Revista de Letras

El alma vertida: De la necesidad del intimismo a través del arte pictórico

En nuestros días, la frase  “Si no sabes dónde vas, cualquier camino sirve” parece conformar un lema común del comportamiento.  Abordando el manifiesto de Lewis Carroll trato de identificar que ante la constante dificultad para definir intenciones, surge la perentoriedad de engendrar y seguir expectativas diferentes a las ya planteadas. Tales eventualidades concurren para descubrirse, aunque probablemente se desdeñan al remitirse ajenas. Es ahí donde recae mi cavilación para discurrir que la introspección se nutre de una acuciante exposición a reacciones y que en dicho entorno de cuestionamientos, persiste la necesidad por la contemplación de ideas que desestimen las concepciones establecidas, siendo la manifestación artística una fuente diáfana de inspiración en dicho proceso de raciocinio.

Para comprender el acuciamiento de intimismo, fuera de un concepto extremo de narcisimo en el que “El culto a la intimidad no se origina en afirmación de la personalidad sino en su caída”(1), hay que denotar su menester personal visualizándolo como la vía para reducir el automatismo que conyeva a la práctica de experiencias sin presencia.

Se entiende así que ante el fallo de entendimiento, fomentado muchas veces por la disgregación de la exterioridad con la individualidad real, nace el sentimiento de lo absurdo en el que las acciones diarias carecen de inspiración y se desvinculan fielmente de las actitudes lúcidas y dirigidas. Recordemos pues que la voluntad tiende a condicionar actos de los que estamos concientes y que el resto de optativas son respuestas consecuentadas en base a disernimientos maquinales, dados desde procesos que conllevan a respuestas similares reforzadas en los hábitos.

De esta forma la utilidad introspectiva sobreviene en el beneficio de restar desequilibrio y angustia a las acciones de las cuales nos percartamos, principalmente cuando se destaca del modo auténtico y sagaz que disipa la preocupación por hacer coincidir nuestro pensamiento verdadero con el aparentado.

Ahora bien, ¿cómo es que a través del arte logramos decifrar lo que viene de lo íntimo? Primeramente cabe advertir que el desconocimiento de lo que somos solicita la inclinación a conductas que cuestionen toda puntualización apriorística. Alejandro Jodorowsky lo remitiría como la práctica psicomágica de “cesar de definirse” (2), es decir, el concederse todas las posibilidades de ser, el trocar los caminos cuantas veces reclame nuestra acometividad. Con dicho esbozo el arte se exhibe bajo la necesidad ocasionalmente estética de los que precisan y gustan ser contrariados, de los que crean y son recreados. Se muestra como la vía interlúdica que logra interpelarse a través de diversos medios para espabilar nuestro parecer, acompañádose de los sonidos, imágenes o sensaciones físicas que remitan impactos, siendo idealmente una potencia útil para el perfeccionamiento y la sensibilización personal.

Se tiene por tanto presente que en multiples situaciones el arte es indefinible, sin embargo lo inefable es que resulta insustituible en términos de efectos en los que deriva. Como bien expresó George Braque, pintor cubista y escultor francés: “El arte es hecho para perturbar. La ciencia tranquiliza “. Bajo esta aseveración queda integrar que la “perversión” atañe el disturbio del orden y el estado de las cosas, lo cual beneficia al ser humano estableciendo la alteración de cierto sistema de propósitos que no satisface por completo la concordancia de su carácter.

La creación artística se vale entonces de la “deformidad” de imágenes y no simplemente de la belleza de sus formas, siendo palmaria la condición de aceptar que en ambos sentidos trasloca los sentimientos de aquellos que lo engendran y observan. Y es que fuera de adjudicársele las funciones debatidas o fines específícos de sus temáticas, se puede versar que en algunos de los momentos de su exposición, refiere críticas hacia las conversiones de la temporalidad añeja y contemporánea, siendo propuestas para establecer contornos que insuflen un proceso más elaborado de la apreciación cotidiana.

El concepto rígido y el dejarse deplorar

Pese al fin eminente que ya se ha mencionado, es importante atender que en la apreciación del arte, ejemplificando en el marco particular de la pintura, existe como generalidad una negación simplística y rechazo a la práctica gráfica etérea, ya que el espectador se ha acostumbrado a buscar la coherencia externa de los distintos elementos observados en las obras.  Casi invariablemente el batidor se pregunta por la existencia de explicaciones reglamentadas, esas que le den alcance lógico a sus patrones personales de aceptación o rechazo. Dicho acto de juzgar remonta a suponer, mediante criterios exclusivos de apreciación técnica y complaciente, cavilaciones “desatinadas” en el alcance sobre el contemplador, de tal manera que se merma el proceso de humanización artística al que pudiera verse expuesto.

La elucubración decrita se establece errónea ya que afecta en sí el cumplimiento de la misión concientizadora que pudiese fungir la obra, el fundamento libre y conmiserado por el que se concibe.

La demarcación articulista de la audicencia, que no mira más allá del elemento físico y metódico del cuadro, elude el proceso hondo y creativo que relata, optando por una praxis vacía que se reduce al concepto burdo de gustar o no gustar. Surge entonces la limitante de discernimiento superficial que sigue una apreciación e interés artístico basado en aquello exclusivamente armonionoso para los sentidos y no en aquello que interponga humanizaciones para el pensamiento.

Como medio para entender con mayor claridad el punto de reconvención, cabe mencionar que mediante la analogía descrita en el libro de Wassily Kandisnky “De lo espiritual en el arte” (3) se acomente la reflexión comparativa del intento de juzgar a las obras de la misma forma en que se sentencia a una persona a través de sus diálogos. El texto declara que, al mantener con alguien una conversación interesante, intentamos habitualmente profundizar en su alma, buscando percibir su semblante interior y llegar a conocer las cavilaciones y los sentimientos más íntimos.  La conversación se hace sin pensar en la parte anatómica, física, psicológica o nerviosa que conforma los vocablos.  “No se piensa que se están empleando palabras formadas por letras o que éstas no son más que sonidos que exigen la aspiración del aire por los pulmones, determinada vibración…” El texto exalta cómo es que dentro del diálogo sabemos que “todos estos elementos son completamente secundarios y puramente accesorios”, de manera que los utilizamos como vías externas en base a las cuales sigue siendo más esencial la comunicación de ideas y promoción de conmiseraciones.

Profiriéndolo a niveles pictóricos, cuando la pintura sobresale en el medio puro para desarrollar una evidencia inquisitiva, el color escapa y es captado por las ansiedades de guisa espontánea. El apremio imperante sobresale en la manera de plasmar lo inefable fuera de las consignas que se presumen congruentes. Enfrente de esa idea, se descubre en el lienzo inexplorado esa parte del “yo” que lo es todo, porque en ése preciso momento la obra y el juicio de la misma refiere a la nada.

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Es así como apartir de la ausencia de pretención dictaminal surge la posibilidad de embellecerse a través del acto creativo, con la libertad de concebir lo que la conciencia vocal o gráfica no revela.  De esta manera, viene en mente que resulta imperante manifestarnos como artistas o bien, abrirnos como audiencia ajenos a preocupaciones estéticas o morales, basando el ejercicio y efecto creativo en fundamentaciones que den cabida a una condición con cierto grado de “surrealismo existencial”. Lo anterior se reproduce en el momento en que nos entregamos a las reflexiones del ánimo con condición de oyentes, primordialmente para aquellos supuestos emanados de la parte más negada y paliaria de nuestra razón. Esto es a expensas de un movimiento que manifiesta que si las profundidades de nuestro espíritu ocultan extraños vigores capaces de intensificar aquellos que se advierten en la superficie, o de luchar victoriosamente contra ellos, es de mayor fascinación captar tales fuerzas para vuestro beneficio.

Del menester de un movimiento

Queda preguntarse entoces si el arte como medio de reconocimiento, ¿precisa siempre del surrealismo para consolidarse en sus fines? De primera instancia se puede inferir que en ocasiones dicha modalidad creativa apela por enriquecerse del expresionismo abstracto, elemento que lo obliga a desdeñar nociones ignoradas en el ámbito de las declaraciones codificadas hacia la realidad. La manera de entender el concepto aludido sienta fundamento en los razonamientos manifestados por Kandinsky, volviendo a lo señalado en su obra “De lo espiritual en el arte” (3).  A consecuencia exacta, si se concibe al oficio del modo abstracto en que lo remite el autor, se argumentará que el arte es una forma de lenguaje que habla directamente al alma humana.

De ésta última basta que pensemos en una alución filosófica ajena a reputaciones espirituales, denotándola en el contexto aristotélico que señala al psique como todo aquello por lo que vivimos, sentimos y pensamos. Por tanto, evocándola como la manifestación pura de la identidad, niego rotundamente la alegoría platónica que por periodos consideró al cuerpo como la cárcel de la esencia, ya que su realización palpable se forja mediante el obrar conjunto de sus partes.

