Revista de Letras

El mar

22 mayo 2009 Crónicas

1184301_old_lighthouse…y ella seguía queriendo ver el mar, desde que recordaba y tenía uso de razón, ver el mar y sentirlo rodeando su cuerpo, siempre había constituido uno de sus máximos objetivos.

A decir verdad, el mar, como muchas personas, lo había visto tan sólo en fotos, en videos, en películas, en numerosos medios y en numerosas ocasiones, sí claro que sí, pero siempre filtrado por una lente, a través de un cristal o plasmado en algún soporte. Pero lo que siempre había ambicionado, era poder verlo en vivo y en directo, lo que ambicionaba era poder mirarlo cara a cara y percibir en sus retinas el oleaje, percibir la espuma que brota en la cresta de sus olas, percibir las ondulaciones que arrancan destellos a cada una de ellas, bien bajo un cielo azul presidido por un justiciero sol, bien en una noche oscura al amparo de la siempre admirable luna llena.

Así que preparó todo minuciosamente, y el día marcado para ello, un día de verano cuando éste comienza a mostrarnos que es capaz de derretir las piedras, Marta se alzó de la cama dispuesta y en total harmonía con el ambiente para acometer la gran ilusión de su vida. Se vistió de lujo para afrontar un viaje de más de trescientos kilómetros, desayunó fuerte y se despidió de sus padres, los cuales se congratularon con la idea de que pudiera ver por fin el mar, y pudiera quitarse de dentro de ella esa espinita que llevaba clavada tantos años.

Una mochila tuvo la culpa de contener algunas ropas, cremas y un gran manojo de ilusiones, las cuales hacían que el viaje que había previsto largo y tedioso le fuera a ser leve, además, cuando uno tiene veinte años, no hay montaña lo suficientemente alta o desierto lo suficientemente tórrido como para poder frenar los impulsos hormonales.

1186875_coastline_flowerUnos besos, unos abrazos y unos bocadillos, pusieron punto y final a la despedida con sus padres, su hermanito pequeño y la abuela paterna que vivía con ellos. Y unos cuantos billetes en el bolsillo y la tarjeta de crédito en la cartera, pusieron la primera piedra para pasar unos días de verano junto al mar, como nunca antes los hubiera pasado. El colofón a tales vacaciones sería conocer a un chico guapo, con una buena tableta de chocolate en la barriga, para compartir con él esos días.

– ¡Por fin voy a ver el mar! –Gritó en plena calle ante el asombro de propios y extraños, levantando las sonrisas en unos y la indignación en otros.

De cualquier modo, su viaje estaba en marcha y eso era lo único que en estos momentos le interesaba. Sus padres la siguieron con la mirada durante unos momentos y le desearon un buen viaje y un mejor regreso.

Se dirigió hasta la estación de metro que la llevaría hasta la del tren que la transportaría hasta la ciudad con amplias playas que tendría el honor de ser visitada por ella y acoger sus bien merecidas vacaciones.  Apenas hubo de esperar unos minutos sentada en el tren cuando éste comenzó el típico movimiento de vaivén que acompañado de un acompasado clak recordaba a todos los viajeros, que había comenzado su viaje.

1187487__1Los paisajes comenzaron a desplazarse a través de la ventanilla del tren. Primero perdió de vista las fincas no muy altas del centro de su pueblo, tras ellas, comenzaron a perderse las casonas antiguas que bordeaban el mismo y en pocos segundos comenzaron a sucederse algunos campos, y fincas aisladas… su corazón le palpitaba fuerte y con alegría.

En pocos minutos llegaron a la primera parada del trayecto. Este no tenía demasiadas, pero sí las suficientes como para que las mismas se sucedieran con cierta regularidad. Algunos instantes después, el tren comenzó su trayecto, reiniciándolo con el característico silbido de aviso. Los campos y tierras yermas comenzaron a sucederse de nuevo. Casi sin previo aviso, un nutrido grupo de construcciones que conformaban un polígono industrial, apareció ante sus ojos, pero tal cual apareció, desapareció de su vista con la misma celeridad.

