gutiérrez Polo (Amelia), Alejandra Navarro (Angustias), Marina Valverde (Mª Josefa), Mª Luisa García (La criada) y Enriqueta Sancho (La vecina). Todas ellas (mitad brujas, mitad doncellas) renuevan el texto en un montaje donde no hay personajes secundarios. Una perfecta coreografía de las malas entrañas del Sur.

Chelo Vivares, Carmen Rodríguez e Irina Kouberskaya (foto © Pablo Á. Mendivil)

Chelo Vivares, Carmen Rodríguez e Irina Kouberskaya (foto © Pablo Á. Mendivil)

Hablamos con Irina Kouberskaya, codirectora junto a Hugo Pérez de la Sala Tribueñe así como de esta versión de La casa de Bernarda Alba; con Carmen Rodríguez y con Chelo Vivares en el madrileño parque de la Fuente del Berro, cerca, coincidencias de la vida, de una estatua de Pushkin. Nos acompaña Ascua, la perra de Irina, protagonista de la sesión fotográfica. Aunque Kouberskaya lleva cuarenta años en España, naciera en Moscú y se educara teatralmente en San Petersburgo, todavía conserva un fuerte acento que evoca al de Anna Ajmátova leyendo su famoso Requiem. Rusa y española, ha bebido de ambas culturas y defiende vorazmente a las dos. Disecciona a la perfección los entresijos del teatro, la cara y la cruz de las Artes. Como directora apuesta por el trabajo en equipo, por la defensa del actor como creador absoluto, por la recuperación de toda la cultura ancestral, que tantas veces calificamos como “obsoleta” o “pasada de moda”.

Irina Kouberskaya (foto © Pablo Á. Mendivil)

Irina Kouberskaya (foto © Pablo Á. Mendivil)

Irina, usted fue primero actriz y luego se pasó a la dirección. Como actriz, participa actualmente en Por los ojos de Raquel Meller y como directora, junto a Hugo Pérez, lleva las riendas de esta particular Bernarda Alba. ¿Cómo se vive esa doble faceta de intérprete, por un parte, y encargada de una obra, por la otra?

Muy placenteramente. Siempre me he sentido directora. Me estrené como tal aquí en España, tras acabar en Rusia el doctorado en Dirección. En España tardé mucho tiempo en llevar a escena una obra propia, hasta que nació nuestro teatro hace diez años. A partir de entonces con constancia y junto con Hugo Pérez  y una vez con nuestra sala en funcionamiento, comenzamos a emitir nuestra propia señal de cómo entendemos el teatro y el Arte.

¿Por qué se decide a montar un teatro en 2003?

Por la desesperación, por la imposibilidad de entrar en el modelo del sistema existente. Tantos obstáculos para crear generan al final una rebeldía muy grande. No sólo nace Tribueñe como un sueño personal, también se erige en portavoz de mucha gente callada que no ha podido implementar sus obras o que no se arriesga a hacer algo semejante: iniciar un proyecto que supone una independencia total respecto de lo oficial. En nombre de estas voces calladas se abre este teatro. Nosotros dirigimos y potenciamos a nuevos artistas, no sólo a los de nuestra Compañía. Tribueñe está abierto a mucha gente que viene, actúa y enseña su Arte.

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

Frente a lo que se suele ver hoy día, cosas con poca alma en teatros institucionales, con vocaciones de shows, atrayendo al público mediante una cara televisiva, vosotros esgrimís una estética propia, una estampa propia, algo que es muy difícil de encontrar. Cuando el espectador entra en producciones como Por los ojos de Raquel Meller o en La casa de Bernarda Alba, percibe una magia diferente, un sello costumbrista, dicho desde el elogio, una escenografía y una iluminación cuidadísima. En definitiva, un universo con sello Tribueñe.

