Revista de Letras

Símbolos y fantasmas

'Cabezas dobles' de Giuseppe (año 1700) | Atalanta

‘Cabezas dobles’ de Giuseppe (año 1700) | Atalanta

Lo que hoy conocemos como lo sobrenatural casi nunca sienta bien en los cánones de lo cotidiano. Tampoco en las consideraciones del actual discurso científico, que en los rigores académicos algunas veces parece tomar una postura ortodoxa ante la punta del iceberg que es el conocimiento de la naturaleza. Y he aquí un problema, pues por definición la ciencia es dinámica e inquisitiva, nunca un edificio incuestionable. El absolutismo es una propiedad de lo religioso, e incluso este puede sujetarse a revisión con el interés y la presión social suficiente. La ortodoxia de pensamiento limita la realidad a un marco desde el que se complica apreciar la imagen completa, o al menos una aproximación a esta, pues es cuestionable que nuestros sentidos e inteligencia puedan entender el Todo. Es la misma rigidez que con frecuencia ignora otras formas tan válidas de ver al mundo, como la literatura, la paradoja, la filosofía y la imaginación. ¿Quién nos dijo que el universo debe tener sentido? Además, todos conocemos al menos una persona que ha pasado por una experiencia, incluso si es mínima, para la que no existe vocabulario con cual el sentido común pueda expresarla. Eso en caso de no ser nosotros mismos los testigos. Entonces podríamos creer que hemos perdido la cabeza.

Para Patrick Harpur, autor de Realidad daimónica, lo sobrenatural es una faceta de la mente, pero no por eso nos habla de esquizofrenia o delirios. Se trata, dice, de imaginación pura, de psiquismo proyectado hacia el mundo. Es un marco en el que engloba a los fantasmas con los monstruos de los lagos, los extraterrestres con las hadas, las bases secretas donde se guardan ovnis con el reino aéreo de Magonia, el inconsciente colectivo de Jung con el anima mundi de los neoplatónicos. Una teoría unificada que ve a lo imaginado como vehículo hacia una región más profunda de la humanidad.

Patrick Harpur | Foto: Atalanta

Patrick Harpur | Foto: Atalanta

Su postura es parecida a las ideas del físico Jaques Valleé, quien a partir de los setentas comenzó a ver en los reportes sobre platillos voladores un fenómeno más relacionado a la consciencia y la percepción en lugar de estructuras físicas hechas de placas contrachapadas. Pero mientras que para el francés lo sobrenatural es una laguna insondable del entendimiento científico, para el irlandés es algo tan natural como la fotosíntesis o el fuego nuclear que alimenta a las estrellas. Lo ajeno a nuestras vidas, dice Harpur, no es que de vez en cuando se nos aparezcan fantasmas, monstruos o duendes, o que percibamos los pensamientos de otras personas a kilómetros de distancia, sino nuestra manera de negar la experiencia al tomar posturas derivadas de una filosofía decimonónica de la naturaleza que, recordemos, es solo la más nueva y dominante en el largo catálogo del pensamiento humano. A muchos nos gusta creer que la Historia es un proceso lineal, con un principio cada vez más sepultado en el pasado remoto y un final, casi siempre próximo, coronado por la idiosincrasia del momento. Pero la Historia auténtica es porosa y multifacética, una que parece terminará solo con la extinción de nuestra especie, pues las ideas y las sociedades siempre cambian y se revisan, para luego retomar ideas descartadas e interpretarlas bajo una luz nueva. Es imposible mantener una doctrina oficial y esperar que se mantenga inquebrantable en los siglos por venir.

En Lo Oculto: Una historia, Colin Wilson, que comenzó escéptico y terminó creyente, ha escrito que:

“La religión, el misticismo y la magia emanan del mismo ‘sentir’ sobre el universo: un sentimiento repentino del entendimiento que algunas veces los hombres captan de forma accidental, de la misma forma como una radio podría sintonizar una estación desconocida”.

Es una forma poética de preguntarnos sobre qué es la conciencia, de dónde viene y qué significa el solo hecho de reflexionar sobre estas cosas. Tal vez habla del mismo lugar en dónde se encuentran la mitología y los sueños, de dónde viene la música y la literatura, siempre espontánea y muchas veces armada y lista para escribirse directo en el papel. La creatividad es tan misteriosa como un círculo feérico en Irlanda o la voz de un muerto a mitad de la noche y para Harpur son uno y lo mismo.

