Revista de Letras

El cosmos tiene forma de salchicha

Foto: David Lladó | imatges.net

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Lo adolescente (que no el adolescente, cuanto menos no en primera instancia por mucho que esa figura sea pasto de innumerables charlatanerías supuestamente pedagógicas) es esencialmente problemático. Supone una bisagra inestable, llena de aristas, entre esos dos estadios presumiblemente tan distinguibles que son la infancia y la madurez. Es un espacio catastrófico de indeterminación en la que no se producen situaciones definibles sino más bien estados de irredente transición, tensiones disipativas, eso que Derrida llamaría síntesis impuras y constantes diferimientos. Un sin-vivir, en definitiva. El agitado tiempo que toca sufrir en el meollo de lo adolescente está ligado a una ontología de lo que podríamos llamar el casi-ser: lo inacabado, lo por-formar o en todo caso lo quebrado por algún giro que encauza ese ser en proceso hacia un vector diametralmente distinto al que apuntaba en un principio. No hay descanso ni lógica aparente en el casi-ser-ahí de lo adolescente.

Sin duda esta caracterización sumaria y abstracta de un asunto de tamaña importancia no contribuye en mucho a ilustrar de manera eficiente lo que supone verse enfrentado a la problemática de lo adolescente. Insistiendo en la necesidad de abandonar los clichés que parecen reducir dicha condición a un apresurado retrato poblado por granos, vello incipiente y hormonas desatadas, lo adolescente es una situación existencial en la que todos nos podemos ver enrolados, sea en el momento que sea. No se trata del absurdo godotiano, ni del surrealismo de corte y confección simbólica. Remite a un plano de acontecimientos que conforman una casuística evancescente en la que no hay significados sino sentidos, no hay ligazones causales sino tirabuzones y arabescos casi libertarios.

Como casi siempre, dichas topologías de la existencia requieren de diagnósticos que desbordan la facticidad de lo cotidiano desde la bruma de lo literario. Hay dos ejemplos que me vienen a la memoria como ilustres propagadores de lo adolescente, si bien desde ópticas distintas. Uno es el afilado Gombrowicz. El otro, el entrañable O’Brien.

La obra de Gombrowicz puede considerarse en sí misma una auténtica monografía sobre lo adolescente. Desde las pesquisas erótico-vitales de Pornografía (también conocida por el otro título más kierkegaardiano de La seducción) hasta los insanos mecanismos detectivescos de Cosmos pasando por la que alguien llamó la Fenomenología del Espíritu de la era existencialista, Ferdydurke (por mucho que pueda pesar la formación filosófica de Gombrowicz no me veo capacitado aquí para desgranar dicha comparación sin someterme a mí y a ustedes al latigazo del aneurisma), la literatura de Gombrowicz está atravesada por personajes que ahondan en un profundo y trabajado sentido de la irresponsabilidad, de la minorización de ciertos rasgos propios de lo que se considera un ser maduro, hecho y derecho, en favor de una secuencia de casi-seres percutidos por mecanismos obsesivos, humorísticos (que no irónicos, eso es de viejales sádicos), alrededor de los cuales todo parece emulsionar en una especie de atracción de feria cuyos movimientos no remiten a nada en concreto si no es a la radical autonomía de esa misma motricidad.

El caos, en definitiva, visto y vivido desde el mismo ojo de su huracanada energía adolescente. Entre la infancia prometeica y la madurez granítica está la dimensión gelatinosa de esta metafísica de lo adolescente. Piensen por ejemplo en las extrañísimas y nunca lo bastante acotadas mutaciones que sufren algunos de los personajes, en ocasiones (como en Ferdydurke) mostradas a través de parámetros lingüísticos como el diminutivo, la composición (antológico el caso de la traducción catalana de Ferdydurke y su ya célebre mestretites o lo que Deleuze llamaría significantes esotéricos (algo equiparable a ese lenguaje secreto con el que muchos -ahora me permito mentarlos- de esos perturbadores seres a los que llamamos adolescentes mantienen el corpus hermeticum de su particular credo en oposición a la tentativa colonial y normalizadora de los adultos).

