Revista de Letras

Ese oscuro objeto del deseo

1 noviembre 2018 Críticas, Portada

‘I Love Dick’, de Jill Soloway | Foto: Amazon

El argumento de I Love Dick, la serie creada por Jill Soloway, es aparentemente sencillo. Una pareja neoyorquina (Griffin Dunne y Kathryn Hahn) se traslada a Marfa, Texas, para que él, que es escritor, pueda participar en una residencia de creadores dirigida por un cowboy (Kevin Bacon), que se ha hecho famoso en el mundo del arte por sus grandes esculturas al aire libre. La ambición de esta producción de Amazon, que solo tiene ocho capítulos, de poco más de veinte minutos cada uno, es tal que ha creado muchísima perplejidad tanto en los espectadores, acostumbrados a otro tipo de resultados audiovisuales, como en algunos grupos feministas, que buscaban, en esta adaptación de una novela de Chris Kraus, una suerte de manual o de pancarta.

I Love Dick sí es una serie feminista. Radicalmente feminista. Y lo es porque aborda el deseo de una mujer desde la libertad individual. Como en todas las revoluciones, y el feminismo es la que ha demostrado más fuerza en los últimos años, siempre aparecen grupos de policías morales que vigilan que nadie se salga de la ortodoxia. Pero Jill Soloway es una directora valiente, que aborda la complejidad desde ángulos no esperados, escapando, así, de las casillas en las que algunos quieren encerrar la vida. Ya lo hizo con su anterior serie, Transparent, en la que, en un episodio, no dudó en señalar el comportamiento dogmático de algunos grupos supuestamente feministas que no aceptan a la protagonista, una transexual que decide abordar su transición cuando cumple 70 años, y que se siente discriminada por no haber nacido mujer. Algo así es lo que dijo Judit Butler en su última visita a Barcelona, cuando alertó ante cualquier tentación discriminatoria, avisando de que “un feminismo que es transfóbico no es, en realidad, feminismo”.

La protagonista de I Love Dick (título que juega con el doble significado de la abreviatura de Richard) es una cineasta experimental a punto de viajar a Venecia para presentar su última película. Por un error en el registro del filme, finalmente no será aceptada en el festival, y decide quedarse, junto a su marido, en Marfa. Es allí donde se obsesiona con el personaje interpretado por Bacon y, en una suerte de happening, comienza a escribirle cartas en las que muestra su deseo. Reinventa, así, el género epistolar convirtiendo su artefacto en una especie de manifiesto artístico, desde donde la pulsión sortea el prejuicio y las convenciones evangelizadoras.

Escena de ‘I Love Dick’ | Foto: Amazon

Si algunas personas no han sabido ver el feminismo en la serie es porque la protagonista siente ese deseo inexplicable por un estereotipo típico del imaginario patriarcal,  un macho alfa, con botas de vaquero, montado a caballo, y cigarrillo de liar. Pero es precisamente por eso, porque es capaz de no juzgar su propio deseo, por lo que es una mujer libre que escucha su cuerpo. ¿Qué debería hacer? ¿Ocultar su juego de seducción, su sed de erotismo, porque el objeto de deseo no responde a lo políticamente correcto?  “El deseo es claustrofobia bajo la piel”, escuchamos en I Love Dick, y es que el personaje que encarna Hahn ha perdido el miedo a la perversión, y dice querer ser un “monstruo femenino”.

Ese carácter furtivo, que no se deja domesticar por un relato exterior, es lo que hace que la construcción de su deseo sea emancipadora. Lo que pasa es que, hasta ahora, ese “dejarse llevar” por los lados más ininteligibles del deseo era un privilegio que únicamente estaba reservado a los hombres. La serie supone, en realidad, el revés de la mirada voyeur de otros creadores que han ejercido la libertad detrás de la cámara, como Buñuel, que supo plasmar como pocos ese territorio creativo en su último filme, Ese oscuro objeto del deseo. En esa película, de 1977, el aragonés nos muestra la obsesión de Mathieu Faber por Conchita, una mujer a la que tratará de conquistar. Ella, en un momento concreto, le dice: “Si te diera todo lo que me pides, dejarías de quererme”. Y es que el deseo, y eso lo transmite bien Jill Soloway en I Love Dick, responde a un sujeto en constante búsqueda de plenitud. Lo quiere todo. Ese anhelo es su motor. Es un sujeto, tan redimido como vacilante, que intenta escapar, de esta manera, de esa claustrofobia bajo la piel.

Catarata

El feminismo no puede decirle a las mujeres cómo deben ser buenas feministas. Ese juego de carnets es peligroso e injusto. Tal vez quien mejor lo explica es la pensadora Clara Serra en su libro Leonas y zorras, un texto imprescindible. “Un individuo enteramente condicionado por las normas, construido de modo perfecto, estaría determinado como un autómata”, nos dice la también diputada de la Asamblea de Madrid. El efecto de la quiebra de los patrones sociales es a lo que llamamos deseo. Y es que nadie tiene una identidad plena. No estamos terminados. No somos un producto infalible, y esa vulnerabilidad, que también opera en el deseo, es la que nos convierte en una amenaza para el poder.

