Revista de Letras

Voces sin idioma

30 Noviembre 2016 Críticas, Portada
Fernando Clemot | Foto cedida por el autor

Fernando Clemot | Foto cedida por el autor

Seguramente no sea muy original si digo que un buen libro de cuentos está más próximo a la poesía que a la novela. Quizás ya no convenga demasiado compartimentar la literatura, tal vez porque cada texto debería ser autónomo, independiente, al margen del género al que decidamos adscribirlo. Sin embargo, existen cuentos, como los que se reúnen en La lengua de los ahogados, que plantean al lector ese tipo de cuestiones. No porque cada pieza que conforma el libro no pueda defenderse por sí sola, sino porque están escritos con una sutileza que traspasa los límites del propio género. O dicho de otra forma: están escritos para que al final nos preguntemos si esas historias no podrían leerse como una suma de prosas poéticas.

Comienzo con esta idea no por deformación profesional o por desplazarlo hacia un terreno que conozco, aproximadamente al menos. Si comienzo con estas palabras es porque la literatura de Fernando Clemot conserva una decidida voluntad de estilo. A veces, nos basta con leer un párrafo suelto, un comienzo de capítulo, o el final de algún cuento, para saber que detrás hay una marca de autor. Creo, sinceramente, que después de varios libros Clemot ha conseguido construir un estilo reconocible. Una manera de decir que lo singulariza dentro del panorama literario español actual. No es tarea fácil. Siempre me ha parecido un misterio y, a la vez, un estímulo ser capaces de erigir un universo literario propio. Cuando alguien lo consigue, como es el caso, sólo nos queda felicitarlo.

Para no quedarnos en el terreno de las elucubraciones, debemos preguntarnos qué caracteriza a la narrativa de Fernando Clemot, en qué consiste ese universo literario que tan buenos momentos nos hace pasar a sus lectores, y qué hay de todo eso en un libro como La lengua de los ahogados, que acaba de aparecer en la editorial palentina Menoscuarto. Enumeraré algunos de esos rasgos. Para empezar, un estilo que se nutre de recursos propios, aunque no exclusivos, de la poesía: metáforas, símiles, elipsis, símbolos, analogías… Cito varios ejemplos:

“Tratamos de recordar pero somos un limpiaparabrisas que lucha con la lluvia en un aguacero” (Tacna)

“Estaba hundido en la silla, con el dedo entre los dientes, acariciándolos como si repasara las teclas de un piano” (Postales del Panteón)

“Vuelvo a esta casa desolada. Abro los armarios vacíos donde tintinean las perchas como cañas de hueso” (Postales del Panteón)

“En el agua somos máscaras de lo que fuimos” (Y a los ahogados…)

“Una familia que se muda es un ejército en retirada” (Inquilinos anteriores).

Ese estilo cercano a la mirada poética es característico en la narrativa de Fernando Clemot, igual que su predilección por la frase larga, sin puntuación apenas, como si se tratara de un río a la búsqueda de un cauce que pueda trasportarlo. Hay en Clemot una interesante exploración del lenguaje, de sus posibilidades como herramienta para trasmitir una situación cualquiera. Si un escritor se interesa por su idioma, logrará construir un mundo paralelo, un universo que se ensancha gracias a las alternativas que ofrece una sabia combinación de palabras. Si nos preocupamos por el lenguaje, descubriremos lo que de extraordinario hay en las cosas.

Menos Cuarto Ediciones

Menos Cuarto Ediciones

Sin embargo, no creo que un autor sólo deba agotarse en el lenguaje, o en el estilo. Un texto que solo apueste por él, de manera exclusiva, será insuficiente. Siempre he pensado que la literatura consiste en esto: en tener algo que decir y en encontrar la mejor manera de hacerlo. Y lo que nos dice Fernando Clemot va muchos más allá de su forma de narrar. Detrás hay todo un mundo de personajes, de temas, de análisis en torno a la conducta humana que nos atraen como un imán, nos aproxima lentamente y nos sujeta a sus historias mucho tiempo después de haberlas leído. Cada uno las hará pervivir por motivos dispares. En mi caso, si sigo en ellas es, en parte, por la importancia que concede Clemot a dos de sus temas fundamentales: el lugar y la memoria. La lengua de los ahogados se suma a otros libros del autor que tenían a esos dos temas como ejes casi vertebradores de su obra. Pienso, por ejemplo, en Polaris, o en El libro de las maravillas. Decir que esos dos temas forman parte de un libro es, tal vez, caer en una tautología. Al fin y al cabo, cómo escapar de algo tan consustancial a nosotros como son el lugar y la memoria. No obstante, hay autores que les conceden una relevancia mayor, un papel central en el desarrollo de la trama. En el caso que nos ocupa, Fernando Clemot ha convertido esos temas en dos de sus obsesiones más singulares.

En La lengua de los ahogados se convocan diferentes escenarios: un embalse, un coche, un vagón de tren, una casa, un lugar llamado Tacna, otro llamado Chitabamba, un barrio periférico, un barco que navega por los mares del norte, la oficina de un banco, el Panteón romano. Esos lugares no son simples territorios que sirvan de marco, o de decorado. De alguna forma establecen una correspondencia con los personajes, un diálogo de ida y vuelta. Se trata, por buscar un nombre, de sicogeografías. Hay relatos paradigmáticos en este sentido: Tacna, Todos los nombres, Pirun onnekas, Inquilinos anteriores, en donde leemos que el “lugar donde habitamos acumula todo lo que allí sucedió, sus miserias y sus pasiones”. Es decir, paisajes impregnados de una mirada previa, de un aquí y de un ahora, como el aura de Benjamin.

