Revista de Letras

Condenados al reencuentro

Foto de Apetitu Flickr Flickr Commons

Foto de Apetitu | Flickr Commons

Los hechos que narro a continuación bien podrían ser expuestos en una sinopsis, transformarse en un guion técnico y, quién sabe, incluso podrían trasladarse a la pantalla, grande o pequeña. A ver, vamos con la sinopsis: dos niños, Nacho y Miguel, se conocen en la escuela, se hacen amigos de inmediato y comparten similares afinidades. En el instituto, por supuesto, se sientan en el mismo banco. Salen de farra día sí día también, y, tiempo después, deciden estudiar la misma carrera universitaria –periodismo– para no perderse el rastro. Sin embargo, tiempo después Nacho decide cambiar de aires: se muda de ciudad y pierde el rastro de su querido colega –no, aún no eran tiempos de Internet ni de WhatsApp.
Está claro que ahora debe llegar uno de esos giros que modulan la tensión de toda historia. Helo aquí: en su nueva tierra, Nacho se hace novelista, y su última obra versa sobre el inescrupuloso mundo de la televisión. Por su parte, tras haber triunfado con sus ficciones para la pequeña pantalla, Miguel publica una novela que pronto será adaptada a la televisión como miniserie. Las coincidencias se acumulan, la difusión de ambos autores crece, y por ello solo cabía un reencuentro. Es así que un día uno de ellos propone quedar para unas cañas y recuperar el tiempo perdido; puede que las cañas sean menos abundantes que a los veinte años –el hígado que no perdona–, pero las anécdotas y las remembranzas sí que serán copiosas.

José Ignacio García Martín | Foto cedida por el autor

José Ignacio García Martín | Foto cedida por el autor

A grandes rasgos, así es la historia que une a José Ignacio García Martín (Talavera de la Reina, 1968) y a Miguel Sáez Carral (Madrid, 1968). García Martín, el novelista, ha publicado las obras Bolero envenenado y El fantasma de Buravia, entre otras; su última novela, de la que hablamos en esta charla, se titula La vida privada de Dios (InÉditor, 2013). Sáez Carral, el guionista, es autor de series tan exitosas como Sin tetas no hay paraíso u Homicidios, por las que ha recibido premios como el Ondas o el TP de Oro; este 2014 la editorial Planeta ha publicado su novela Apaches, que pronto será adaptada a la TV por Antena 3. Quien escribe estas líneas no ha sido testigo de la primera reunión entre ambos amigos, pero sí de un encuentro posterior en el que no faltaron las anécdotas ni las cañas.

Miguel Sáez Carral | Foto cedida por el autor

Miguel Sáez Carral | Foto cedida por el autor

La historia de vuestra amistad tiene bastante de televisivo. Y, de alguna manera, después de tanto tiempo sin veros ha sido la televisión lo que os ha vuelto a reunir: un guionista de TV que escribe novelas y un novelista que escribe sobre la TV.
García Martín:
En este caso la televisión ha sido el punto de conexión igual que podría haberlo sido la Movida Madrileña o la Transición. Yo creo que es normal que los autores de cada generación se nutran de aquello con lo que han crecido, y para la gente de nuestra edad la televisión ha sido un elemento más que relevante.
Sáez Carral: Sí, en parte nos ha reunido la TV, pero más bien yo diría que el culpable de todo esto has sido tú, Franco Chiaravalloti.

Y bastante que me ha costado reuniros. En fin… ¿Es la tele tan nefasta? ¿Es la tele tan imprescindible?
GM:
La televisión es un invento que provocó uno de los cambios más profundos de la Historia, como en su momento lo hicieran la imprenta o la locomotora, a diferencia de que la tele está dotada de una influencia casi religiosa. Es esta idea el origen de La vida privada de Dios: la TV te da milagros que antes pedías encendiendo una vela.
SC: Yo llevo años creando series de ficción. Para mí la televisión es algo natural, pero nunca dejo de sorprenderme cuando un contenido alcanza un impacto tal que es capaz de trascender el ámbito de la caja boba y se convierte en un fenómeno social. Esto pasa pocas veces, pero cuando ocurre me parece fascinante.
GM: Quizás eso no ocurra tan poco, ¿no, Miguel? La televisión tiene el poder absoluto. Seduce a la gente común y a los famosos, a la política, a la publicidad, al fútbol… A todo aquel que quiera un apoyo masivo ni se le ocurriría prescindir de la pequeña pantalla. Es verdad que ese papel se está derivando hacia otras plataformas –las redes sociales, claro–, pero el poder de la televisión hoy sigue siendo enorme, porque es la única plataforma verdaderamente masiva.

