Revista de Letras

Si un árbol cae

Isabel Núñez | Foto: Triangle Postals

Isabel Núñez | Foto: Triangle Postals

También las palabras, como los árboles, parecen hablarnos desde sus raíces más escondidas. Isabel Núñez vivió en la calle Herzegovina de Barcelona cuando tenía 18 años. Poco podía imaginar entonces la escritora que décadas más tarde dedicaría un ensayo a la guerra de los Balcanes, conversando con algunos de los intelectuales más destacados de la zona. Durante una de sus entrevistas, el poeta y crítico literario Marko Vesovic le ofreció, sin saberlo, el título del libro.

– ¿Ve ese árbol? Si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles.

Eso le dijo Vesovic a un periodista. El escritor le narró la anécdota a la autora catalana para que visualizara cómo era la vida de los individuos en Sarajevo durante el asedio.

Si un árbol cae | Alba

‘Si un árbol cae’ | Alba

Isabel Núñez entendió que ya sabía cómo llamar a la investigación que le había llevado años de trabajo. Fue en la presentación de ese libro, Si un árbol cae, donde la conocí. Era la primera tertulia que Biblioteques de Barcelona me había encargado dinamizar, en la Francesca Bonnemaison. Estaba nervioso. Era un tema que no controlaba y no conocía bien a la autora. Pronto esa mujer supo trasmitirme una fuerza y una sensibilidad que aún hoy me conmueven.

Luego intercambiamos correos electrónicos y la invité al plató de La Vanguardia a que leyera un fragmento de una novela inédita. Entonces fue publicada por Ediciones Alfabia en 2013. Tan sólo unos meses antes, en noviembre de 2012, Bel (como le llamaban los amigos) había fallecido a causa de un cáncer.

La historia de Isabel Núñez va asociada, inseparablemente, a la belleza y a la resistencia.  Primero en la lucha contra el franquismo -Teresa era su nombre en la clandestinidad, según recuerda el antropólogo Manuel Delgado-, y luego, mucho después, en una batalla para salvar un árbol centenario que se convirtió en todo un símbolo de una ciudad abocada a la especulación inmobiliaria.

Núñez se enteró que en su calle, Arimón con esquina Berlinès, una constructora estaba derribando una casa antigua. En el jardín había un árbol esplendoroso, rodeado de escombros, que iban a talar con total seguridad. La escritora consiguió movilizar a los vecinos, a expertos e intelectuales, y libró una campaña llena de altibajos hasta que el Ayuntamiento -que incluso se burlaba de ella en los plenos municipales- tuvo que catalogar el azufaifo (ginjoler, en catalán) como una ejemplar único en Europa y dedicarle un espacio, aunque pequeño, para evitar su desaparición.

'La plaza del azufaifo' | Melusina

‘La plaza del azufaifo’

De esa obstinación por no resignarse a los designios del urbanismo descontrolado, la autora fue dando testimonio en su blog Crucigramas. Luego, la historia -que duró prácticamente un año- la recogió en un hermoso libro, editado en 2008 por Melusina, que llamó La plaza del azufaifo.

– Barcelona es ahora un amor irreparable, hundido en la exageración de una escritura que de un pequeño malestar grave creó un azufaifo, un libro, el aire, el viento que esta tarde graba en el árbol los rasgos del abismo y el en abismo los gestos del árbol chino –escribe Enrique Vila-Matas en el prólogo.

Vila-Matas también acude a una cita de Félix de Azúa, quien, en un artículo en el que habla del árbol que sobrevivió a la bomba de Hiroshima, escribe: “Los viejos árboles son las últimas obras maestras que nos quedan a los ciudadanos sepultados por el cemento y torturados por el ruido”.

Hemos vuelto estos días a esa minúscula plaza. El árbol sigue allí, acompañado, ahora sí, de una placa -que sirve de banco- donde se le reconoce como un Ziziphus jujuba, que data aproximadamente de 1857. Comprendemos, con su libro en la mano, que estamos ante una verdadera historia de amor. Mezcla de géneros, entre el dietario y la novela, La plaza del azufaifo no es ni una pataleta ni un grito en forma de pancarta. Crece como un tratado contra la fealdad de los que quieren imponer la lógica del cemento, contra los falsos progresismos que ceden al primer anuncio de beneficio, un relato donde el silencio y la sombra también palpitan.

El filósofo Byung-Chul Han nos recuerda, citando a Heidegger, que lo que hace posible el habitar humano es la combinación de historia, memoria e identidad. Lo que hizo Isabel Núñez es proteger con uñas, dientes y literatura esas tres patas de una ciudad dispuesta a borrar todas sus huellas.

El azufaifo, en 2016 | Foto: Meritxell Gutiérrez

El azufaifo, en 2016 | Foto: Meritxell Gutiérrez

La escritora, siempre indomesticable (llega  a recibir amenazas para que abandone su campaña), demostró que la empresa constructora había obtenido la licencia de obras con falsos informes, y que el consistorio ni siquiera había comprobado la edad ni el origen del árbol. Pero no se quedó ahí. Consciente de que un árbol de esas características necesita estar bien hidratado, combatió, además de su tala, su traslado, que hubiese supuesto su muerte. Y fue más allá. Pidió todo el espacio posible para que las raíces del azufaifo pudieran almacenar el agua imprescindible.

– En el curso de su vida, un árbol centenario, desafiando a la gravedad, ha bebido del suelo a través de sus raíces y hasta su copa unas 2.500 toneladas de agua, para luego evaporarlas.

Son datos ofrecidos por el silvicultor Viktor Schauberger, argumentaciones que Isabel Núñez utiliza en su guerra para convencer a las instituciones. Cada árbol es, así, una columna de agua, una columna que continuamente abastece y recarga la atmósfera.

'Mis postales de Barcelona' | Triangle

‘Mis postales de Barcelona’

El último libro que Isabel Núñez pudo presentar, cuando la enfermedad ya asomaba, fue Mis postales de Barcelona, un recorrido (preciso y precioso) a través de sus paseos por la capital catalana donde vuelve a compartir su pasión por los árboles. Cuando habla de la plaza del Nord, nos dice: “Un pino maravilloso y robusto convive con las femeninas acacias y multiplica el aire, la sombra y los pájaros”. En esas páginas visita uno de sus sitios favoritos, el Umbracle que se encuentra en el parque de la Ciutadella. “Cada uno de nosotros, escritores, sostiene un forcejeo particular con su ciudad: lo que le quitan, lo que le falta, lo que adora, la memoria obsesiva, y también, para mí, la nostalgia de lo que fui”, escribe.

Su amigo Javier Mariscal, en el prólogo de ese libro donde la autora ejerce de flaneur, dice que la Barcelona de Isabel Núñez es una Barcelona todavía inacabada. “Con muchos agujeros por rellenar, solares donde aún quedaban huertas y avenidas que te llevaban al infinito, lejos, al más allá”.

Toda la escritura de Isabel Núñez remite, de alguna u otra forma, a su infancia. Y a las palabras, que siempre permanecen con su misterio encerrado. Ella no sabía al principio que ese árbol viejo e imponente, de corteza negra, se llamaba azufaifo. Y tampoco sabía, a los cinco años, que los frutos rojos que encontraba en Figueres, tras una tapia prohibida, se llamaban azufaifas.

– Aún recuerdo la luz del huerto y el olor y vagamente el sabor de aquella especie de cerezas gigantes –apunta.

Hemos dicho que literatura y vida, que  cultura y naturaleza, no pueden separarse en el caso de Núñez. Ella misma desprendía una suerte de extraña combinación, donde fragilidad y determinación no funcionaban como conceptos antagónicos, sino como ramas de una misma forma de belleza. La belleza de una dríada, ninfa protectora de los árboles.

Sabemos desde Albert Camus que la victoria de la desobediencia es la libertad. Decir no es, muchas veces, decir un más rotundo, con más profundidad. Esa victoria la quisieron compartir muchos amigos el 16 de septiembre de 2007 durante una fiesta donde celebraban que el árbol se quedaba en el que era su único hogar. Por allí pasaron músicos y poetas como, entre muchos otros, Dante Bertini, Enric Casassas, Carles Hac Mor, Lídia Pujol, Lluís María Todó o Alfonso Vilallonga. Isabel Núñez cerraba el acto. Tras su breve intervención, alguien le tuvo que avisar desde el escenario:

– Oye, te están aplaudiendo a ti.

Hoy, en esta mañana silenciosa frente al azufaifo (ahora casi sin hojas), recuerdo que Isabel explicaba que lo primero que vio junto al viejo árbol (cuando bajó al darse cuenta de que el jardín se había convertido en un nido de escombros) fue una destartalada edición de Guerra y paz. Es en ese libro donde Tolstói nos advierte de que los grandes acontecimientos históricos son, en realidad, el resultado de muchos pequeños actos. Actos de indómita y delicada resistencia.

– Te estamos aplaudiendo a ti, Isabel.

El azufaifo, en 2007 | Foto: Isaías Fanlo

El azufaifo, en 2007 | Foto: Isaías Fanlo

Este artículo pertenece a Agua y Cultura, sección patrocinada por la Fundación Aquae.

Etiquetas: agua, árbol, Crucigramas, dríada, Enrique Vila-Matas, Entonces, ginjoler, Guerra y Paz, Isabel Nuñez, Javier Mariscal, La plaza del azufaifo, Mis postales de Barcelona, Si un árbol cae, Ziziphus jujuba

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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