Revista de Letras

“El plantador de tabaco”, de John Barth

10 septiembre 2011 Críticas

El plantador de tabaco. John Barth
Traducción de Eduardo Lago
Cátedra (Madrid, 1991)

A Pilar y Edda,
tanto si son como no la misma.
Y a O., él sabe.

John Barth nace en Maryland en 1930, y con sólo veintiséis años publica La ópera flotante, que fue nominada al National Book Award. Dos años después termina de escribir El fin del camino, y en 1960, ya con la friolera de treinta añazos, da a la imprenta El plantador de tabaco, la más importante de las pocas novelas suyas traducidas al castellano. Barth forma parte de un cuarteto de escritores norteamericanos que han estado, con desigual fortuna, dándose guantazos entre ellos desde finales de la década de los cincuenta. Nombres y otros rumores a lo largo del texto.

Primeros pasos

Primero leí La ópera flotante, imposible de conseguir, naturalmente. Eso fue en un hotel de Barcelona, cerca de la Casa Batlló. Algunos detalles no los recuerdo bien porque por la noche estaba algo borracho.

Después compré Sabático (1982) por internet. Llegó en perfecto estado junto con otro libro que no recuerdo. Aún no la he leído; la arrumbé en una estantería.

Años después, en una tertulia multitudinaria de lectores aficionados y no lectores me llamaron elitista, lo mismo que a otro individuo que pasaba por allí con El plantador de tabaco bajo el brazo. Intercambiamos impresiones, nos criticamos mutuamente por estar donde no se nos llamaba ni quería, entablamos amistad, y desde entonces no ha cejado en su empeño de que leyera yo la novela de Barth.

Hace tres meses, otro amigo totalmente distinto, bajo los efectos del ron Negrita, insistió en el asunto. Dijo: “a mí me proporcionó un gran placer intelectual”.

Finalmente, este verano obtuve de la biblioteca El plantador de tabaco y me largué a Francia con ella bajo el brazo. La novela tiene 1.295 páginas de letra diminuta, lo diré ya para ir eliminando lectores tanto de este texto como del libro en sí. Pero también diré que es, sin duda, la mejor novela que he leído en todo 2011.

Consejos de lectura (para los que sigan aquí)

La edición de Cátedra que tendréis que perseguir va precedida de una exégesis académica cuya primera parte es genial y la segunda prescindible y repleta de spoilers, así que mejor obviarla hasta el final para ejercer una lectura incontaminada.

Puesto que al fin y al cabo somos como niños, es más que probable que el grosor del volumen así como el apelotonamiento de caracteres carguen al probo lector de una sensación simular al desánimo. Mi consejo para estos momentos iniciales es de corte zen: relajad los hombros y la pelvis, sentaos y empezad a leer.

No recuerdo comienzo de novela igual de atractivo ni estimulante. Un poco cervantino, como quizá lo sea toda la novela. Humorístico, como en efecto lo es toda la novela. Aprovechaos pues, y disfrutad.

Una vez entrados y centrados en la lectura, quizá penséis en cómo habéis podido sobrevivir hasta ahora sin leer esta novela. De qué forma ha pasado desapercibida en medio de la inmundicia a que estáis acostumbrados. Estos pensamientos son mundanos y afectan a vuestra comprensión y deleite de lo que tenéis entre manos. Desterradlos y continuad.

Os preguntaréis sobre el género. Normalmente se tilda de literatura a todo aquello no encuadrable en un, así llamado, género concreto. Sin embargo la novela que estáis leyendo mezcla las aventuras con la picaresca, la historia con la filosofía, la poesía con el humor y el arte con el comercio, la navegación y la política. No temáis, pues, denominarla pastiche, ya que precisamente ésa era la intención de su autor al escribirla.

Sí, pasaréis las páginas y a la par que fascinados por lo que leéis, por la ausencia de caídas de tensión narrativa, por el fenomenal ritmo, la profundidad del pensamiento y el ingenio y la erudición del autor, sentiréis vergüenza por haber tenido todos esos absurdos prejuicios sobre el posmodernismo. Porque, sí, claro, eso que estaréis leyendo hunde sus raíces en el denostado posmodernismo, con toda esa anidación de historias que después sería copiada ad nauseam y malinterpretada estructuralmente; con ese recurso a la regresión tan natural que os parece estar montados en una carreta mascando tabaco mientras escucháis la aguardentosa voz de una prostituta vieja que os cuenta sus avatares; con esa mezcla formal tan bien amalgamada que por sí sola es capaz de engendrar un género propio; con todas esas características que han ahuyentado a lectores espurios y en las que vosotros, hasta el momento, ni habíais reparado, estando ahí todo el tiempo.

Sed benévolos con los deslices, relativamente escasos, de Eduardo Lago y de los editores. Me consta que el primero terminó hasta los cojones de la traducción, y que nunca más se acercó a otra obra de Barth. Los segundos son unos mandados.

John Barth (foto: David Colwell - cambridgemainstreet.com)

Motivos (adicionales) por los que habría que leer a Barth

Hace poco más de un año un amigo que lee estuvo en casa y me ofrecí a prestarle libros. Mi amigo es conocido en la ciudad porque siempre va por la calle leyendo o con un libro en la mano. Mi ciudad es famosa porque en ella casi nadie lee. Tengo la esperanza de que eso cambie un poco cuando inauguren las primeras líneas de metro y comience a haber vida subterránea.

Mi amigo se acercó a una de las estanterías y se asombró del desorden marca de la casa. Entonces eligió una edición de bolsillo de París era una fiesta. Asombrado yo por su elección, le ofrecí una en rústica de los hombres repulsivos de David Foster Wallace y un incunable de William Gass, En el corazón del corazón del país. Al poco me escribió para contarme qué le habían parecido los préstamos. De DFW dijo poco, la verdad. Y con Gass insistí tanto que acabó escribiendo una recensión bajo el título ¿Hay que leer a William Gass?

Sí, hay que leer a Gass, como a Gaddis, como a Pynchon, como a Barth, siquiera sea para poder aborrecerlos con conocimiento de causa y no vicariamente, con odios prestados. Tras la excusa de la información sepultada bajo toneladas de inanidad y desperdicios, es tolerable, aunque poco defendible, desdeñar el conocimiento de este tipo de hitos. Pero no somos aquí ni los primeros ni los únicos en traer a colación los nombres de estos tipos. Que no muerden, que sólo escriben. Y que pueden enseñar mucho sobre el mundo en que ahora (¡ahora!) vivimos.

Un joven Gaddis se adelantó a un joven Barth en la delineación de las guías maestras del big bang posmodernista. Las sendas primeras obras elefantiásicas de ambos (la aquí comentada más Los reconocimientos, de próxima consideración) generaron en un aún más joven Thomas Pynchon tal afán de superación que dio lugar a El arcoíris de gravedad, genial pastiche, como es sabido, histórico-bélico-saturnal-humorístico-político. La relación entre ellos debe reconocerse más allá incluso de la pertenencia a un escueto grupo de excelencia innovadora.

Edición original de "El Plantador de Tabaco, o Un Viaje a Maryland, Una Sátira" (D.P.)

Como se verá, Gaddis negaba en Los reconocimientos la posibilidad de generar obras artísticas originales, condenando a sus personajes a un bucle de copia y falsificación de los grandes maestros tan nocivo como enloquecedor. Y Barth da un paso más allá, situando el comienzo de su narración a finales del siglo diecisiete y pivotando sobre el protagonismo de un personaje real, Ebenezer Cooke, nacido en Londres aunque considerado primer poeta satírico americano. Cooke escribió un poema titulado El Plantador de Tabaco, o Un Viaje a Maryland, Una Sátira, publicado en 1708. Este nuevo Plantador sería, por así decir, una copia gaddisiana de la realidad que en una supuesta fidelidad estructural a los hechos se permite la libertad de innovar en lo incuestionable por desconocido e incomprobable, bordeando el disparate pero sin caer nunca en él.

En la novela, Cooke es un joven poeta, virgen por decisión propia, y gemelo de Anna. Su tutor, Henry Burlingame, utiliza con ellos un extravagante método de enseñanza, mal tolerado por el padre de ambos, Andrew Cooke, poseedor de Malden, una extensa plantación de tabaco en las lejanas tierras de Maryland. Un devenir rocambolesco provocará el embarque de Ebenezer y su criado Bertrand hacia tierras americanas, donde el poeta prevé escribir su particular remake de La Ilíada homérica, La Marylandiada. Nada en la narración de Barth es casual ni fue escrito al albur del capricho o la intención espuria de ocupar espacio. El propio escritor declara que sólo ha rellenado las lagunas que Clio, musa griega de la Historia, quizá haya dejado vacías adrede para ser utilizadas por los mortales como pasatiempo.

La historia de Ebenezer Cooke navega, camina y declama por entre mares, campos y ciudades infestados de piratas, prostitutas, falsos caballeros, ladrones e impostores. Y una genial puesta en tales situaciones sea probablemente la razón de que a Barth se le achaque la invención del humor negro, dada la característica brutalidad con que describe determinadas escenas, crueles no tanto en su reflejo carnal como en su enfoque, diametralmente opuesto al romanticismo con que la “literatura” oficial suele retratar el pasado remoto. Cabría preguntarse si la abundancia de humor en la literatura no religiosa de los pasados siglos no corresponde más a un fiel reflejo de la realidad de caracteres de aquellos siglos que a una represalia ilustrada de los pocos instruidos contra la bestialidad generalizada. Si así fuera, Barth no haría más que transmitir el espíritu de una época en la que una ínfima regulación y la inexistencia de identidades fiables tenían que provocar, a la fuerza, múltiples malentendidos y suplantaciones susceptibles de ser tomadas a guasa.

Una última razón para leer a Barth a la que no debería apelarse pero hagamos una excepción. Cuando se publicó, en 1960, El plantador de tabaco pasó por las librerías sin pena ni gloria. El autor hubo de esperar a publicar 800 páginas más bajo el título Giles Goat-Boy (algo así como Giles, el chico cabra) para tener un fantástico éxito de crítica que sus editores aprovecharon para reimprimir la anterior novela y esta vez sí: las ventas hicieron moderadamente millonario al posmoderno y altísimo John Barth y lo convirtieron en figura literaria de culto masivo. Menos en España. Por ahora.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Cátedra, El plantador de tabaco, John Barth

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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1 Comentario

  1. Pilar 10 septiembre 2011 at 17:13

    Esta novela hay que leerla. ¿Por qué? La mejor razón que se me ocurre es: porque nos estamos olvidando de lo que se puede disfrutar leyendo. Si para ello es necesario echar la vista atrás y rescatar buenos escritores, pues bienvenidos sean.

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