Revista de Letras

Cuando no quede ni una gota

Ballard nos muestra los efectos de una sequía | Foto: Pixabay

Los habitantes de Hamilton cada vez están más nerviosos. El lago, antes una caudalosa extensión de agua, ha quedado reducido a una serie de charcos y riachuelos separados entre sí por bancos de fango. Muchos ya han comenzado a huir hacia la costa. Los que quedan, vigilan a los pocos forasteros que llegan. Aquí, con la sequía, todos son enemigos. Un grupo de cuatro o cinco hombres, miembros de la milicia parroquial, rodean un sedán verde. Gritan al conductor. Lo zarandean. A su lado, viaja su mujer, y en los asientos traseros, entre bultos y maletas, tres niños pequeños. ¿Quiénes son? ¿Qué han hecho para que todo el pueblo quiera darles una paliza?

Esta escena es una de las mucha inolvidables de La sequía, la novela publicada, en 1964, por J. G. Ballard. En ella, el maestro de distopías describe el caos que se apodera de una pequeña población (y que se extenderá por todo el país) cuando se quedan sin agua potable. La contaminación del mar, causada por los desechos industriales, ha provocado una extraña capa en la superficie. Ha dejado de llover y, poco a poco, la agricultura y la ganadería van desapareciendo. Los animales muertos forman, ya, parte del paisaje. Las crisis sociales no tardarán en llegar.

Ballard | Archivo

El protagonista de La sequía es el doctor Charles Ransom que, tras la clausura del hospital donde trabajaba, pasa los días deambulando por las inmediaciones del pueblo. Se resiste a formar parte del gran éxodo que sus vecinos emprenderán hacia la costa, en busca de agua y supervivencia.

Pero volvamos a la escena que habíamos apuntado. J. G. Ballard sabe bien ponerle rostro humano a la tragedia. Las personas que van en ese sedán verde no son más que una familia agotada que huye. Los habitantes de Hamilton han sorprendido al padre en la iglesia, robando agua de la pila con una especie de balde.

–¿La pila? ¿Quería que lo bautizaran? ¿Es eso lo que quería? ¿Antes que se acabe toda el agua del mundo?

Así grita uno de los vecinos. Pero el conductor explica que lleva quinientos kilómetros buscando algo para beber. Los niños, dice, están tan resecos que no pueden ni llorar.

Intenta calmar los ánimos sacando varios billetes. Quiere pagar lo que se ha llevado de la iglesia.

—Aquí no vendemos agua por dinero. No es con dinero que se espantan las sequías de este mundo, sino peleando. Usted tendría que haberse quedado en su casa.

Y se hubiese quedado. Pero el instinto de supervivencia siempre es más fuerte que cualquier otra cosa.

Ballard fue un autor muy hábil para explicar este tipo de historias que pasan en un futuro no muy lejano, y que transcurren en una sociedad opuesta a la ideal. De hecho esta novela, The Drought, forma parte de una serie de cuatro libros que narran las diferentes formas en las que el mundo es destruido: El mundo sumergido (1962), El viento de ninguna parte (1962) y El mundo de cristal (1966).

Archivo

Escenas como las que acabamos de contar han influido tanto en la sociedad anglosajona (y también en el cine, Cronenberg y Spielberg han llevado a la gran pantalla algunos de sus textos) que el diccionario Collins recoge la acepción de ballardiano para describir la transformación de la personalidad de un individuo como resultado de la realidad social, ambiental o tecnológica que le rodea.

¿Cómo se puede sentir el padre que entra en una iglesia a robar el agua de la pila después de horas conduciendo sin saber qué hacer? Los ciudadanos respetados y respetuosos sufren, a consecuencia de la más absoluta de las carencias, un cambio radical que los convierte en seres desesperados.

Desesperados también están los habitantes de Hamilton. Por eso se van. Alguien les ha hablado de que cerca de la playa (aunque el mar sigue contaminado) tendrán más opciones de encontrar agua potable. Ransom, aunque al principio no quiere abandonar el lugar con el que se siente tan identificado, finalmente opta también por emigrar. Lo que encuentra  no es lo que había imaginado.

J. G. Ballard nos enseña cómo la gente se apelotona en precarias tiendas de campaña. La imagen, inevitablemente, nos recuerda a los actuales campos de refugiados.

Los acantilados han sido cortados a trechos para permitir el descenso. Desde ahí Ransom observa lo que le espera. Unos niños pequeños están en cuclillas junto a las madres, mirando a los hombres que se discuten acaloradamente. Ya no hay comunidad posible, todos son desconocidos luchando contra desconocidos por la misma cosa. Un poco de agua. Algo con lo que ir tirando.

El humo de las pilas de basura flota en el cielo vacío, nos dice el narrador. La búsqueda se ampliará a otras zonas y se convertirá en el único motivo para seguir de pie. Y entonces, cuando todo parece perdido, llega la lluvia. Nunca una tormenta ha ofrecido tanta calma. Pero ya nadie será como antes. Las postales de la devastación que el escritor consigue dibujar son cada vez más escalofriantes. Esa metamorfosis, física y psicológica, es la que Ballard quiere mostrarnos antes de que sea demasiado tarde.


Artículo de Agua y Cultura, sección patrocinada por la Fundación Aquae.

Etiquetas: Agua y Cultura, Fundación Aquae, J. G. Ballard, La sequía, The Drought

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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