Revista de Letras

El arte y la vida en Antoni Tàpies

16 enero 2009 Reportajes

Antoni Tàpies acaba de cumplir 85 años. Para celebrar su aniversario, y sin parar de trabajar ni un momento, la galería Soledad Lorenzo de Madrid ha expuesto su obra más reciente, con 17 pinturas llenas de símbolos de su universo propio. Pero Tàpies no es únicamente un referente artístico del informalismo en Europa. Es un escritor, un filósofo, que reflexiona sobre la esencia del ser humano y tiende puentes entre Oriente y Occidente. Para conocerle un poco mejor, Revista de Letras propone la lectura de “La realidad como arte. Por un arte moderno y progresista”.

Este libro es una selección de artículos publicados por el pintor, en prensa generalista o especializada, divididos en dos partes, complementarias, que abarcan el período inmediato después de la muerte de Franco hasta llegar a mediados de los años ochenta. Se trata de un seguido de reflexiones de un intelectual que ama la filosofía, que se interesa por el budismo zen hasta integrarlo en su propuesta estética, y que quiere dejar claro su compromiso con la sociedad en la que vive.

En la primer parte, “La realidad como arte” (1974-1979), nos encontramos con un Tàpies que defiende el comunismo, no sólo entendido como ciencia económica y política, sino como creencia en un nuevo Hombre, más libre y más justo. Pero denuncia, una y otra vez, algunos excesos de la izquierda que, pocos años atrás había luchado contra la dictadura, y que ahora utiliza la demagogia – siempre, según el autor – para entrar a formar parte de un mercado que no apuesta por el arte que él mismo considera auténtico. En la segunda parte del libro, “Por un arte moderno y progresista” (1981-1985), el artista catalán intensifica su análisis de la sociedad contemporánea y reivindica en repetidas ocasiones los conceptos de progreso, sea científico, estético o social. Se trata, pues, de una crítica del relativismo post-modernista con el que está absolutamente en desacuerdo.

Estamos ante un abanico de conceptos e ideas que nos muestra la cosmovisión, construida a través de un proceso autodidacta ininterrumpido, del que se ha considerado el máximo exponente del informalismo europeo. Son pensamientos que se entrelazan, a modo de rizomas, y que van creando toda una versión propia de lo que es la experiencia vital y artística, tan poco separadas entre sí, de Antoni Tàpies. Para entender un poco mejor este mapa, tan complejo como apasionante, hemos querido resaltar cinco puntos que consideramos especialmente destacables.

Realidad y compromiso

No pocas veces se ha dicho que la obra de Tàpies es realista. Y ello, sin duda, sorprende al que sólo conoce su obra pictórica, abstracta y simbólica. Estos artículos sirven para entender qué se quiere decir con Realidad. Se trata, como ya señalábamos con anterioridad, de un compromiso con la sociedad (“La cultura de nuestro tiempo cumpla una auténtica función humana tanto individual como social. Se trata… de saber distinguir y gozar de los valores auténticos del mundo y de preservarlos…). Y es que Tàpies cree que el artista, o el intelectual, no es un ermitaño alejado del sufrimiento del resto de la gente. De hecho, el arte, como la cultura en general, tendría que servir para conectar con una esencia más profunda, con un rechazo de los dogmas que el poder de turno ha querido imponer. Por lo tanto, su experiencia como artista es una experiencia con la realidad, en tanto que se trata de “luchar” por la libertad.

En este sentido, lo que propone el artista “no es pues ningún tipo de retorno al realismo plástico…se trata de remarcar que nuestra vida, nuestro cuerpo individual, nuestro cuerpo de relaciones sociales y el que formamos con la naturaleza, es decir, la realidad toda, tendría que ser considerada por cada uno de nosotros como la misma materia con la cual hemos de esculpir la más bella escultura”. Es realismo, de esta manera, porque el artista ayuda al espectador a conectarse con el mundo, y a superar un dualismo occidental que Tàpies criticará por alejarnos de la vida auténtica.

La mirada a Oriente

Antoni Tàpies encuentra en las filosofías orientales respuesta a sus inquietudes espirituales5. Y es que, como se puede comprobar en su iconografía personal, hay una buscada relación entre lo material y lo mental (“…los referentes a la concepción estético-sensual de la cultura Ch’an- un materialismo espiritualista… o a la revitalización del Vedanta hindú”) y una ruptura con el dualismo, nacido con los aristotélicos, que aleja de la vida más verdadera. Si Occidente se preocupa, únicamente, de la catalogación, y la erudición, está dejando de lado otros componentes fundamentales de la sabiduría. Incluso, asegura Tàpies, “la cultura comporta una gran dosis de valentía”. Hay que deshacerse de las ataduras del ego porque, esas cadenas, son las que los dominantes han querido imponer a los dominados. Alejándolos, claro está, de “la vida misma”.

Comunismo y mercado

Como podemos ver, el relato del pintor sigue una linealidad argumental, pese a que el libro se componga de artículos publicados con años de diferencia. Tàpies es, por encima de todo, coherente en su discurso. Tal vez no lo es tanto cuando alaba al comunismo, criticando algunas actitudes de otros artistas, en las que él caerá años después. Y es que la crítica al “sistema” se hace desde el “sistema”. Sí es cierto que va a defender al mercado, pero no al fetichismo del capitalismo.

