Revista de Letras

Dickens, Pip: un puente a través del tiempo y de los mares

28 diciembre 2011 Reseñas

El señor Pip. Lloyd Jones
Traducción de Isabel Ferrer Marrades
Salamandra (Barcelona, 2008)


¿Qué tiene que ver Inglaterra con Papua Nueva Guinea? ¿Y la magnánima Londres con la ignota isla de Bouganville? ¿Y un jovenzuelo blanco del XIX con una adolescente negra de finales del siglo XX?… ¿Qué hace una novela como Grandes esperanzas en medio de la selva? ¿Por qué esta novela llamada El señor Pip?

Al promediar esta obra, escrita por el neocelandés Lloyd Jones y publicada en 2007, Matilda, la protagonista, imagina lo que su madre le diría si descubriese cuánto tiempo dedican en la escuela a leer y comentar aquella memorable novela de Charles Dickens:

Eso no te servirá para atrapar un pez ni para pelar un plátano”. [Afirma la madre de Matilda]. Y no le faltaba razón. Pero no buscábamos peces ni plátanos, sino algo mayor. Intentábamos procurarnos otra vida.

“Procurarnos otra vida”. Harold Bloom dijo alguna vez que la lectura nos aporta el don de la alteridad; esto es, cambiar nuestra perspectiva por una ajena, ya sea la del personaje, la del narrador o la del autor, y observarlo todo desde otro punto de vista. Es un ejercicio mental: la alteridad otorga flexibilidad de pensamiento, y elude la comodidad de permanecer encallados en la idea de que nuestra propia cosmovisión es la única posible.

En El señor Pip, precisamente, la literatura es un bálsamo, usina de vida y hallazgo de sentido. Es el camino que permite adquirir una nueva identidad, y gozar de esa alteridad que sugiere Bloom. A mediados del 1800, la identidad de Pip, aquel  entrañable protagonista de Grandes esperanzas, cambió de improviso, a la fuerza, como el traje que se probó en la sastrería del señor Trapp para acceder al nuevo mundo que, de haber lucido sus viejas ropas, no podría haber siquiera pisado. Más de un siglo después, una niña negra como el carbón residente en las antípodas también bebió de esa ilusión ancestral, de esa lucha por recuperar la identidad después de haberlo perdido todo. Pip tuvo un mecenas, Magwitch, quien solventó su vida adulta y lo convirtió en caballero. Para Matilda, en cambio, el mecenas fue el propio Pip, pero no un mecenas económico sino espiritual. De este modo Lloyd Jones salvó la vida de la protagonista de su undécima novela, una obra que nos demuestra cuánta fuerza se aloja aún en el argumento de Grandes esperanzas. A pesar de la distancia, del tiempo y de los mares.

De Pip a Watts

Todo comienza en la remota isla de Bouganville, en Papúa Nueva Guinea. La guerra civil que estalló en la mainland amenaza con llegar allí de un momento a otro. Sus pobladores son miserables, pero sólo en cuanto a posesiones, no en espíritu. En realidad tienen todo lo que necesitan: un clima cálido, frutas, cerdos, un mar con muchos peces, techos enclenques y una escuela. Desde que estalló la guerra la escuela fue abandonada, y las tardes de los niños se llenaron de sinsentido. Pero un día, un extraño personaje decide hacerse cargo de ella: el señor Watts, único blanco en una isla de negros, hombre de aspecto dejado y costumbres extravagantes. Nadie sabe por qué recaló allí, ni tampoco por qué se casó con Grace, una mujer tan negra como el resto de isleños. ¿Qué puede enseñar alguien así? De hecho, Watts ni siquiera es maestro. Pero igualmente convoca a los alumnos, en clases sin libros y aulas sin pizarras.

