Revista de Letras

Entrevista a Pedro Feijoo, autor de “Los hijos del mar”

15 septiembre 2013 Entrevistas

El nombre resulta de lo más adecuado, el Hotel Pulitzer, así se llama y en su bar me espera Pedro Feijoo, el autor de Los hijos del mar. Escondido tras Plaza Catalunya, el Hotel Pulitzer es un lugar silencioso; en una esquina, frente a la ventana, Pedro Feijoo se distrae con el móvil a la espera de mi llegada. La entrevista, lejos de seguir las pautas aparentemente programadas y esperadas, se desvía por curiosos derroteros: Galicia y mis orígenes paternos se convierten en el punto de partida de una conversación que lleva al escritor a hablar de su abuelo, periodista del Faro de Vigo, gran lector y, a la vez poeta. En el rostro de Feijoo se vislumbra la admiración y el reconocimiento hacia su abuelo, hacia aquella persona que lo introdujo en el mundo de la lectura y de cuya mano descubrió la obra de Álvaro Cunqueiro, autor que no tardó en convertirse un referente ineludible. Los hijos del mar o, mejor dicho, Os fillos do mar, es una novela que nace de “una conversación con mi pareja“, pero también de aquellas lecturas de juventud y, en especial, de aquel gusto y de aquel disfrute que ofrecen las novelas que, lejos de toda pretensión, se dirigen, de forma clara y directa, al lector.

Pedro Feijoo (foto © Marta Rodés / MB)

Pedro Feijoo (foto © Marta Rodés / MB)

Los hijos del mar puede definirse una novela de distintos géneros en diálogo; evidentemente, está presente la novela negra, así como una clara reminiscencia a la literatura de aventuras. Sin embargo, también pueden hallarse elementos que evocan a la tradición literaria gallega, costumbrista, realista que tiene su escenario en el pazo, por ejemplo Pardo Bazán y Los pazos de Ulloa.

Puede ser,  y seguramente tienes razón, pero no es algo consciente. Frente a una historia como ésta, escrita para hablar de un determinado tipo de familia, es inevitable que su descripción recuerde a los autores que has mencionado. De hecho, el paisaje que yo describo era también su paisaje, basta con recordar que Torrente Ballester tuvo a lo largo de su vida siempre muy cercano el pazo. Para escribir Los hijos del mar, este contexto, este aire tan familiar, era inevitable; es el aire que yo he respirado a lo largo de mi niñez. En los años setenta todavía había aquellas familias, herederas la mayoría de catalanes que habían hecho fortuna con las conserveras, que todos conocíamos y veíamos desde la distancia; no eran unos vecinos más, eran los señores y los muros que rodeaban sus casas eran altos, más altos de los demás, haciendo imposible ver más allá de ellos.  De todas formas, si en Los hijos del mar está presente esta realidad es, sobre todo, porque es la realidad que yo he conocido desde siempre, pero no había una voluntad clara y consciente de rescatar la narrativa más costumbrista de autores como Torrente Ballester o Pardo Bazán. Remito, en cambio, a otros géneros de forma mucho más consciente, como por ejemplo el género de la aventura.

En esta novela, la aventura se configura también como una búsqueda de los propios orígenes; los personajes tratan de buscar de dónde vienen, cuál es su propia historia.

Exacto, podríamos decir que es el relleno del caramelo, la trampa que he escondido tras una narración ágil. En la novela, por ejemplo, quise dejar constancia del peso de la memoria y de la historia; a través del protagonista rescaté la historia de la ciudad de Vigo y de sus construcciones. Vigo no sería la ciudad que es hoy sin el trabajo de todos aquellos arquitectos que la edificaron. Quería contar una historia entretenida, ágil, pero por en medio, a través del decorado, te voy a mostrar una realidad que te pertenece y una historia que necesitamos mantener.

Los.hijos.del.marEl paso tiempo, en especial el que transcurre desde los inicios del siglo XX hasta la actualidad, se hacen visibles a través de los continuos cambios de la ciudad de Vigo: la desaparición de ciertos locales, la construcción de edificios, la reconstrucción del Nuevo Derbi… Vigo se convierte en el relato histórico sobre el que construir la trama.