En otras, caso de Cosmos, esas mutaciones o devenires se producen a nivel narrativo, intrahistórico, a través de conexiones de signos y de evidencias que no guardan ninguna lógica semántica entre sí más allá de la acuciante necesidad del narrador de que así sea. La autarquía insensata es uno de los rasgos más notorios de la metafísica de lo adolescente, una forma descacharrada de autogestión de los significados que remite, como no podía ser de otra forma, al sumo sacerdote de la causa adolescente: Lewis Carroll y sus sicarios Humpty-Dumpty. Y, en el cénit de esa lógica desproposicional, se encuentra la cuestión del delito, del crimen entendido no tanto como un atentado a la legalidad o la moral establecida, que también, sino como una marca de corte nietzscheano o incluso spinozista, una forma de ejecución de hechos consumados bajo el manto de un automatismo soberano. Ese “perquè vull, perquè tinc ganes de tenir” que cantaba el añorado Ovidi Montllor. Sea bajo el registro temático de la novela negra, de la subversión del tabú (el canibalismo del cuento El festín de la condesa Kotlubaj  de ese auténtico joyero que es Bakakaï) o en la apariencia de un situacionismo más cotidiano (un simple pedo, una mofa), la obra de Gombrowicz está plagada de crímenes. Micro-delitos que actúan más como los atractores de la teoría del caos que como las fechorías delimitables de la teoría policial: potenciadores de la indeterminación.

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El otro caso es el de Flann O’Brien y especialmente de sus obras ambientadas en el condado de Dalkey (El tercer policía y Crónica de Dalkey especialmente), bajo la alargada y descacharrante sombra del eminente De Selby y pobladas de personajes que parecen sacados de la mente de los Hermanos Marx tras una agitada sesión de enteógenos. Policías que coleccionan objetos invisibles que guardan otros objetos invisibles en su interior, fenómenos de simbiosis entre seres humanos y bicicletas, grietas submarinas que llevan a dialogar con santos filósofos o ilustres hombres de letras abocados a la hostelería son sólo algunos de sus ejemplos. A primera vista podría parecer que aquí el tema es básicamente el humor estropelástico en la línea de Monty Python -siempre me viene a la mente ese gag de la invasión alienígena que transforma a los humanos en escoceses con falda que enarbolan el saludo fascista-, pero a mi entender la manera en como todo esto se despliega, con una rutilante abundancia de argumentos truncados, de huidas por la puerta falsa, relampagueantes cambios de tercio y evoluciones personales que no responden a ninguna necesidad concreta, perfilan un ethos adolescente cabal y complejo: un ecología de acontecimientos y situaciones en constante disipación en los que uno, tras verse arrastrado por un ragnarok de fantásticas necedades acabaría por vivir ciegamente el advenimiento de la siguiente catástrofe.

Hay también en O’Brien una tendencia a la reconfiguración cosmológica, una recreación de la realidad a partir de premisas que son verdaderos cortocircuitos a la sensatez empírica, un poco a la manera de las alambicadas teorizaciones con las que (nueva concesión a la sociología pedagógica) los adolescentes fundamentan y justifican sus a menudo injustificables y carentes de fundamento actitudes. Un adolescente sería perfectamente capaz de intentar demostrar que el universo tiene forma de salchicha o que en realidad no existe eso llamado noche (por citar dos de las teorías más agudas del sabio De Selby) para otorgar carta de legitimidad a sus tropelías. Y por supuesto, siendo como es un autor irlandés, hay crímenes: robos de bicicletas, especialmente. Aunque también hay otras clases de hurtos, malversaciones, ocultaciones. O’Brien toma el naturalismo delictivo del que los pequeños pueblos acostumbran a ser pasto en el género negro para transfigurarlo en un catálogo de fechorías ociosas, más irresponsables que estrictamente ilegales o inmorales.

Uno nunca se acostumbra a lo adolescente. Sobrevive a ello estoicamente, quizás en ocasiones incluso con cierto humor guerrillero. Pero el desconcierto forma parte esencial de la ontología adolescente. La desazón, en su extremo melancólica, articula ese periplo vital. Uno sabe tal vez lo que no quiere, pero no tiene para nada claro qué desea. A lo sumo podríamos hallar sólo un desideratum fiable: el hambre. Lo adolescente, pase lo que pase o casi-pase, por muy casi-ser que casi-sea, siempre tiene hambre disponible. Ya lo dicen al final de Cosmos tras su exhaustivo despliegue de la investigación holística: “hoy hemos comido pollo”.

Etiquetas: Delleuze, Derrida, Ferdydurke, Flann O'Brien, Gombrowicz, Hermanos Marx, Lewis Carrol, Pornografía

Sobre el autor

Sebastià Jovani

Sebastià Jovani (Barcelona, 1977), se licenció en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y se doctoró con especialidad en Estética en la Universidad de Barcelona (UB). Es novelista, poeta, ensayista y agitador cultural. Ha colaborado con diversas publicaciones y revistas de cultura como Barcelonés, Quimera, Sigueleyendo, l’Independent de Gràcia o Nativa.

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