Revista de Letras

Fin del mundo, principio de todo

11 Septiembre 2015 Críticas, Portada
Alberto Conejero | Foto: Óscar Romero

Alberto Conejero | Foto cedida por el autor

Ushuaia (Publicaciones de la ADE, 2014) es una de las últimas obras publicadas de Alberto Conejero, con la que obtuvo el Premio Ricardo López Aranda en su edición de 2013. Ushuaia podría ser definida perfectamente como la encrucijada del teatro escrito por el autor hasta la fecha, el punto de encuentro de sus inquietudes y hallazgos literarios. En ese sentido, podría entenderse esta pieza bajo el lema de la ciudad que inspira su título, el fin de una cosmovisión que al mismo tiempo supone el inicio de todo; como un intento por parte del escritor de hacer acopio de la experiencia y los trabajos literarios hasta el momento; o como un acto de habla que, al nombrar la realidad, establece sus convenciones y sus mecanismos, una capacidad expresiva que en su puesta en práctica toma consciencia de la imposibilidad de aprehender la realidad misma.

Sería posible trazar un camino uniendo por puntos la dramaturgia del autor recorriendo sus principales y anteriores obras –Oriente, Húngaros, Cliff (Acantilado) y La piedra oscura-, y en Ushuaia, de alguna forma, todas se darían encuentro. Quizá este hecho sea el que postule a Ushuaia como el mejor ejemplo y la materialización de su propia poética, un área contenida entre los ángulos de un triángulo equilátero cuyos vértices responden a la polifonía literaria, el lenguaje poético en su esencia y un contenido de raíz hondamente humana.

Publicaciones de la ADE

Publicaciones de la ADE

Ushuaia, o el teatro de Alberto Conejero, es un teatro de  fantasmas, y al marcar la obra con ese atributo, no estaríamos más que señalando la naturaleza primera y última del género dramático contenida en los textos de este autor. Frente a otras formas literarias, el teatro supone el inevitable encuentro entre los cuerpos, aquellos que lo trasmiten y los otros que lo reciben. De esta forma, en escena los actores son la materialización de aquellas sombras del ser humano –la angustia, la inquietud y el deseo- que el espectador sitúa en un plano de ficción, pero que asume como la plasmación de sus propios dilemas tan íntimos como inasibles.

Ha llegado el momento. Mire mis ojos. Aquí está el monstruo. ¿Qué va a hacer ahora?

De un modo parecido, en Ushuaia los personajes en un presente asisten a la manifestación de sus propios fantasmas, cómo personajes del pasado regresan y se intercalan en la acción para aportar las claves que ayuden a comprender la situación trágica en la que se encuentran. En esta obra, un ya anciano administrativo del ejercito alemán durante la II Guerra Mundial en Salónica será visitado por personajes con los que compartió hechos del pasado, al mismo tiempo que en su actualidad comienza una relación con una cuidadora que pretende descubrir en él un culpable de aquel conflicto.

El sentido de su vida es cazar a ese monstruo.

Esta obra, como otras de Alberto Conejero, sitúa al espectador en la incómoda situación de cuestionar la veracidad de los grandes relatos de la historia por los que claramente aparecen definidos culpables e inocentes, de descifrar una culpa y, por tanto, ver hasta qué punto es posible nombrar a la víctima y al culpable. Conejero busca la conmoción, la capacidad de empatía con aquel que sufre, y que en un acto de redención, se siente responsable. Y ahí es donde estriba acaso la fuerza trágica de esta obra, en una creencia en la capacidad de amar como fuerza que nos salva y por la que, al mismo tiempo, salvamos a otros semejantes, pero que difícilmente acaba en éxito por los estrechos márgenes que otorga la manera de configurar nuestra realidad para maniobrar en el necesario común beneficio.

Nina, ¿cree que basta toda la voluntad de un hombre para conseguir un átomo de salvación (…) ¿De que sirve rezar ante la iniquidad del hombre?

Desde el punto de vista formal, la obra de Alberto Conejero establece una férrea alianza con lo literario como base fundamental para sostener su propuesta. Y lo hace en dos sentidos. Por un lado, desde la tradición, creando una urdimbre de textos por los que conecta la esencia de la obra con la necesidad de expresión de  la historia del hecho literario –profundizar en lo radical humano-, configurando un bosque de referencias intertextuales que van desde sus orígenes (textos del libro del Apocalipsis, la Iliada y otros motivos de la literatura clásica) hasta lo contemporáneo (Moby Dick, Borges o los cancioneros populares del de siglo XX). De esta forma, en Ushuaia cada árbol de ese bosque cruza sus ramas con el resto, potenciando así su sentido.

Yo que estuve allí, no lo supe (…). ¿Cómo es posible tener tanto horror   entre las manos y no sentirlo?

Por otro lado, desde el punto de vista de la materialidad del lenguaje, el teatro de Alberto Conejero apunta a su esencia poética, enlazando con la obra de autores como Lorca, Tennessee Williams, Bernard Marie Koltès o Jean-Luc Lagarce. Esto se manifiesta tanto en la propia forma dramática –acotaciones plenamente literarias- como en el peso y reflexión de su escritura –con un lenguaje cuidado que apunta a los sentidos, hacia la materialidad de ese mundo de sombras y fantasmas que son nuestros miedos y anhelos-, estableciendo el centro de su escritura en la libertad y la capacidad de que cualquier texto pueda ser en potencia un texto dramático.

APUNTES PARA EL ESPACIO: Así fue como el salón se llenó de raíces. Saltaron los goznes de las ventanas, se agrietaron las paredes, se abrieron los techos bajo el cielo. El hielo de las cumbres se hizo presente. Los zorzales robaron los corchos de las botellas. El bosque se abalanzó, incendiando el otoño, enmarañado de lenga y de canelos, hasta la puerta de la casa. Allí se detuvo, sin estrépito. Desde entonces, es difícil distinguir la casa del bosque o el bosque de la casa, e imposible saber si una puerta se entreabre o si es que el viento está doblando los troncos.

Ushuaia es una de las mejores invitaciones a la también necesaria lectura del teatro como materialización de lo poético y depositario del hecho literario, convirtiendo a Alberto Conejero (Premio Ceres 2015 al mejor autor dramático por La piedra oscura) en una de las voces más intensas e interesantes de los escritores nacidos en los setenta. Y ojo, ya no hablo sólo de teatro, hablo de la literatura más allá de los géneros.

Etiquetas: Alberto Conejero, Anagrama, Bernard-Marie Koltès, Lorca, Moby Dick, teatro, Tennessee Williams, Ushuaia

Sobre el autor

Daniel López

Daniel López García (Sevilla, 1980) es periodista y escritor. Licenciado en Comunicación Audiovisual y Máster en Literatura General y Comparada por la Universidad de Sevilla, actualmente, trabaja en su proyecto de tesis en estudios comparados de literatura dentro del programa de Literatura Española y Teoría de la Literatura también de la Universidad de Sevilla. Su proyecto está centrado en el estudio comparado de la literatura dramática de mitad del siglo XX en EEUU y el teatro español actual. Ha participado en varios congresos internacionales de literatura como ponente y ejerce la crítica literaria en diversos medios. Es miembro del colectivo de escritores Cinco en breve.

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