Revista de Letras

Viaje a la nada

Elsa López | Hiperión

Elsa López | Hiperión

“Lo que nos viene de la poesía, como de una eternidad siempre pasajera.” Maurice Blanchot

Escribió Marcel Duchamp: “No hay solución porque no existe ningún problema.” No sé si este artista se refiere a la nada que nos habita contra la que nada se puede. En última instancia, si su cita supone una referencia a la muerte. Lo sea o no, encontré en sus palabras  una similitud con la voz poética de Elsa López en Viaje a la nada. Más bien, con la intensa mirada, ajena a toda afectación y drama, que despliega la protagonista en su travesía por esos paisajes del Polo Norte que convierte en un viaje interior. Islas heladas donde ella transita el fin del mundo. Y hablo de protagonista porque considero que los escritores no son capaces de hablar de sí mismos, aunque se lo propusieran, si no es volviéndose otros. En este sentido, el libro de Elsa López me parece que es “autobiografía disfrazada de autobiografía”, expresión no carente de ironía benévola que utiliza Imre Kertész para definir su libro La última posada, concebido por él como su diario de la muerte.

Hiperión

Hiperión

Los poemas de Elsa López se articulan en un doble poemario dentro del mismo libro. Uno de ellos narra en un cuaderno de viaje los pormenores del periplo de la protagonista por los diferentes parajes del hielo nórdico. El otro supone una reelaboración, cuando no abstracción, de esos apuntes, creando figuras poéticas muy sugerentes a base de extraer de la poesía -valga la redundancia- poesía. El viaje a la nada, “blanca, gris, silenciosa. // Solo el mar para nombrarla//, escribe la poeta, transcurre en la nada hacia la nada, lejos de los confines de este mundo. Es un viaje rectilíneo sin posibilidad de regreso a casa. “Fuera de aquí, esa es mi meta”, podría proclamar asimismo la protagonista del libro de Elsa López, parafraseando a Kafka. Son palabras que escribe el escritor praguense en su relato titulado “La partida”, esta tan parecida a la que aluden los versos de Elsa López cuando dicen: “Es la hora de partir// hacia las heladas islas del norte”. Y “La muchacha sin rumbo// anota en un cuaderno el vaivén de su alma” son, entre otros más, versos de la poeta que hablan de ese viaje sin retorno, al fin de la noche. Un periplo durante el cual la poeta se va dando un buen “baño de tumba” como aquel del que habla Neruda en su poema “No tan alto” para “desde la tierra cerrada// mirar hacia arriba el orgullo”. También en un poema que escribe Elsa López en pleno vuelo sobre una de las ciudades del Norte, dicen los versos finales: “Negra el agua. //La muerte, negra. // Helada la muerte. // Y a modo de coronación del poema: “Debajo del cristal la nada espera”.

Elsa López afronta con valentía la soledad existencial propia del común de los humanos, “náufragos” -como escribió Foster Wallace– “en nuestro propio cráneo.” Su propuesta poética, lejos de todo lamento y resignación, invita a enfrentarse a lo que resulta espantoso, a lo que solemos querer darle la espalda. ¿De qué sirve pretender deshacerse del dolor existencial, parece insinuarse, sin indagar en sus causas más profundas? Sería, tal y como leí en algún libro, apagar una alarma de incendios mientras aún hay fuego. Se trata, y Elsa López lo consigue, de darle voz a emociones e impresiones que se desatan en ese mundo oscuro, helado -la nada- para iluminar las posibilidades de estar vivos y ser humanos. No resulta, en consecuencia, extraño que la poesía de Elsa López capture y celebre la importancia de lo supuestamente más insignificante. Las pequeñas cosas y la belleza de los instantes refulgen con mayor intensidad a la luz de una contemplación lúcida que se vuelve plenitud insoportable. Como mero botón de muestra, los siguientes versos: “Solo un niño sobre el pecho de lana// de una madre recién nacida, //otea el horizonte //buscando el resplandor de la mañana.” Y estos, donde una simple cinta violeta de pelo, al igual que en otros una sopa de tomate, es capaz de hacernos regresar a la vida: “Me duele la espalda. Manolo me ha // comprado una cinta violeta // para el pelo, para el frío, y para que // no me duela nada.”

La poesía de Elsa López nos recuerda que vivimos en el tiempo y que “todo lo que habla” -citando a Blanchot- “está hecho de carne mortal”. El poema que cierra su libro se mueve en esa dirección:

“Al fondo de la calle los barcos como imanes
en la nevera gris, oceánica y fría.
Y detrás, la nada.
y después de la nada, nada.
Solo el silencio que llevamos dentro.”

En palabras de Henri Michaux, “el largo cuchillo del flujo del agua detendrá el habla”. Mientras tanto, parece querer decirnos Elsa López en Viaje a la nada, llevamos y gobernamos nuestra vida. Su propuesta poética entraña una invitación a comparar la importancia de las cosas con la muerte.

Una vez que se haya conseguido gran parte de aquello que aspirábamos en la vida, tal vez caigamos en la cuenta -entonces, y solo entonces- que ese cumplimiento supone una muestra de que aspirábamos a la propia desaparición.

Etiquetas: Elsa López, Foster Wallace, Henri Michaux, Imre Kertész, Kafka, Marcel Duchamp, Maurice Blanchot, Muerte, poemario

Sobre el autor

Elisa Rodríguez Court

Elisa Rodríguez Court (Canarias, 1959) es licenciada en Filosofía y profesora de alemán. Ha escrito relatos publicados en volúmenes colectivos y las novelas 'Decir noche' y 'Dime quién fui'. Como columnista ha participado en la Cadena Ser, en revistas y en diferentes periódicos de las Islas Canarias. Actualmente colabora regularmente, desde hace años, con una columna semanal en el periódico 'La Provincia-Diario' de Las Palmas. En 2003 ganó el accésit y al año siguiente el primer premio Mejor labor informativa de Canarias, otorgado por el Instituto Canario de la Mujer.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario