Jenn Díaz | Lumen

Jenn Díaz: «Queremos saber la verdad pero no preguntar»

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Jenn Díaz | Lumen
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Jenn Díaz escribe casi desde siempre y eso se percibe en su narrativa madura, donde los ecos literarios de autoras como Ana María Matute, Natalia Ginzburg o Carson MacCullers no silencian su voz literaria. Con Es un decir Díaz se consolida en tanto que configura con más solidez y profundidad un mundo propio, ya perceptible en sus anteriores obras. La atemporalidad reaparece tras Mujer sin hijo, en esta novela: en un lugar rural, desconocido y en un tiempo ignoto, Díaz construye un relato que gravita entorno al secreto familiar. Los vacíos históricos en la vida de Mariela se convierten en puntos de inflexión a partir de los cuales la adolescente protagonista construye y reconstruye su propia existencia, proyectando desde el pasado un futuro marcado también por la duda. A partir de este punto ciego, da inicio el diálogo con la autora.

Lumen
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Es un decir es locución que llama a la ambigüedad, ¿dónde se sitúa esta ambigüedad en tu relato? ¿Podemos definirlo el relato de una verdad?
Es el relato de la ambigüedad y el secreto, y Mariela usa la coletilla precisamente para salir por la puerta de atrás. Le permite ser irónica, a veces, o destensar lo que acaba de decir, o desdramatizar, pero sobre todo lo que consigue es evadir la verdad, que no la realidad. Si es el relato de una verdad, es de una verdad a medias, en cualquier caso.

Tu novela gravita en torno al secreto. ¿Qué importancia tiene, para ti, lo no dicho en las relaciones humanas?
Tanta importancia como lo dicho. A veces el lenguaje no verbal es mucho más intenso y mucho más sensorial. Difícilmente olvidas un gesto o una expresión de la cara, pero las palabras es más complicado retenerlas.

Sin embargo, en tu novela el secreto implica no solo las palabras. ¿Cómo se construyen las relaciones humanas cuando solo se sabe que existe un secreto pero de qué secreto se trata?
Conocer de qué trata el secreto o ser consciente de que hay un secreto es la misma angustia. Mariela necesita que se la tome en cuenta, y para ser tomada en cuenta necesita conocer todo el mapa familiar. Sabe que mientras le falten algunas partes, no será una más.

Propones el concepto de secreto trasladando la acción a un pueblo, espacio de los comentarios, de las falsas versiones y de las verdades a medias. Sin embargo, la ciudad tampoco está exenta del secreto. ¿Qué te ofrecía el ambiente rural con respecto a la ciudad para dicha exploración?
En la ciudad no puedes guardarle el secreto a nadie porque no hay suficiente intimidad entre los vecinos, los compañeros, la gente con la que te cruzas a diario. Es difícil que en la ciudad alguien pueda revelarte algo de tu familia que no sepas. En cambio en el pueblo no sólo es fácil que ocurra, sino que es habitual.

Georg Simmel afirmaba que el secreto es una forma de control; Mariela está atrapada en el desconocimiento y está atrapada en los vínculos familiares. ¿El desvelamiento se hace imposible? ¿Es una condena a vivir en una eterna duda?
Nadie le resuelve las dudas pero Mariela tampoco pregunta. Si fuera una persona y no un personaje, habría que preguntarle por qué no pregunta y si realmente quiere saber la verdad. Desde luego, para Mariela es una condena vivir en el silencio y no comprenderlo, pero tampoco le sirve de mucho liberarse de la condena si no es ella quien se abre paso a la verdad: la preadolescencia tiene estas cosas. Quieres saber la verdad pero no quieres preguntar. Y después de la adolescencia, igual.

Jenn Díaz | Vicens Giménez
Jenn Díaz | Vicens Giménez

No preguntar es sinónimo de miedo. Basta ver el silencio que todavía muchos quieren imponer a la reciente historia de España y sus víctimas.
Sí, cuando no preguntamos y tenemos la sospecha de algo, es porque la respuesta nos asusta más que la incomodidad de no saber qué ocurre. Si Mariela fuera real le preguntaríamos si es por temor a que la verdad la machaque, o porque de verdad necesita llegar ella misma a las respuestas sin ayuda de nadie.

Al leer el segundo capítulo es imposible no tener presente Cinco horas con Mario. ¿Tenías presente dicha referencia concreta?
Desde luego que sí: Cinco horas con Mario es inspiradora. Cuando escribí la novela tenía presente la obra de Delibes, y cuando la revisé y corregí y recorregí, volví al libro para que recrearme en él. No es casual la cita del principio, es un homenaje.

¿Qué te permite el acrecimiento del secreto, condenando al lector a una mayor ignorancia de los hechos con respecto de los personajes?
Controlar un misterio y no desvelarlo hasta el final, o hasta la tercera parte, es más fácil si hay obviedades entre los interlocutores. Crea una familiaridad en el discurso, pero está vetado para el lector. Pero eso pasa a menudo: en cualquier conversación, siempre hay partes sabidas que un tercero no puede adivinar y que va interpretando a medida que avanza. En Retahílas pasa lo mismo.

