Revista de Letras

Isla Mauricio, notas de viaje

7 septiembre 2018 Portada, Viajes

En el suroeste de la isla un soldado ancestral, en forma de roca basáltica, observa la magnitud del océano Índico. Se trata de Le Morne Brabant, el lugar más enigmático de Mauricio. Al pie de la colina los honeymoons muestran orgullosos sus pulseras, el auténtico pasaporte de los resort que las grandes cadenas hoteleras han levantado para hacernos creer que el paraíso consiste en un buffet libre y en un espectáculo presuntamente folklórico. Pero el mar, rodeado por una fosforescente barrera de coral, muralla de dientes rosáceos, sigue escupiendo viento como en los tiempos antiguos.

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Le Morne está lleno de cuevas más o menos escondidas, pequeñas grutas que los esclavos habilitaron como refugio tras lograr huir de la tiranía y la tortura. Allí sobrevivieron, literalmente sumergidos en la piedra, hasta que, el 1 de febrero de 1835, una expedición de la policía se desplazó hasta la colina para comunicarles que la esclavitud había sido abolida en la isla. Los antiguos esclavos, que pensaban que los agentes venían a encarcelarlos, no entendieron lo que aquellos hombres uniformados les gritaban desde la distancia. Se lanzaron al vacío. Uno a uno. Todavía puede tocarse el peso de ese grito ahogado.

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Uno se detiene frente al acantilado, como si fuera el caminante sobre el mar de nubes de Friedrich, y las palabras se le deshacen como un horizonte resbaladizo y trémulo.

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Esta isla de viento, llena de escollos volcánicos y cañas de azúcar, es difícilmente reseñable. Pocos se han atrevido a describir con acierto su voluptuosidad cetrina y melancólica, sus azules tan analógicos como indómitos. Lo hace Joseph Conrad en el relato Una sonrisa de la Fortuna, después de visitar Mauricio en 1888. Pero el auténtico intérprete de este lugar alejado del mundo es Malcolm de Chazal, un ingeniero autóctono que en 1945, mientras pasea por el jardín botánico de Curepipe, se da cuenta de que una flor le está mirando. A partir de ese momento las sinestesias que observa en la naturaleza van dibujando una cartografía que lo convierten en un escritor difícilmente comparable a ningún otro. André Breton, cuando en 1948 Gallimard publica en Francia Sentido plástico, dice que no ha leído nada tan fuerte desde Lautréamont. El mauriciano no se deja impresionar, y escribe a Sartre y a Gide. Rechaza tanto el existencialismo (“una masturbación que lleva a la atrofia de la inteligencia”) como el surrealismo (“la escuela, por sí misma, es una señal de que la verdad está clausurada”).

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Le Morne visto por Malcolm de Chazal

Malcolm de Chazal publica aforismos en los que se produce una suerte de panteísmo. “No podríamos ver si no fuéramos visto de regreso por las cosas”, afirma. Los objetos tienen voz y voto, como en las greguerías de Gómez de la Serna, y su poética teje una colección de correspondencias que no tienen otra misión que la de comunicarse a través de un lenguaje universal. En 1957 publica su obra más conocida, Sentido mágico, cuando ya es indiscutible que Mauricio se le ha revelado como un continente propio, un universo tal vez hundido en tiempos inmemorables, y que esconde un idioma anterior al adámico. Así, “Todo espejo / es falso / porque repite / aquello / que no ve”, o “Todas las palabras / son trampas / para moscas. / La araña / es la idea”.

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Tanto es así, tan tramposas son las palabras, que Malcolm de Chazal empieza a desconfiar de la escritura. Algunos lo consideran un loco, un excéntrico, que transita por la isla dialogando en primera persona con la belleza diaria. Hasta su muerte, en 1981, se centrará en la pintura, con la que, en realidad, intenta la misma ecuación que con la literatura, ser el “reloj espiritual” de su país, su “taumaturgo”.

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De Le Morne, Malcolm de Chazal destaca los “aleteos pesados de azul que golpean como una puerta sobre el marco del silencio”. Para el poeta, la montaña es literalmente un imán.

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Ilustración de John Tenniel, 1869

Antes de dedicarse casi en exclusiva a la pintura, el autor publicará La historia del dodo, donde habla de un ave endémica de Mauricio que se extinguió a finales del siglo XVII, y sobre la cual, aún hoy, en la isla se explican todo tipo de teorías sobre su desaparición. “El dodo no tenía instinto de conservación. El ingenuo animal se acercó inocentemente a los holandeses. Para divertirse, los visitantes destruyeron a los dodos hasta no dejar uno solo”, anota Malcolm de Chazal. Esa especie de paloma, que olvidó su capacidad de volar, se ha convertido en un símbolo. Nunca antes una ausencia tan remota ha estado tan presente en el imaginario colectivo. De hecho, Lewis Carroll convertirá al dodo en un personaje de Alicia en el país de las maravillas, el único animal capaz de organizar una carrera loca, en la que todo el mundo corre sin dirección y sin posibilidad de ganar o perder la falsa competición.

