Revista de Letras

El arte de desaparecer, 3. Apuntes de Álex Chico

16 enero 2011 Crónicas

1

Enrique Vila-Matas (Foto: wikipedia)

Me resulta curioso, y hasta divertido, que un libro sobre la renuncia a escribir consiga el efecto contrario en la lectura: cuanto más leo sobre gente que dejó de escribir, más ganas encuentro para no dejar de leer. La nota es del 29 de mayo de 2006. La escribí a propósito del libro de Vila-Matas Bartleby y compañía. Llegó por azar esta mañana, mientras releía alguno de esos capítulos sobre escritores que abandonan la escritura. Cuatro años después, mantengo lo que dije: hay libros que consiguen un efecto contrario. Bartleby y compañía habla de renuncias y, sin embargo, provoca en el lector una necesidad por seguir leyendo. Lo mismo con estas notas alrededor de la desaparición. Desde que comencé con estos apuntes en torno al arte de desaparecer, no han dejado de aparecer nuevos casos. Surgen nombres que no conocía, de la mano de lectores que tampoco conozco. La literatura provoca, a veces, esas extrañas simetrías. Hablar sobre la desaparición implica, paradójicamente, llenar el universo.

2

Alejandro Dolina (Foto: wikipedia)

Uno de esos casos es el de Alejandro Dolina. Me da la pista Irene Jové. Rectifico: no me da la pista, me manda el cuento entero. Se titula “El arte de la ausencia”, de su libro El libro del fantasma. Comienza así: “En el teatro oriental, sucede en ciertos momentos que un solo actor canta o baila y los demás permanecen sentados de espaldas al público”. Dolina llama a ese proceso virtudes teatrales de la omisión. Los actores deben tomarse esa actividad con la máxima energía y concentración, aunque permanezcan de espaldas y aparentemente omitidos, solapados. El actor Ian Wilenski, nos explica Dolina, fue el máximo representante de esta manera de permanecer sobre el escenario. El público se entregó sin reservas a su manera de ausentarse, así que era frecuente que le ovacionaran sin parar mientras él saludaba, oculto, detrás de la coulisse. Los espectadores sabían que el actor estaba allí, interpretando ese papel ausente. No es de extrañar, por eso, que su mayor éxito fuera Esperando a Godot. Fue tal la magnitud de su interpretación que el propio Wilenski no se conformó con los escenarios, sino que adoptó esa actitud invisible en su propia vida. Se hacía invitar a todas las fiestas del ambiente, solamente para no ir, escribe Dolina. De hecho, las pocas veces que esa inasistencia no le fue posible, intentaba atenuar al máximo su presencia. Empleaba toda su energía en omitirse. Nadie sabía si realmente estaba allí, entre ellos. Ni siquiera sus compañeros de reparto. Ese fue el caso de Lidia Moreno, compañera del actor durante casi diez años. En una entrevista admitió no haber visto jamás a Wilenski. Hay quien apunta que el director de la compañía le despidió, pero no podemos confirmarlo. En 1992 le rindieron un homenaje. Nunca supimos si vino, concluye Dolina.

3

Gonzalo Hidalgo Bayal (Foto: Tusquets)

En una entrevista al escritor Gonzalo Hidalgo Bayal, el periodista le pregunta si no le parece que, en el fondo, buena parte de lo que ha escrito es el testimonio de algo que ha estado a punto de desaparecer. Por ejemplo, en una de sus mejores novelas, Campo de amapolas blancas, donde nos narra la vida de H, un personaje que, ya desde el nombre, se nos presenta como simple soporte, en este caso alfabético. Si a alguien, decimos, un escritor, no se le ocurre hablar sobre él su historia se pierde. Desaparece. Nunca hubiéramos tenido constancia de su vida, siquiera ficticia. Ahí está la matriz de la literatura. Se escribe, concluye Bayal, para que se preserven las cosas.

4

Juan Vico, en su artículo sobre diaristas “La piel de los días”: “Pero también la necesidad de escribir rápidamente antes de que algo desaparezca, o empujado acaso por el temor a desaparecer uno mismo antes de haber acabado la obra, como confiesa Katherine Mansfield que le ocurrió durante la elaboración de uno de sus cuentos, Las hijas del difunto coronel”.

5

E. M. Cioran (Foto: wikipedia)

Me interesa la obra de E. M. Cioran, a pesar de que muchos le desacrediten, con el inapropiado sintagma de filósofo de taberna. Tengo a mi lado uno de sus libros, Ese maldito yo. José Manuel Chico me selecciona un par de aforismos, apuntes, axiomas o pensamientos, que hacen referencia al arte de desaparecer. El primero que trascribimos dice: “Muriendo nos convertimos en los dueños del mundo”. El segundo es definitivo: “Lo maravilloso de esta vida es que cada día nos aporta una nueva razón de desaparecer”. Del primero poco hay que añadir. Ya dijimos que desaparecer significa llenar el universo. Del segundo aforismo podríamos estar hablando horas, días y semanas. Al hacerlo, lo normal es que dejemos de existir, en algún punto entre palabra y palabra. Ya lo escribió el propio Cioran: “El hombre se halla en algún lugar entre el ser y el no-ser, entre dos ficciones”. Desaparecer es habitar un paréntesis.