Lugares que nos conducen a un lugar siempre distinto, porque si escarbamos en ellos descubrimos una nueva estancia que no habíamos imaginado, como si cada frase que escribiéramos concluyera con dos puntos, nunca con un punto y aparte. Territorios sucios de una experiencia anterior, de huellas no borradas del todo, de vestigios imperecederos, como esas casas que habitaron unos inquilinos hasta su muerte o los antiguos meublés y prostíbulos en los que todavía se oye el crujir de la madera y los muelles. Son escenarios, en suma, cargados de recuerdos. En ellos interviene el segundo gran tema de Clemot: la memoria. Diría que La lengua de los ahogados propone dos tipos de evocación: por un lado, una memoria creativa y por otro una memoria invasiva. Me explico. La primera, la memoria creativa, intenta recrear espacios o situaciones a través de la hipótesis, de la conjetura. Como nos explica en el relato Todos los nombres, cuando se sabe poco de algo todo parece una fábula a la que le añadimos mil historias, algunas sin ningún sentido. “La imaginación tiene la mala costumbre de rellenar aquello que no vemos con nuestra memoria”, nos dice en el cuento Pirun onnekas.

La imaginación no es sólo un recurso, sino un modo de estar y de construir un mundo, una forma de explorar las cosas hasta el límite. Activamos la fábula para entender un pasado que desconocemos, asignamos nombres a las cosas, las empequeñecemos para tratar de comprenderlas. La memoria se convierte en un relato, porque sólo a través del relato conseguimos intuir qué sucedió tiempo atrás.

“Cuando un arroyo recibe más agua de lo normal necesita otro cauce”, leemos en Inquilinos anteriores.

Así es básicamente como se construye la ficción, al echar manos de otra vía paralela que nos sirva para añadir más agua a un mar de recuerdos que nos desbordan. Sin embargo, ese caudal de agua puede acabar ahogándonos. Si no encontramos el cauce adecuado, corremos el riesgo de que ese torrente de agua devenga en una memoria invasiva. Aquí es donde los personajes de La lengua de los ahogados se muestran frágiles, vulnerables, quebradizos. No luchan contra lo que son, sino contra lo que se han convertido. Libran en el presente un conflicto que tiene más que ver con el pasado que con su situación actual. Si sienten náuseas, como les sucede a varios de ellos, no es por un acto que acaban de cometer. Si sienten náuseas es porque esa repulsión les viene de algo que no han dejado atrás del todo. Un sentimiento de culpa, por decirlo de alguna manera. Esa memoria invasiva da un paso más en alguno de estos relatos.

Pienso, por ejemplo, en Edad o en La costilla de Adán, en donde los personajes se proponen seguir milimétricamente la vida de alguien ausente, en este caso de su padre. El plano temporal se trastoca. El presente se disuelve en un pasado que no terminará de pasar nunca. En ambos cuentos, por cierto, se repiten unas palabras: “Un fogonazo de luz y otro de oscuridad”. Es una buena definición que podría explicar quiénes son esos personajes y cómo actúan. Algo que me recuerda a una frase que dejó escrita Joseph Brodsky: “La oscuridad restaura lo que la luz no puede reparar”. O dicho a la manera de otro genio, Francis Bacon: “Para que la luz brille intensamente la oscuridad debe estar presente”. Así se nos muestran, en resumen. Con las grietas que acumulan, con sus cicatrices y dobleces, con sus heroicidades torpes, con sus zonas oscuras. También con su violencia repentina. Demuestran su fragilidad al ceder ante esos pequeños azares que les acaban trastocando y convirtiéndoles en seres distintos. Hay un momento en el que, sin previo aviso, todo se tuerce. Una simple decisión entraña un gran riesgo que les hace perder pie y precipitarse al vacío. Ya lo dijo Kafka: todo esto es un malentendido y ese malentendido nos va a matar.

Voy concluyendo y vuelvo al principio, a la poesía que hay en cada cuento. Mientras leía el libro de Fernando cayó en mis manos un poemario de David Vegue. En él leí un verso que me acercó a esa enigmática lengua que articulan los ahogados. Este: “Creo que una garganta es la antesala del mar”. Me parece una buena forma de ir cerrando. Porque el idioma de estos personajes que aparecen en el libro nos enseña que la literatura no está, o no sólo está, para dar voz a quien no la tiene, sino para reflejar lo último que diríamos antes de desaparecer completamente. Al leerlo, también nos convertimos en personajes que exhalan una última bocanada de aire. Al fin y al cabo, todos somos islas en busca de un archipiélago y todos arrastramos un cauce oculto. Los cuentos de Fernando Clemot nos ayudan a explorar qué hay en esas aguas sumergidas. Mientras nos adentramos en el fondo, esperamos que no se cumpla lo que dijo Coleridge. Con suerte, el mar sí guardará algo de nuestra memoria.

Etiquetas: Coleridge, Fernando Clemot, Francis Bacon, Joseph Brodsky, La lengua de los ahogados, mar, relatos

Sobre el autor

Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Autor del poemario 'La tristeza del eco' (Editora Regional de Extremadura, 2008), y de las plaquettes 'Nuevo alzado de la ruina' (Vebo Blues Ediciones, 2005) y 'Las esquinas del mar' (Vitolas del Anaïs, 2004). Crítico literario en 'Ínsula', 'Falsirena' y 'La prensa de Zamora', sus relatos y poemas han aparecido en 'Papers de Versàlia', 'Letra Clara', 'Contra Tiempo', 'Papel Salmón', 'La plaza humana' o 'Nadadora'. Codirige la revista de Humanidades 'Kafka'.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario