Revista de Letras

El problema como cuestión de enfoques. (Enseñanzas desde el pórtico ateniense)

Creo que voy dejando los malos hábitos, porque ya no huyo del sufrimiento; le recibo cuando me encuentra y me despide cuando le acepto”.

C.J.Ga. (Mayo del 2010, Barcelona, España).

Hace dos años hojeaba un tratado médico sobre el tratamiento para el trastorno límite de la personalidad (1). En textos de extensión tan vasta -como suelen serlo la mayoría de los catálogos galenos- es natural eludir la lectura de prefacios y pasar de directo a la mitad de los compendios. No empero, en aquella ocasión afortunada, discurrí exceptuar a la costumbre y comenzar a leer desde las primeras redacciones, teniendo un encuentro fortuito con una acertada frase que demarcó un sensato consejo frente al concepto de las preocupaciones que en aquel entonces me albergaban.

Después de una breve dedicatoria bibliográfica, el autor de la edición terapéutica destacaba una de las disertaciones clásicas de la escuela estoica (2) -última doctrina filosófica fundada por los griegos alrededor del siglo III a.C.-. La alusión expresaba una declaración del pensador grecolatino Epicteto, quien practicase durante su vida el concepto contemplativo de la eudaimonía, es decir, la aspiración a la felicidad definida en la razón.

Epicteto (Imagen D.P.)

Sobre dicho precepto existencial, conservado a través de las recopilaciones discursivas de su discípulo Flavio Arriano, Epicteto dista de aquellas propuestas de optimismo desmedido en las que se centra el equilibrio vital en la ceguera dada por la euforia. También difiere de promover la evasión de la realidad que describimos como amarga. Por el contrario, las ideas del filósofo griego hacen válidas a las reparaciones dadas en la aceptación sosegada de problemas evidentes. De modo que la sabiduría de sus lecciones promueve que el hombre tome reconocimiento y responsabilidad de los impactos que le sobrecogen.

Antes de señalar de lleno a la frase azarosamente interpelada, conviene detallar que Epicteto sustentó varios de sus conceptos avezados en la noción ideológica de la atributrariedad estoica (3) -corriente que suprime cualquier vínculo implícito entre la palabra y el objeto-. Lo anterior asentó una percepción revolucionaria, tanto para la época helénica como para los siglos venideros, ya que permitió aterrizar el convencimiento de que el significado de las cosas corresponde a un efecto incorporal, siendo un atributo que se añade desde los propios recursos críticos y no a partir de una noción totalmente equivalente al entorno tangible.

Teniendo en mente lo anterior,  surge la cita que desearía grabar de un modo permanente con la intención de retomarle como sustento asiduo en los lapsos de inquietud. Bajo las propias articulaciones de Epicteto recuerdo haber leído que “los seres humanos no se perturban por causa de las cosas, sino por la interpretación que de ellas hacen…“. Dicho de otra manera la dificultad se presenta como una cuestión de enfoques, o mejor dicho como una visión de nuestra propia óptica.

Si somos sinceros con nuestra imaginación, pudiera asegurar con donaire absurdamente dogmático, que el primer pensamiento que la frase evoca a vuestro intelecto es el de la incómoda pregunta: ¿quién es el culpable?. El hombre que se inquieta del problema o la contrariedad que provoca el tropiezo de una plácida existencia.

Y es que es obvio que el problema no es una entidad animada, mas sin embargo caemos en sus estructuras cual si fuéramos balones botados entre manos vivas. Volviendo así a la franqueza de nuestras ideaciones espontáneas, es peculiar el hecho de que Epicteto nos adelantara una forma de respuesta al referir que “el que empieza a instruirse en la filosofía de todo se echa la culpa a sí mismo”, cosa tal que resulta de lo más coherente una vez que entendemos que el meditar acerca de la búsqueda de la verdad nos enseña a reconocernos como parte integral de un mundo que no solo nos preocupa, sino también nos compete.

La cita estoica bien pudiera tomarse como una evidencia insulsa para el afrontamiento de las situaciones estresantes. No obstante, habrá que considerar que en las diversas doctrinas de la antigüedad ya se había expresado que la solución a los obstáculos no siempre consiste en acabar con los problemas, sino en finiquitar el embargo de preocupación que nubla el análisis de nuestras adaptaciones hacia ellos.

