Revista de Letras

“El rey pálido”, de David Foster Wallace

14 diciembre 2011 Reseñas

El rey pálido. David Foster Wallace
Traducción de Javier Calvo
Mondadori (Barcelona, 2011)

Lo están haciendo de nuevo: están reseñando (/opinando sobre) un gran libro sin haberlo leído. Además le están contando al lector una interpretación que el propio editor ofrece al final, tomada de las notas del autor. Piensan que el lector no es inteligente, que por estar ante un libro inacabado (al menos según la edición americana) no va a enterarse de la misa entera, y por ello creen que deben añadir especulaciones y verborrea sobre la vida y circunstancias de DFW para convocar al morbo y/o provocar lástima y así aumentar los acercamientos a una obra que ellos, quienes no la han leído, entenderían si de verdad la hubieran leído.

Imagen: MGM

Me siento como Carol Ann, la niña de Poltergeist, cuando dijo “Han vueeeltooo”.

Una pregunta ociosa: ¿habéis leído El castillo? Tampoco está terminada, para decirlo de una manera tosca y rápida, así que no la leáis. Con la cantidad de novelas finalizadas, corregidas y redondeadas que existen ¿para qué preocuparse de los trozos que dejó Kafka? ¿O para qué detenerse en los que dejó David Foster Wallace? Sería algo así como irse a la cama sin cenar, o como entrar en El Prado media hora antes del cierre, o como morirse antes de tiempo, ¿no? Las cosas a medias no tienen gracia, ya estemos hablando de un día de comidas, de una visita cultural o de una vida. Te dejan una sensación amarga, sobre todo el último ejemplo, supongo.

Esa es la sensación que me ha quedado después de ¿terminar? El rey pálido. Un pensamiento en modo subconsciente tipo “Y ahora ¿qué?”. Porque, de verdad: y ahora ¿qué?

Un reseñista de un periódico nacional escribió hace poco que la muerte de Wallace era un auténtico desastre; obviando el aspecto humano, hay que entender que el desastre lo es para la literatura. Un comentario demoledor si se piensa en los escritores que quedan vivos y siguen produciendo o con intención de hacerlo. ¿Qué pasa con ellos? ¿No son lo suficientemente buenos como para aspirar a ocupar el hueco dejado por Wallace? Esta pregunta habrá que responderla con sinceridad más tarde.

El rey pálido

A poco de comenzar la lectura de esta novela no hacía más que encontrar múltiples paralelismos entre las situaciones narradas y detalles concretos de mi experiencia profesional y de la vida laboral en general. La repetición eterna que conduce al aburrimiento era una de ellas, pero también la temática impositiva en sí. Revisar manualmente declaraciones de renta, con poca o ninguna ayuda informática, es sumamente aburrido. En una nota incluida al final del libro, Wallace escribe: “El éxtasis se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal”. Un contable que conocí me dijo que tenía un año de experiencia en contabilidad pero treinta de ejercicio. Todavía hoy, ese comentario me provoca pesadillas.

Los agentes tributarios protagonistas de El rey pálido se sientan durante ocho horas en mesas “Calambre” y revisan declaraciones de renta casi sin parar, a la busca de errores o engaños de bulto que hagan económicamente viable una inspección en toda regla. Su productividad se medía antes por el número de declaraciones revisadas, mientras que ahora, en la novela, el criterio valorable es el rendimiento o beneficio económico obtenido para el Tesoro Público. A estos agentes se les denomina “examinadores de a pie”. Tienen diversos rangos en orden creciente, como los niveles funcionariales en España, y su organización es también, como en España, una maraña burocrática absurda hasta niveles enfermizos.

¿Quiénes son estos examinadores?

“El amable patológico es uno de los tipos básicos de personalidad que se ven atraídos por la Agencia Tributaria, debido a lo siniestro e impopular que es el trabajo; no hay agradecimiento, lo cual aumenta la sensación de sacrificio”, (p. 546).

Pero también:

“algunos de los mejores examinadores —los más atentos y concienzudos— son aquellos que han sufrido alguna clase de trauma o abandono en el pasado”, (p. 547).

El método narrativo de Wallace consiste en el planteamiento de una situación actual con uno o dos personajes dados. Tanto su presentación total como la del resto de participantes se ejecuta posteriormente, trazando vectores desde el pasado a modo de precuelas narrativas. El atractivo irresistible de esta forma de hacer es manifiesto, pues además de obligar a la inclusión (aparente) de historias dentro de la historia hasta formar un simulacro de caleidoscopio, permite una variedad, tanto temática como estilística, sólo comparable a los conjuntos de relatos, pero —y ahí está lo mejor— sin serlo. Aparece el género de la entrevista, la narrativa en primera persona, en tercera, simulacros de la segunda, interrogatorios, clases magistrales universitarias, ráfagas de omnisciencia, ensayos sociológicos disfrazados de diálogos en un ascensor averiado, retrospectivas, presente rabioso, un prefacio adulterado con detalles legales y editoriales, confesiones de bar, extractos de procedimientos administrativos. Hay vidas machacadas desde la infancia, montones de rarezas de comportamiento, ramalazos religiosos, crítica sentimental, toneladas de humor, solipsismo, enfermedades, crueldad, tristeza y alegría: en El rey pálido está retratado el género humano en (casi) su totalidad.

(Y ahora toca deducir a la ligera que esto es así porque la novela está sin terminar, que al recaer en el editor el trabajo de recopilación de materiales en gran medida dispersos entre el legado de Wallace —y por mucho que dejara, antes de morir, 200 páginas de manuscrito perfectamente ordenadas y corregidas—, es lógico que resulte más un álbum de técnicas y géneros que un todo logrado y uniforme. Y bueno, a quienes opinaran o pensaran esto, les diría que leyeran La broma infinita, o que, en su caso, la releyeran).

Antes de que apareciera la traducción al español me dijeron que la novela se resentía por su inconclusión —y que la acumulación de detalles sobre el sistema tributario era tediosa—. Tras haberla leído, puedo opinar por mí mismo: el conjunto en sí es memorable (más adelante me atrevo a dar algún consejo sobre el “tedio” referido), además de que únicamente por unos cuantos capítulos realmente extraordinarios sería una lástima perderse su lectura. (Aunque lo que considero una gran pérdida intelectual y literaria es obviar cualquier libro de DFW, desde su primera novela, The Broom of System, hasta esta última). Por ejemplo el 19, el del ascensor:

“Elegimos lo que merecemos … Nuestros líderes y nuestro gobierno somos nosotros, todos nosotros, de manera que si ellos son corruptos y débiles es porque nosotros lo somos”, (p. 148).

“Pero la genialidad siniestra de las corporaciones consiste precisamente en que permiten la recompensa individual sin obligación individual. Las obligaciones de los trabajadores son para con los ejecutivos, y las de los ejecutivos para con el presidente, y las obligaciones del presidente son para con la junta directiva, y las de la junta son para con los accionistas, que al mismo tiempo son los clientes a los que la corporación dará por el culo a la primera de cambio en nombre de los beneficios, unos beneficios que se distribuyen en forma de dividendos entre los mismos accionistas-barra-clientes a los que han estado dando por el culo en su mismo nombre. Es como una fuga musical de evasión de responsabilidades”, (p. 149-150).

“Pero si estoy entendiendo lo que dice DeWitt, el punto de inflexión fue ese momento de los años sesenta en que la rebelión contra la obediencia se volvió una moda, una simple pose, una forma de molarles a los demás miembros de tu generación a los que querías impresionar y que querías que te aceptaran…  Por no mencionar el hecho de irse a la cama con ellos”, (p. 158).

Y qué decir del 24, en el que el autor —¡sí, el propio y autodeclarado “Wallace”!— narra su llegada a un centro de la Agencia en Peoria, Illinois. Es un capítulo prodigioso desde los puntos de vista temático, técnico y estilístico, repleto de humor y observaciones agudas, mordaces e inteligentes —y hasta arriba de mastodónticas notas al pie que multiplican la narración y enriquecen la historia hasta extremos enloquecedores—.  Nota al pie 45º (de ese capítulo):

“Para mí, el sacapuntas es muy importante. Me gusta una clase concreta de lápiz muy afilado, y algunos sacapuntas van mucho mejor que otros para obtener esa forma especial, que pierde la punta y se estropea después de escribir un par de frases nada más, lo cual obliga a disponer de una gran cantidad de lápices afilados bien alineados siguiendo un orden especial de antigüedad, longitud restante, etcétera. La conclusión es que casi todo el mundo que yo conocía tenía pequeños rituales que distraían como aquel, unos rituales cuyo mismo sentido, en el fondo, era que distraían”.

Y seguidamente, en el cuerpo principal de la página:

“Esto se debe a que estar sentado quieto y concentrado en una sola tarea durante un período largo es, en la práctica, imposible. Si tú dijeras: ‘Me he pasado la noche entera en la biblioteca, trabajando en el ensayo de sociología de un cliente’, lo que realmente querrías decir es que te habías pasado entre dos y tres horas trabajando en el ejercicio y el resto del tiempo cambiando de postura y sacando punta a los lápices y organizándolos y mirándolos y mirándote la piel en el espejo del lavabo de hombres y deambulando por entre los montones de libros, abriendo algunos al azar y leyendo sobre, por ejemplo, las teorías de Durkheim sobre el suicidio”, (p. 302).