6

Álvaro Valverde (Foto: enbuscadeitaca-ada.blogspot.com)

¿Qué libro no ha sido escrito para que se preserven las cosas?  ¿Qué novela no fue concebida para alargar la vida a una historia? ¿Qué obra no se plantea como una recuperación de lo que dejará de existir? Ginés Ayala, el personaje principal de Alguien que no existe, de Álvaro Valverde, reconoce: “Sé que vengo a ver lo que no existe”. Habla de una ciudad, de su pasado. Más ejemplos del mismo autor: “y recuperar en vano/ lo que nunca ha existido”, de su poema “La sombra fugitiva”. En ambos casos, el autor nos miente. O nos miente a medias. Sí que ha existido esa ciudad, sí que ha existido su historia. Sin embargo, todo ello queda sepultado en algún momento. Dejan de ser visibles para convertirse en restos, en vestigios más o menos ocultos. Están ahí, aunque ya no son tangibles. Sólo la memoria puede comunicarse con ese pasado. Afortunado quien desaparece: algo, al menos, ha iniciado en su vida.

7

Paul Auster (Foto: David Shankbone - wikipedia)

Paul Auster, que es un maestro sublimando espacios cotidianos, nos habla del Hospital de Objetos Rotos. Aparece en su novela Sunset Park. Montó ese negocio uno de sus personajes, Bing Nathan, con la intención de defenderse. (Uno suele creer que defenderse significa prevenirse contra su ciudad, las personas que lo habitan o el trabajo que desempeña. Al final, y con suerte, se descubre que todo eso no es más que una defensa contra uno mismo). El Hospital de Objetos Rotos, explica Auster, “está situado en la Quinta Avenida, en Park Slope. Flanqueado por una lavandería automática y una tienda de ropa de tiempos pasados, es un pequeño establecimiento comercial dedicado a la reparación de objetos de una época a punto de desaparecer de la faz de la tierra: máquinas de escribir manuales, plumas estilográficas, relojes mecánicos, radios de válvulas, tocadiscos, juguetes de cuerda, máquinas de chicles de bola y teléfonos de disco”. Hagamos un recuento de todo aquello que tuvimos y ya no forma parte de nosotros. Objetos de la infancia, en su mayor parte. Son piezas fundamentales para entender qué somos, con qué activamos nuestra primera imaginación y desde qué lugar comenzamos a defendernos del mundo.

8

¿Desaparecen siempre esos referentes que nos sirvieron de guía? Jorge Manrique, en Coplas a la muerte de su padre: “Esos reyes poderosos/ que vemos por escrituras/ ya pasadas,/ por casos tristes, llorosos,/ fueron sus buenas venturas/ trastornadas;/ así que no hay cosa fuerte,/ que a papas y emperadores/ y prelados,/ así los trata la muerte/ como a los pobres pastores/ de ganados”.

9

Leo en Isla Decepción, del escritor cántabro Rafael Fombellida, una cita de Thoreau: “A menudo, el poeta sólo hace una incursión, como un jinete parto, y vuelve a desaparecer, disparando mientras se retira; pero el escritor en prosa ha conquistado territorios como un romano, y establecido sus colonias”. Ignoro si está en lo cierto, pero tengo la sensación de que se aproxima a una extraña  verdad. Quizás se trate de una verdad imprecisa: establecer colonias, después de la conquista, es una forma de desaparecer. La escritura, al final, no es más que eso.

[Nota: Los artículos El arte de desaparecer, 1 y 2, están publicados en la revista digital Calidoscopio (www.calidoscopio.net)].

Álex Chico
Barcelona, enero de 2011
Blog Isla de Elca

Etiquetas: Alejandro Dolina, Alguien que no existe, Álex Chico, Álvaro Valverde, Bartleby y compañía, Campo de amapolas blancas, Coplas a la muerte de su padre, E. M. Cioran, El libro del fantasma, Enrique Vila-Matas, Ese maldito yo, Esperando a Godot, Gonzalo Hidalgo Bayal, Henry David Thoreau, Ian Wilenski, Irene Jové, Isla decepción, Jorge Manrique, José Manuel Chico, Juan Vico, Katherine Mansfield, Las hijas del difunto coronel, Lidia Moreno, Paul Auster, Rafael Fombellida, Sunset Park

Sobre el autor

Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Autor del poemario 'La tristeza del eco' (Editora Regional de Extremadura, 2008), y de las plaquettes 'Nuevo alzado de la ruina' (Vebo Blues Ediciones, 2005) y 'Las esquinas del mar' (Vitolas del Anaïs, 2004). Crítico literario en 'Ínsula', 'Falsirena' y 'La prensa de Zamora', sus relatos y poemas han aparecido en 'Papers de Versàlia', 'Letra Clara', 'Contra Tiempo', 'Papel Salmón', 'La plaza humana' o 'Nadadora'. Codirige la revista de Humanidades 'Kafka'.

¡Comparte este artículo!

2 Comentarios

  1. Mariana 16 enero 2011 at 14:49

    Sobre la desaparición, Jordi Bonells escribe y escribe: “Dar la espalda”, “Esperando a Beckett”, “La segunda desaparición de Majorana”, “Dios no sale en la foto”…

  2. xai 17 julio 2011 at 21:10

    Gracias por tus apuntes sobre Cioran. Muy reveladores, casi tranquilizadores.

Envía tu comentario