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En la capital de Mauricio, Port Louis, se oyen voces en el mercado y en el puerto. Es la dramaturgia de la oferta y la demanda que supone más un divertimento que una transacción. Los acentos del inglés, el francés y el criollo (una mezcla de francés e idiomas africanos) construyen una fonética particular que se desintegra entre los tamarindos y las carnes de cerdo y de caballo.

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Foto: Meritxell Gutiérrez

No existe aquí ese relato, a veces tan artificial, de la tolerancia. Los habitantes de Mauricio no tienen que tolerar a sus vecinos porque los diferentes credos forman una misma bandera. Aunque la mitad de la población practica el hinduismo, todos sienten como algo propio el resto de religiones, como el catolicismo, el islamismo o el budismo. Será una mujer joven y negra la que nos muestre, como suyo, el Grand Bassin, un lago sagrado que para los hindús contiene el agua del Ganges. Cuando los turistas dejemos de hacer la foto de rigor a los diferentes templos, que tienen el dios Shiva como protagonista, los macacos bajaran a la orilla para refrescarse. Desde lejos aún podemos ver cómo nos imitan.

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La tierra se vuelve roja de repente en Mauricio. Los bosques se  convierten especialmente frondosos en Plaine Champagne, hasta que las gargantas de Rivière Noire regurgitan todo el agua que las montañas han trasladado a lo largo de sus generosos intestinos. Hay cascadas, perros sin dueño, altísimos ébanos. Y lianas que conectan los árboles centenarios. La ceniza de la lava volcánica ha dejado en Chamarel una auténtica alfombra natural en La Tierra de los Siete Colores.

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Esa parte más edénica, en la que el estruendo del agua nos recuerda el músculo de la isla, es la que ha sabido narrar Jean-Marie Gustave Le Clézio, descendiente de una familia bretona emigrada a Mauricio en el siglo XVIII. El premio Nobel de literatura, que vive parte del año en la isla, ha indagado sobre sus antepasados en libros como El buscador de oro o Viaje a Rodrigues. Es en Revoluciones, sin embargo, donde mejor recoge las cicatrices de una genealogía marcada por el exilio.

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Foto: Meritxell Gutiérrez

Los Marro llegan a Europa después de que la vida en Mauricio se convierta en insostenible económicamente. Jean, quien ya no ha nacido en la isla, intenta recomponer el puzle familiar a partir de lo que le cuenta su tía Catherine. Le Clézio sitúa el epicentro de la historia en Rose Hill, una localidad cercana a la capital. “Él no buscaba recuerdos o ideas. Lo que quería eran sonidos, olores… El canto de los sapos en la noche, obsesivo, incesante, el chirrido de los mosquitos….”, nos dice el narrador. La memoria, para el protagonista, no es una abstracción. “Es una sustancia, una especie de fibra larga que se enrolla alrededor de lo real y lo ata a imágenes lejanas, alarga sus vibraciones, transmite su corriente hasta las ramificaciones nerviosas del cuerpo”. Algo de eso siente el caminante cuando, en medio del bosque, intenta traducir lo que esta isla nunca acaba de desvelarnos del todo.

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Otro de los personajes fundamentales de Revoluciones es Kiambé, una esclava negra que ha podido escapar y se ha unido a los cimarrones que viven en las montañas. La libertad tardará en llegar y, como en  Le Morne Brabant, un ejército de hombres y mujeres, antes cautivos, organizarán la resistencia. Lo que allí ha aprendido Kiambé podrá trasmitírselo mucho después a su nieta Kilwa, quien hereda un collar hecho de hilo negro, madera dura y conchillas amarillas. La joven aún no intuye que los objetos, como descubrió Malcolm de Chazal, tienen un alma insobornable.

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“¿Se puede vivir a la vez en varias épocas?”, se pregunta Jean Marro. Aunque sentir la respiración del viaje cada vez resulta más difícil, existe un sitio en Le Morne Brabant que sortea lo más mediatizado. Alguien ha colocado un banco oxidado en un guijarro, justo en la escarpadura más pronunciada de la colina. Nos sentamos, en silencio, notando el peligro del balanceo. Desde aquí aún se ve el sexo verde de la isla. Entre los matorrales descubrimos un dodo, que intenta, una y otra vez, aprender a volar. Lo hace como si fuera un juego olvidado. Sabe bien que todas las carreras son locas, y que siempre nos conducen al mismo lugar de partida.

Etiquetas: Isla Mauricio, La historia del dodo, Le Clézio, Le Morne Brabant, Malcolm de Chazal

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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