No quería que la ciudad fuese simplemente un escenario elegido de forma casual; necesitaba y quería que los personajes estuvieran situados en un escenario, en este caso la ciudad de Vigo, que resultara familiar al lector gallego. A partir de aquí, al ir conduciendo al lector hacia lugares conocidos, quería mostrarle también el significado y la historia que estos lugares tienen; no quería mostrar al lector simplemente un edificio, tampoco quería que mi elección fuera casual, quería aprovechar los lugares y los sitios para rescatar una historia y mostrar su sentido, para así también explicar el paso del tiempo y el momento presente, en el cual se desarrolla la narración.

En la narrativa, las ciudades siempre han adquirido gran importancia, en el caso de Los hijos del mar, Vigo puede ser leída como un relato más que dialoga con los otros.

Cuando empecé a escribir la novela y a jugar con la presencia de Vigo, tenía dos claros referentes; por un lado Eduardo Mendoza y la reelaboración narrativa que hace de la ciudad de Barcelona y, por el otro lado, Suso del Toro, por cómo define ese espacio en el que se cruza, casi mezclándose, el campo y la ciudad.

En Galicia, el diálogo entre lo rural y lo urbano resulta fluido con respecto a otras realidades.  En Barcelona, así como en otros lugares completamente urbanos, lo rural permanece alejado, ausente.

En Galicia son más perceptibles con respecto, por ejemplo, a Barcelona, estos lugares ambiguos, donde no se puede determinar si la ciudad ha llegado a su fin y ya ha empezado el campo. El maestro en este tipo de descripciones es Suso del Toro, todas sus narraciones están ambientadas en Santiago, pero el campo siempre está presente, próximo a lo urbano. Yo no quería recrear esos mismos espacios, pero sí las mismas sensaciones que consigue despertar del Toro; lo que yo pretendía era mostrar mi versión de Vigo, mi reelaboración.

Más allá de Vigo, en la novela están presentes lugares todavía completamente vírgenes de lo urbano, lugares como las Islas Cies o el Buraco do inferno, permiten evocar con mayor intriga el misterio y las historias legendarias que todavía se cuentan entre los habitantes.

Efectivamente, cualquier pueblo, cualquier aldea, hay una leyenda, una historia mágica, increíble. Galicia es un país de brumas, de medias oscuridades y de medias claridades, es un espacio perfecto para que surjan estas leyendas. La historia que aparece en la novela del toro con los cuernos de oro no la he inventado, así es una de las tantas leyendas que se cuentan por esas tierras y que yo encontré bellísima.

En cierta manera, se trata de recuperar el imaginario popular, como ya había hecho Álvaro Cunqueiro.

Álvaro Cunqueiro lo hizo mejor que nadie.

Este imaginario popular tiene una gran presencia en toda la literatura gallega, aunque en Los hijos del mar se presente de forma distinta, envuelta en distintos géneros narrativos.

Al inicio me decían que no había un público lector en Galicia para este tipo de novelas; cuando aparecieron las novelas de Domingo Villar se comprobó que el público era mucho más amplio, el problema era más bien que a una determinada parte de lectores no les habíamos hecho caso, no les habíamos ofrecido la literatura que ellos sí querían leer. Por esto, yo no quería escribir una novela con una trama que podía ubicarse en cualquier lugar de la geografía española, yo quería hacer todo lo contrario: construir una trama que sólo podía suceder en Galicia, utilizando unos referentes claramente gallegos, pero dándole una apariencia, si no de best seller, si de novela ágil, entretenida, como todas las que se publican, pero con una historia y con unos referentes nuestros.

Su novela no requiere conocer Galicia, aunque el lector que la conozca percibirá una profundidad de sentidos y de significados mayores.

Exacto, al final lo que pretendía era escribir una novela que pudiera tener una doble lectura, es decir, que resultara una lectura fácil, entretenida para un público amplio, pero que a la vez escondiera otros significados y otras historias que, aunque no fueran estructuralmente imprescindibles, fueran de interés para un determinado tipo de lector.

Esto lleva a una reflexión por parte de la crítica, es decir: la crítica puede aconsejar, recomendar, pero para bien o para mal, al final, el lector es quien escoge, el lector decide qué libro quiere leer y qué tipo de literatura prefiere.

Puede que me vayan a crucificar por lo que voy a decir, pero creo sinceramente que en Galicia hemos traspasado esta línea roja: llegó un momento en el que la crítica o, incluso, la propia intelectualidad estaba tan segura de lo que se podía y de lo que no se podía hacer que se olvidó de los lectores, provocando un gran desencuentro. Esta situación explica afirmaciones cómo “en Galicia no hay lectores para esto” o “esto no se puede hacer en literatura gallega”, incluso llegó a decir “esto no se puede practicar”.

Un cierto tipo de cerrazón es la consecuencia de la ignorancia que, fuera de Galicia, así como fuera de Catalunya o de Euskadi, se tiene de la literatura escrita en gallego, catalán o euskera.

Me parece terrible este aislamiento que hay; sinceramente, nunca pensé que este telón de Gredos fuera tan alto, sobre todo para quien lo quiere traspasar desde Galicia al Estado; me asombra el oscurantismo y la ignorancia que rodean Galicia, cuando, por otro lado, a nosotros sí que nos llegan las obras que se escriben y se publican en España.

Se trata de un diálogo unidireccional.

Por motivos familiares paso mucho tiempo aquí, en Barcelona, y cada día es un día de reyes, siempre descubro algo nuevo, un autor, un libro…, me pregunto cómo es posible que no los conociera antes, pero el problema es que no llegan.

Os_fillos_do_marLos hijos del mal fue escrito, en su primera edición, en gallego, Os fillos do mar, y usted mismo realizó la traducción. Por muy fiel que se intente ser, en la traducción siempre se pierde algo, por ello querría preguntarle sobre el gallego que utilizó al escribir la novela, sobre los juegos lingüísticos y las variantes lingüísticas a las que recurrió.

Evidentemente, en Os fillos do mar hay todo un trabajo sobre la lengua gallega, sobre sus variantes y las diferencias entre sus hablantes. Además, para mí la novela planteaba también un desafío con respecto a la lengua puesto que en Galicia hay la sensación generalizada de que el gallego normativo resulta demasiado difícil, incomprensible para muchos. Lo que yo quería demostrar era que este gallego resulta perfectamente comprensible y, a la vez, quería mostrar que el gallego que actualmente se habla es perfectamente lícito, puede utilizarse en literatura; de allí que haya optado por la sencillez en el habla de los personajes, los giros lingüísticos a los que recurren son siempre giros comunes, masivos, generalmente utilizados.

Podría decirse que uno de los mayores méritos de su novela es la fluidez y la agilidad de su estilo, alejado de todo barroquismo.

Esta apariencia tan casual en el lenguaje está muy medida, principalmente porque no quería que se volviera en mi contra. Entiendo que pueda ser necesario, pero no es mi discurso, el demostrar la riqueza léxica del gallego, que la tiene indudablemente, el mostrar el abanico léxico de mi lengua ni cuán bien la conozco; esta no era mi intención, lo que yo quiero es que mi mensaje, la historia que cuento, llegue de la forma más directa posible.

De hecho, entre los juegos estilísticos, perfectamente válidos y apreciables en ciertas obras, y el lenguaje no normativo, maltratado por los errores y los malos usos, se encuentra el lenguaje coloquial, correcto y, a nivel literario, perfectamente válido.

Exacto, y este punto intermedio es perfectamente válido. El hecho de no realizar una demostración de poderío léxico no implica que se esté atacando al idioma, sino solamente demuestra que se está recurriendo al lenguaje más sencillo y más cotidiano, sin dejar nunca de ser perfectamente correcto.

Ya por último, en Los hijos del mar los ecos de la narrativa de Julio Verne están muy presentes, más allá de la clara referencia a la Ensenada de San Simón que aparece también en 20.000 leguas bajo el mar. ¿Cuánto de lector hay en estas referencias?

Evidentemente, pasé por Julio Verne y por sus obras, pero no de la forma tan militante como se habría podido deducir por ciertos comentarios que he realizado con respecto a mi novela. Yo leí a Verne, leí a Dickens, me apasionaba Conan Doyle y las aventuras de Sherlock Holmes… Al final, lo que quería era recuperar esas sensaciones que yo tuve como lector. Estaba un poco cansado de esta idea de que era necesario escribir la gran novela gallega; me comentaba precisamente Marcos Calveiro que él tenía la sensación de que todos los escritores gallegos deseábamos escribir la gran obra, la gran novela de la narrativa gallega. Había un exceso de metatrandescialismo y se olvidaba del disfrute de la lectura, de la lectura como entretenimiento, por eso escribí una novela donde hubiera la caza de un tesoro, donde se describen carreras en medio de una ciudad.

Anna Maria Iglesia
@AnnaMIglesia

 

Etiquetas: Espasa, Los hijos del mar, Os fillos do mar, Pedro Feijoo, Xerais

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

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