Fíjate, lo primero que nos planteamos Hugo y yo en Bernarda Alba es lo que no queremos hacer. Hemos visto muchos montajes y somos conscientes de que en colegios, en universidades, en todo tipo de escenarios, esta obra siempre es un éxito de texto. Por lo tanto queríamos adquirir nuestro propio valor lorquiano y poético, para dar a luz un lenguaje particular. No queríamos citar texto, no queríamos beber solamente de Lorca, queríamos verter en las palabras nuestra alma. García Lorca ya hizo su tarea, ahora a nosotros nos toca hacer la nuestra. Una tarea que se va vislumbrando mientras estás ensayando, un estilo que se asemeja a un niño al que vas a dar a luz. La obra es una semilla que va creciendo, bebiendo de la personalidad que tiene cada actriz. Apostamos por desarrollar sus capacidades en cada papel. Y ellas mismas se sorprenden muchas veces de hasta dónde han podido llegar en su expresión. Para la escenografía, hecha por Hugo, hemos partido de la frase de Lorca en la que describe la casa de Bernarda Alba. Primero habla de “Paredes blancas y gruesas”. Después, dice: “Cuadros con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda”. A partir de ahí, Hugo crea la escenografía, desde su increíble imaginario. A la hora de dirigir las obras, ambos nos complementamos, sorprendiéndonos, entendiéndonos o incluso enfadándonos, pero siempre con armonía. Lorca es el puente que todo lo armoniza.

Una de las cosas que más ha impactado de los dos montajes que hemos mencionado es la firme apuesta por la estética. Una estética barroca y muy ibérica, taurina y ancestral, donde el vestuario, los juegos de luces y la caracterización de las intérpretes juegan un papel importantísimo. Impresionante el cuidado dedicado a los detalles. Y llama la atención el que vuestra intención sea rescatar e incluso poner de moda todo lo español.

¡Es que aquí tenéis una increíble herencia cultural! Si España se distingue por algo es por tener portavoces como Cervantes, Picasso, Dalí o Velázquez. Todos aman a España por la inmensa Cultura que poseéis. Por eso es impensable que se estén lanzando hachazos contra ella. Si algo tiene España propio es la Cultura… Muchos hablan del sol y del mar… (Ríe) ¡Perdona querida, eso es la obra de Dios! Lo que de verdad hay aquí es un heroísmo cultural evidente y nosotros pretendemos que se ponga de manifiesto que hay que “saber heredar”. Hay que abrir estas arcas ancestrales, contemplarlas, fascinarse y acariciarlas. Sin amar tu raíz no es posible abrir caminos. Y más cuando esa raíz cultural es fascinante, es la fuente de la que tenéis que beber, es el soporte para aguantar lo malo de la vida. Para mí, viniendo de Rusia, fue muy fácil amar España. Cuando uno ama la Cultura, al ser ésta una unión de alma con alma, sin fronteras, la belleza atrapa inmediatamente.

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

Habéis sabido rescatar en Bernarda la parte negra andaluza, el tinte gitano de los poemas de Lorca. Es curioso el tempo de este dramaturgo. Su existencia viene a coincidir con la de los poetas rusos de la Edad de Plata, muchos de los cuales murieron por causas políticas, al igual que Lorca. También usted ha llevado a las tablas a Valle-Inclán y a Chéjov. Como buena conocedora de las dos culturas, ¿qué destacaría del alma española y del alma rusa?

Fíjate: en La casa de Bernarda Alba, en el tercer acto, aparece un tango ruso del año 38, un año tan dramático en España y Rusia. Un año en el que se segó todo lo mejor de la Cultura, asesinando o llevando al gulag a lo mejor de la Poesía. La purga, el estalinismo ha guillotinado a las mejores cabezas pensantes de la época, directamente. Todas las dictaduras del siglo XX, sean del signo que sean, han matado a los grandes escritores, quedándonos huérfanos de ellos. ¿Qué hay parecido? Que en una lejana España interior del año 38 suene atrevidamente en escena un tango ruso no es frivolidad. El significado es que al mismo tiempo que acontecían horrores aquí, también tenían lugar en Rusia. En mi país de nacimiento, respondiendo a tu pregunta, se ama a los artistas, que son el patrimonio vivo que hay que saber heredar. Allí, al teatro, se va siempre con flores. Cuando llevamos Bernarda Alba al Festival de Yalta, Carmen y Chelo se sintieron artistas, respetadas. El público se les acercaba y les besaba las manos. Ésa es una diferencia respecto a lo que ocurre aquí en España. ¡Cómo no va a ser respetado el artista, si somos un conducto entre cielo y tierra! ¿La otra diferencia entre ambos países? Rusia es más de diálogos y España, más de monólogos. Aquí puedes hablar con alguien y al final de la conversación esa persona sabe todo de ti, porque tú te has abierto. Y tú no sabes nada de ella. Hay un misterio de carácter, muy abierto en un principio, pero que se cierra en lo íntimo.

