Revista de Letras

Fascinación por Don DeLillo

25 febrero 2012 Crónicas

«El pequeño Billy Twillig subió a bordo de un 747 de Sony con destino lejano. Esto es lo que se sabe con certeza. Que subió al avión. El avión era un 747 de Sony, rotulado como tal, y efectivamente estaba previsto que llegara a un punto determinado un cierto número de horas después de que despegara. Esto es algo a verificar, un redondeo (un khalix, un cálculo), tan real como el número uno. Pero delante estaba el horizonte somnoliento, latiendo en el polvo y los gases, una ficción cuyos límites los determinaba la propia perspectiva, no muy diferente de esas cantidades (la raíz cuadrada de menos uno, por ejemplo) que conducen a nuevas dimensiones.

»El avión rodó hacia una pista apartada. Billy estaba amarrado a un asiento de ventanilla. Junto a él según el diseño de asientos cinco-dos-tres-dos-cinco del avión había un hombre leyendo una revista de embarcaciones y al lado del hombre había una, dos, tres niñas pequeñas. Eso era todo lo lejos que Billy se había preocupado de explorar por el momento. Tenía catorce años y era más bajo que la mayoría de los de su edad. Visto desde cerca podría decirse que ofrecía un extraño aire de concentración, una intensidad fija que compensaban sus evasivos ojos marrones y su actitud por lo general apática. Desde lejos daba la impresión de no estar completamente a gusto con su entorno actual, recelosamente encorvado en su asiento, un recién llegado en aquel reducto de tecnología y luz viciada. El sonido del sistema de propulsión en miniatura se hizo más fuerte y pronto el avión estuvo en el aire. Su ángulo de ascenso fue lo bastante pronunciado como para asustar al chico, que nunca antes había estado en un avión. Con Suecia en guerra, había recibido su Premio Nobel en una breve ceremonia sobre un trozo de césped en Pennyfellow, Connecticut, viajando a y desde aquel escenario en el asiento trasero del pequeño Ford de su padre.

»Fue el primer Nobel en Matemáticas que se otorgó. El trabajo que condujo al premio sólo lo entendieron tres o cuatro personas, todos matemáticos, por supuesto, y fue su exhortación confidencial la que hizo que el comité del Nobel, tradicionalmente perdido en este campo, se decidiera finalmente por Twillig, nacido Terwilliger, William Denis Jr., cuya cada pulgada era prematura, la cabida justa de una jarra de un cuarto.» (Comienzo de Ratner’s Star, Don DeLillo, 1976).

Esta novela de DeLillo no está traducida al español o castellano, como quiera llamárselo. Un error editorial más, porque se trata de una de sus novelas cuya lectura es más asequible o cuyo esfuerzo lector resulta más democrático sin que por ello suponga un insulto a quienes se niegan a perder el tiempo con narrativa banal y descafeinada, una subespecie dentro de la narrativa hardcore que abunda poco y quizá sea esta otra de las razones de por qué es tan complicado ir sumando adeptos a la ficción literaria verdaderamente valiosa. Don DeLillo ha escrito 16 novelas, 5 obras de teatro, un guión de cine, un puñado de ensayos, 21 relatos “computados” o “computables” —9 de los cuales han sido recogidos recientemente en The Angel Esmeralda, aún no traducido al español—, y sobre su trabajo se han escrito decenas de libros (25 según la wikipedia pero yo tengo otros que no se mencionan en la lista), ha recibido 18 premios literarios a lo largo de su carrera y ha quedado finalista o ha sido nominado a otros 7, todos importantes. Pero no todo su trabajo está en nuestro idioma, y los lectores se están perdiendo parte del fascinante trabajo de uno de los mejores escritores del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Personalmente siento fascinación por la escritura de Don DeLillo. No sólo por lo que escribe sino por cómo lo escribe. Aquí está la diferencia fundamental entre la especie de autores a la que él pertenece y el resto. Sus resultados no son especialmente complejos, pero sí exigen del lector una capacidad para rellenar huecos, inferir expresiones, ponerse en situación. Es un maestro en la introducción en ambientes, en la disposición escénica, y un crack en desarrollar aspectos psicológicos a través de los diálogos. Además, no caigo ahora mismo en otro autor cuya poesía —sí, poesía, en cada frase— sea tan clara y poderosa como la suya, una manera de metérsela doblada al no lector de poesía por medio de imágenes irresistibles y extrapolaciones insólitas, y todo ello sin caer en la baratura ni en el símil desaforado; la mayoría de las veces sin siquiera utilizar el socorrido símil.