En su reflexión critica a los académicos y expertos que evaden y ridiculizan estos fenómenos milenarios cuando deberían cuestionarse sobre lo que nos dicen de la realidad. También ataca a los crédulos que lo toman todo de una manera textual y están seguros que esa luz extraña que vieron es una nave tripulada por hombrecillos verdes de Alfa Centauro. El problema, escribe, es nuestra manera tan literal de ver el mundo, afianzada por los juicios categóricos. Es esto o es aquello. Es blanco o es negro. Es falso o es verdadero. Tal vez esta forma de pensar sea herencia de la gran dualidad que nos ha gobernado desde que la vida existe en este mundo: el día y la noche. Solo nos queda imaginar cómo sería nuestro razonamiento si la Tierra tuviera más de un sol, como el Solaris de Lem.

Atalanta

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A diferencia de Valleé, que no es ningún desquiciado y ha llegado a conclusiones parecidas por medios más ortodoxos, Harpur no pone demasiado peso en lo que la física o la neurología puedan decir al respecto. Su entrenamiento es literario y filosófico, su conocimiento mitológico y alquímico. En el libro aparecen Yeats, Platón y la corte de las hadas junto con Jung, Blake y un batallón de extraterrestres. No le interesa tanto cuáles son los mecanismos detrás del fenómeno sino lo que éste significa para nosotros, si es que tiene significado. Y tal vez ahí es dónde se encuentra una falla en su texto, pues al descartar cierto rigor científico le resulta sencillo mezclar elementos dispares en su teoría unificadora del Todo Imaginario que bien podrían explicarse por medios no tan exóticos, incluso comunes y corrientes, como el caso de los círculos en las cosechas, los cuales se han demostrado una y otra vez que son sencillos de falsificar. Su tesis también tambalea un poco en el momento en que introduce diagramas y razones matemáticas, no tanto por que no sean buenas herramientas para avanzar sus argumentos, sino porque parecen fuera de lugar en un ensayo de naturaleza más literaria que académica.

De cualquier forma, para él esta realidad daimónica es una textura oculta entre la mente y el mundo, una que interactúa a lo largo de nuestra cultura y tradiciones. Es personal, pero a la vez social y se manifiesta como un poltergeist o una nave de otro mundo cuando se le censura, o como literatura si se le cosecha. Aunque Philip K. Dick la cosechó y su vida estuvo llena de fenómenos tan extraños como en sus novelas. Al menos esto prueba que no se puede tener una teoría infalible cuando se habla de lo inclasificable. La Imaginación, dice Harpur, es poderosa y es un vehículo por medio del cual encontramos un lugar en el espacio y el tiempo, es la productora de las mitologías, novelas y sinfonías que mueven al mundo.

Patrick Harpur publicó su libro a mediados de los noventa, en los años cuando X-Files era un fenómeno cultural y cierta secta ufológica comenzaba a planear un suicidio en masa para recibir al cometa Hale-Bopp, años de monstruos criptozoológicos sueltos entre Estados Unidos y México y de tantas otras anomalías que ocuparon segundo plano con la llegada de un milenio que ha traído terrores para los que aún nos estamos preparados. Pero a pesar de su edad, el texto ha envejecido con gracia. Ediciones Atalanta se ha encargado de traerlo, ya en su segunda edición, y traducido por Isabel Margelí, parte de la colección Imaginatio Vera, en dónde también desfilan Joseph Campbell y William Blake.

No es un libro que agradará demasiado a quienes desean una exposición literal sobre lo que es o no es lo sobrenatural; tampoco a quienes piensan que con nuestros poco más de doscientos años de historia industrial ya hemos encontrado una explicación estandarizada para todo lo que existe fuera y dentro de nosotros. Es un libro que requiere de un lector dispuesto a pensar de una manera esponjosa, al que no le importe demasiado sumergirse en los pantanos de la mente. Pues tal vez, al final del día, el estudio de lo sobrenatural termine por decirnos más sobre nosotros mismos que sobre el Universo entero.

Etiquetas: Filosofía, ovnis, Patrick Harpur, Philip K. Dick, Realidad daimónica, sobrenatural, Solaris, Stanislav Lem

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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