Antoni Tàpies ve en el comunismo, en la dialéctica de Hegel, los opuestos “ying” y “yang” que se describen en el Ching de Tao-te-King. Se trata de la mejor forma que Occidente ha encontrado para acabar con la “moral de esclavos”. Alejado del realismo socialista, pero también de los “falsos abstractos” que banalizan la función última del arte, Tàpies apuesta por un artista militante (“el artista se sumerge en las profundidades de la soledad no por egoísmo, sino para poder alcanzar, con angustia…sentimientos, temores… que bullen por todo el inconsciente colectivo de su pueblo”).

Autenticidad

Un materialismo ético, que encaja perfectamente con el materialismo mismo de su obra. Y es que el pintor, tal como ya apuntaba años antes Walter Benjamin, cree en el objeto artístico como tal. En su áurea. Hay un instante, “sagrado”, en el que se crea. Y estamos de acuerdo. Pero Tàpies, que no para en todos los artículos de defender la crítica a la crítica, la libertad o la justicia, utiliza el dogmatismo contra el que está luchando. ¿Quién decide qué es auténtico o no?, ¿La identificación entre progreso y verdad no es peligrosa?, ¿No es ese el error en el que cayeron los que defendieron anteriormente regimenes fascistas?

Ahora parece fácil decir que Hitler era un monstruo, surgido desde el más allá. No es nada complicado pintarlo de diablo y explicar su éxito (no olvidemos que ganó unas elecciones de manera clara y contundente). Pero como bien supo ver Hannah Arendt10, la gente que le votó, que creyó en su proyecto, no tenían nada de monstruos. Eran ciudadanos de una civilización “avanzada”, educada en la pasión por la poesía de Heidegger, y su “autenticidad”, y por la música de Wagner. Y aquí reside la barbarie del holocausto. Por lo tanto, Tàpies tiene un discurso muy potente, y radicalmente transgresor, cuando propone esa ruptura entre el dualismo clásico, y mezcla la filosofía occidental con la sabiduría oriental, pero se equivoca cuando de ello quiere extraer teorías políticas generales. Y es que, en nuestra opinión, la defensa de la autenticidad en la obra de arte (que nadie puede negar que Tàpies consiga, seguramente como nadie en la segunda mitad del siglo XX) es positiva. En política, como mínimo, peligrosa.

Progreso y modernidad

En este sentido, Antoni Tàpies va a seguir criticando a los defensores del post-modernismo y a su relativismo (“La idea que nos hemos podido forjar de un mundo moderno y progresista no tiene la frivolidad de una moda que ahora tomo y ahora dejo”). Y estamos de acuerdo que el compromiso con unos valores, seguramente identificables con la Revolución Francesa, siguen más vigentes que nunca. Pero entender el progreso y la modernidad – para Tàpies son prácticamente sinónimos – puede llevarnos a dogmatismos varios que ya hemos señalado en política, pero también en arte. ¿Por qué no puede resurgir un nuevo naturalismo en la pintura?, ¿Realmente la fotografía ha acabado con esta posibilidad?, ¿No es dogmático creer que el arte – y vida – auténtico es al que ha llegado uno mismo?

Es un debate complejo que se lleva haciendo en el campo de la filosofía desde hace muchos años. Si el conocimiento es un edificio, con cimientos sólidos, en el que hay que construir un progreso escalonado, o un barco que se mueve según el contexto y las circunstancias. Y Tàpies, hay que reconocerlo, no se esconde. Cree que hay que denunciar sistemáticamente aquella cultura que no apueste por el progreso social. Pero, como decíamos, en esa crítica constante a otras propuestas estéticas podemos caer en los mismos prejuicios con los que hemos sido juzgados. Tal vez eso se ve reflejado, con más claridad que nunca, cuando concluye el libro con una crítica a la Sociedad de la Información que comienza a caminar en aquellos años (“Una visión del mundo…descaradamente esté al servicio de una tecnocracia salvaje que sólo beneficia a los bolsillos de unos cuantos. Y para la cual la formación humana propia de una cultura genuina… da la impresión de que es lo de menos”).

En conclusión, en este libro encontramos a un Antoni Tàpies que teje innumerables referentes culturales, siendo gran conocedor de la tradición filosófica tanto occidental como oriental, y que ha sabido construir una estética inimitable (y no pocos lo han intentado). Sin duda, son textos que ayudan a comprender esa obra que se mezcla y confunde – porque es la misma cosa – con la vida y el compromiso histórico. Con tanto entusiasmo y energía, que no reconoce que siempre hay que dejar abierta la posibilidad que existan otros caminos diferentes al que nosotros hemos elegido.

Más lecturas

Hablar de Antoni Tàpies siempre es arriesgado. Con una obra compleja que supera las 8.000 piezas, las diversas interpretaciones de sus trabajos hacen que un resumen de su trayectoria siempre sea incompleto. Por eso, si se quiere conocer un poco más su filosofía, lo mejor es consultar alguno de sus libros.

Algunos libros:

La práctica del arte, 1970.

El arte contra la estética, 1982.

La realidad como arte, 1977.

Memoria personal, 1977.

Por un arte moderno y progresista, 1985.

Albert Lladó
www.albertllado.com
Fotos: © Toni Tàpies Barba | Fundació Antoni Tàpies

Etiquetas: Antoni Tàpies, Ching, Hegel, La realidad como arte, Tao-te-King, Walter Benjamin

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Su último libro publicado es 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019)

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1 Comentario

  1. Magali Felix 30 mayo 2010 at 1:01

    Me perecen fantasticas las publicaciones, mr sirven de gran apoyo para dar mis clases teoricas

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