A los pocos días, el señor Watts acude a clase con una vieja edición de Grandes esperanzas. Entre tanta pobreza, un libro es un objeto extraño, casi de lujo. Durante varias semanas, el improvisado maestro lee la novela y consigue encender la imaginación de los niños, que aprenden nuevas palabras, descubren otra época, se sumergen en otras costumbres y comportamientos: Grandes esperanzas los deposita en un nuevo mundo. Las aventuras de Pip le permiten a Watts granjearse la atención no sólo de los niños, sino de sus padres y de toda la pequeña comunidad. La escuela, de este modo, se convierte en el alma del pueblo. Y Matilda, la narradora de la historia, abraza con regocijo ese baño de ficción que le insufla un nuevo sentido a su corta vida.

Pero las fuerzas antagónicas no tardan en aparecer. Los insurgentes invaden el poblado en busca de rebeldes que se esconden en la selva. Por un malentendido creen que Pip –esa persona que estaba en boca de todos– es uno de esos rebeldes y exigen al señor Watts que lo entregue. ¿Cómo hacerle entender a un tipo que sólo se expresa mediante las armas que Pip es el personaje de un libro? Al no encontrar a ese tal Pip, enfurecidos, los insurgentes queman las pocas pertenencias de los pobladores, y semanas después, también incendian sus casas. Todos lo pierden todo. Matilda se queda sin su esterilla, sin los zapatos que le regaló su padre –emigrado en Australia–, sin Grandes esperanzas… Sólo le quedan su madre y su ilusión alimentada por el señor Watts. Para atenuar tanta pérdida, Watts propone un juego a sus alumnos: recordar frases del libro de Dickens y traer nuevamente a la vida la historia de Pip que había sido arrastrada por el fuego. Poco a poco van recuperando fragmentos, palabras sueltas o escenas enteras, las apuntan en la arena, las escriben en un viejo cuaderno. Watts relata otras historias, reúne a su gente junto al fuego e incluso a los rebeldes que se escondían en la selva, la narración oral captura sus golpeadas conciencias. Aquellos insurgentes pudieron haber destruido todo, pero las palabras no, las palabras son lo único que jamás podrán arrebatarles.

El destino, no obstante, le tiene reservado un camino aún más espinoso a la joven isleña. Mucho más espinoso, incluso, que aquel de Pip cuando recala en Londres. Matilda lo pierde todo, su historia, su mundo, su identidad. Antes de huir de su tierra, reflexiona: “Ya sabía yo lo que era marcharse. Sabía por Pip lo que era irse de un sitio. Sabía que no se mira atrás”.

Lloyd Jones (foto: Salamandra)

Dos planos de realidad, los mismos aires

La novela de Lloyd Jones pretende tender puentes entre ambas épocas, y demostrar cuántos factores aún nos relacionan con el pensamiento y los patrones de comportamiento  entre un siglo y el precedente. El éxodo rural fue uno de los temas que mejor retrató Dickens: sus grandes historias versan sobre los sufrimientos de los desplazados a las grandes ciudades en la era victoriana, así como la relación de las nuevas clases medias con el incipiente sistema capitalista. Aunque en otro hemisferio y en otro siglo, no es muy diferente a los padecimientos de Matilda y su comunidad: afectados por la falta de escrúpulos de una compañía minera, por las guerras sangrientas y el abuso de poder, el único destino que les queda a estos míseros campesinos es trasladarse a zonas urbanas.

Asimismo, tanto Pip como Matilda acceden a un mundo que, de no haber existido un quiebre imprevisto en sus vidas, les habría sido imposible ingresar. En el caso de Pip se debió a un golpe de suerte. Para Matilda fue mucho más trágico, tuvo que perderlo todo para que el destino se compadeciera de ella, y pudiera escapar del salvajismo. Al perder todo se acentúa mucho más el mérito del salto social de Matilda a través del value of achievement, en lugar del value of inheritance. Progresar mediante el propio esfuerzo, saber aprovechar las oportunidades, incluso gracias a los golpes de suerte y no a través de lo que se ha heredado durante generaciones, es el vehículo que impulsa hacia delante a ambos personajes.

Durante la época victoriana era común que las novelas –publicadas por entregas– sean leídas a toda la familia por un integrante, preferentemente el padre. Es por eso que en esta época las novelas evitaban todo tipo de referencia al mundo sexual de sus personajes. Es llamativo que Grandes esperanzas aterrice en las mentes de los alumnos de Bouganville mediante la lectura en voz alta del señor Watts. La narración oral, de hecho, es una pieza fundamental en la novela de Jones, y esto le permite al maestro tergiversar ciertos pasajes de la historia para adaptarla a los infantiles oídos de sus alumnos. Años después, ya en Australia, Matilda lee la novela y advierte que el señor Watts había reinterpretado la obra, construido un universo distinto del que ahora le llegaba mediante la letra impresa. Matilda comprende así el mecanismo de toda experiencia lectora: cuando uno lee rescribe la historia según su propia razón. Concibe una historia diferente, con otra forma. Y pone en marcha su alteridad.

La identidad y la palabra

Dejando atrás las analogías, hay dos aspectos preponderantes que tienden puentes entre ambos mundos y ambas obras: en primer término, la búsqueda de la identidad; en segundo, el poder la palabra como salvador y generador de vida.

Tanto Pip como Matilda experimentan la desaparición de todo lo que configura su individualidad: ya desde la primera infancia, Pip pierde a su familia y su nombre original. En el caso de Matilda, paulatinamente desaparecen sus pertenencias, su casa, su madre y su mentor. Ambos son trasplantados a una nueva tierra, donde deben reinventarse, adaptar su yo original al contexto en el que se desenvuelven. Esto les genera una extrañeza inicial, así como cierta impostura para encajar en esos desconocidos mundos. Después de que Pip hiciera realidad sus grandes esperanzas, cae en un profundo esnobismo y ociosidad, ya que no encuentra actividad que colme sus días. Pero esa no es su naturaleza. Encuentra la respuesta a su extrañeza cuando conoce la identidad de su benefactor, Magwitch, quien obtuvo los fondos para su nueva vida con métodos poco lícitos. Descubrimiento éste que acentúa la emoción vertebral de Grandes esperanzas: el sentimiento de culpa. Pip cree que su suerte es ilegítima, y esta sensación de incomodidad es el motivo principal por el que su vida no acaba de cerrar el círculo abierto cuando emigró de su tierra: Pip nunca acaba de reconciliarse con sus orígenes, y si bien Estella y Joe dominan sus pensamientos –los afectos y obsesiones que deja allí–, el telón de la historia se baja sin que encontremos rastros de una conciencia totalmente serena.

Lloyd Jones pretende dar un paso más con El señor Pip. No hay huellas de culpa ni asignaturas pendientes en Matilda. De hecho, la joven se esfuerza en saldar todas las deudas morales que pueda llegar a tener. Esta actitud le permite caminar con paso firme por la vida, lo que le otorga a su vida adulta una identidad más definida que aquella de Pip: Matilda sabe lo que quiere y configura su vida en pos de esa meta.

Y esta conquista de una nueva identidad no sería posible sin el valor que la palabra tiene en la vida de Matilda. Del poder de la palabra para construir mundos allí donde la mano destruye. Después de perderlo todo, el único patrimonio de la joven protagonista es la ilusión recobrada gracias a Pip. En una tierra sin libros, donde las narraciones son solamente orales, el texto –oral o impreso– es capaz de reconfigurar su mundo, de abrir nuevas puertas y proporcionarle el ya mencionado don de la alteridad. Como si de una Biblia se tratara, Grandes esperanzas termina convirtiéndose en una herramienta de búsqueda de sentido, en un mundo que se desvanece. Para Matilda, Pip se erige en una especie de Mesías que asegura la salvación entre tanta escasez y desesperanza. Y esta comparación no es gratuita: uno de los pasajes más intensos de la novela lo representa la discusión entre el señor Watts, que defiende la lectura del relato de Pip, y Dolores, la madre de Matilda, una apasionada cristiana que considera a Pip una especie de demonio que ha venido a tergiversar las conciencias de los niños del pueblo. La palabra se erige, así, en el patrimonio en juego del debate. La palabra como herramienta catalizadora, creadora de mundos.