A partir de la emulación griega de Epicteto, se busca equilibrar los límites que brinden armonía -infiriendo lo que concede la distinción entre lo captado en las dificultades y la creencia que se tiene del efecto de las mismas-. La importancia de tener clara tal discriminación, radica en que el entendimiento de los términos simplifica en un sentido práctico el abatimiento que merma a las adecuaciones requeridas, probablemente no en un ritmo inmediato, pero al menos dentro de una magnificación más cercana a la realidad.

Ante lo identificado como adversidad, queda distinguir lo que representa un daño innegable o lo que aparece como un efecto controlado en base a nuestros factores de soporte.  Y es que el estudio de los problemas es una temática que concierne al individuo, fundamentalmente a aquel que  pretende mitigar el desamparo naciente de sus propias dudas.

La adhesión por el análisis constituye una necesidad que desea reducir la exageración de tribulaciones, a la vez que busca conquistar la serenidad inquisitiva frente a lo que inesperadamente nos aborda. Pensemos entonces que añadido a nuestra herencia histórica, las personas gozamos de enseñanzas que se adquieren en la experiencia. Y aunque estos elementos puedan referir a un panorama incierto, representan las bases oportunas con las que conseguimos reconocer la preocupación de aquello que podemos y no podemos moderar, logrando idealmente  afrontar con mayor certeza lo que nos resulta ajeno a resolver.

Confieso que la personal afiliación hacia las doctrinas pretéritas -como lo es la filosofía de las civilizaciones estoicas- responde a la posibilidad de elucubrar dentro de un periodo histórico en el que incluso las figuras deidíticas, mostradas en las obras mitológicas que aleccionaban a los pueblos helénicos, proponían la praxis de una disposición ataráxica -vocablo del griego ἀταραξία, “ausencia de turbación”- con la cual mediante la minoración de la intensidad de sus pasiones y deseos, unido a la fortaleza frente a la adversidad, el sujeto lograba obtener equilibrio y felicidad.

Si pensamos que la ataraxia es, por tanto, el alcance de la tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos, es ineludible su relación con los primeros planteamientos que intentaron la unificación moral asentada posteriormente en las religiones. Del nombrado paralelismo sería prudente pensarlo bajo el solo término de los preceptos aconsejados, ya que los cumplimientos obrísticos quedaron muchas veces al margen de las conflagraciones de poder entre los mismos creyentes.

De la figura sacerdotal, la desambiguación de los problemas pasó a compartirse con los procedimientos curativos, fundamentalmente con aquellas  orientaciones profesionales en las que el mecanismo de pensamiento erróneo -que en términos estoicos se referiría a la “desproporcionada interpretación” de la realidad- causaba fuertes impedimentos psíquicos.

Entendamos que concretamente la enfermedad importa en medida en que se manifiesta; y captemos que el temor, por la estrecha relación mente-cuerpo, es un sobresalto que se magnifica al momento en que se muestra. Como lo expresara el psiquiatra Francis J. Braceland, si “el dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que sean otros órganos los que lloren”, es necesario intervenir oportunamente para retornar a las adaptabilidades en el “pensar y comportarse”.

Retomando la temática doctrinal, es interesante considerar que en la aplicación de un buen concepto es difícil no olvidarlo. Por ejemplo,  se dice que la filosofía es un medio hacia la ataraxia, ya que ésta es considerada como “la tranquilidad espiritual propia del sabio”, ésa misma bonanza que discierne “los deseos naturales de los que no lo son”, siendo capaz de distanciarse de aquello que es vano. Sin embargo se sabe que “la filosofía no promete asegurar nada externo al hombre: en otro caso supondría admitir algo que se encuentra más allá de su verdadero objeto de estudio y materia. Pues del mismo modo en que el material del carpintero es la madera, y el del escultor, bronce, el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual”. (4)

Finalmente, no existen unidades referentes para emparejar determinadas ideologías con la historia personal de sus oyentes.  No obstante existe el deseo por entender el porqué de las reacciones -algo que por sí mismo constituye ya una interrogante- siendo solo un problema para aquellos que se sienten tentados a desarrollar respuesta mediante su profundo filosofar.

En ocasiones imagino el trayecto que siguieron las ideas de los pueblos. Fantaseo las voces de los estoicos desde el atrio de su ágora ateniense, ventilándose entre el sonido del aire que roza el margen de marmóreas pilastras cretenses. Pienso en la intensidad que debieron tener sus vocablos, sobre todo porque sin pretenderlo fueron llegando hasta los oídos acuciosos de  habitantes de otra era. Concibo entonces aquella escena en la que un médico poeta, al que se asigna de retórico por su hábito en las letras, queda tan cautivado con la precisión de las palabras que decide imprimirlas al margen de sus obras de ciencia.

Hace dos años que leí la frase de Epicteto en aquel solitario prólogo cuando residía en un país extranjero -mientras pensaba en seguridades que con el tiempo se me volvieron ajenas-. Hace dos años que estaba sentada en un consultorio psiquiátrico, no como paciente en espera, sino como un médico en formación quien trataba de entender la efectividad de determinadas terapéuticas.

Me preguntaba cómo la filosofía salía de un libro médico y se situaba en la escena. Me cuestionaba cómo era posible que los problemas que para alguien eran saltos cotidianos, para gran parte de mis pacientes significaban situaciones irreparables fuera del alcance de sus fuerzas. En ese entonces no sabía nada de los estoicos -tampoco del valor de un boleto de avión desde Europa a las Américas-, mucho menos tenía claro el convencimiento de querer dedicarme a una profesión en la que se colaborara al entendimiento de los “otros” dilemas.

Desde esa mañana en España, en la que hace dos años leyera el prefacio con la frase de Epicteto, hoy es la primera vez que me pregunto si aquella cita estuvo más puesta para el médico o para los pacientes de su sala de espera. ¿Quién necesitaría más tarde el saber de los consejos griegos? Me quedo en afán de averiguarlo ya que mi mala memoria ha olvidado al autor del tratado galeno.

Pensando en esta rara meditación -de un modo redundante y cuasi cacofónico al término de las filosofías- observo que es algo grandioso el sentirnos tocados por las letras del pasado. Y que algo que también me pasma es la cautivación por un fragmento que pareciera irrelevante frente a la costumbre de pasar por alto la lectura de los prólogos.

Para concluir el recuerdo de ese texto, añado que una preocupación fundamental en la vida del ser humano es tomar las decisiones correctas. A veces el proceso pudiera sernos de lo más innato, pero el adelanto en un delirio de fracaso tiende a cerrarnos las puertas.  Es en esos momentos en los que lloramos ascetas, es en esos lapsos en los que sentimos el dolor de la angustia por la irresolución del problema. Y en esos terrenos de consuelo oxidado, sacamos la métrica de nuestra fortaleza, no para caminar erectos sino para confortarnos en el saber de que ayer crecimos, y que lo que hoy vemos como irreparable, mañana será un golpe nimio.

29 de abril del 2012, Zapopan, Jalisco, México.

Cristina Juárez García
http://cristinajuarezgaopusculos.blogspot.com

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ANEXOS

(1)  El trastorno límite de la personalidad (siglas TLP o borderline) es un estado impulsivo definido por el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) como una caracterización primariamente identificada como una “desregulación emocional, pensamiento extremadamente polarizado y relaciones interpersonales caóticas”.

El rasgo global de la afección incluye también una típica “inestabilidad generalizada del estado de ánimo, de la autoimagen y de la conducta, así como del sentido de identidad, que puede llevar a periodos de disociación”.

(2)  Para conocer algunos de los textos de pensadores estoicos, traducidos al idioma castellano, recomiendo visitar el sitio web de la biblioteca UPASIKA: http://upasika.com/estoicos.html

(3)  El concepto de la atribrutariedad estoica es explicado en el texto de Emilio Faire  “El significante, el significado y lo incorporal en el estoicismo”. (17 de diciembre de 2005), ensayo del sitio web: http://www.scb-icf.net/nodus/175Estoicismo.htm

(4)  Extraído de Cfr. Flavio Arriano en su compilación de los discursos de Epicteto, Discursos, 1.15.2.

Etiquetas: atribrutariedad estoica, conducta, disociación, Epicteto, Flavio Arriano, Francis J. Braceland, Pensadores estoicos, trastorno límite de la personalidad

Sobre el autor

Cristina Juárez García

Cristina Juárez García (Oaxaca de Juárez, México, 1987), médico de pregrado y escritora. Estudios cursados en la Escuela de Medicina del Tecnológico de Monterrey (Nuevo León, México) y en la UAB, en prácticas de internado en el departamento de psiquiatría del Hospital Vall d' Hebron (Barcelona). Actualmente colabora en la elaboración de textos del Colectivo de arte contemporáneo mexicano Artecocodrilo.com, trabaja en su primera publicación literaria: “¿Cartas a Suso? Hablaba de ti y no de mí”, recopilación de prosas y versos abordados como profundizaciones de un recuerdo y cotejo analítico de un sentimiento.

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