Revista de Letras

¿Cómo será el mundo en el año 2050?

30 noviembre 2017 CCCB, Portada

Mercè Folch, Giorgos Kallis y Pu Baizán en el CCCB | Foto: Miquel Taverna

El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, en colaboración con ICREA, y dentro del marco de la exposición Después del fin del mundo, ha invitado a investigadores universitarios a debatir sobre cómo será el planeta en el año 2050 según las hipótesis que, desde aquí y ahora, podemos elaborar estudiando los indicios que se detectan en el cambio climático, los modelos económicos imperantes y las diversas migraciones globales.

Durante el acto que cierra el ciclo, el economista Giorgos Kallis y el demógrafo Pau Baizán, moderados por la periodista Mercè Folch, han debatido sobre los límites del crecimiento del consumo, y si existen, o no, alternativas políticas y ambientales para combatir las expectativas más apocalípticas que solemos encontrar en el cine o la literatura de ciencia ficción, pero también en muchos estudios universitarios.

Giorgos Kallis, coautor del libro Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era, afirma que ya está en peligro el planeta por los ataques que está sufriendo la biodiversidad, algo que podemos observar en los síntomas más evidentes del cambio climático, y en las bajas reservas de fósforo. Defiende que no se puede seguir apostando por un crecimiento exponencial en un planeta que, sin duda, es finito. Es por ello que celebra las iniciativas políticas y sociales que aportan indicadores de nivel de vida que van más allá del PIB, y que desvinculan felicidad y consumo.

Pau Baizán, por su parte, calcula que la población mundial, en 2050, podría llegar a los diez mil millones de personas (hoy somos seis mil millones, aproximadamente), aunque considera que es muy probable que, entonces, comience a bajar. Y es que precisamente subsistir de los recursos fósiles será insostenible. “Vivimos del pasado construyendo, así, el futuro”, explica. En todo caso, y sin emitir un juicio de valor sobre ello, constata que en toda sociedad que ha pasado de un modelo agrícola a uno industrial existe una bajada de natalidad muy considerable. En China, por ejemplo, en los años setenta cada mujer, de media, tenía seis hijos. Hoy, tiene uno y medio.

‘Después del fin del mundo’, CCCB

Kallis insiste en que el consumo desmesurado es un problema de sistema, no únicamente de decisiones individuales. “Consumir en una sociedad de clases es una forma de sentirte miembro de la sociedad”, nos dice, una especie de ascensor social basado en las apariencias.

El capitalismo y la globalización ha llegado a tal nivel de expansión que, como nos recordaba Galeano en El imperio del consumo, los niños pobres cada vez beben más Coca-Cola y menos leche. Y en las casas más precarias no hay dinero para comprar una cama en condiciones y, sin embargo, disponen de una televisión de pantalla plana. La ilusión del bienestar, y todos sus trucos, han superado la mayoría de las fronteras.

Baizán matiza algunos de los tópicos sobre la retórica de la falta de recursos. Y es que asegura que hoy la gente que pasa hambre no lo hace por falta de alimentos, sino por su mala distribución. Tampoco es cierto que haya más consumo por un aumento de la población. Depende del modelo de sociedad en el que vives, en cómo utilizas la electricidad o cuánto plástico usas en tu día a día.

Giorgos Kallis considera que la gente ha entendido lo absurdo del crecimiento ilimitado en un mundo, precisamente, limitado. El problema es cómo frenar una rueda que parece obedecer a la implacable inercia. Es por ello que apuesta por modelos de decrecimiento que, al mismo tiempo, inventen nuevos lenguajes, palabras que sean capaces de convocar el bien común. Pequeños experimentos para escapar de la obsesión por el crecimiento pueden ser, según el investigador, los huertos urbanos o las monedas de uso social, que apuestan por una red local y otro tipo de relación entre las personas que las usan.

¿Cómo decrecer en un mundo que asocia el progreso a la acumulación? Para Kallis es imprescindible poner limite al saco de petróleo, trabajar menos horas, instaurar una renta básica, implementar una economía de base solidaria, e incrementar los impuestos a todas aquellas empresas e instituciones que exploten recursos naturales.

Desde la demografía, Baizán explica que hay que combatir la idea de que las migraciones son un problema. “Sólo el tres por ciento de la población vive en un sitio diferente al que ha nacido”, apunta. Y además señala que, en los lugares en los que hay más equidad entre géneros, también hay más Educación y más Sanidad. Para que un migrante se vaya de su casa se necesitan tres condiciones: demanda de mano de obra del país de acogida, una razón para el viaje (puede ser política o de pobreza) y capital social (que conozcan a alguien en el nuevo destino). La migración, pues, también es positiva para aquellos que están convencidos del valor del crecimiento económico. Más allá de las cuestiones éticas y humanitarias, ni siquiera desde ese punto de vista una política antimigratoria tiene sentido.

Ninguno de los dos investigadores se atreve a predecir cómo será exactamente el mundo en 2050. Hay muchos factores imprevistos que hoy ni siquiera imaginamos. Sin embargo, entre la utopía y la distopía, siempre está la toma de consciencia del problema. Imprescindible para hacerle frente.


En el filme WALL∙E vemos un mundo fagotizado por sus propios residuos:

Etiquetas: cambio climático, CCCB, Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, decrecimiento, Después del fin del mundo, migraciones

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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