O del 33, en el que por fin asistimos a una jornada de trabajo de un “examinador de a pie” presentado capítulos atrás:

“El chiste de aquella semana preguntaba en qué se parecía un examinador de a pie de la Agencia Tributaria a un champiñón. En que los dos vivían a la sombra y no paraban de tragar mierda … A continuación hizo otra declaración”, (p. 385).

El agente concreto es un personaje algo secundario, se llama Lane Dean Jr. y el aburrimiento amenaza con llevarlo a la locura. No está hecho para ese tipo de trabajo. ¿Quién lo estaría? La clave la da un “chico del carrito” (llevan y traen declaraciones y documentos entre las mesas “Calambre” de los examinadores):

“La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire … Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir”, (p. 444-445).

Aunque si me obligaran a quedarme con sólo uno y a arrancar el resto de las páginas, no lo dudaría y salvaría por encima de todo el capítulo 22. Se trata de una monólogo de casi 100 páginas a cargo de un agente llamado Chris Fogle, a quien hemos de suponer que le han preguntado por sus razones para querer pertenecer a la Agencia Tributaria. Fogle se gana el apodo de “Irrelevante” por su necesidad de retrotraerse hasta el principio de su vida como medio de llegar al presente —lo que no es sino una autocrítica irónica sobre los métodos narrativos del propio Wallace, que repite en el también sensacional capítulo 46—. “Irrelevante” Chris Fogle cuenta su vida y cómo una cosa llevó a otra y así sucesivamente. Esas 100 páginas son las mejor escritas desde que en 1955 William Gaddis publicara Los reconocimientos, con permiso de los también bestias en el ámbito de la excelencia Thomas Pynchon y John Barth. Si hasta ahora he imitado irónica/paradójicamente a los reseñistas previos de El rey pálido que criticaba al principio, destripando a diestro y siniestro la novela, en el caso de este capítulo en particular no voy a hacerlo, y que sean los lectores quienes valoren si estoy exagerando o no.

Por si no ha quedado lo suficientemente claro: El rey pálido me parece, como poco, la mejor novela publicada en 2011.

David Foster Wallace (foto: Mondadori)

Y ahora ¿qué?

Me pregunto.

A esto de leer se llega en muchos casos precisamente por aburrimiento. Con un libro entre las manos, el niño de hace treinta y muchos años dejaba de estar aburrido. “No hay niño”, decían los padres, pues el niño estaba callado y no daba por el culo porque estaba leyendo. Uno de los niños retratados por Wallace en El rey pálido se hace contorsionista secreto. Aparece en el capítulo 36 —publicado e ilustrado en The New Yorker en marzo de 2011 con el título “Backbone”—. Ese niño inserto en un relato de tintes borgianos, que se lee a sí mismo como método absurdo de superación, tampoco molesta, pero preocupa, y mucho. Yo, mayormente, leía, casi cualquier cosa. Luego comencé a discriminar, quizá como efecto de alguna distrofia del gusto. Llegó un punto, hace años, en el que me negaba a salir de determinadas corrientes nada mainstream o muy elitistas. Pero como eso sólo conducía a un estrechamiento de miras cada vez mayor, por decirlo de algún modo, decidí tener algo más de manga ancha. Es decir, sabes que lo mejor es esto o lo otro, pero también accedes a considerar aquello de más allá. Un poco de eclecticismo ayuda a estar en el mundo, y además afirma tus referencias personales —refuerza tu convencimiento de que no estabas equivocado sobre que lo mejor era esto o lo otro—. Pero todos sabemos que, en realidad —y aunque muchos lo nieguen en público e incluso a sí mismos y pueda acabar pareciendo que se creen la patraña mental que han ido fabricando con el único objetivo de verse mínimamente rodeados de “iguales”, y no tan solos—, a efectos literarios los autores contemporáneos a los que se les puede colgar el adjetivo “excelente” se cuentan con los dedos de una mano. Decir esto es una putada, pero callárselo sería una actitud canalla. Naturalmente, no quiero decir que la excelencia carezca de gradación. Pero el 10 absoluto sólo puede adjudicársele a unos pocos, y el cum laude a poquísimos. David Foster Wallace es uno de esos poquísimos, y El rey pálido es una obra capital por mucho que no esté acabada. Menos mal, pues si la hubiera terminado habría provocado más de un suicidio entre sus colegas de profesión, que hubieran pensado “Y ahora, ¿qué?”.

Anexo: un consejo

Estoy leyendo El financiero, de Theodore Dreiser (1871-1945), recientemente editado en español por primera vez desde que se publicó en 1912 en Estados Unidos. Se trata del clásico novelón cuyo título no deja lugar a dudas sobre lo que hay dentro. Pero lo que hay dentro necesita una explicación seria y pausada, que es lo que hizo Dreiser, y no una simplificación a favor de detalles románticos, pues entonces no estaríamos ante una de las mejores novelas de trama económica de todos los tiempos según múltiples listas e índices y cánones de toda clase y condición, sino ante otra buena novela sin más. Para saber por qué el protagonista gana dinero hay que explicar cómo es posible ganar dinero, algo que quizá haya asustado hasta el momento a los editores españoles, a quienes se les supone un conocimiento perfecto del lector español y que acaso cuando, revisando títulos de posible importación, se hayan parado brevemente en El financiero (antes The Financier) una y otra vez durante los últimos 100 años, hayan concluido que ese lector español no tiene ni la paciencia ni la inteligencia necesarias para soportar un diez o un quince por ciento de conocimiento experto añadido a una trama novelesca a fin de comprender y disfrutar mejor de esa trama novelesca. Narrativa a secas, no conocimiento más narrativa, parece ser la lección extraída de un siglo de observación de tendencias lectoras hispánicas. Otra explicación no se me ocurre.

Con El rey pálido podría suceder algo parecido en algunos momentos. Hay que explicar cuál es el trabajo de un agente tributario para comprender por qué puede llegar a ser tan letalmente aburrido. Y eso implica la exposición de unas nociones básicas que quizá, si el escritor es bueno, resulten entretenidas y para nada aburridas e incluso ilustrativas. Es el caso de la novela de Wallace. En sus frases hay nomenclatura tributaria, contable, administrativa, eso que llamamos jerga y que hizo de, por ejemplo, la serie televisiva House una de las más vistas de los últimos tiempos, a pesar de toda la farfolla médica explícita y necesaria para armar una trama no solamente entretenida sino también dotada de un esqueleto pseudocientífico que pudiera interesar y vertebrar el meollo temático de la mala leche del Dr. House.

Wallace no profundiza en niveles que podrían provocar en el lector la paraplejia metaforizada en la marca “Calambre” de las mesas de los agentes, aunque sí traza, de un modo ejemplar, un panorama de regulaciones y condiciones históricas cuya ausencia sí condicionaría y penalizaría el resultado final a que hoy tenemos acceso. Aceptar este hecho es prueba de curiosidad; ir más allá (ahondar en la mecánica interna que mueve el mundo de la tributación y la recaudación gubernamentales que Wallace analiza con su humorismo y perspicacia habituales) sería cosa de héroes, algo que para nada pide el autor. Y si no me creéis, alterad el orden de lectura y pasad directamente al capítulo 22. Prometo que no os arrepentiréis.

Comentarios

Tengo un amigo que trabaja en la AEAT, es inspector de Hacienda. Se preparó las oposiciones tras aprobar la carrera de Empresariales. Durante un tiempo dio tumbos por delegaciones de la Agencia en Tarragona, Valencia y Madrid, pero desde hace algunos años vive y trabaja en Córdoba, su lugar de origen. Está casado y es padre de gemelos. Me consta que ama la contabilidad, los impuestos y el orden. Mucho antes, cuando era joven, no. Cuando era joven le gustaba el heavy metal, llevaba el pelo largo y fumaba porros. Su padre era director de banca y siempre estaba frotándose las manos, creo que porque las tenía frías. Una noche, con esas manos, le rompió a mi amigo un disco de Iron Maiden porque llegó tarde a cenar, con el pelo largo y borracho. Sólo faltaba la portada de aquel disco para completar la escena. Lo enviaron a un internado. Allí fumó porros liados a granel, aprendió a nadar y a tocar la guitarra. No aprobó ninguna asignatura. El padre estaba desesperado y lo puso a trabajar entregando parte de la correspondencia del banco. Cartas que podías encontrar metidas a saco en los buzones, un puñado en cada uno, para terminar la tarea cuanto antes. Pero un día que estaba especialmente colocado y necesitaba mear decidió hacerlo en plena calle. Me contó que se detuvo porque le vino un ramalazo de inspiración, algo así como: “Qué coño estoy haciendo”. Este pensamiento le llevó a otro y ese a una cadena de pensamientos que derivaron en una pregunta que me hizo con la cara muy seria: “Oye, ¿tú por qué estudias Económicas?”, cuya respuesta, “No lo sé”, pareció darle los motivos suficientes para cortarse el pelo, desenchufar el tocadiscos, dejar de fumar e hincar codos en serio durante una indecente cantidad de años. Me consta que ahora es un tipo bastante aburrido.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: David Foster Wallace, El rey pálido, Mondadori

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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1 Comentario

  1. Jean Sol Partre 14 diciembre 2011 at 12:22

    Buenísimo, la próxima entrada de mi post el 26 de Diciembre tratará de este libro.
    Saludos

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