Hablando de redes sociales, supongo que os habéis reencontrado gracias a San Facebook.
GM:
Si no recuerdo mal, antes de contactar vía red social nos reencontramos virtualmente hace un par de años a través de unos comentarios en mi blog El último peatón. Después, a principios de este año, me enteré de que se publicaba Apaches, así que compré la novela y el Facebook hizo el resto.
SC: Yo un día me puse a buscar en Internet a antiguos compañeros del colegio. De esa manera di con el blog de Nacho. La verdad es que me emocionó descubrir que se había convertido en escritor. Ojo, no me sorprendió, porque apuntaba maneras desde pequeño. Después de hacernos amiguitos en Facebook y todo eso compré La vida privada de Dios. Y mira por donde: la protagonista se llama Dora, igual que mi hija.

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InÈditor

Apelemos a la síntesis propia del mundo de la TV: explicadme en pocas palabras de qué van vuestras novelas.
GM: La vida privada de Dios es una novela negra que alterna algunos de los escenarios típicos del género –el club nocturno, la cárcel, la sala de juegos– con otros menos frecuentes y relacionados con los medios de comunicación –platós de TV, estudios de cine, ruedas de prensa–. Trata sobre personas desesperadas por diferentes motivos y que buscan su redención a través de ese tipo de fama instantánea que promete un medio como la televisión. La cuestión es hasta qué punto llegaría cada personaje para lograr su objetivo, y eso incluye decisiones tan drásticas como cometer un delito o renunciar a todo para desentrañar una supuesta conspiración criminal. De eso habla la novela: del precio de nuestra intimidad y de nuestra vida, y de quién pone el precio.
SC: Apaches es la historia de una familia y de dos amigos del barrio de Tetuán, Madrid, durante los años noventa. Miguel, el protagonista, descubre que su padre –que es propietario de una fábrica de relojes de oro– ha sido estafado por sus socios y está arruinado. La necesidad de recuperar lo que les han sustraído y de vengar a su padre empuja a Miguel a buscar la ayuda de un amigo de su infancia hoy inmerso en el mundo del delito. Juntos comienzan a asaltar a todos aquellos que colaboraron en la ruina del padre de Miguel. Esta carrera delictiva provoca que el protagonista tenga que abandonar su mundo acomodado y vuelva a su barrio, a sus orígenes. Golpe a golpe va consiguiendo acercarse a la meta que se ha propuesto hasta que una chica se cruza en su camino.

¿Cuánto de personal habéis volcado sobre el mundo del que habláis?
SC:
Apaches está basada en hechos reales. Lo que narra la novela le sucedió a mi familia. Es parte de mi vida. O sea que es bastante personal. Creo que fue Hemingway el que dijo “escribe de lo que conoces”. Yo lo he seguido al pie de la letra.

Planeta

Planeta

Impacta saber eso, Miguel, teniendo en cuenta el argumento de Apaches.
SC:
El punto de arranque de Apaches sucedió realmente. Los protagonistas son mi padre, mis hermanas y yo mismo. El resto fueron o son personas de carne y hueso a las que conocí y con las que compartí muchas experiencias. Si bien los he literaturizado, ellos siguen siendo ellos. Pero atención, porque no tengo delitos de sangre y cualquier otro delito que haya podido cometer ya ha prescrito.

En tu caso, Ignacio, no hay dudas de que te fascina rascar en la falta de escrúpulos de los tíos que programan nuestras horas de ocio.
GM:
El cine, los tebeos o la televisión han sido tan decisivos en mi vocación narrativa como la propia literatura, por eso es un tema al cual quería, necesitaba dedicarle una novela. Hay además un aspecto que allí se trata y que siempre he tenido presente en mi vida personal: soy alguien extremadamente cuidadoso con su intimidad –varias personas cercanas me lo han reprochado más de una vez– y por ello me fascina el poder que en apariencia tiene una cámara para convertir al tipo más reservado del mundo en un charlatán indiscreto.