Ese día se había levantado muy pronto y el calor y las emociones del día, a pesar de la baja temperatura del aire acondicionado que reinaba en aquel vagón, la estaban convidando a echarse una cabezadita, un breve sueño reparador, tras el cual, la devolviera como nueva al mundo de la vigilia para continuar su viaje. Sin saber muy bien en qué momento, su consciencia la abandonó durante un tiempo, pero un fuerte vaivén del tren la despertó de repente, haciendo que su corazón se sorprendiera ante el mismo y acelerara su palpitar. Miró a través de la ventanilla. No reconocía donde se encontraba, pero sí advirtió que el paisaje había cambiado, ya no eran los mismos cultivos, y el tono amarillento que los había presidido, se había tornado en unos tonos verde intenso que le fueron muy agradables a la vista. ¿Dónde estaría? ¿Faltaría mucho para llegar?

Sus interrogantes fueron contestados por un ajado cartel que anunciaba la próxima parada. Sacó un mapa de carreteras de la mochila y comprobó con cierta tristeza que aún estaba a mitad de camino, bueno, la verdad era que pasaba un poco de la mitad del camino, pero no importaba demasiado, daba lo mismo que le quedaran 150 o 120 km. De cualquier modo era una buena excusa para proseguir su siestecita, en el mismo punto donde la había dejado, cansada como estaba, seguro que no le costaría mucho volver a flirtear con Morfeo. Así que de nuevo, sin saber exactamente cuándo, su consciencia volvió a abandonarla en aras de un profundo sueño guiado por la ilusión y el cansancio. Su cuerpo estaba relajado, se sintió bien. El ruido ambiente cesó.

Una inmensa nada se abrió ante ella, en la cual pudieron pasar unos minutos, o unas semanas, o quizá unos meses, no sabía, su consciencia la saludó de nuevo pero de una forma vaga y extraña. El vaivén que la había adormecido se había tornado un una estanqueidad absoluta, y por todo ruido externo, tan sólo oída un sórdido y acompasado ‘bip’, que había sustituido por completo a todos los demás sonidos.

Quiso abrir los ojos pero no pudo, algo húmedo y pesado los oprimía con suavidad. Quiso hablar pero tampoco pudo, su garganta la ocupaba un tubo plástico unido a una máquina. Quiso levantar una mano pero otra, la cual reconoció por el tacto, se lo impidió. Durante unos instantes nadie dijo nada, tan sólo en el más absoluto de los silencios, siguió escuchando el monótono ‘bip’ que marcaba sus constantes vitales. Al final, su madre lloró.

El sonido de una puerta cerrándose de golpe puso punto final a los lloros, devolviéndola de nuevo al síncrono ‘bip’. Quiso preguntar, pero el tubo en la tráquea le impedía articular una sola palabra. Intentó de nuevo levantar la mano, pues se creía sola, pero su padre se la agarró.

– ¡Hola cariño! Soy papa. Intenta descansar.

Los ojos de la joven bajo una gruesa capa de vendas impregnada en soluciones, no podían ver cuánto había a su alrededor, pero si podían llorar. ¿Qué hacía allí? No entendía lo ocurrido, aunque sí podía intuirlo.

Un grupo de médicos alertados por la madre, acudieron a la habitación y como si hubieran estado esperando ese momento con impaciencia, hicieron a los familiares a un lado y comenzaron a trabajar sobre la joven, una mano oprimía un botón, otra extraía con agilidad el tubo, un inyectable, cambios en los goteros. Parecía imposible que en tan poco tiempo se pudieran realizar tantas acciones sobre una persona. Trascurridos esos breves minutos en los que tan sólo se escucharon algunas frases inconexas y el sollozo de la madre, el padre que parecía más tranquilo recibió instrucciones precisas y los médicos abandonaron la habitación. La joven intentó pero no pudo articular palabra, pues un tranquilizante especialmente fuerte y objetivo, tuvo la culpa de sumirla en un estado de inconsciencia inducida que se prolongó por varias horas, días…

Algunos días después, fueron retirados los vendajes de los ojos de la joven y la aflautada voz de uno de los médicos le ordenó que los abriera. La joven hizo lo ordenado, pero éstos no le devolvieron ninguna de las imágenes que había ante ellos. La alegría veinteañera y ensoñadora de sus ojos, fue substituida por una oscuridad intemporal con la que debería acostumbrarse a convivir durante el resto de sus días. No sabía cómo encajarlo. Risas nerviosas eran seguidas por lágrimas como puños. Cientos de sentimientos inundaban su cara y su alma.

