Revista de Letras

Escuela RdL: Honestidad para el siglo XXI. El resurgir del periodismo

9 noviembre 2012 Crónicas

Dicen que el origen del periodismo radica en la escasez de información. Dicen, también, que hay que enfocar, contextualizar, analizar… Hay quienes hablan de metodología en lugar de oficio, de especialización, de “renovarse o morir”. Alguno anuncia la existencia de problemas metafísicos en torno a la figura del periodista. Sí, no, puede ser. Se acabaron las dicotomías.

Ilustración: vavel.com

El siglo XXI se caracteriza por el pluriperspectivismo, la inmediatez, la comunicación masiva, la mediatización de cualquier nimio detalle de la realidad, la estudiada desinformación, lo efímero… El ser humano ha mutado en un ente que deambula sin rumbo, que está falto de criterio, perdido en la inmensidad de ese mundo virtual que dicen es necesario y que condena marginando a aquellos que suspiran por una vida alejada de ese complejo entramado de datos, direcciones web, redes sociales y plataformas 2.0.

Internet sirve para alimentar el ego, entre otras cosas. Importa el yo hago, yo digo, yo  escucho… Todos somos narradores y testigos, protagonistas. Por tanto, la cuestión no sería si el futuro del periodista depende de su óptima adaptación a las nuevas tecnologías, más bien se situaría en el reconocimiento de la crisis moral que vivimos hoy y en cómo afrontarla. “El alma del periódico -decía Pulitzer– yace en su sentido moral, en su coraje, en su integridad, su humanidad, su consideración por los oprimidos, su independencia, su devoción al bienestar público, su anhelo de proporcionar un servicio público”.

El primer escollo para recuperar el crédito es ilusionarse por su trabajo. Hay que ser honestos y valientes para afrontar esa realidad desdibujada a nuestro antojo. Para ello, las nuevas tecnologías pueden servir de ayuda, pero no deberían ser la solución. Es primordial apostar por enriquecer al lector, que no cliente, con noticias que, como Bill Kovach y Tom Rosenstiel señalaron, “proporcionen al ciudadano la información necesaria para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo”. Ese objetivo, por más herramientas de difusión cibernéticas que tengamos, no puede verse desarrollado sin exigir calidad en el contenido de aquello que se lee. Calidad en cuanto a la información precisa que se relata y, cómo no, en su inteligible escritura.

Es necesario preguntarse si la sociedad quiere estar informada o, simplemente, busca un mero entretenimiento. Nos puede el voyeurismo. El ¿qué pasa, dónde y cuándo? apenas importa; como señala José Cervera, “los cómos, los porqués y las consecuencias de lo que pasa son cada vez más importantes”. Una vez satisfecha esa cuestión se pueden dejar a un lado las trivialidades y exigir responsabilidades por la pobreza cultural existente, por la falta de modestia, por exigir realmente una libertad de prensa. Bruno Traven dijo una vez: “En este momento, la libertad de prensa no existe. Los periodistas son unos crápulas, manipuladores de la opinión que engañan al pueblo por temor a encontrarse sin un ingreso garantizado”. Estamos acostumbrados, por la gracia o culpa del mundo del celuloide, a pensar que el periodista es honrado, fiel a sus principios y amante de la verdad. Esa figura, que no porta sombrero, ni tirantes, ni un lápiz tras la oreja, se ha convertido en un peón del propio sistema sociopolítico y económico, ese que se ha encargado de subyugar una profesión liberal para convertirla en instrumento de control. El valor, la relevancia y diferenciación, la vocación humanista y social del periodista, la intuición y el olfato, el rigor parecen haberse descarriado en pro del business is business. Ese es el error fatal, unido a la sobredosis informativa que propicia el resurgir de la apatía. La sociedad comienza a perder el don de la curiosidad. El dilema, pues, se sitúa también en las bases, en la educación. El periodista es un educador, divulga un saber, y como tal, tiene el cometido, la obligación, de transmitir con esmero las verdades y mentiras que rigen el mundo. Para ello deben cultivarse, mimar sus textos y dejar de buscar con ahínco la mediatización, el morbo. Honestidad, por favor.

Eric Gras

Este artículo ha sido seleccionado entre los presentados por los alumnos del Grupo I como ejercicio de la Unidad Didáctica 1 (“Introducción al siglo XXI”) del Curso de Periodismo Cultural de Revista de Letras.

Etiquetas: Bill Kovach, Bruno Traven, Eric Gras, Escuela Revista de Letras, José Cervera, Joseph Pulitzer, Periodismo, Tom Rosenstiel

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