Acerca de la posibilidad de adivinar, en cierta medida el final de Es un decir, permanece abierto.
Me gustan los finales abiertos como lectora y como autora, y una vez cierro el final, no me preocupo de qué habría pasado en realidad. No se sabe si hay motivos para que la alejen de su tío, y como es Mariela quien habla, habrá ciertos aspectos que nunca podremos saber. Las versiones es lo que encierran, porque solo tienen una cara. Ni sabemos si lo que dice el pueblo es verdad, ni tampoco si lo que nos dice Mariela está a medias, está vetado por ella misma…

Entonces, Mariela es un narrador del que nos debemos fiar, ¿tú, como su creadora, te fías de ella?
La verdad es que yo no me fío mucho, porque Mariela es lúcida y lista. Cuando debería revelar algo acerca del tío, dice que hay ciertas cosas que una señorita no contaría jamás. Así que ya te puedes hacer una idea de cómo es Mariela, aunque parezca que dice todo lo que se le pasa por la cabeza, a veces también se frena.

Así como en Mujer sin hijo, aquí vuelves a abordar, aunque tangencialmente, el tema de la maternidad y, como anteriormente, rehúyes la sencilla dicotomía entre el deseo de ser madre y el rechazo de ello. ¿Consideras que todavía hoy el tema de la maternidad es tratado simplemente a partir de esa dicotomía?
La maternidad se nutre de la contradicción. Desear ser madre no significa que a veces te sientas desbordada y te plantees cómo sería tu vida si no hubieras tomado la decisión de tener un hijo. Y no desear ser madre no significa que no seas maternal. Hay muchas mujeres que sienten una gran responsabilidad por los niños que las rodean, y son protectoras y pacientes con ellos, y sin embargo no quieren ser madres, aunque todo el mundo crea lo contrario. Esas contradicciones están por debajo, la maternidad superficial se divide en dos, y yo prefiero profundizar un poco más.

¿Estás de acuerdo en que Mariela vive entre el no saber y el recordar?
Mariela vive con lo que puede y con lo que tiene: no sabe y recuerda. Sí, supongo que va creciendo a partir de estos dos puntos y que su personalidad se va desarrollando apoyándose donde puede: lo poco que recuerda, lo que se inventa, lo que intuye, lo que le cuentan pero no sabe si es verdad…

Llevar flores al padre, es lo único que puede recuperar Mariela de un pasado que desconoce.
Llevarle flores al padre es un gesto, una manera de acercarse. Pero también es una excusa para buscarse un refugio. Necesita tener lugares en los que protegerse de todo lo que le pasa. Uno de ellos es el río; el otro, el cementerio.

Es un decir ha sido definida como una obra en la que se recrea “un universo femenino”, sin embargo, dicho universo gira precisamente en torno al elemento masculino, el padre de Mariela. ¿Qué valor das a la ausencia de él como elemento central de la relación entre las tres mujeres protagonistas?
Creo que los hombres son protagonistas como ausencias y que eso no los hace menos importantes. Si quería ser mínimamente fiel a la sociedad de la época y a lo doméstico de entonces, que es en lo que me centro, debía alejar al hombre del centro, porque no estaba. Si además vienen de una guerra, doble ausencia. Mariela y su abuela tienen voz en primera persona y la madre no, pero eso no hace tampoco que la madre no sea tan importante como ellas.

Han comparado tu obra con la de Ana Maria Matute y los ecos de autoras como Natalia Ginzburg y Alice Munro son innegables. Si bien siempre te has declarado gran lectora de estas autoras, ¿buscas un reflejo en su obra o es la Jenn Díaz lectora que, aun involuntariamente, no puede huir de sus lecturas de cabecera?
Es involuntario. Lees, bebes libros, te mezclas con los estilos, los ambientes y los lugares de grandes escritoras, y a partir de ahí coges las riendas. Pero antes de escribir, he leído. Y mientras escribo, leo. Es inevitable contagiarse de lo que se lee, de la misma manera que es imposible no repetir algunas cosas que vives. Incorporas cosas de Ginzburg, McCullers… y también de tu madre, de tu hermana, de la vecina, del señor que está en la cama de al lado en el hospital.

El juego de la ausencia y del secreto, obliga a pensar en el Pedro Páramo. Como ya sucedía en Mujer sin hijo, tiñes el escenario rural de un halo de misterio, entre el secreto y lo mágico.
Soy una fan absoluta de Juan Rulfo y de Pedro Páramo, y mi primera novela era muy parecida, Belfondo, pero jugando al despiste: no se sabía qué personajes estaban vivos y cuáles muertos. Así que no me extraña que esa idea siga zumbando dentro de mí y se vaya colando instintivamente por donde puede.

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura

y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la

UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos

en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El

núvol o Barcelona Review.

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