Mientras leía La vida privada de Dios, Ignacio, te imaginaba inundado de revistas Hola o Pronto, o de programas como “Sálvame Deluxe” o “Más allá de la vida”. Si ha sido así, no se me ocurre otro trabajo de documentación más infausto.
GM: Supongo que para quedar bien debería decir que ha sido un calvario, pero ni mucho menos. La televisión es un medio injustamente infravalorado, y además tengo la impresión de que las críticas que merece –que son muchas– van dirigidas hacia el objetivo equivocado. Esos programas que nombras son banales, frívolos, chabacanos, esperpénticos, o sea, se retratan a sí mismos. Yo no quería escribir una novela sobre personas ejemplares, sino hacer algo parecido a una sátira sobre una cuestión que me temo nos tomamos demasiado en serio. Y lo que me parece serio de verdad es, por ejemplo, que hayamos aceptado que los telediarios y los programas informativos estén manipulados por intereses, ya no sólo ideológicos, sino comerciales, y parezca que nos dé igual. Al final es mucho más dañino eso que un debate sobre la vida sexual de Paquirrín.

Pero la pregunta sigue flotando, Ignacio: ¿tuviste que chuparte todos esos programejos para documentarte?
GM:
Sí, claro. Partiendo de lo que ya conocía, dediqué además algún tiempo a ver ciertos programas con mayor atención. Grabé algunos de ellos para poder fijarme mejor en su funcionamiento y recopilar gestos, vocabulario, estética y rasgos generales que sirvieran para dar veracidad a los personajes. También traté de ver algunos de esos programas junto a espectadores habituales, y de este modo comprobar el efecto que causaban en el público. Encuentras de todo: desde gente que se pasa el programa entero diciendo que todo está amañado –pero aun así lo siguen viendo– hasta auténticos fanáticos que dan más miedo que los hooligans del fútbol.

La ley del barrio y la ley del rating: ambas novelas se rigen por unas normas propias, sus personajes las acatan a cualquier precio, y creo que hay muchos puntos de contacto entre los códigos de uno y otro mundo. Sin embargo, a pesar de cuán despiadado sea un barrio del extrarradio, aún percibo humanidad allí, un mayor aprecio por el otro. En la tele, en cambio, te puedes comer el hígado del que tienes al lado y no solo te filman, también te aplauden.
SC:
El Tetuán de Apaches es un barrio con un fuerte sentimiento de identidad y respira casi como una familia ampliada. La ley del barrio es su código de convivencia no escrito. Básicamente lo que dice es que uno debe defender y proteger a los que viven a su lado. Uno no debe robar en su barrio. Uno no debe delatar a sus vecinos. Es posible que mañana necesites la ayuda de esas personas. Y esto es lo que hace que sea tan humano.
GM: El barrio tiene sus fronteras, y las leyes que tengas que acatar las acatas fronteras adentro. Pero la pantalla de un televisor también es una frontera. Todo lo que ocurre al otro lado es ficción, o no-realidad si se quiere, y cuando digo todo es absolutamente todo, incluidos los telediarios, los documentales y las entrevistas. Por eso ni debes convencerte de que conoces la realidad sólo porque has visto las noticias, ni tampoco aplicar a tu vida los mismos códigos con los que valorarías un programa, aunque dicho programa se venda con la etiqueta de telerrealidad.
SC: Precisamente, Nacho, en estos días está circulando en los medios una noticia relacionada con un suceso violento ocurrido en Tetuán, el barrio donde crecimos y donde transcurre mi novela. Tal como se está tratando en los informativos, cualquiera diría que aquello es Gaza en vez de Madrid.
GM: Cierto. Y la alarma que se levantó no tiene nada que ver con lo que ocurre realmente. Pasa todos los días: un descerebrado quema un contenedor después de un Barça-Madrid y el informativo abre con un vídeo de la basura ardiendo acompañado de un titular que dice “Barcelona en llamas”, o algo parecido, y entonces empiezo a recibir mensajes y llamadas de mis familiares de Madrid porque deben de pensar que se ha declarado el estado de sitio.

Aún queda bien decir que la literatura es cultura, es prestigio y hasta es élite, y que la televisión es basura, futilidad, comida de populacho.
SC:
En total desacuerdo, claro. De hecho, ahora mismo la mejor literatura se está produciendo en televisión. Algunas series de ficción son auténticas obras maestras y muchos de los mejores talentos literarios de nuestra época están escribiendo el guión de una serie de TV.
GM: El prejuicio está vivo, muy vivo, como si fuesen ámbitos condenados a ser enemigos. Ni a la televisión le beneficia la etiqueta de fábrica de mentiras y banalidades, ni a la literatura esa especie de aura de elitismo en relación a otras disciplinas como el cine o la música. Cuando se utilizan conceptos como lector, espectador, internauta o votante, parece que se esté hablando de personas distintas, pero lo normal es que todas esas categorías convivan junto a otras muchas en un mismo individuo.

