Revista de Letras

El lugar de Carlos Edmundo de Ory

18 noviembre 2010 Crónicas

Aquí estoy enseñando a comer nieve a la gente,
dando estrellas a la gente…

“¿De dónde vengo yo?”, se preguntaba el joven poeta. Le preguntaba a sus amigos, a sus primeros colegas, a aquellos locos con los que intentaba arrancar los velos grises de la posguerra. “¿De dónde vengo yo para ser así?”. Apenas unos días después de su muerte, muchos amigos -conocidos, desconocidos- se lo siguen preguntando. Se preguntan si ahora tendrá la respuesta, si la encontrarán ellos mismos buscando y rebuscando entre su prodigioso paisaje de letras. Mapa de imágenes mágicas, entre lo místico y lo profano, entre lo real y lo inventado, entre el orden y el desorden. Imprevisible, creativo, trasgresor. Poético, en definitiva. Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923) moría el 11 de noviembre a los 87 años de edad pero todos sabían, todos los que un día rozaron el efecto de su palabra, que esa pareja numérica no era más que otra trampa de los convencionalismos. La de Ory era una edad plástica, detenida al filo de algún poema, en el borde de un apunte metafísico en algún cuaderno. Una edad inclasificable que salta de ingenio en ingenio desde aquellos primeros Versos de pronto (1944) a Melos Melancolía (1977-1994), que se hace prosa en Mephiboseth en Onou y Cuentos sin Hadas. Una simple cifra que se paró al sonido de una rebeldía, de un no hereje, de un arañazo genial a esa tela que entreteje nuestros mundos: el lenguaje. Un lenguaje entendido como herramienta de comunicación e incomunicación, como un cajón de sastre del que arrancar mil tropelías, mil juegos, como Aerolitos, “espejos cóncavos/convexos”, capaces de teñir el mundo de nuevos significados, dando la vuelta a los viejos símbolos.

Poeta incomprendido -“maldito” se ha dicho a veces-, Ory murió en Thézy-Glimont (Francia), la patria última de un hombre sin patria que se ganó la vida como bibliotecario y profesor y superó la muerte como poeta. Antes había dejado atrás el Cádiz de la Guerra, el Madrid de los cincuenta, los encuentros con otros ilustres gaditanos como José Manuel Caballero Bonald o Fernando Quiñones. Había escapado de la poesía social de sus contemporáneos, de la España de la misa y el traje de domingo y también, inevitablemente, de sus antólogos. La rebeldía, la continua búsqueda y superación, el empeño eterno de escribir por encima de las etiquetas, mucho más allá de ellas, se pagarían caros. No se hablaría de la poesía de Ory -vanguardista, imprevisible, revolucionaria, heterodoxa y, a veces, imperdonablemente divertida- hasta que Félix Grande la recopilara en su antología nada menos que en 1970. Cuatro años después vendría Poesía Abierta de la mano de Jaume Pont quien habría de prologar la definitiva, Música de lobo, publicada por Galaxia Gutenberg en 2003.  Será Pont el que hable de círculos concéntricos, cíclicos, para entender la imprevisible mirada del poeta. Será él quien intente definir, en el universo creativo de Ory, dos grandes etapas. La primera, juvenil y disidente, vinculada a España, a los clásicos, al Romanticismo y las vanguardias, a la experimentación irracional del Postismo, abrazado junto a Chicharro, Sernesi o Nieva en 1945. Una etapa que acaba con el expresionismo existencial del manifiesto introrrealista, seis años más tarde. Primeros pasos de lo que el propio Ory llamaría “el itinerario del solista proscrito” y espacio sin el que es imposible entender la segunda parte de su vida, ya en Francia, contagiada del movimiento beat, la contracultura y las Tesis de la Internacional Situacionista. Una etapa marcada por el Atelier de Poésie Ouverte y por su eterna vocación de juego, de provocación. Un reto demasiado difícil para la crítica, salvado, la mayoría de las veces, a base de lugares comunes y simplistas.

En la poesía de Ory, dos extremos construyen esos círculos concéntricos. Dos cabos de una misma naturaleza, como amor y erotismo, como vida y muerte, como forma y sustancia: los aerolitos y los sonetos. Dos formas antagónicas que encajan en un poeta alquimista de las letras, ahora la métrica, ahora el aforismo; ahora lo existencial, ahora el humor engañosamente banal. Poesía en estado puro, contenedor de esencias. La poesía como un don, como un martirio. Su maravillosa y enigmática relación con la literatura, con su única forma de entender la vida, vio la luz con la edición de sus bitácoras en Diario 1944-2000, realizada por Jesús Fernández Palacios en 2004 y editada por  la Diputación de Cádiz. “10 agosto, domingo. Sueño 9/10. Veo un caballo blanco”. Muchos poetas gustan relamerse entre estos tres tomos llenos de deleites de palabras.