Pero Ratner’s Star no está traducida, tampoco End Zone, ni Great Jones Street, ni Amazons. De esas cuatro sólo he leído la primera, y ha sido recientemente. Sabía de su existencia, e intuí su calidad cuando encontré esta imagen:

Entonces la compré y la leí y quedé fascinado por la inteligente mezcla de géneros y temáticas (matemáticas, ciencia ficción, futurología, socioespeculación) como por los múltiples recursos que en ella usa DeLillo (cinismo, humor, devaneos lingüísticos). Y como aprendí en un seminario de marketing viral al que asistí el año pasado que a un campesino chino “sólo” le separan seis niveles de relación del presidente de Estados Unidos, busqué y pregunté a la agente literaria de Mr. DeLillo si los derechos en español de Ratner’s Star estaban libres o no. Y para mi sorpresa (pensaba: a ninguna editorial española le interesa esta novela, pero podría darse el caso de que hablando de ella alguna se animara, no sería la primera vez que sucede, y DeLillo es un tótem, etc.), la señora, muy amable, me respondió que los derechos en español de todas las novelas de Mr. DeLillo están acordados, o bajo acuerdo, o contratados, o directamente vendidos, con/a Seix Barral. Genial, pero entonces ¿por qué carajo no sacan ya la versión española de Ratner’s Star?

Ellos sabrán lo que hacen, lo que no hacen y por qué, allá en las highlands de la edición. Por lo pronto acaban de reeditar otras dos novelas de DeLillo, Fascinación y Los nombres. Hablemos algo de la primera de ellas.

Su título original es Running Dog, expresión cuyo significado el traductor, Gian Castelli, aclara en una nota a pie de página:

“expresión que alberga el significado de ‘perro acosado’ o, menos literalmente, ‘perro sarnoso’, con la que, concluida la guerra, denominaban en Vietnam a los estadounidenses que abandonaban el país”, 33.

También es el nombre, en la novela, de la revista para la que trabaja la periodista Moll Robbins, uno de los personajes. Sin embargo Seix Barral prefirió alterar radicalmente el sentido que quiso darle DeLillo a su obra, cambiando el título —pues ni siquiera mediante hipnosis podría considerarse Fascinación una traducción de Running Dog— y con ello su objetivo o propósito. Según la sinopsis de la edición en español la novela trata del descubrimiento de una posible película pornográfica rodada en el búnker nazi del Tiergarten días antes de la caída de Berlín, “y cuyo protagonista sería, ni más ni menos, Adolf Hitler”. Y un poco más adelante dice que los “personajes se olvidan de sus motivos”. Es decir, o hablando claro: la novela no va de eso, de ahí que los personajes “olviden sus motivos”. Hay, sí, una película misteriosa por la que se ha llegado incluso a matar a una persona. Hay también una periodista —la que trabaja en “Running Dog”— que quiere ver la película pero sobre todo escribir un buen reportaje sobre un político que colecciona obras de arte pornográfico de toda edad y condición. El político desea la película, un jovencísimo empresario del porno —precursor de ciertos personajes de Bret Easton Ellis— quiere la película por motivos obvios, un marchante de arte pornográfico está detrás de su rastro: hay, sí, fascinación por ver y saber, fascinación por el cómo y el porqué y el quién. Pero todo ello, sin ser ni mucho menos accesorio, tan sólo refleja la cuota de entretenimiento que DeLillo imprime a la historia (parte de esos “algunos ingredientes del thriller tradicional” que indica la contraportada), porque lo que verdaderamente hay en esta novela es la historia de un agente especial de la CIA entrenado para morir y de un militar bastante salvaje reinsertado tras la guerra de Vietnam como máximo directivo de Matriz Radial, una empresa de sistemas cuyo propósito fundamental es servir de tapadera financiera a las barrabasadas exteriores de la Agencia —“la prolongación lógica de los negocios es el asesinato”, p. 111—, que termina viendo alterados o, mejor dicho, adulterados los fines para los que fue creada. Una deriva bastante menos concentrada y puntillosa que la recreada por Denis Johnson en su magistral Árbol de humo, sino más bien, en consonancia con el modus operandi de DeLillo, retratada en gran parte por las actitudes y hechos del presente (de la novela), y sólo con el relato más parco de acontecimientos pasados que pudieran ser imprescindibles para una comprensión cabal del ahora al que el lector asiste en su lectura.

Joseph Conte establece una interesante relación entre Running Dog (es decir, Fascinación) y Ruido de fondo: mientras que en la más temprana DeLillo habla de superabundancia de tecnología en términos paranoides —“Cuando la tecnología alcanza cierto nivel, la gente comienza a adquirir conciencia criminal. Alguien anda tras nuestra pista, quién sabe si los ordenadores, La policía mecanizada, acaso …”, 138—, en la segunda los personajes sufren los síntomas de enfermedad por información —y de ahí el título, White Noise, y su traducción tan acertada: Ruido de Fondo—. Y dice que si hubiera que trazar alguna relación entre el propio escritor y los personajes de ambas novelas (Gladney en Ruido de fondo, Mudger en Fascinación), DeLillo estaría más cerca de Earl Mudger por su “sensación de tecnofobia e intranquilidad, y la queja expresa de que la tecnología de la información se ha convertido en algo incomprensible para sus propios sometidos”, Design & Debris, 2002, The University of Alabama Press, p. 235.

Paranoia, tecnofobia, acoso: “Perros acosados”, o quizá “Acosados” solamente, pero no “Fascinación” para intentar denotar lo que no es. Aquí no hay un thriller sino un DeLillo temprano que sin llegar al nivel de Submundo o Ruido de fondo, roza muchos de sus méritos. Hay que agradecer las reediciones (ya hablaremos de Los nombres), e insistir en la traducción ya de lo que queda, sobre todo de Ratner’s Star.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Foto de Don DeLillo en portada: © Joyce Ravid/Seix Barral

Etiquetas: Amazons, Árbol de humo, Denis Johnson, Design & Debris, Don DeLillo, End Zone, Great Jones Street, Joseph Conte, Los nombres, Ratner`s Star, Ruido de fondo, Running Dog, Seix Barral, The Angel Esmeralda, White Noise

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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3 Comentarios

  1. fabián 25 febrero 2012 at 19:19

    Amores parece que haya descubierto la piedra filosofal en cada artículo

  2. Elena Ramírez 1 marzo 2012 at 15:04

    Amores, tu mencionado error garrafal tal vez sea que no te has informado. Si hubieras llamado a Seix Barral, editorial que publica todos los libros de DeLillo sabrías que están TODOS en proceso de traducción. Hasta el último renglón escrito por DeLillo. Un fuerte abrazo y felicidades por el artículo. Elena Ramírez

  3. José Luis Amores 1 marzo 2012 at 20:48

    Me lo ha dicho hoy mismo Javier Calvo, Elena, en un comentario a este mismo texto: http://bolmangani.blogspot.com/2012/02/fascinacion.html

    Y sí, podría haber llamado. La próxima vez será.

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