Se me ocurre el fútbol como un ámbito capaz de conciliar lo popular con lo literario.
GM:
Sin duda. Hoy es normal encontrar novelas o antologías de cuentos que tratan sobre el fútbol. Autores como Vázquez Montalbán, Galeano o Marías nunca han escondido su afición ni sus colores.
SC: ¿Y qué de Camus, que además de escritor era futbolista?
GM: Es cierto. ¡Y premio Nobel! (ríe). Pero yo insisto en que la televisión me parece un invento extraordinario. Creo que todos estaremos de acuerdo si digo que Gutenberg no tiene la culpa de que exista Mein Kampf.
SC: O de que los puentes de todo el mundo se estén llenando de candados roñosos.
GM: La responsabilidad de ello será, en todo caso, del autor o el editor de cada libro y, por supuesto, de quien elige leerlos. Por eso me parece injusto que se culpe a un medio de comunicación del mal uso que algunos hacen de él. Yo me quedo con que gracias a este medio he visto los clásicos del cine mudo, de la época dorada de Hollywood, de la nouvelle vague o de Berlanga.
SC: O la llegada del hombre a la Luna, o los Juegos Olímpicos o la caída del muro de Berlín…
GM: O cosas que hubiéramos preferido no haber visto, como el 23-F o el atentado a las Torres Gemelas…

…o el cinco a uno de Holanda a España en el último mundial. Ahora bien, las dos novelas proponen dilemas de los gordos. En Apaches has de simpatizar con la idea de que puedes hacer cualquier cosa –legal o no– para proteger a tu familia. En La vida privada de Dios tienes que votar en un reality show para elegir quién recibirá un trasplante y condenar a muerte a los perdedores.
SC:
A mí lo que me gusta es poner a los personajes en una encrucijada constante. En Apaches, el protagonista debe elegir entre conservar su estupenda vida o sacrificarse por su familia. Y toma una decisión que le va a llevar a vivir todo lo que viene después. Si eres capaz de hacer que el lector o el espectador viva como propio un conflicto ajeno, habrás alcanzado buena parte del quid que supone escribir ficciones.
GM: En mi caso, durante el periodo de documentación del que te hablaba antes, llegué a la conclusión de que aquellos realitys que tenían formato de concurso se decidían a través del voto negativo y no positivo. En apariencia era ilógico que, en lugar de tener que votar por tu concursante favorito, tuvieras que hacerlo por el que menos te gustara, pero después uno se da cuenta de que el mecanismo funciona mucho mejor así. Este sistema genera en el espectador una actitud más agresiva que deriva asimismo en una mayor implicación.

Se nos da mejor refunfuñar que reivindicar.
GM:
Sí, y de ahí surgió la idea del reality extremo que propone mi novela, en el que los concursantes no ganan un coche o un millón de euros, sino un órgano vital. Una lectora me dijo que, en los pasajes que tratan sobre este concurso, ella llegó a implicarse igual que si lo estuviera viendo por la tele, sopesando a qué concursante salvaría en caso de que pudiera participar. Cuando fue consciente de ello, sintió un rechazo inmediato… Las palabras de esta lectora reafirman eso que dijo Miguel, sobre el quid de escribir ficciones, y es una de las mejores críticas que me podrían haber hecho.