Charles Dickens (D.P.)

Justicia para Pip

Al comienzo de este artículo pregunté “¿Por qué utilizar Grandes esperanzas para esto?”. Posiblemente, la misma pregunta se habrá formulado Lloyd Jones cuando escribió los once borradores de la novela antes de conseguir la versión original. Hay muchas respuestas posibles a esta pregunta, algunas de ellas han sido vertidas a lo largo de este texto. Pero de todas, destaco una en particular.

El señor Pip es una manera de hacer justicia. Más de una vez se ha criticado a Dickens por su falta de pericia en la concepción de personajes femeninos. Las mujeres de sus obras suelen ser toscas, horrendas, que echan espuma por la boca. Sin ir más lejos, la señora Gargery, hermana de Pip, es ciertamente espeluznante, Estella es prepotente y la señorita Havisham una desquiciada sin remedio. Jones repara esa falencia con Matilda. Que no sólo es mujer sino también de raza negra. Y no habita en la ciudad centro del mundo, sino exactamente en el lado opuesto del globo, en las antípodas –casualmente, antípoda se dice down under en inglés–. Así, con todo en su contra, después de haber perdido sus posesiones y su casa, de que asesinaran a su madre y a su mentor, Matilda alcanza sus objetivos, consigue cerrar sus heridas. A pesar de tantas barreras, la protagonista igualmente llega a convertirse en una self-made woman con todas las letras.

Y en este acto de justicia, existe una diferencia fundamental entre ambos personajes: mientras Pip se avergüenza de sus orígenes, Matilda está orgullosa de los suyos. El personaje de Dickens aparta la vista de todo aquello que le recuerde a su tierra. Tras residir once años en el extranjero y regresar por un corto periodo, no manifiesta intenciones de quedarse. Quizás sea por las escasos afectos que lo ligan a su casa. ¿Pero es realmente así? Allí, en su tierra, permanecen sus adorados Joe, Biddy y Estella. Pip, consecuente con el victoriano valor de mirar más allá del propio horizonte, prefiere mantener sueltas las amarras con su tierra. “Partir sin mirar atrás”, o eso cree Pip, ya que en su cabeza seguirán rondando hasta el fin de sus días los afectos que dejó en Rochester. Matilda, por su parte, quiere cerrar ese círculo abierto ciento treinta años atrás y hacer las paces con la tierra que la vio nacer, a pesar de la sangre vertida y las desgracias vividas. A fin de cuentas, no hay nada en el universo que no vuelva a sus orígenes. Matilda adopta la historia de Pip como propia, pero no tanto para identificarse con ella, sino para corregir el error de Pip: Grandes esperanzas le permite tomar el impulso necesario para volver a casa.

Franco Chiaravalloti
http://decatisondeteibol.blogspot.com

Etiquetas: Charles Dickens, El señor Pip, Grandes esperanzas, Lloyd Jones, Salamandra

Sobre el autor

Franco Chiaravalloti

Franco Chiaravalloti (Buenos Aires, 1979) es escritor y profesor de narrativa. Máster en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona, ha publicado el libro de cuentos 'Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente' (Hijos del Hule, 2009). Asimismo, suele colaborar como lector y redactor para diversas editoriales. Actualmente imparte clases de novela y cuento en la Escola d'Escriptura del Ateneu Barcelonès. En 2010, su blog 'Decati Sonde Teibol' fue finalista del premio Revista de Letras al Mejor Blog de Creación Literaria.

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