Por los ojos de Raquel Meller (foto: Tribueñe)

Por los ojos de Raquel Meller (foto: Tribueñe)

¿Es España un país de egos?

El ego es un arma potentísima que en Rusia no existe. Tú, allí, puedes gustar o no. Pero aquí se sabe muy bien ignorar, saben hacer que no existes. El desprecio es un sentimiento durísimo. En este pequeño teatro, hemos hecho el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte de Ramón María del Valle-Inclán en su versión completa: Ocho horas de espectáculo, con todos los actores transformándose… ¡Una proeza! ¿Ha salido algo en la prensa? No. Porque los directores de periódico dicen: “No vamos a alabar a pequeños teatros. ¿Para qué? Son los teatros nacionales los que pagan las páginas, no vamos a “elevar” a los alternativos”. ¿Y por qué no van a alabarnos? ¡Lo merecíamos! ¡Pero lo merecíamos ya el primer año, cuando abrimos Tribueñe! No necesitamos diez años para decir “somos”, ya el primer año “éramos”. Detrás de mí hay mucho camino y detrás de Hugo hay un talento desbordante. Pero, a pesar de esa ignorancia de los egos, pese a haber pisado muchos despachos sin éxito, seguimos soñando constantemente con proyectos y al final hemos llegado a tener nuestra Compañía, que es nuestra libertad.

¿Cómo se lleva en Tribueñe el sablazo del 21%?

Nos sobra este veintitantos por ciento que nos han metido. Es trágico políticamente porque arremeten contra lo más preciado. Somos el único país del mundo que paga esto: cuando menos por cien, más civilizado es el país. Vamos, inevitablemente, hacia un salvajismo. El 21% humilla y duele, ¿dónde tienen los ojos los gobernantes? Hacienda no perdona. Pero, ¿qué es Hacienda? ¡Hacienda vive de estos talentos, los chupa! Hacienda también son personas que deberían saber pensar. Machado decía: “De cada diez españoles, uno piensa y nueve embisten”. Yo creo que ahora todos embisten.

(A Irina se le ensombrece el gris de los ojos. Mira al infinito, juguetea con Ascua y prosigue, guerrera).

¡Qué tragedia para un país ir abofeteando la Cultura! ¡Qué tragedia! Estoy segura que si les pides recitar de memoria alguna poesía a los prebostes no lo pueden hacer. Y alguien que no conoce la buena poesía desde niño, tiene los ojos cerrados para el resto de su vida. A mí lo que me impresionó cuando llegué a España, hace casi 40 años, fue que los campesinos podían no ser alfabetos pero cantaban romances. Ahora, ni eso. Ahora, a cobrar el PER. El ser humano solamente tiene un fin en su vida: desarrollarse mientras vive. Y el único placer que tiene es irse formando, alejado de lo material: ni coches, ni casas, ni nada. Su deber y su placer es llegar a más de lo que la Naturaleza te ha dado. Esto tan sencillo se ha desaprendido. Fíjate los niños, qué perdidos están en este mundo de bienestar… Aunque no sé a qué llaman bienestar.

Quizá al malestar del alma.

Un malestar que nos impide ver que nosotros somos unos luchadores, unos Quijotes del alma contra el materialismo desalmado.

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

La casa de Bernarda Alba (foto: Tribueñe)

Habéis trabajado en Tribueñe textos de Chéjov (El jardín de los cerezos), de Valle-Inclán (Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, Ligazón y La Rosa de Papel), de Lorca (El público, La casa de Bernarda Alba). ¿Con cuál de ellos se queda?

Me quedo con Valle-Inclán y Lorca. Respecto a Chéjov, pude romper el hielo que le circundaba gracias a impregnarme de aquellos dos. Gracias al temperamento de los artistas españoles hemos podido abrir nuevos caminos en la dramaturgia chejoviana. Vemos que ahora los ingleses siguen nuestro camino, pero nosotros fuimos los primeros en leer bien a Chéjov. Nunca quisimos hacer de su obra una cosa congelada, un acto de esnobismo que consistiera en cuatro horas de aburrimiento para luego aplaudir muchísimo. Hemos hecho todo lo que quería el dramaturgo ruso, que lloraba después de cada estreno. ¡Después del nuestro no tendría que llorar! (risas) Gracias a Lorca y a Valle-Inclán, llevé a Chéjov a la alta poética, inundando de lirismo cada detalle. En nuestro Jardín de los Cerezos, los cerezos son, en realidad, remos usados que buscamos en Galicia. Una metáfora de que todos estamos nadando en el aire. Esa manera de estar impregnados de Chéjov nos ha llevado a recibir el premio a la Mejor Dirección; a la Mejor Interpretación y al Mejor Colectivo Teatral por nuestra obra en el IV Festival de Teatro Chéjov en Yalta (Ucrania).