Justo al cumplirse quince días desde que ingresara en el hospital, la joven acompañada de sus padres salió del mismo, el cual había devuelto la vida a la chica, pero no pudo restablecer su vista. La joven preguntó a sus padres en qué ciudad se encontraban, y éstos respondieron que en la ciudad donde se disponía a pasar esos días de vacaciones junto al mar. La joven sonrió.

– ¡Quiero ver el mar! –Dijo a sus padres.

Éstos sin hacer demasiados comentarios al respecto, decidieron cumplir con la necesidad de su hija, así prepararon todo lo necesario para acudir al día siguiente al mar.

1187684_mediterranean_seaEl hotel donde estaban alojados, contaba con una gran piscina la cual siempre contaba con numerosas personas, siendo la hora del mediodía, en la cual se encontraban, la de menor afluencia de bañistas, tiempo éste que aprovechaban los empleados para limpiarla, rellenar las cámaras del bar, o simplemente descansar para poder acometer con fuerzas la cantidad de personas de la tarde.

Una radio que se oía de fondo con cierta música hip-hop, cambió de dial dejando en el aire el noticiero que cada hora ponía al día a los oyentes.

– Ahora en nuestra crónica local, -comenzó a declamar una harmoniosa voz.- Hemos de comenzar con la noticia que desde hace dieciséis días, está ocupando las portadas de todos los medios de comunicación. El brutal atentado con coche bomba ocurrido en las inmediaciones de la ciudad causando el descarrilamiento de un tren y la explosión de una farmacéutica, nos ha dejado hoy un nuevo saldo de muertos, ascendiendo éstos a treinta y cinco tras morir la joven a la que ayer mismo le fue amputada una pierna, siendo además, más de un centenar los heridos, de los cuales aún se debaten dos de ellos entre la vida y la muerte. Conectamos con nuestros enviados especiales a…

La joven desconectó su realidad de aquella emisión que seguía inundando el aire. Ahora ya sabía la verdad de lo que le había ocurrido, la verdad que por temor a su reacción estaban intentando retrasar en contarle sus padres. Un grupo de personas que agreden a muerte por su paz, habían cortado las alas a la felicidad por la que tanto había luchado desde siempre. Desde lo más profundo de su corazón, los odió con todas sus fuerzas.

Al día siguiente los padres, cargaron de nuevo una mochila con alguna ropa de baño, algunas toallas y toda la ilusión de la que disponían y con unos billetes en el bolsillo y su hija de la mano, se dispusieron a tomar un taxi que los llevaría al mar. Todos viajaban en silencio.

El día se intuía solariego y cálido, motivo éste por el cual pensó que estaría bajo un cielo azul, despejado y con un sol redondo y brillante que no volvería a ver jamás. El calor la agobiaba y tiró mano a coger su bolso, pero no lo halló a pesar de estar a su lado. No lo veía. Lloró. Pero intentó reponerse rápidamente. ¡No quería flaquear! Sus padres en silencio observaban todas las acciones que su hija realizaba, incluida la de limpiarse las tímidas lágrimas que bajo todos los conceptos intentaba ocultar.

El taxi se detuvo y la familia bajó de él. El calor se dejaba notar con fuerza. A dos pasos de donde los dejó el taxi, la joven se despojó de la ropa quedándose con un atractivo bikini estampado, y rogó a sus padres que la condujeran hasta la orilla, ¡Quería, necesitaba, ver el mar! Los padres se miraron entre sí.

La joven se colgó el bonito bolso de un hombro, y asida a los fuertes brazos de sus padres emprendió camino hacia la orilla. Cuando notó sus pies hundiéndose en la arena, se detuvo un momento y agachándose con cierta lentitud, midiendo los actos cotidianos como si nunca los hubiera realizado, se quitó las sandalias y se las entregó a su madre. Con paciencia, posó la planta de sus pies en la arena, la cual se desplazó dejando que el peso de su cuerpo clavara un poco el pie en la misma. Levantó uno de ellos y luego el otro, dejando que los diminutos granitos de arena recorrieran sus empeines, sus dedos, los sentía desplazarse por su piel con tal claridad que casi hubiera podido contarlos o distinguir los unos de los otros. Su cara se alegró. Realmente no podía ver el mar, pero comenzaba a sentirlo y percibirlo con tal intensidad como si el mismo se estuviera dibujando en su mente.

Despacio, comenzaron a caminar, y una brisa suave, cálida acogedora le rozó la piel con tal delicadeza que ésta advirtió a sus sentidos de la grata sensación casi sensual que estaba experimentando. La brisa recorría su pelo haciendo que éste, ondulante, se meciera de uno a otro lado acariciando su frente y sus mejillas como nunca nada ni nadie la hubo hecho. La sensación le agradó en extremo e instintivamente abrió cuanto pudo los ojos pero sus impersonales pupilas no supieron centrarse en ningún punto. Siguió su camino lentamente, pero sintiendo su entorno como nunca antes lo había alcanzado a sentir.

La planta de sus pies se posó sobre un nuevo tipo de arena, ésta ya no era seca, fina y suelta, sino compacta, fría y mojada. Su cuerpo lo recorrió un escalofrío que no pudo contener.

Por fin había llegado, debía de estar a escasa distancia del agua, y este paso quería caminarlo sola. Amablemente se soltó de los brazos de sus padres y titubeando, con miedo, y el corazón palpitándole con más fuerza de la que su pecho podía soportar, caminó los pocos pasos que la separaban del agua. En un instante la primera ola diminuta y frágil incidió en sus pies, la sensación fue tan grata y placentera que hizo reposar el ritmo de su corazón. El agua estaba muy fría. Sonrió nerviosa ante aquella sensación que nunca se había planteado, pues en las fotos no se perciben temperaturas.

Dio unos pasos más y las primeras olas más grandes y atrevidas comenzaron a conquistar sus rodillas, algunas gotas traviesas le salpicaron sus nalgas y culo. La sensación fue indescriptible. Recordó de nuevos los documentales y las fotos, y en su imaginación se vio envuelta en espuma y fantásticas olas. Algunos pasos más allá el suelo se inclinó con presteza bajo sus pies, y el agua subió rápidamente hasta su barriga. Sintió ahogarse, se sintió mal, no podía controlar la situación. Lloró. Lloró ante una situación que pocos días atrás hubiera sido gozosa y ahora era causa de un intenso pavor, pues no podía saber si la siguiente ola la sobrepasaría, o si el suelo seguiría inclinándose más y más bajo sus pies. La angustia hizo presa de ella en segundos.

Caminó lentamente un par de pasos caminando hacia atrás hasta que pensó que podría manejarse con soltura. Abrió los brazos y dejó que el sol bañara su cuerpo por entero, el calor en su rostro lo percibía con emoción y gratitud, a la vez que sin saber por qué, la hacían sentirse segura.

Sus padres se acercaron donde estaba ella y la rodearon por la cintura con sus brazos. Un momento íntimo, sublime, casi místico, los envolvió.

La joven elevó su cabeza hacia el horizonte, y dijo.

– Padre, madre. Unos bárbaros que matan en nombre de su paz, han hecho que nunca pueda alcanzar a conseguir una de las grandes ilusiones de mi corta vida, ver el mar. Han truncado mi vida para siempre, pero lo que nunca nadie podrá arrebatarme, son mis ganas de vivir. Soy joven y fuerte y sabré rehacer mi vida, pero ellos, nunca tendrán una vida digna que poder vivir.

Dedicado a todas las víctimas de la barbarie humana y de la locura colectiva que lleva a buscar por medio de la violencia, todo aquello que bien se pudieran conseguir por medio del diálogo y en paz.

Valencia, 9 de febrero de 2009

Juan Benito Rodríguez Manzanares
Poeta, escritor, articulista, conferenciante.

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