Revista de Letras
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Diario escrito en invierno

La estructura de diario, aparte de los diarios personales en sí mismos, es una de los formatos que pueden utilizarse para escribir una novela; La náusea de Jean-Paul Sartre, El diario de una camarera de Octave Mirbeau, Diario, una novela de Chuck Palahniuk, Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza o, cruzando los límites entre ficción y no ficción, El quadern gris de Josep Pla son algunos ejemplos de la variedad de temas y de discursos para los cuales la forma de diario puede dar lugar a excelentes textos. Las razones por las que un escritor escoge ese desarrollo pueden ser tan numerosas como la voluntad de escribir una novela, pero una de los efectos que se consiguen con esta elección es proporcionar una ilusión de fiabilidad, de confianza del narrador y dotar de verosimilitud a la trama.

Louis Grandeville, el protagonista de Diario escrito en invierno (Journal écrit en hiver, 1931), de Emmanuel Bove, es un personaje que mantiene una relación peculiar con su entorno y, en particular, con su esposa Madeleine: desde una posición de notable superioridad intelectual que pone en evidencia en cualquier ocasión, despliega una sobreprotección extrema en la relación de ella con el mundo a la vez que censura con acritud todo aquello que no le place.

“Me acusa de ser celoso y creer que el mundo es perverso, sin pararse a pensar ni por un instante en lo que pueda haber de cierto en mis observaciones ni en el profundo amor que revela esta voluntad mía de evitar que se convierta en el hazmerreír de nuestro entorno. No entiende que yo solo quiero protegerla. Prefiere creer que me encanta encontrarle defectos en los que nadie más se ha fijado.”

Y es que parece que Louis vivió una niñez angustiada por un concepto desmesurado de la autoexigencia; como consecuencia, ahora sufre continuas decepciones porque el mundo no coincide con la idea que tiene de él y una envidia infantil con respecto a las posesiones y a las cualidades de los demás; no poseer familia le provoca una profunda decepción ya que le impide disfrutar de lo que todo el mundo disfruta, y aunque sin ninguna inclinación, se casa y forma una -aparte de valorar la adquisición de una esposa en términos de evitar las enfermedades venéreas-.

Pero en realidad Louis es un tipo que acumula una variedad de disfunciones de comportamiento dignas de un catálogo: fobia social, misantropía, misoginia, paranoia, ausencia tanto de remordimiento como de arrepentimiento, aislamiento…

“Me he sentido incómodo, como se siente uno cuando su interlocutor, por delicadeza, finge ignorar los motivos de sus actos, impidiéndole así justificarse.”

Reducidas sus relaciones sociales a las imprescindibles, su carácter tiránico le lleva a esperar de los demás lo que él mismo no está dispuesto a brindar y, cuando percibe que esa relación es desigual, fantasea con la decepción del que se cree ignorado y tratado con la indulgencia que él jamás ha practicado con respecto a los demás. La medida de su amor es el grado de tormento con que es capaz de castigar a alguien, y cuando ese castigo ya no surte efecto, da la relación por terminada.

“Me pregunto si una vida despojada de afecto, una vida sin rumbo, que uno va llenando de mil naderías para aliviar la monotonía, una vida poblada de seres humanos que uno busca para no estar solo y de los que luego huye para no aburrirse, si una vida así no es ridícula, si no sería preferible cualquier otra.”

A las pocas páginas, el diario de Louis huele a chamusquina incluso al lector con mejor predisposición hacia un personaje que se describe -atención a ese pronombre- como un sujeto tan desgraciado. Esa sospecha conduce a preguntarse acerca de la motivación y del destino que tiene pensado Louis para ese diario: ¿para dejar constancia solo ante sí mismo de lo que relata en él, o pensando que alguien lo va a leer? O más importante aún: teniendo en cuenta la disonancia entre los hechos que cuenta y las declaraciones que consigna, ¿son estas producto de la inocencia o del más imperdonable cinismo?

“¡La paz que ansío es tan difícil de encontrar! ¿De qué me sirve tratar de llevar una vida tranquila si cualquier minucia me perturba? Vivo retirado, pero ¿qué clase de retiro es este si me ofendo por naderías? El hecho de no tomar parte en la vida no garantiza la felicidad. Sigo sufriendo vejaciones. Me intereso hoy más por el prójimo que cuando salía. Y cuanto más envejezco, más sensible soy a la maldad.”

