Revista de Letras

Diario de Londres, por Raúl Quirós (I): Las venas abiertas de China

27 noviembre 2010 Crónicas

Edificio de la Tate Modern (Foto © Tate Modern)

0 – La última tentación de la Tate Modern

Una de las mejores vistas panorámicas en Londres es gratuita. La última planta de la Tate Modern conduce a un café-restaurant de pretendido lujo, que recuerda a las cadenas de restaurantes de falso alto standard de las que hablaba Mercedes Cebrián en su relato de 2005, Ventriloquia.  El visitante confundido por las esculturas de Juan Muñoz, las virguerías folclóricas de Picasso y las paredes forradas con vacas de Warhol puede acomodarse al final de su visita en un taburete con vistas al Támesis con la Catedral de St. Paul al fondo; degustar unos brevísimos cacahuetes en lata o una tapa de ensaladilla rusa en un recipiente paralelepípedo, tomar un vino blanco de segunda categoría servido en una cubitera con la asas corroídas por la cal; en fin, puede someterse a una experiencia en tiempo real y luego, si lo desea, constatar que estuvo allí por medio de una postal física. Esa adquisición, en el lugar exacto donde se produjo la experiencia, ha constituido desde siempre la certificación de autenticidad de la cosa turística, en la garantía de realidad, hasta constituirse ella misma en la experiencia misma: el horizonte de Londres que se puede ver desde la Tate es aquel recargado con grúas, mallas de construcción y tráfico neblinoso, un cuadro afeado y triste de un centro de la civilización alejado del soleado Londres del papel satinado.

Ai Weiwei (© 2010 Tate Modern)

1 – Ai Weiwei

Tres veces he visitado ya la exposición de Ai Weiwei en la Tate Modern: una instalación en la Sala de las Turbinas que consiste en cien millones de pipas de girasol fabricadas y pintadas a mano por los habitantes de Jingdezhen. Un discreto cordón rodea la escultura, vigilada los viernes hasta las diez de la noche por guardas jurados que prohíben a los visitantes acercarse, tocar o robar ni una sola de las semillas. Por si la obra no hablara por sí misma, la Tate y el artista han dispuesto una pequeña sala donde se proyecta un documental sobre el proceso de fabricación de las pipas: la porcelana, materia prima en la que los habitantes de Jingdezhen son expertos, se introduce aún líquida en moldes de plástico y tras múltiples lavados y tratamientos, se pule hasta lograr que tenga la forma exacta de una semilla de girasol. Después es decorada a mano con un fino pincel. Los artistas, o en este caso, los artesanos, se reúnen en torno a mesas de madera carcomida en estancias abiertas sin puertas ni ventanas. Trabajan todo el día ejecutando la misma operación – recoger una pipa del cesto, pintar dos bandas negras, dejarla secar, depositarla en otro cesto – durante semanas hasta lograr reunir los cien millones requeridos por la Tate Modern y Ai Weiwei, que en el documental aparece paseando, panzudo y risueño, entre las hileras de trabajadores, supervisando su labor y dando consejos con las manos a la espalda. Los trabajadores, llegada la hora de salir del taller, agradecen a la cámara y Ai Weiwei el trabajo y el jornal. Algunos enseñan, ilusionados, los pintorescos teléfonos móviles que se han pagado gracias a las pipas antes de salir zumbando en una vespa renqueante.

2 – El Primer Ministro y el Partido Único.

Entre la visita del primer ministro británico a China y la apertura de la exposición hubo apenas unas semanas de diferencia.  Al mismo tiempo se concedió el premio Nobel de la Paz a Liu Xiaobo, intelectual encarcelado un año atrás. La visita de Cameron, posterior a la instalación, y en principio un asunto enmarcado casi exclusivamente en el territorio del tratado aduanero, se convirtió al poco e una vaga intentona de cátedra sobre derecho internacional. Las palabras que las autoridades chinas recibieron con una mezcla de escepticismo y estoico empecinamiento fueron aquellas que dirigió al partido único, que todo desarrollo económico debe ir en paralelo en cuestión de derechos fundamentales, advirtió un Cameron tibio, como si el deber, la necesidad o la posibilidad del deber vinieran a ser lo mismo, como si en efecto un proceso económico de un determinado cáliz contuviera por sí solo un principio moral sin la intervención de fuerzas exteriores al propio proceso. Ai Weiwei, que había vuelto a China tras la presentación de su escultura en la Tate había sido puesto en arresto domiciliario unos días antes de estas declaraciones. El carácter tibiamente moralista de la declaración de Cameron tiene su contrapartida irónica en la portada de The Economist del 11 de noviembre: Mao Zedong extiende un puñado de dolares a través de una pequeña ventana de madera sobre un fondo rojo. El titular: China compra el mundo. (China buys up the world).

Foto © 2010, Ai Weiwei/Tate Modern. Fotografía de Hypebeast

3 – El polvo y las semillas

Como ya he mencionado antes, ya no se puede jugar con las semillas de Ai Weiwei en la Tate Modern. Durante el primer día de la exposición cientos de londinenses y de turistas invadían la alfombra de pipas, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Algunos las escondían en los bolsillos, otros las lanzaban al aire, la mayoría terminaban aburridos y continuaban su visita sin prestarle mucha atención. La razón por la que la escultura fue acordonada y la manipulación de las pipas prohibida, fue expuesta en los periódicos londinenses a los pocos días. La porcelana desprende partículas que pueden producir ataques de asma y otros problemas respiratorios a aquellos visitantes o artesanos que la trabajen. Ai Weiwei expresó su disconformidad con la decisión, aunque la evidencia de que en el DVD proyectado en la Tate sus propios trabajadores no parecían ser muy conscientes de los problemas que podía acarrear su tarea hizo que su protesta fuese más bien una queja o un lamento. Prohibición o más bien advertencia que se ha convertido en una tradición en las exposiciones de la sala de las Turbinas: la grieta de Doris Salcedo hacía temer el tropiezo del turista incauto y los toboganes de 26 metros de Carsten Höller fueron vistos como un peligro por su longitud y altura; como si una condición de la obra expuesta fuera el peligro físico que representa para el espectador, si no su significado completo, con el cual ya no cabe preguntarse si la hoja de la navaja estará afilada sino sentirla en el cuello, recién desenfundada, fría, silenciosa.

Raúl Quirós
http://yoibaparaalgoenlavida.es

Etiquetas: Ai Weiwei, Andy Warhol, Carsten Höller, David Cameron, Doris Salcedo, Liu Xiaobo, Mao Zedong, Mercedes Cebrián, Pablo Picasso, Tate Modern, The Economist

Sobre el autor

Raúl Quirós

Raúl Quirós Molina es escritor y profesor en la Escola d'Escriptura de l’Ateneu Barcelonès. Sus obras más recientes, 'El pan y la sal' y 'Flores de España', se estrenan en el Teatro del Barrio en Madrid durante octubre y noviembre 2015.

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