Revista de Letras

Promesa cumplida

Gustavo Arroyo | Foto cedida por el autor

Gustavo Arroyo (Costa Rica, 1977), aunque ya se le esperaba sin haber llegado, se sumó a la nómina de poetas costarricenses en 2014 con Dialéctica de las aspas. Todo hubiera quedado en simple bienvenida si no fuera porque en 2016 aparecieron, con apenas un mes de diferencia, dos libros suyos más. Y cuando un poeta se empecina los demás quedamos en deuda, pendientes de calibrar sus gestos, averiguar de alguna manera el valor de su tenacidad o el atractivo de su insistencia como aporte. A mi juicio, el inicial y Círculo de diámetro variable, el primero de los dos últimos, comparten características, al menos en cuanto al tratamiento de temas se refiere, formalización de los poemas o lenguaje empleado. Como dos hermanos parecen completar en tiempos distintos de edición un mismo paisaje especular, culminar entre uno y otro un universo que había quedado interrumpido, no totalizado en el primero. O bien que entre los métodos para conseguir una voz lo más propia posible se encuentre la reiteración.

Más que en la selección de los temas tratados creo que la aportación de este poeta reside en la gracia personal, refinada y desmitificadora a un tiempo, que les añade a la hora de atenderlos. Con un toque de desazón y otro de humor –unas veces conjuntados, otras aisladamente— se adentra hasta el esqueleto de la realidad que nos constituye, armas con las que consigue hacernos soportable la imposibilidad de la objetivación, familiares las enemistades más íntimas. Un ejemplo, el poema Cuestión de valía entresacado de su primer libro:

“No sé si has notado, mamá, / que aquí nunca se ven los aviones; / ni siquiera se escuchan. // Se alejaron en bandada / desde antes que decidiéramos / tragarnos el llanto. // Sus prudentes pilotos / no tomaron el riesgo / de volar sobre lo nuestro. // Buscaron otros lugares / donde valiera la pena / desplomarse”.

Pese a la desolación, sustantivo bajo el que podría cobijarse la multitud de disecciones sobre la cotidianidad como asunto central en ambos libros, para este poeta “todo tiene trasfondo y validez, sin poses iconoclastas, más bien con guiños, sonrisas, la imagen exacta de lo vulgar se vuelve trascendente”, como señalara el escritor y crítico costarricense Germán Hernández. O como expusiera, refiriéndose al segundo, el también poeta David Monge Arce:

“Al finalizar cada poema embarga una perplejidad primitiva como la de los antiguos cuando miraban el cielo nocturno, como la nuestra al ver una gota al microscopio”.

Editorial Euned

Entre una y otra nota se pueden intuir los resultados de las estrategias poéticas usadas por Arroyo, qué se propuso y qué consigue. Llama la atención el lenguaje empleado como singularidad sobresaliente, cómo construye el poema derogando la imagen primera, la que lo impulsa y da origen a la escritura misma. Aunque con curiosa frecuencia hace uso de un nosotros en lugar de su yo correspondiente, no es síntoma de un esfuerzo del autor por quedarse fuera de los poemas, no formar parte de ellos, como si quisiera mantener prudente equidistancia entre él y sus lectores, no; más bien pretende repartir el peso de la culpa sospechada, la desgracia presentida, el desencanto en el que se hunden la mayoría de sus versos. Si bien a veces se pierde empleando un lenguaje excesivamente explicativo, otras acierta de pleno redondeando poemas que pocos poetas hubieran salvado. Esta es su lección:

“En el cine / las escenas memorables se logran rara vez (…) // Despedazarse ante nadie / y reconstruirse ante todos / es un arte que no depende del aplauso”.

Uno acaba entonces preguntándose dónde radica la apuesta novedosa de Gustavo Arroyo, qué tanto le debemos reconocer como interesante. La respuesta no es sencilla, pero está a la vuelta de la esquina: entender los posibles defectos a priori como efectos a posteriori de un pretendido lenguaje díscolo pero personal, una muestra del entusiasmo por parte del poeta por presentarse diferente, diferenciado. Igual que en el cine pasa en la poesía:

“No depende del aplauso”.

Cuando dije al principio que la última poesía en Costa Rica esperaba impaciente la incorporación de Gustavo Arroyo, sumarse a su nómina, no se trataba de un asunto baladí. Se esperaba de él algo como lo que sigue:

“PRÉNOMS
Fred, sobre la cuerda exterior de la ironía, baila un tango con el hermano de su novio recién difunto. En aquella ciudad se habla francés, aunque se encuentra lejos de Francia; tan lejos, como si un desierto azul se levantara entre ambos territorios. A veces hablo de Fred, cuando en realidad quiero hablar de mí; a veces hablo de otras ciudades porque estoy hundido en esta, más allá de las rodillas. Creo que el único destino es seguir hundiéndome, hasta que la arena me llene la boca, hasta que tenga que comer aceras y vitrinas. Como en la vieja Buenos Aires, no debe cuestionarse el baile entre hombres: hace casi cien años que la intuición muscular atropelló su presunta indecencia. A veces soy Fred, y no quiero serlo. De hecho siempre lo soy, pero nací para esconderme de ese nombre de cuatro letras, y lo disimulo con seudónimos que encuentro en los libros que me sirven de cama. No estoy en Burdeos ni en Toulouse –quedó claro desde el inicio– y yo, aunque Fred, ahora me llamo igual que Klimt y Mahler. Confieso que esta noche no tengo con quien bailar.”