“El deseo es la prueba del fracaso del poder”, sostiene Serra. “Por eso no podemos condenar moralmente la seducción”, lo que hay que hacer es pensarla políticamente, según la ensayista. “Porque somos feministas y porque no tenemos por qué comprar los enfoques de la izquierda ni sus errores, podemos hacer que nuestra victoria pase por hacer una defensa feminista del cuerpo, de las pasiones y de la persuasión contra el ascetismo patriarcal y el inverosímil racionalismo neoliberal”, añadirá.

El personaje que protagoniza I Love Dick conoce bien el cine de Maya Deren, una directora (afortunadamente inclasificable) que, en 1947, es reconocida en Cannes por una cinta experimental, Meshes of the Afternoon. En esa película, que sin duda vio Buñuel, y que influyó a toda una generación, están, ya, todos los elementos de ese viaje incierto e insondable hacia los territorios del Eros. Y es que la serie de Jill Soloway es, a la vez, una pregunta abierta sobre la creación artística. Mientras la protagonista indaga en sus pulsiones, convirtiéndolas en una práctica de literatura confesional, otros miembros de instituto de Marfa preferirán refugiarse en el análisis más frío y exhibicionista. Es lo que hace el personaje que interpreta India Menuez, que basa su trabajo en el estudio de las imágenes pornográficas desde una punto de vista exclusivamente formalista.

Maya Deren

No es extraño, pues, que en la serie se cite a Susan Sontag (algunos personajes parecen defender, con sus actos, los postulados de Contra la interpretación) y que, mientras la protagonista se adentra en su particular espiral, otro grupo de estudiantes prefieran observar el fenómeno desde la representación teatral, e incluso desde un ritual en el que toda la comunidad está invitada a participar.

“Dentro del feminismo hay una enorme diversidad de mujeres. Hacernos escurridizas a las categorías del poder es una manera de enfrentarlo”, escribe Clara Serra. También en I Love Dick hay algo de eso. La serie no pretende mostrar la visión del deseo de “la mujer”, sino que es la experiencia del deseo de “una mujer”. Una mujer que ya no es objeto, sino sujeto. Y que, aunque se obsesione con un estereotipo con patas, es ella la que lo convierte a él en objeto de su deseo. Es un constructo. Un acto de creación. “El fin del erotismo no es el educar. Ninguna mujer decidimos lo que deseamos”, escribe Clara Serra. Por eso Kevin Bacon reconocerá que se siente humillado. Ahora sabe lo que es ser diseccionado como una musa, simple excusa para la fantasía de quien le mira. Su voluntad, en esa dramaturgia de la mirada, no tiene ninguna importancia.

Es Clara Serra quien ha recordado, en un excelente artículo, la importancia de distinguir el deseo de la voluntad. “El deseo de las mujeres ha sido especialmente penalizado, censurado y estigmatizado por una sociedad machista y puritana que ha querido hacer sentir a las mujeres culpables por sus deseos”, escribe. Pero nos recuerda que “el deseo no se elige ni es fruto de nuestra decisión”, mientras  la voluntad sí puede “oponerse a él”.

Esa distinción entre deseo y voluntad nos permite volver a Buñuel, que, en Ese oscuro objeto del deseo, toma una decisión magistral. A Conchita la interpretarán dos actrices, Carole Bouquet y Ángela Molina, desdoblando así el personaje en toda su complejidad. El deseo no se elige. Es pura transgresión. Pero la voluntad es el límite, la puerta que nunca debe cruzarse, allí dónde nace la violencia que nunca deberíamos tolerar.

El patriarcado ha intentado invisibilizar a las mujeres arrebatándoles su sexualidad. “Sería un tanto paradójico que la afirmación de nuestra subjetividad exigiera la anulación de nuestro cuerpo”, reflexiona Clara Serra. Estar en guerra contra el deseo (se exprese como se exprese), o contra la seducción, es una trampa. Una trampa en la que han caído los que no han sabido ver en I Love Dick una historia de belleza, duda y emancipación. Y también de humor. La serie fue cancelada en su primera temporada. Pero no va ser tan fácil clausurar el deseo de mujeres que se saben libres, autónomas, e inclasificables.


Escena de la serie de Jill Soloway | Foto: Amazon

Etiquetas: Buñuel, Chris Kraus, Clara Serra, deseo, Ese oscuro objeto del deseo, feminismo, I Love Dick, Jill Soloway, Leonas y zorras, literatura confesional, Maya Deren, Meshes of the Afternoon, Susan Sontag, voluntad

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario