Revista de Letras

Un refugio para la contranarrativa

3 diciembre 2018 Críticas, Portada

Azotea | Foto: Anaterate | Pixabay Commons

Que nazcan editoriales nuevas siempre es motivo de alegría. Y, en el caso de Tránsito, la nueva apuesta de Sol Salama, la alegría es doble. No hay más que leer el primer título de su colección para celebrar este nacimiento por todo lo alto.

En La azotea (Tránsito, 2018), la uruguaya Fernanda Trías nos propone un relato asfixiante e incómodo pero que, a la vez, conmueve y redime porque en el fondo, a pesar de la aparente paradoja, Clara, la voz narrativa que intenta reconstruir esta historia, va más allá de su propia historia.

Clara intenta recordar qué ocurrió para llegar a estar donde está y lo hace con una escena desgarradora que, no solo sirve de arranque y de cierre al servicio de una trama circular perfectamente construida, sino que sirve de pretexto para jugar con la memoria y dejar claro que lo que importa no está precisamente en lo que se dice, sino en lo que está latente.

Tránsito Editorial

En La azotea, cuyo gran acierto (insisto) está en la creación de esa voz narrativa, Clara intenta desandar sus pasos y consigue que ni juzguemos sus actos ni nos cuestionemos su relato-confesión, aunque ella misma nos aclara que “puede estar inventándolo todo”. Nos encontramos ante una historia que, desde las primeras páginas, nos avisa de que su propia estructura será la que dé sentido a la acción de la trama, ya que “nunca hubo un principio sino un largo final que nos fue devorando de a poco”. Por eso, a medida que la narración vuelve a su presente, Clara nos atrapa gradualmente en una atmósfera desquiciante (pienso ahora algunos cuentos de Inés Arredondo o Amparo Dávila) y, sobre todo, magistralmente escrita, con la sencillez y honestidad que exige lo contado, muy en la línea de la prosa de Flannery O’Connor. Y tiene sentido: a nadie le interesa ya el pasado de la protagonista, queremos saber por qué vive así su presente, qué será de ella y, lo más inquietante: desvelar una alegoría que vamos comprendiendo… “de a poco”.

¿Qué hacer ante un mundo violento, opresivo y eternamente incomunicado? La protagonista opta por el encierro voluntario para salvaguardar un viejo paradigma que, a pesar de sus intentos, también se desmorona. Porque aquí todo se desmorona. No solo la familia.

A pesar de las conexiones literarias que se puedan hacer (ahí están la pensión donde se encierra el escéptico Mersault de Camus o la habitación que paralizó y condenó al desdichado viajante Gregor Samsa), lo interesante de la novela de Fernanda Trías es que no reproduce el esquema clásico, encuentra su voz propia y retuerce la aparente sencillez narrada, con un estilo cortante y duro en la línea, tal vez, de la laureada Herta Müller.

Incluso antes de adentrarnos en esta atípica historia familiar, la cita elegida por la autora en la contrasolapa parece ya toda una declaración de principios. No parece casual que leamos las últimas líneas de la obra Cerca del corazón salvaje con la que Clarice Lispector cerrara su inclasificable libro en donde otra protagonista, Joana, a pesar de los pesares, confía en levantarse “fuerte y bella como un caballo joven”. Y más, cuando la obra que aquí nos ocupa exprime hasta el máximo la animalización de sus personajes: un recurso literario que conecta no solo con las nuevas preocupaciones naturalistas o con la cuentística americana de maestras del género como Eudora Welty, sino con voces difíciles de catalogar como las de Felisberto Hernández (pienso en la transformación equina de La mujer parecida a mí) o, por seguir con la conexión uruguaya, cualquiera de las delirantes novelas de Mario Levrero. Es más, si jugásemos a cambiar escenarios, el departamento donde se aísla Clara podría ser perfectamente al que llega años después el extraño protagonista levreriano de La Ciudad.

“No hay rambla ni plaza ni iglesia ni nada. El mundo es esta casa”.

La animalización de los personajes ante la amenaza del mundo exterior, decíamos, es total. Flor, la hija de Clara, se nos presenta como una recién nacida que “parecía un caracol y no se movía” e incluso, cuando asoma el puño para tocar a su madre, lo que vemos es “la cabeza de una tortuga al salir del caparazón”. A nadie sorprende que la mitad de la novela esté babeando o reproduciendo sonidos animales. El padre de Clara también se cosifica y cuando acerca su mano a la tripa de Clara se mezclan los sentidos, “como si la palma ahuecada fuera un caracol de mar”. El tercer personaje, la vecina incómoda que durante un tiempo les sirve de vínculo como el exterior, no solo se ríe “como un macaco”, sino que acaba siendo convirtiéndose en “la termita Carmen”. Incluso los pocos estímulos que llegan más allá de esta casa bachelardiana, también pasan por el mismo filtro salvaje y animal. Por eso, el policía que acude para resolver las trifulcas de las vecinas lucha “con la energía de un caballo viejo” y, si habla con Clara, no habla como un ser humano, sino que mueve sus labios “como una mariposa agonizante”. Hasta la jueza, en una de sus únicas salidas al mundo exterior (la otra, es para comprar carretes de fotos y alpiste), no la mira como una persona; sus ojos son “como árboles silenciosos, con toda la maldad de los bosques”.

Por no salvarse, no se salva ni el recuerdo de Julia, su némesis familiar, cuyos movimientos por la casa hacen que la recuerde “como una libélula gigante”. Tanto es así, que cuando Clara se mira al espejo lo que nos deja ver no es su cara, sino su preocupante cicatriz que es como “una cucaracha aplastada sobre la ceja” o donde creemos ver dos pantuflas, la narradora nos hace ver “dos gatos disecados”. A nadie le parecerá, pues, una coincidencia que su hija se llame, con cierta ironía, Flor, o que el otro miembro de la familia sea, precisamente, un canario… ruidoso y maloliente, para más señas. Por esa razón, decía, no nos sorprende que los únicos objetos que entren en la casa familiar sean una pecera o un caballito de madera o que, en sus múltiples pesadillas (porque lo onírico aquí también juega un papel importante), Clara imagine esa azotea libertadora, y también sexual, “llena de peces muertos, con un pájaro gigante, mezcla de canario y de buitre, picoteándole los ojos”.

Más allá de los símbolos evidentes, la contranarrativa de Fernanda Trías desmonta las jerarquías clásicas de los personajes, al modo (quizá) de la argentina Silvina Ocampo, y desubica o elimina, lógicamente, los roles masculinos: el padre, como símbolo de un patriarcado enfermo que ya no se sostienen en pie; la negativa constante cuando se habla del llamado “hombre de los remedios”; y los médicos y policías, que suponen una amenaza constante en el pasillo comunitario. Asimismo, es inquietante la construcción del miedo visceral hacia lo de fuera. Por eso, tal vez, los diálogos de Carmen, a quien Clara no soporta, nos recuerdan que es de “Lituania, o por ahí” o esos niños del pasado, que suponían una amenaza externa durante el invierno, le lanzaban bolas de arena con “sus gritos indígenas”.

“Tal vez la Tierra sea redonda sólo para evitar que la gente vaya hasta el borde del mundo y salte al vacío”.

En La azotea, publicada originalmente en Uruguay hace ya más de una década, el tiempo y el espacio se solapan y confunden en un alarde técnico a altura de “El burdel de las gitanas”, de Eliade, gracias a un punto de vista laberíntico que convierte la claustrofilia en claustrofobia, sin que nos demos cuenta. La mirada de Clara nos acerca tanto a los personajes que ya, más que comprenderlos, nos peleamos por encontrar un desahogo espacial que ya sentimos imposible. Así, cuando Clara nos enseña su colección de fotografías familiares en esa casa “sin luz y sin aire”, parece que estuviéramos olisqueando una serie de retratos de Archimboldo, mientras olvidamos por completo lo que ocurre más allá de esas paredes. La visión, eso sí, dura poco; las velas de la casa se van consumiendo y la temperatura nos empieza a congelar, y ya no hay mantas que nos cubran. En ese sentido, la sentencia paterna es toda una revelación: “estamos enterrados vivos”.

La única salvación parece estar en esa azotea, cada vez más lejana, donde Clara nos llega a decir que “por primera vez sentí que éramos una familia” y nos comparte su visión del mundo, atrapada en esa náusea existencial que nos contagia desde el momento en el que confiesa esa angustia vital que ya es nuestra. “La ciudad entera se derrumba sobre mí”, llega a decirnos, mientras desde la azotea se escuchan las campanas de una iglesia que doblan para nadie. Las posibilidades de salvación, como pueden imaginarse, son mínimas. Y más, si el personaje vuelve a encerrarse en el piso y nos cubre con mantas las ventanas, claro.

“Le habría querido decir a papá que el mundo se hundía, que nosotros éramos el único mundo posible y que, de todas formas, terminaría por odiarlo”.

La amenaza de ese “pensamiento mudo” que acechaba a Delmira Agustini en su poesía, en la narrativa de Fernanda Trías se actualiza, se embrutece y nos deja con una sensación extraña, pero mucho más familiar de lo que sospechábamos; las últimas páginas les dejarán de todo menos indiferentes. Y quizá ahí tengamos una pista para comprender el castigo autoimpuesto de Clara. Más allá de la búsqueda de protección, el miedo a la soledad o los nuevos paradigmas ideológicos, tecnológicos, económicos y familiares de nuestro tiempo, nuestra indiferencia quizá sea la actitud menos acertada en un mundo grotesco y amenazante que sigue empeñado en llevarse a sí mismo por delante.

Etiquetas: Camus, Clarice Lispector, Fernanda Trías, Flannery O'Connor, Herta Müller, La azotea, Uruguay

Sobre el autor

Pablo Medel

Pablo Medel (Madrid, 1978). Profesor, escritor y crítico literario. Tiene publicados el poemario Paraíso en ruinas (Primor, 2007), la novela El principio de Pascal (Diente de Perro, 2016) y ha participado en la antología de cuentos '2084' (Inventa, 2016). Tras ocho años dedicados a la docencia de Lengua y Literatura, decidió emigrar a México para coordinar el área de Fomento a la Lectura en el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla y conducir el taller de Poesía en La Casa del Escritor. Ha trabajado como profesor universitario en el departamento de Humanidades de la Universidad de las Américas y en la Universidad Popular Autónoma de Puebla. Asimismo, ha conducido el curso de Escritura Creativa en La E, en La Morada y el taller de Poesía Visual en el Centro Cultural de España en México. Miembro fundador del proyecto internacional de poesía desterrada, 'Desbandada', en la actualidad colabora en diversos medios culturales y universitarios y es profesor de Escritura Creativa en los talleres literarios de Fuentetaja.

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