¿Qué opina respecto a esta ebullición de las salas alternativas, que son ahora las abanderadas de las nuevas formas de hacer teatro?

De momento, esta apertura de las salas significa que la gente está teniendo mucha iniciativa personal. Y cuando un español tiene iniciativa personal… ¡conquista América! Esta crisis vendrá muy bien para que nazcan nuevos conquistadores, tenéis un alma de conquista y os conviene ser valientes a todos. De esta caída nacerán grandes artistas que no necesitarán tanta subvención. Sólo necesitan que no les pongan trabas. Pero, desgraciadamente, ahí arriba no hay ojos que puedan reconocer quiénes son los artistas, tan llenos están de amiguismos y nepotismos.

Al acabar la conversación, antes de proseguir con Carmen y Chelo, Irina me cuenta una anécdota que revela mucho acerca de su carácter y del enorme respeto que siente hacia su profesión: “Cuando finalizamos nuestra actuación en el Festival de Yalta, fui con mis hijas Katarina y Natalia al cementerio, a visitar la tumba de mis padres. Sobre ella, deposité las flores que nos habían lanzado al acabar la obra. Y lo hice como homenaje a ellos y porque yo no había vuelto a mi patria como turista”. Y, sonriendo, llena de orgullo, remata: “Había vuelto a mi país trabajando en lo que me apasiona”. Toda una dama de la escena.

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Chelo Vivares, Irina Kouberskaya y Carmen Rodríguez (foto © Pablo Á. Mendivil)

Chelo Vivares, Irina Kouberskaya y Carmen Rodríguez (foto © Pablo Á. Mendivil)

El gran silencio umbroso: Bernarda Alba

Ambas son actrices de una prolongada y exitosa trayectoria artística. Carmen Rodríguez está unida umbilicalmente a la trayectoria de Tribueñe (Variedades taurinas, Los ojos de Raquel Meller, Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, El hilo negro: Retablo de canciones de la España antigua) donde triunfa como una ascética Bernarda Alba. Al genio de la Alba le responde la fuerza vital de Poncia, representada por la espléndida Chelo Vivares. Vivares es una de las mejores actrices de doblaje españolas, la voz de Mirtle la Llorona en la saga Harry Potter, del mítico Pedro de Heidi, de Allison Mack en Smallville, de Stan Marsh en South Park, o de algunos Flanders en Los Simpson, además de haber marcado a una generación como el personaje de Espinete en Barrio Sésamo. El torrente de sus palabras es contrapuesto: casi susurrante en el caso de Carmen, voraz en el caso de Chelo. Ambas participan de un proceso creativo que Kouberskaya define como “doloroso”: a veces, Paraíso, a veces, Infierno.

La compañía Tribueñe es un grupo muy compacto, donde intentamos sorprendernos a los demás para sorprendernos a nosotros mismos. Con nuestras diferencias, como distintos creadores que somos. Pero vamos hacia lo mismo, algo que no se ve ni se da en otras compañías. Aquí no hay papel secundario”, comienza hablando Chelo. Añade Carmen: “Irina y Hugo dan a cada actor secundario su momento de gloria”.

Carmen Rodríguez de la Pica (foto © Pablo Á. Mendivil)

Carmen Rodríguez de la Pica (foto © Pablo Á. Mendivil)

Rodríguez de la Pica interpreta a una Bernarda corvina, durísima, matriarcal, dictadora en casa y mentes. Pero el mismo clarooscuro que adorna el escenario se entrevé en su actitud: no es ésta la Bernarda a la que el espectador repele. Exhala una cierta ternura, un muy bien disimulado amor por las hijas favoritas, sobre todo por Adela. Le pregunto a la actriz si su personaje es malo por Naturaleza. “No, Bernarda no es mala. Es una sufridora de sus propias circunstancias, de su destino. Viuda dos veces, con cinco hijas todas feas, responsable de la economía familiar, con un marido que la ha engañado, con unas criadas horrorosas, una madre loca…”. “Bernarda ha crecido en un ambiente donde la mujer tiene que luchar para ser respetada. La única fuerza que tiene para lograr eso es su genio”. Habla Kouberskaya de la gran memoria ancestral de Carmen Rodríguez. “Es un actriz racial, cultísima, que maneja deliciosamente los rituales”. Añade la intérprete: “Yo he visto muchas Bernardas. Mujeres metidas en lo oscuro, obligadas por las tradiciones. Y supongo que las sigue habiendo”.

Le pregunto a Chelo si Poncia es más libre que Bernarda: “Qué va. Es esclava de Bernarda. Si ésta por sus ancestros y sus circunstancias dice “yo tengo siempre la razón”, Poncia es igual, también cree que la lleva. No es más libre, tiene que fregar la suciedad -en todos los sentidos- de Bernarda y, además, tiene que callar todo lo que ve. Porque su pan depende de Bernarda, depende de sus limosnas”.

En el montaje, el rasgo diferencial respecto a otras Bernardas es la presencia fresca, utópica, lírica, de la más libre de todas esas mujeres: Mª Josefa, la abuela loca, interpretada por Marina Valverde. Vestida de blanco, con flores en el pelo, la vieja soñadora, que anhela a un hombre hermoso y al mar, es la más clarividente de las protagonistas, una suerte de doncella libérrima.

Las dos actrices abominan de la actual situación de recortes. “Si ya en su momento costaba abrir caminos al público, con este impuesto retrógrado es todo mucho más duro para mantener las salas. Los teatros nacionales, los teatros subvencionados no tienen este incremento”, dice Chelo. “Pero nosotros tenemos Tribueñe y un talento tremendo en las personas de Irina y Hugo. Estamos encantadas de trabajar con ellos. Ambos son muy similares y a la vez disímiles. Se complementan estupendamente. Ya has visto el resultado”. “Pueden ponernos cortapisas en el exterior, pero cuando ves estas obras tan vivas, donde siempre hay algo diferente, nos olvidamos de las trabas”, añade Carmen.

Es curioso que la descripción que hace Irina Kouberskaya de la psicología que habita la casa de la Alba sea tan parecida a la que recorre el país en este momento. “Lo que se muestra en la obra de Lorca es rancio sobre rancio. Esa casa es una cárcel de la cual, en cualquier momento, todos pueden salir. Pero no lo hacen. Ocurre en ella como nos pasa a nosotros: pensamos que somos libres y que vivimos en democracia. ¿No nos damos cuenta de que somos esclavos del poder?”.

Ella se refiere a esa casa de “muros gruesos. Puertas en arco con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes” por la que se extiende “un gran silencio umbroso”. Pero esa metáfora de la esclavitud es transportable a la situación de teatro. Ante ella, los valientes, como la Compañía Tribueñe, optan por la locura de la abuela. A los demás, quizá les convenga ser doncellas que se pelean por un Pepe el Romano. Allá ellos y sus servilismos. La libertad sigue habitando en un delicado escenario de Ventas.

Carmen Garrido (@CarmelaGarrido)
www.ladamadeverde.blogspot.com

Fotos:  © Pablo Á. Mendivil

Etiquetas: Carmen Rodríguez, Chelo Vivares, Circuit-ON, Compañía Tribueñe, Federico García Lorca, Hugo Pérez, Irina Kouberskaya, La casa de Bernarda Alba, Sala Tribueñe

Sobre el autor

Carmen Garrido

Carmen Garrido (Fernán Núñez, Córdoba, 1978) es poeta y periodista especializada en Relaciones Internacionales. Premio Andalucía Joven 2008 con "La hijastra de Job" (Editorial Renacimiento), en 2011 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Fundación Cultural Miguel Hernández por su poemario "Garum" (Editorial Devenir), y fue designada autora 2011 de la Diputación de Cádiz con "El parteluz" (Proyecto Alumbre). Administra el blog La Dama de Verde (finalista a Mejor blog Nacional de Creación Literaria 2009 en Revista de Letras) y es crítica de Teatro y Poesía en la revista Culturamas. Apasionada del mundo árabe, la poesía de Anna Ajmátova y la novela negra anglosajona.

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