Hijo Predilecto de Cádiz desde 2005 y de Andalucía desde 2006, un año después Ory colocaba  en la caja 998 de la sede del Instituto Cervantes en Madrid un legado que no podrá abrirse hasta dentro de doce años. Lo hizo con una media sonrisa. La misma que ponen sus amigos cuando se les pregunta si se atreven a aventurar el contenido. Cualquier cosa, cualquier cosa… El niño grande de la poesía, el provocador, el chico malo, el anciano en cuya mirada nunca se extinguieron las chispas, sigue teniendo hoy una cohorte de leales lectores -muchos poetas- fascinados por su pluma. “¿Queréis saber lo que es poesía? Uno de los caminos más rápidos es leer a Carlos Edmundo de Ory”, decía Pere Gimferrer en su Prohemio a Melos Melancolía.

En una de las últimas ediciones de sus trabajos, El desenterrador de vivos (2006), Luis Eduardo Aute y Fernando Polavieja musicaban catorce de sus poemas en un libro/disco tan inclasificable como su obra. Una obra admirada por los grandes, incomprendida por algunos, desconocida para la mayoría. “¿De dónde vengo yo?”, Se preguntaba el joven poeta. “Estoy construido de sabor de sueño”, respondió en uno de sus aerolitos.

Estos poemas que usted me ha dejado, Carlos Edmundo de Ory, los hemos leído solamente tres personas: mis dos hijos y yo. Mi hijo Víctor, el arquitecto, ha dicho:
-Estos son los poemas de un genio.

Mi hijo Juan Pablo, el médico, ha dicho:

-Estos son los poemas de un loco.

Y yo, acogiéndome al término medio, dije sencillamente.

Estos poemas son de un poeta
.

Eugeni D´Ors. En Diario 1944-2000 (2004).

Fátima Vila
http://unaboquitapresta.blogspot.com

Etiquetas: Aerolitos, Carlos Edmundo de Ory, Cuentos sin Hadas, Diario 1944-2000, Eduardo Chicharro, El desenterrador de vivos, Eugeni d'Ors, Félix Grande, Fernando Polavieja, Fernando Quñones, Francisco Nieva, Jaume Pont, Jesús Fernández Palacios, José Manuel Caballero Bonald, Luis Eduardo Aute, Música de lobo, Melos Melancolía, Mephiboseth en Onou, Pere Gimferrer, Poesía Abierta, Silvano Sernesi, Versos de pronto

Sobre el autor

Fátima Vila

Fátima Vila (Cádiz, 1980) es periodista y bloguer. Desde hace diez años ha trabajado como redactora de cultura y sociedad en prensa diaria (Diario de Cádiz y La Voz) y diversas publicaciones culturales. Actualmente trabaja en comunicación institucional y gestión cultural. En 2010 publicó su primer libro de cuentos: 'La estrella invitada'.

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4 Comentarios

  1. Fernando Polavieja 19 noviembre 2010 at 8:03

    ¡Gracias Fátima! Es una joya tu artículo, bueno, más que eso.., es un bellísimo canto a Carlos Edmundo, que todos los “Hermanorys”, yo uno de ellos, te agradecemos en el alma. Lo imprimo para guardarlo entre mis tesoros Oryanos: correspondencia, miles de fotos, dedicatorias.., ¡ay, mi Carlos! .., que solito me dejas.

    Un besory enorme,
    Fernando Polavieja

  2. Jesús Fernández Palacios 19 noviembre 2010 at 10:14

    Me ha gustado mucho el artículo de Fátima Vila porque retrata muy la figura y la obra de Carlos Edmundo de Ory. Y además me gusta la foto que ilustra el artículo, porque Ory se paseo por el mundo con la lengua fuera burlándose de los burgueses, curitas, cursis, banqueros y políticos. Así que una combinación perfecta, texto y foto retratan con justicia a este poeta, uno de los más importantes de esta España nuestra tan complicada como jodida. Abrazos para la autora de su amigo, Jesús

  3. José Ramón Ripoll 19 noviembre 2010 at 11:09

    Buen artículo, Fátima. No sé si trataste mucho a Carlos al final de su vida, pero has logrado captar y transmitir toda su humanidad. Estas no son cosas del oficio, sino de alguien con la adecuada sensibilidad como para entrar en la obra y en la actitud de una persona tan compleja comolo Ory. Gracias y un abrazo

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