El diario de Louis abarca del 7 de octubre al 2 de febrero, apenas cuatro meses de entradas que, no obstante, recorren todo el proceso de degradación de una vida en común que no partió con los mejores augurios y cuyo final, teniendo en cuenta su actitud, era más que previsible -si no deseado-. Louis ansía la compañía de los demás solo para darse el placer de rechazarlos, tener así la ocasión para sentirse solo y volver a desear compañía, en una especie de movimiento pendular entre la neurosis y la paranoia, especulando con la idea del sacrificio altruista y desinteresado, con la justificación de una misantropía imperdonable y con una cordialidad que solo existe entre las páginas de su diario.

“Amo a Madeleine con locura, me pongo celoso y creo que mi vida se iría al traste si me abandonara. Pero al mismo tiempo algo en mí se rebela contra esta dependencia. En cuanto me quedo a solas ese “algo” despierta y desaparece el resto, y yo sufro. No puedo estar solo, pero aborrezco la compañía.”

La inviabilidad del vínculo con el entorno, presente a lo largo del diario, se centra en la relación tóxica con su esposa, basada en los celos y en la sospecha constantes y mutuos, en mentir de la forma más descarada para ver cómo se toma el otro las mentiras, en levantar sospechas sobre hechos falsos a fin de provocar en el otro un comportamiento censurable por el solo gusto de ponerlo en evidencia, favoreciendo relaciones de amistad con el único fin de torturarse por o que podría suceder y de acusar al otro por algo que, si hubiera sucedido, hubiera sido únicamente responsabilidad propia. La capacidad de manipulación de Louis -a su entorno y al lector- se bate frente a la inocencia de Madeleine, pero incluso esta es percibida -o, al menos, así lo deja consignado en su diario- como la más inconfesable de las culpabilidades.

“He observado a menudo que en ocasiones a uno le complace el sufrimiento ajeno, a su pesar. Es humano. En el fondo uno se alegra, no hay manera de evitarlo. Pero también he observado que quienes intuyen esa alegría podrían sentirla a su vez. De otro modo no podrían percibirla, ya que, como he dicho, la disimula uno con tanto esmero que es imposible de detectar.

Un afán manipulador que no duda en aplicarse la peor de las censuras -con evidencia, impostadas- para ganar credibilidad y provocar la empatía del lector; pero que contrasta con la personalidad que subyace a lo escrito.

Hermida Editores

“Tal vez sea ese uno de mis peores defectos, por cierto: ese arrebato, esa precipitación para juzgar, para alabar o calumniar a quien sea y, al cabo de un momento, desdecirme y decir todo lo contrario. Es algo muy sintomático, que habla de quién soy, una persona sin claridad ni nobleza, incapaz de alzarse sobre un pasado repleto de despropósitos, tonterías e incoherencias. Mi pasado me horroriza. ¡Cómo me gustaría tener más voluntad, atenerme a mis opiniones y dejar de contradecirme! Mis actos y mis palabras serían los sillares de un edificio que podría ir erigiendo con los años. En vez de eso, me rodeo de medias verdades de las que seguramente me arrepentiré y de juicios malévolos que deberían ser benévolos. Cada vez que recurro a alguna de mis experiencias para desentrañar el presente, siento que dispongo de miles de experiencias distintas que me llevarían a una conclusión diametralmente opuesta. Sobre todo cuando el objeto del dilema es algo que deseo con todas mis fuerzas.”

A medida que el lector va avanzando en la lectura va quedando en evidencia que el diario de Louis no tiene más objeto que la justificación por su indolencia y la coartada de una insolente indulgencia: Louis no duda ni un instante en adjudicar a los demás, en especial a su esposa, sus propios defectos -los celos, la intransigencia, la maldad en sí misma-, afeándoles su conducta y consiguiendo, a la vez, mostrar una buena capacidad de análisis y una envidiable, aunque fraudulenta, indulgencia para con las deficiencias ajenas.

“Está tan convencida [Madeleine, su esposa] de su inocencia que ni siquiera se ha mostrado más amable que de costumbre para hacérselo perdonar. Al contrario, tan segura estaba de llevar razón que representaba con total sinceridad su papel de mujer malhumorada, maldiciendo lo que una se ve obligada a hacer para quedar bien. Y no lo hacía para tranquilizarme a mí o disipar mis sospechas, sino para sí misma, como si tratara de convencerse de que, en efecto, no había en todo ello nada de malo.”

El diario deja en evidencia el cinismo de quien anda buscando siempre las excusas más peregrinas que justifiquen sus disparatadas acciones y que, sin embargo, es capaz de declarar, ante lo que cree un desliz de su esposa y después de exigirle una explicación satisfactoria, que “yo siempre desconfío de las historias complicadas, cuyo narrador se ve obligado a remontarse tiempo atrás para dotar a su relato de cierta verosimilitud”. En todo caso, no son tanto los celos que le despiertan las amistades de su esposa lo que provoca su ira sino la imposibilidad de hacerle confesar su crimen y regodearse, de este modo, en su autohumillación.