Ahora bien, volviendo al requerimiento de la aptitud abstracta por el que se somete el lienzo del artista, no consitirá para su consolidación en hacerse de una técnica azarosa e irreflexiva, sino que habrá de enriquecerse de la aptitud despreocupada de su transformación, refiriendo el ejemplo de la apertura mental establecida en sus paradigmas de visión, siendo uno de ellos la niñez. De esta manera se recuerdan las bases del movimiento pictórico dilucionándolo en el prólogo del “Manifiesto surrealista” (4) el cual refuerza las bases aseveradas al decir que “en la infancia la ausencia de toda norma conocida ofrece al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo tiempo; el hombre hace suya esta ilusion” (4) y por tanto “ sólo le interesa la facilidad momentánea, extremada, que todas las cosas ofrecen” (4)

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Y es que conviene saber que no solo el surrealismo reconocía y solicitaba ese margen de criterio sino que era evidente desde movimientos fundamentales y previos como el cubismo de Picasso.  Para el juicio controvertido del exponente español” Todo niño es un artista. El problema es cómo mantenerse siendo niño una vez que se ha crecido“. Este concepto es reforzado en otra de las afirmaciones que descollaba el hecho de que pintar similar a los artistas del renacimiento le había llevado unos años, sin embargo declaró que pintar como los niños le llevó toda la vida.

Ahora bien, pasando a otro aspecto de las condiciones surrealistas, ha de mencionarse que distingue como otro arqueotipo la erudicción de patrones mentales como la locura, sin atañirla en su condición médica patológica sino en su nivel de aquiescencia íntima del individuo con el “yo”. Sobre las expresiones, André Breton sostuvo con recelo que  los locos “gozan de su delirio lo suficiente para soportar que tan sólo tenga validez para ellos”.  También ratifica que los alienados tienden a  “destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos…” y que por ende llegan a “sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida” (4).

Pese a ello la creación artística, o su apreciación contemplativa, no exigirán fundarse en pensamientos forzados de infancia o en las desabilitaciones mentales que promuevan locura, sencillamente existirá en la propuesta de penetrarse en dichos estados para lograr mayor transparencia de mensaje, por la razón que las condiciones se obstaculizan menos en conversiones formales de moldes creativos y críticos que se hagan reacios al descubirmiento íntimo.

Por todo lo anterior, considero particularmente que el querer imitar la realidad, mediante la revindicación pictórica preestablecida en la consonancia de un solo estilo o criterio de justiprecio, bloquea oportunidades para establecer ostentaciones de nuestras auténticas capacidades, tanto como creadores como en el cometido de ser audiencia expedita.

Mediante la práctica conceptual señalada, el reconocimiento de los propios pensamientos se sobreinfluye por la necesidad de darse a entender a las sociedades inmersas en subcódigos individuales.  De ahi emana la constante modalidad pragmática de explicar las obras mediante la discursiva, encontrando una nueva manera de desencadenar el fenómeno de un alcance que antes era naturalmente espontáneo.

La concepción clásica versus las nuevas apreciaciones

Para Kandinsky “El color es en general un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El ojo es el martillo templador. El alma es un piano con muchas cuerdas…” (3), por concecuencia clara “El artista es la mano que, mediante una tecla determinada, hace vibrar el alma humana” (3).

Tal secuencia de reacción resulta idónea para el proceso introspectivo personal, debido a que actúa de modo directo en el estado inalienable de los sujetos, siendo un efecto que cada vez se logra menos a razón de la indiferencia y obcecación que dirige en veces la sociedad hacia las obras artísticas.

No se sabe entonces si las antiguas formas de concebir al arte pictórico, exentas de la discursiva autodescriptiva del autor, eran las más adecuadas para los fines propios del mismo, sin embargo lo que es real y claramente lamentable es que la intención del artista se refleja en obras que cada vez terminan por comunicar a un contexto más reducido de espectadores, específicamente a los pocos que refieren con tolerancia y apertura la imagen que ese otro les comparte.

Pudiese explicarse el fenómeno a la cuestión que expresa que de modo implícito el alma del individuo se hace menos perceptiva a los estímulos. Puede que halla aumentado su umbral para desencader asombro y que por tal motivo el “nuevo hombre” no se permita trepidar con la sencilla observancia de los tonos gráficos.

Lo anterior merma las condiciones de introspección y consecuentemente la difusión del arte. Esta aseveración recae en que en diversas ocasiones de la escena contemporánea, las personas que deciden sobre la exposición de muestras en los distintas galerías se encuentran menguadas por los mismos criterios de vacuedad para la valoración de los trabajos que seleccionan.

Gran parte de estos sucesos se establecen en pautas sociales conductales en los que existe un temor uniforme por el conocimiento interior y de otras entidades que se perciben diferentes.  La existencia diaria se ha convertido en un modus vivendi de “surrealismo frustrado” mitigado por la necesidad de hacerse coherente en los pensamientos hacia una sociedad que gusta de desalinear la privacidad y revelación individual, ello considerando que se alimenta falsamente de la imposición de un recinto sentimental uniforme.

El desprecio a la aptitud libre de la abstracción subsiste en aquel contexto que prefiere de educarse en nociones preestablecidas, brindándose pautas rígidas que justifican acciones que erróneamente se adjudican como “normales” o “adecuadas”, teniendo incluso la procacidad de aplicarlo a disciplinas que por naturaleza deben ser versátiles, tal y como lo es el arte.

No se divisa que existe un beneficio real que se pierde al tener condiciones de juicio inflexibles, pues ignoran que entre más nos confrontamos como individuos más aprendemos de nosotros mismos.

Los austeros “a favor de la indiferencia” desdeñan la razón de ser “rasos” pues ignoran que entre más desintegración exista en nuestros juicios heredados, y por qué no en nuestros gustos, más sólidos serán los argumentos fundados para defenderlos o desacreditarlos, todo bajo la base de una verdad intima y verdadera que permita conocer mejor lo que somos.

Quedémonos entonces con una idea final del pintor ruso Kandinsky (3), el tener presente que “El artista debe mostrarse ciego ante las formas reconocidas o no reconocidas, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo” (3) y así mismo, si existe el deseo de ensimismarnos y hacernos aflorar en nuestra identidad, sea como creadores o como aficionados del arte, debemos de conservar la apertura mental de impactarnos y desligarnos de rigideces, aún cuando la obra que observemos no se explique o justifique a si misma bajo los códigos establecidos por una determinada época.

Cristina Juárez García
http://cristinajuarezga.blogspot.com

Julio a Noviembre 2009, Monterrey, Nuevo León, México.

Bibliografía complementaria

1.- Gilles Lipovetsky. La era del vacío: Ensayo sobre el individualismo contemporáneo. Ed. Anagrama (1983)

2.- Alejandro Jodorowsky. Psicomagia, una terapia pánica (1995)

3.- Wassily Kandisnky De lo espiritual en el arte. (1911)

4.- Andre Breton. Manifiesto surrealista (1924)

Sobre el autor

Cristina Juárez García

Cristina Juárez García (Oaxaca de Juárez, México, 1987), médico de pregrado y escritora. Estudios cursados en la Escuela de Medicina del Tecnológico de Monterrey (Nuevo León, México) y en la UAB, en prácticas de internado en el departamento de psiquiatría del Hospital Vall d' Hebron (Barcelona). Actualmente colabora en la elaboración de textos del Colectivo de arte contemporáneo mexicano Artecocodrilo.com, trabaja en su primera publicación literaria: “¿Cartas a Suso? Hablaba de ti y no de mí”, recopilación de prosas y versos abordados como profundizaciones de un recuerdo y cotejo analítico de un sentimiento.

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1 Comentario

  1. Felipe Ehrenberg 10 abril 2011 at 3:09

    Cristina, viví un exilio de 6 años en Inglaterra (1968 – 1974).
    Hoy vivo por voluntad propia, es decir, como expatriado, en el Brasil.
    Al volver a México por primera vez, determiné “deseuropeizar” mi mente. apartarme de toda referencia eurocéntrica, con el fin de retomar el hilo histórico de nuestra singular cultura, para así proseguir con mi faena creativa.
    Mi exposición retrospectiva en el MAM (Manchuria – visión periférica) muestra claramente las consecuencias de esta decisión.
    Algo parecido me impulsó migrar al Brasil, al percatarme -entre tantos otros fenóm,enos- de la acelerada norteamericanización de nuestra cultura.
    Como pensador mexicano, me empeño en latinoamericanizarme.
    Atrás pues, quedan los Kandinskis y los Picassos de Europa (y los EUA)
    En cuanto a mi amigo tan cercano, Alejandro Jodorowski, respeto su incomparable vitalidad. Sus preceptos y conceptos, sin embargo, me son más distantes que los del antropólogo peruano, Carlos Castañeda, que tanto sacudió al mundo eurocéntrico en los 60´s. Ambos pensadores buscan brindarle ayuda espiritual a gente perdida en los desconcertantes espacio que divide a lo que llamamos “El Occidente” (que en realidad, viste desde nuestro continente, debería ser llamado “El Oriente”.
    Saludos
    Felipe Ehrenberg

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