En esta época donde Google sabe de ti hasta cuando estás en el lavabo y en la que tu entera vida se aloja en Silicon Valley, ¿cómo veis a la caja boba de aquí a unos años?
GM:
Parece que la televisión va camino de fusionarse cada vez más con las prestaciones de Internet. Es evidente que la tele ya no es el objeto que congrega a su alrededor a toda la familia para ver el Un, dos, tres… o Verano azul. Al menos no igual que hace unos años. Cada vez más, se tiende a un uso personalizado del medio, y eso incluye desde el visionado “a la carta” hasta la interactividad a distancia. Supongo que por ello, algo que estaba tan pasado de moda como el festival de Eurovisión parece haber renacido gracias al soporte de las redes sociales. Pero seguro que Miguel sabe mucho más de todo esto…
SC: Pues no creas. La tendencia es que caminamos hacia contenidos más especializados dirigidos a targets de espectadores más reducidos. Eso, en teoría, puede ser algo bueno para los que somos creadores de ficción, porque durante muchos años se han rechazado argumentos e historias bajo la etiqueta de que no eran para “todos los públicos”. En teoría, lo que puede provocar esa segmentación es que podamos escribir historias con argumentos y personajes que se aparten de esa línea oficial. Las cadenas de cable americanas son la punta de lanza de esta nueva televisión. Series como Los Soprano, The Wire, House of Cards, Mad Men o Master of Sex nunca se hubieran emitido en una cadena generalista. Y tenemos que darles las gracias por demostrarle al mundo entero que hay otra forma de narrar. Y que hay muchas historias diferentes que se pueden contar en televisión.

La novela de Ignacio indaga en los estrafalarios ardides que se inventa la TV para no perder audiencia. Tú que hace años que estás metido en el mundillo, Miguel, ¿cuán estrafalarios son estos mecanismos en la televisión real?
SC:
La televisión comercial es una empresa cuyo objetivo es ganar dinero. Cada punto de share son millones de euros en publicidad. Y los ejecutivos de televisión luchan con todas sus fuerzas para proteger el negocio. Yo conozco a esos ejecutivos –y a algunos muy bien– y no son personas amorales dispuestas a todo por ganar una noche. La guerra se libra en otros campos de batalla. Quiero hacer énfasis en la idea de que son ellos los que proponen un modelo de televisión, sí, pero es el público el que hace que tenga éxito o no. Si al público no le gustara Gran Hermano no estarían emitiendo la decimoquinta edición. Si esos programas en los que se hurga en las miserias de los que acuden a él como invitados tuvieran malos índices de audiencia, no se emitirían. A mí esto no me dice nada sobre la televisión pero me dice mucho sobre el ser humano.

¿Creéis que aún hay espacio para una televisión que sea popular, no elitista, y que además no subestime sino que enriquezca al espectador?
GM:
Desde hace mucho la televisión se limita a servir a dos únicos propósitos: el entretenimiento y la publicidad. Una vez asumido esto, cada espectador elige, y la calidad es un valor que tiene que ver con el contenido más que con el género. No obstante, me sigo encontrando con gente que se indigna porque dice no encontrar cultura en la tele. No les quito la razón, pero yo suelo recordarles que existen las bibliotecas y los museos, y los teatros y los cines, y, sobre todo, que no es obligatorio ver la televisión.
SC: Yo creo que esa televisión no es una utopía. Esa televisión ya está aquí. Y a cualquiera que diga que en la televisión no hay cultura soy capaz de darle diez ejemplos de series, documentales y programas de televisión que enriquecerían a cualquier espectador y con los que podrían llenar todas las noches de una semana.

Prométeme que si tenemos otra entrevista me desglosarás ese listado de recomendaciones, Miguel. Por cierto, podríais aprovechar este reencuentro para pensar en escribir algo juntos, ¿no?
GM:
Si es para revivir viejos tiempos, eso ya lo ha hecho Miguel estupendamente en su novela. Cuando has vivido esa época y en ese barrio, leer Apaches es como haber formado parte del elenco de personajes. Y en el futuro quién sabe. De momento ya estamos aquí, después de tantos años. Eso sí, si algún día se me ocurre atracar un banco, ya sé a quién le voy a pedir que sea mi biógrafo.
SC: Más que en imaginar proyectos conjuntos, yo ahora mismo estoy pensando en ir a pedirme otra cerveza.

Etiquetas: Antena 3, Apaches, José Ignacio García Martín, La vida privada de Dios, Miguel Sáez Carral, Paquirrín, Sálvame Deluxe, televisión, WhatsApp

Sobre el autor

Franco Chiaravalloti

Franco Chiaravalloti (Buenos Aires, 1979) es escritor y profesor de narrativa. Máster en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona, ha publicado el libro de cuentos 'Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente' (Hijos del Hule, 2009). Asimismo, suele colaborar como lector y redactor para diversas editoriales. Actualmente imparte clases de novela y cuento en la Escola d'Escriptura del Ateneu Barcelonès. En 2010, su blog 'Decati Sonde Teibol' fue finalista del premio Revista de Letras al Mejor Blog de Creación Literaria.

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