Este poema pertenece a su tercer libro, Los amores imaginarios, haciéndonos suponer que toda su escritura anterior se trataba de un ensayo encaminado a tramar este:

“Me declaro inocente / de todo aquello que están por acusarme”.

Tiene que ver con los anteriores en cuanto que pertenecen a la misma autoría, pero se distancia en cuanto a logros: lenguaje más taimado, triunfo del yo sin fatuos escapismos, acotamiento temático, un libro mucho más redondo que no anula atinados poemas contenidos en los anteriores. La puesta en juego de la confusión de identidades en este complica lo que en los otros era cuestión de sentarse en un auto, accionar el motor y rodar carretera adelante. Ahora diversas identidades –anónimas unas, más que reconocibles otras— acompañan al autor en el mismo auto, cada quien exigiendo un destino distinto. Al poeta Gustavo Arroyo no le queda más remedio que defender el suyo, salvarlo de los deseos e intereses de los demás, como si hiciera suya aquella máxima de W. Benjamin:

“Eso que son derivas para otros, para mí son los datos que marcan el rumbo”.

La mayúscula sorpresa de Los amores imaginarios yace escondida en su interior: cuidar el lenguaje, atemperarlo, dulcifica las rigideces propias de sus metáforas más queridas. Parece que al fin el poeta ha aprendido a desnudarse en medio del bosque y a deambular mientras caen las tardes, pues, según palabras manifiestas suyas, “los amores imaginarios son, a veces, los únicos reales”. Homoerotismo: amores imaginarios, desamores reales. El dolor que el amor produce no es equiparable al del desamor; este pone fin, acaba con todo, el otro, siendo ideal, apenas vale para temblar una temporada:

“Ante todo y por todo, / miedo de mí, / cansancio de mí”.

El poeta se presenta totalmente integrado en el libro, no se esconde: se hiere a sí mismo a la luz del día, sobre las páginas blancas, y, como consecuencia, consiguiendo que sean sus lectores los siguientes en sangrar. La crucial pregunta pendiente de respuesta, “¿Dónde quedó la inocencia?”, por ser la más honda, se plasma como título de la última parte de las cinco en que aparece dividido el libro:

“CONFESIÓN EXTEMPORÁNEA DE JUAN DE LA CRUZ
La piedra es la sustancia más rígida en la que el movimiento sigue vigente; estoy seguro de ello sin necesidad de haberlo visto, como un bienaventurado particular de la gracia. A mi espacio lo llaman celda, pero la realidad circundante se distancia, con marcado énfasis, de cualquier similitud con una colmena, o al menos con su principio conceptual, que implicaría una democracia en el esfuerzo y la copulación. Propiamente, lo de la copulación me genera cada vez mayores angustias, por la falta de su ejercicio y las tenues razones que ordenan la continencia. De nuevo en mi vida, el ángulo inverso es el único por el que se me permite discurrir la mirada. Entonces, la piedra que me constituye desde niño se erige en desgarbado movimiento, pende arqueada a discreción, se apropia del espacio contiguo, y recupera su talante en el tiempo justo, que es siempre inexacto. Aquí, en esta aterradora celda de esperanza, ciencia y fe valen lo mismo.”

Cuando un poeta escribe, compone un libro ideal pese a las grafías perceptibles que encontramos como manchas en sus páginas. De igual manera, cuando se centra en el tema del desamor es del amor de lo que nos habla. Y cuando lo hace sobre lo imaginario se refiere a los monstruos de la realidad. En la mayoría de manuales especializados en proponer consejos indispensables para conseguir un buen poema –que uno no llega a entender por qué suelen ser diez como los mandamientos– el primero ya nos advierte que para lograrlo hay que tener claro qué quieres transmitir con él. En el caso de Gustavo Arroyo esto parece cumplirse a rajatabla, precisamente por la seguridad que transmiten sus poemas; sin embargo en cada uno de ellos el poeta se pierde adrede para encontrarse de nuevo, no hace uso de manuales con prescripciones. Curioso el resultado: parece desplazarse en un auto y llegar a su destino prefijado en otro, astucia o truco sin constancia ni registro en ninguno de los manuales:

“Por más esfuerzos que he gastado / desde la primera luz de muchos días, / seguís siendo un niño. // Sos el niño del triste poema, / el discurso amañado / y el riesgo inútil”.

Así continuamente, volviendo al principio para encontrarse con él mismo.

La importancia de este poeta costarricense no está en llamarse Gustavo Arroyo por haber sido tan esperado. Lo importante es que con su tercer libro, Los amores imaginarios, cumple con lo prometido: no haber sido esperado en balde.

Etiquetas: Benjamín, Costa Rica, Gustavo Arroyo, juegos, Klimt, Los amores imaginarios, poema

Sobre el autor

Antonio Jiménez Paz

Antonio Jiménez Paz (Islas Canarias, 1961), licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna y Experto Universitario en Planificación y Gestión Cultural. Autor de los poemarios Los ciclos de la piel (Ed. La Palma, 1992); Tratado de ornitología (La Calle de La Costa, 1994)). Diario de la distancia (Huerga & Fierro, 1996) y Casi todo es mío (Baile del Sol, 2008). Ha participado en antologías y prologado libros. Su obra ha aparecido en diferentes revistas literarias y poéticas. También ejerce la crítica y publica reseñas literarias.

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