Revista de Letras

“El mundo bajo los párpados”, de Jacobo Siruela

11 junio 2012 Reseñas

El mundo bajo los párpados. Jacobo Siruela
Atalanta (Vilaür, Girona, 2010)

Si días atrás reseñamos De la materia del sueño de Julio Monteverde (Pepitas de Calabaza, Logroño, 2012) recogemos ahora en estas líneas una breve reseña de la publicación, por la editorial Atalanta en su colección Imaginatio vera, de El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela (Madrid, 1954). El mundo bajo los párpados es un excelente y completo ensayo sobre la relación del sueño y el soñar con el onirismo, la incubación de sueños en los antiguos templos, el sueño lúcido y el tiempo onírico y su correlación con la muerte, entre otras materias. Dividido en cinco partes (“El sueño y la historia”, “El sueño y lo sagrado”, “El espacio onírico”, “Sueño y tiempo” y “Sueño y muerte”), El mundo bajo los párpados resulta un tratado amplio y exacto que da luz a una materia poco tratada y, más de una vez, rechazada por el racionalismo y viejas ideas ilustradas.

En su primera parte, “El sueño y la historia”, el autor constata la falta de una historia de los sueños, y se lamenta de que, así como el mundo diurno tiene una abundante bibliografía, no suceda lo mismo para los hechos de los durmientes. De esta forma instaura una nueva categoría histórica: la onírica. No solo como consecuencia histórica sino como motor activo para el desarrollo histórico, por su influencia en el curso de las guerras o en la simultánea experiencia colectiva (en la I Guerra Mundial, en el nazismo, etc.). Pero no solo los grandes acontecimientos beben de la historia onírica, sino que en la intimidad del hombre, en los cuartos cerrados, se sigue desarrollando esa otra historia. Los sueños de Cicerón, Oliver Cromwell, Lincoln, Amílcar Barca, Heródoto, etc. discurren por las páginas en una suerte de ejemplo histórico pero también de comprobación del motivo que forja el acontecimiento. De ahí el patrón premonitorio del sueño, también esa realidad poética del sueño que borra los límites que vivimos como habituales. Y el simbolismo que está implícito en el sueño es universal, está fuera del contexto religioso. A Perpetua le dieron valor para afrontar su martirio, Descartes no puede separarse de sus sueños en ese camino filosófico que emprendió, Kepler descubrió las órbitas elípticas, Otto Lowei inventó la teoría química de la transmisión nerviosa a partir de una experiencia onírica, Walfred Bradford Cannon resolvía problemas algebraicos mientras soñaba, al químico alemán Friedrich August von Kekulé le valió para descubrir una nueva estructura molecular, y así. Jacobo Siruela aporta más testimonios y resultados del onirismo, traerlos a esta reseña sería privar al lector de su disfrute de descubrimiento y practicar un reduccionismo que no haría honor a la obra. Para el autor “el arte, la religión, la filosofía, la ciencia, la política, incluso la guerra, es decir, cualquier actividad humana se ve periódicamente influida por ciertos mensajes oníricos plenos de sentido para el actor que los recibe en el escenario del sueño”.

Efigie ilustrada dedicada a Asclepio (D.P.)

En “El sueño y lo sagrado” da cuenta de los rituales oníricos sanatorios, rituales de incubación onírica, en épocas muy anteriores a la ptolemaica. Los sueños eran considerados como visiones verdaderas. Actos en dimensiones paralelas. Encontramos los primeros indicios de estas prácticas en la civilización griega, aunque ya se desarrollaban en el Antiguo Egipto. El objeto de estas incubaciones era provocar el efecto curativo, recibir visiones. Santuarios que se encontraban en cuevas sagradas, siendo la incubación una práctica habitual durante toda la Antigüedad. El mito de Asclepio es abordado por Siruela con profusión de detalles, así como el santuario dedicado a Asclepio (que poseía el don de la curación), donde el visitante entraba al recinto sagrado, cruzando la entrada principal y purificándose en el pozo, recorriendo el camino, los baños, accedía a la palestra y al ábaton, hasta llegar al Thólos, un edificio concebido para la ejecución de un ritual del que no nos ha llegado noticia. En la edición se incorpora el mapa del antiguo santuario de Asclepio, y con cuidado detalle el autor recorre el camino al templo. Esa incubación, dormir en el santuario, tenía el valor de la purificación y suponía vaciarse, olvidarse de sí mismo para recibir la experiencia. Así, los templos de incubación de sueños eran centros de salud religiosos, donde se practicaba una forma de homeopatía. La sugestión de la terapia hacía que el paciente se sumiera en un estado de crisis emocional, haciéndose entonces efectivo el sentido terapéutico de la incubación.

Jacobo Siruela, una vez ha situado al lector en lo sagrado y lo histórico del sueño, perfila “El espacio onírico” atendiendo a la pregunta ¿dónde estamos cuando soñamos? “El espacio onírico es una dimensión interior vuelta al revés; pues todo lo que vemos fuera, todo aquello que constituye el mundo que soñamos se forma y se desarrolla dentro de nuestra mente. De modo que el mundo interno se transmuta en espacio externo, y la exterioridad en proyección interior”, dice. Solo un alto grado de voluntad hace que los sueños hayan sido observados de forma consciente, y ello está solo en poder de personas con gran voluntad. Precisamente, el primero de los testimonios pertenece a los Tratados de historia natural de Aristóteles. San Agustín, Nietzsche, Tomás de Aquino o Descartes. Solo un puñado de personajes han podido alcanzar ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia: onironautas, los denomina Siruela. La concentración mental de Oupenski provocaba ese estado de semisueño, Frederik Willem Van Eeden tenía la impresión al despertar de haber sido arrancado de otras esferas de la realidad, y el máximo exponente de la onironáutica occidental, el sinólogo Saint-Denys, tenía un diario nocturno donde “todas las noches podía despertar en el curso de sus sueños y contemplar lo que estaba soñando de igual manera que durante el día”. De forma resumida (incido en que esta reseña no es ni esqueleto de la obra de Siruela), los principios fenomenológicos para Saint-Denys eran:

1. No se puede dormir sin estar soñando.

2. Pensar una cosa equivale a soñar con ella.

3. Todas las imágenes y sensaciones de nuestros sueños emanan de los recuerdos de nuestra vida real.

4. La voluntad y la conciencia pueden conservarse durante el sueño para dirigir el recorrido del espíritu a través del mundo de las ilusiones.

De esta manera, Saint Denys nos otorga un lugar privilegiado desde el que observamos el espacio interior de la mente, aunque no aclara nada sobre el significado de su función más profunda, busca la comprensión de los mecanismos oníricos. Solo André Breton en Los vasos comunicantes defiende al marqués, este se olvida, y solo un siglo después el sueño lúcido se admite como un hecho científico.

Carl Gustav Jung (D.P.)

“El sueño y el tiempo” constituye la cuarta parte de El mundo bajo los párpados. Es erróneo localizar el tiempo onírico en la dimensión física, escribe Siruela. Soñar es estar en un tiempo sin espacio, en un momento atemporal. No hay ni espacio ni tiempo, por lo tanto tampoco hay ninguna causalidad entre estos elementos, están más allá de la medida. La predicción (ejemplos desde los países islámicos hasta Grecia, desde Europa hasta América) es un fenómeno universal del que se desconoce su naturaleza. Schopenhauer analizó las premoniciones. Su sentido filosófico, y ello estaba más allá del azar, dado que “todo en este mundo sucede por rigurosa necesidad”. Todo se verifica a posteriori. Todo está en todo. Cada cosa influye a la otra. La voluntad, que vive dentro de cada individuo, contiene todos los fenómenos del mundo. Un espacio central ocupa Gustav Jung en este capítulo, y la larga historia que se desarrolla en el inconsciente, que está más allá del bien o del mal, como la naturaleza. La función del sueño será compensadora, incluso sanadora, y se desarrolla en un tiempo relativo (puede dar un salto temporal) y existe un puente entre lo externo y lo interno. Las teorías cuánticas donde las leyes se vuelven inestables, donde cada vez que profundizamos en los mundos subatómicos de la materia más indeterminada se vuelve esta, se asemejan a ese traspasar de Jung de las fronteras de la psicología. El inconsciente también es indeterminado. El espacio y tiempo se vuelven relativos, existiendo una correspondencia entre la consciencia y “los dominios macrofísicos del universo”. Y el inconsciente colectivo yace soterrado en el individuo, un legado viviente universal. La relación entre Pauli, Premio Nobel de física en 1945, y Jung también es analizada por Siruela, convenciéndose que “las imágenes que brotaban en el inconsciente mostraban las claves del problema sobre la dualidad entre mente y materia”. Guardando semejanzas el principio de exclusión descubierto por Pauli y la sincronicidad de Jung, narrada pedagógicamente por el autor en este apartado. Pauli y Jung removieron del pedestal a la especialidad científica y restituyeron “nuestro modelo parcial del universo a su unidad original”. John William Dunne y la visión cierra este destacado capítulo. Nada se pierde en la mente, ni sucumbe en la memoria, ni se extingue, todo es inmortal, oculto en el velo, en otras dimensiones del tiempo, concluye el autor.

“El sueño y la muerte” es el remate de El mundo bajo los párpados. Leonardo da Vinci: “¿Qué es el sueño? Es la imagen de la muerte”. La muerte y el sueño es una impresión que se encuentra desde la más lejana Antigüedad, siendo natural la muerte en épocas premodernas, saboteada e incrementado su temor por las sociedad racional moderna. Hay que mirarla de forma amplia y sin temor, vencer a los fantasmas y a los monstruos mirando a los ojos. Como dice Jacobo Siruela, es contradictorio que después de la relatividad, la teoría cuántica y la teoría vibracional de las cuerdas y demás todavía tengamos esa idea ilustrada de reducir nuestra realidad a las cuatro dimensiones del cuerpo visible, espacio-temporales. Debemos implicar a nuestro ser en su totalidad, no solo contemplarlo físicamente sino como una experiencia psíquica. Y la puerta de los sueños en una puerta simbólica, un arquetipo del viaje. El Antiguo Egipto, la mística islámica, los griegos, etc. entendían el sueño como experiencia, un vagar por el reino de las sombras, un despertar en “otro mundo”, por el reino de las sombras. Finiquita Siruela: “La huida constante de la muerte es la evidencia más sangrante del fracaso existencial del mundo moderno”. Añado: donde muerte en la anterior afirmación puede ir sueño. El libro se completa con una exhaustiva bibliografía de cada uno de los capítulos reseñados, un índice de ilustraciones y un índice onomástico que dan como resultado un libro imprescindible. No podría entenderse nuestra historia sin el sueño. Y la historia del sueño y el onirismo sin este libro.

Tampoco sería comprensible creer que en algún momento Sergi Bellver me sugirió el libro, y que incluso llegó a prestármelo con un lacito rojo. Todo ello debió ser objeto de sueño.  Así que no debería practicarse la devolución en el mundo diurno. No. Como mucho en el nocturno…

Iván Humanes Bespín
http://ivanhumanes.blogspot.com

Etiquetas: Abraham Lincoln, Amílcar Barca, Aristóteles. San Agustín, Arthur Schopenhauer, Asclepio, Atalanta, Carl Gustav Jung, Cicerón, El mundo bajo los párpados, Frederik Willem Van Eeden, Friedrich August von Kekulé, Friedrich Wilhelm Nietzsche, Heródoto, Jacobo Siruela, Johannes Kepler, John William Dunne, Leonardo Da Vinci, Oliver Cromwell, Otto Lowei, P.D. Ouspensky, Perpetua, René Descartes, Tomás de Aquino, Walfred Bradford Cannon, Wolfgang Ernst Pauli

Sobre el autor

Iván Humanes

Iván Humanes (Barcelona, 1976). Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. En el 2005 publicó el libro "La memoria del laberinto" (Biblioteca CyH), en 2006 el ensayo "Malditos. La biblioteca olvidada" (Grafein Ed.) y en 2007 en la obra "101 coños" (Grafein Ed.). Prepara la publicación de su libro de relatos "Los caníbales" con la editorial Libros del Innombrable y la publicación de la novela "La emboscada" con la editorial coruñesa InÉditor.

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2 Comentarios

  1. Victor Brauner 12 junio 2012 at 2:00

    Esta visión de Siruela es importantísima, sobre todo en los tiempos actuales de vulgaridad materialista y tecnológica,donde la realidad aparente es tan falsa, porque las apariencias engañan, y las personas también viven un engaño, tan ficticio como la realidad misma, en contradición con el espíritu del Humanismo, donde la nobleza es como el arte de vivir.
    Recuerdo una conversación sobre el tema en una noche casi onírica, con el paseante Jacobo , en las buhardillas del Palacio de Liria, sentados sobre unos bahúles, porque sólo habían bahúles que se usaban como asientos, estanterías, mesas, librerías, etc, al contrario de los otros ambientes del Palacio, que tenían muebles y cuadros antiguos de todos los estilos, junto con el soñador imprudente Santiago Palet,escuchando música envueltos en un humo azulado de neblina. El sueño es más importante y más puro, más auténtico,más humano que la realidad.

  2. Indalecio Becerra Martínez 12 enero 2017 at 2:35

    Al leer un poco de este gran texto, sigo pensado que la muerte es el gran sueño, que por razones natural se lleva acabo, y que de hay debes de partir una nueva realidad para seguir existiendo en el universo, eso explica los grades descubrimiento que a tenido nuestros sientofico y filósofos, que de un sueño han podido dar respuesta a muchos fenómenos, que no han podido resolver estando despiertos en esta otra realidad q vivimos, entonces podríamos decir que sí de esos sueños podemos traer repuestas lógicas que nos ayudan a resolver y a descubrir fenómenos q pasan en esta otra realidad como lo es cuando estamos despiertos entonces cuando soñamos vamos más aya del tiempo que llevamos cuando estamos despierto.

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