“Cuando uno ha logrado ceñirse a la línea de conducta que se había marcado y no ha fallado a su palabra durante un año entero, haciendo gala de una voluntad férrea, cuando uno se cree ya enmendado, transformado, y en un arrebato de ira lo echa todo por la borda, la sensación es angustiosa a más no poder. Es la misma angustia que tiene el trabajador que, tras una vida de ardua labor, ve cómo se evapora en un instante todo el fruto de su trabajo. Y luego hay que comenzar de cero. Hoy he vuelto a ser el hombre que fui. ¿Por qué ayer era un hombre feliz? Porque cada día que pasaba me apartaba más de mi antiguo yo, porque el tiempo afianzaba mi voluntad y la recaída era cada vez menos probable. ¡Qué difícil me será controlarme de ahora en adelante! A la menor tentación volveré a conducirme del mismo modo. ‘¿Para qué esforzarme -me diré- si ayer, o anteayer, o hace una semana, no logré refrenar mis pasiones?’.”

La forma más eficiente de autoindulgencia, para Louis, es censurar siempre en los demás aquellas actitudes que no es capaz de percibir -o de confesar- en sí mismo. La misma situación, la misma exigencia que en su caso no es considerada más que una anécdota, un suceso sin importancia, es vista como un inalcanzable desafío cuando es otro quien lo plantea.

“Cuando uno pierde los estribos y se topa con la indiferencia del adversario, una voz le insta a gritos a emplearse más a fondo. Las fuerzas que precisa se las suministrará la ira. Pero cuando, armado de todo su ímpetu, repara en que el adversario no ha resistido ni un embate y de ha desmoronado miserablemente, uno se encuentra a solas con su ardor desproporcionado, como quien se sirve de una catapulta para franquear un riachuelo. Y se siente cruel, malvado, avergonzado de tener al adversario a su merced. Por amor propio no osa pedirle perdón y conserva las posiciones estratégicas que tanto le ha costado tomar, aunque ya no las quiera. Solo entonces se percata de lo inhumano que ha sido.”

Bove teje un retrato psicológico en el que cada manifestación está en su lugar, y al hacerlo en primera persona la inocencia impostada del narrador hace más precisa la descripción de su personalidad atribulada, de cuyo cuadro acaban formando parte también sus excusas, sus disculpas, sus omisiones y sus evasivas; en resumen, toda la sarta de mentiras autojustificativas que parece, a menudo, la única función del diario.

“He pasado largo rato pensando en Madeleine. Debería tener en cuenta que se halla ahora privada de afecto. Soy el único que puede comprenderla, justificarla, protegerla. Y en lugar de eso me conduzco como lo haría un hombre cualquiera con una mujer cualquiera. Me ensaño con ella a sabiendas de que está indefensa y llevo las de ganar. Tengo la sensación de obrar con vileza, pero no puedo evitarlo. Luego me acosan los remordimientos. Le pediría perdón, pero semejante alteración de mis costumbres la sorprendería más que otra cosa. Así las cosas, estoy condenado a hacerla sufrir sin posibilidad de enmienda.”

Louis Grandeville de inscribe en la nómina de los personajes más odiosos de la historia de la literatura, no tanto por su conducta y sus convicciones como por el cinismo y la desfachatez con que las justifica. A pesar de esta evidencia, el retrato que compone Bove no está exento de cierta simpatía, y en este hecho reside una de las virtudes del texto, en las combinación entre la repulsión que despierta el protagonista en el lector y la impostada inocencia con que se autoadministra las imprescindibles dosis de indulgencia con las que no consigue engañar a nadie -ni siquiera, en especial, a sí mismo-.

“Todo lo que hay de detestable en el fondo de mi alma se había enseñoreado de mí. A pesar de la ira que sentía hacia mí mismo, hallaba en aquel modo de actuar una especie de consuelo. Quería llegar hasta el final, a riesgo de perderlo todo, solo para ver qué pasaba. Mi ardor me empujaba hacia las profundidades de mi maldad […]. Al abandonarme así a mis instintos sentía una profunda satisfacción. Si tenía la fuerza de perseverar y querer sin menguas una sola cosa, por infame que fuera, podría comenzar una nueva vida, salir de mí mismo y convertirme en otro.”

Etiquetas: Eduardo Mendoza, Emmanuel Bove, Jean Paul Sartre, Josep Pla, neurosis, paranoia

Sobre el autor

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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