Revista de Letras

Juan Francisco Ferré: “El papel de la literatura se ha reducido a lo puramente decorativo”

19 noviembre 2010 Entrevistas

Juan Francisco Ferré (Foto: Carmen Velasco)

Conozco personalmente a Juan desde mediados de julio. En aquella ocasión quedamos para tomar unas cervezas en el bar del Hotel AC Málaga Palacio, desde donde puede observarse a vista de pájaro qué es lo que hace la gente cuando no está haciendo nada. Hablamos de Literatura como el equipo de médicos del doctor House ante un paciente desahuciado. Después nos hemos visto más veces. Un día, Juan pergeñó un vídeo para acompañar su charla sobre la serie Mad Men en el Festival Eñe y yo compuse el collage bajo su dirección. Luego me prestó dos libros y le hice esta entrevista para Revista de Letras.

No son pocos los que califican Providence como la obra más importante de la década, y eso que acaba de empezar. ¿A qué crees que se debe esa desconfianza en la calidad de lo aún no gestado?

Al revés, la década termina al fin, las cosas se clarifican y el futuro aparece superpoblado de promesas que será necesario cumplir. A medida que el desierto crece y se expande, el talento se diversifica y la creación reina, aunque parezca mentira. De todos modos, no olvides que PVD fue publicada a finales de 2009…

La literatura siempre me ha parecido un grupo de constelaciones, más o menos alejadas unas de otras, que giran alrededor de una entelequia llamada lector. ¿Te ves como una estrella desgajada de las demás, o formando parte de una galaxia en particular?

Mi escepticismo elemental me lleva a rechazar todo cielo, y, por tanto, toda forma de estrellato. Los griegos concibieron el “catasterismo” como modo de promoción a la inmortalidad del sujeto singular. Según Fernández Porta, he sido el primero en usar el término en el contexto de la sociedad del espectáculo en mi relato “La escuela escuálida”, incluido en Metamorfosis®. No sé si con esto respondo a tu pregunta…

En tu opinión, ¿es tu obra, o forma parte de, un Big Bang literario?

Faltan unos cuantos años-luz para poder saberlo con exactitud, ¿no te parece? Bromas aparte, mi novela se postularía, más bien, como un dispositivo de negación de la entropía, como una estructura disipativa, en el sentido de Prigogine. Un ente creativo ocupado en procesar de nuevo la información, en ingentes cantidades, para seguir extrayendo de ella valores nuevos y tratar de conferirle un nuevo sentido y oponerse así a la inercia del significado impuesta por los diversos poderes y, sobre todo, por el aburrimiento dominante…

En una entrada de un popular blog de un escritor disfrazado de lector obsesionado, hay un comentario realizado por un anónimo que firma con mis iniciales, pero que no soy yo, y que te define como metacultural. ¿Por qué crees que te ven tan de vuelta de la cultura?

Todo lo contrario, mi implicación en la cultura, mi perspectiva metacultural por oposición a la más limitada y agotada de la metaliteratura, pasa por lo que Boris Groys considera lo más relevante del gesto innovador: la redefinición de las jerarquías culturales y la creación de valores nuevos. Esto es lo que yo llamaría metacultural, más allá de la ironía natural del uso de este palabro. Una transversalidad creativa de impronta transgresora, si lo prefieres, que incorpora en sus mecanismos y procedimientos cualquier forma simbólica, prestigiosa o degradada, creada por los humanos. Ya sabes que algunos necios, para justificar su inopia ante mis ficciones, me han reprochado, sin razón, el uso y abuso de la teoría. No hay más teoría en mis novelas que en las de Pérez Reverte o Muñoz Molina, por citar dos ejemplos de reconocidos novelistas teóricos, la diferencia consiste en que yo la parodio, me burlo de su poder, la pongo en escena para ridiculizarla, y ellos no, ellos se conforman con explotarla para sus fines sin cuestionar su influencia, que es enorme. La peor forma de claudicación intelectual en el presente pasa por la reivindicación del artista ingenuo, de la voz lírica y de la estética inocente y hasta naïf. Es una secuela del antintelectualismo dominante y del miedo a la inteligencia activa. Hoy se quiere que los escritores renuncien a la innovación, el riesgo y a la dimensión crítica de la narrativa y contribuyan, contando agradables patrañas, cuentos inanes, a la propaganda del estado de cosas…

¿Tienes algo así como una especie de Banco de Ideas?

Tengo una Reserva Federal de ideas, un Fort Knox repleto de lingotes de metales mentales del que cada tanto extraigo papel moneda para pagar mis caprichos y devaneos sin temor a la bancarrota intelectual ni a la devaluación artística…

ProvidenceHablemos de Providence, tu última obra, ¿cuánto hay de biográfico en ella, cuánto de ficción?

Insisto en lo que dije en otra entrevista. Lo autobiográfico se entremezcla en la novela con lo virtual de tal modo que es imposible para mí, hoy por hoy, saber qué es real y qué no en lo que cuento en ella. A veces tengo la sensación de haberlo vivido todo, otras de haberlo soñado y otras aún de habérselo oído contar a alguien de cuyo nombre no quiero o no puedo acordarme por más que lo intente. En este sentido, es complejo responder a cuánto hay de vivido y cuánto de imaginado en una novela como ésta donde las fantasías de los personajes son determinantes en sus experiencias reales y éstas para serlo con más intensidad adoptan la máscara de la fantasía. En este sentido, no sabría decirte quién ha escrito de verdad esta novela…

¿El fracaso como experiencia catártica de Álex Franco, el protagonista, o la incomprensión en el que sería su medio geográfico natural?

Como en un videojuego, Álex Franco es un muñeco experimental con el que todos los que tenemos relación jugamos, hemos jugado y jugaremos para llevar al límite las posibilidades de la experiencia y la realidad. Cualquier realidad. La literatura que me interesa no arraiga en territorios acotados o fronteras delimitadas. Se instala en la Interzona, como decía Burroughs, una intersección de espacios mentales y reales, imaginarios y vitales, un espacio-tiempo situado más allá de la geografía y la historia. De todos modos, por decirlo con una paradoja, si Franco no se mostrara tan libre no tendría que acabar como acaba. El precio de su libertad extrema lo paga caro, pero, por distintas razones, no todas morales, era necesario llegar hasta ese límite…

¿Existieron los Klingon?

Existen, desde luego, en alguna dimensión de la realidad, aunque ya dudo de que sean habitantes de este mundo. Cumplieron la sucia misión que les habían encargado y se eclipsaron enseguida, abandonando este planeta a su maldita suerte. Según tengo entendido, hay un proyecto en marcha para convertir la casa de los Klingon (no revelaré dónde se encuentra exactamente por no favorecer aún más el negocio turístico de la zona) en un santuario de peregrinación freak tan célebre como los hitos consagrados a Lovecraft en Providence…

Por qué Lovecraft, ¿por aprovechar coincidencias, o como medio de expresión?

La ecuación es simple. El mitógrafo Lovecraft describe el horror como nadie. En esta novela el horror adquiere rostro contemporáneo y era bueno relacionarlo con el pasado de un país y de una cultura (el puritanismo, el capitalismo, etc.). Ahí está Lovecraft otra vez. Y la Providencia, esa deidad que algunos asocian hoy con el mercado, vio alzarse templos en su nombre en estas colinas de la ciudad a la que dio nombre. Providence se transforma en la novela en una “hiperciudad”, una ciudad de ciudades americanas, y de ese modo lo que sucede en sus calles y edificios adquiere una resonancia mucho más vasta. Durante mucho tiempo, se ha creído que la Providencia era una garantía de una narrativa lineal, causal, teleológica, para la vida, para el arte, para la religión, para la política. Ese mesianismo ideológico se deconstruye en este laberinto narrativo jugando con bifurcaciones borgianas, tecnología de última generación y versiones alternativas de la realidad. Lo que habría que preguntar, en suma, como hago indirectamente en la novela, es por qué los sueños de trascendencia de la materia del puritano y el gnóstico están a punto de realizarse gracias a la tecnología más avanzada, eliminando la carne y el cuerpo para acceder a una realidad virtual donde experimentar, como se dice en la novela, “las más altas y refinadas pruebas del espíritu”.

El sexo en Providence, ¿metáfora de una degeneración prevista, o mera constatación estadística y ontológica de una sociedad en particular?

Por afán lúdico, en primer lugar. Creo que el sexo sigue siendo la experiencia más intensa a la que tenemos acceso, al menos mientras sigamos teniendo un cuerpo. Y, en segundo lugar, cómo resistirse a participar de la gran orgía carnavalesca en curso. Una de las más delirantes de la historia, una comedia gozosa en la que las mujeres han recuperado una increíble libertad de acción y los sexos han multiplicado su número y su existencia con el fin de acoplarse más y mejor. Sólo un puritano o un mojigato, especies que en un país como el nuestro yo creía en vías de extinción, podría objetar a esa dimensión carnal y festiva de la novela. Por otra parte, el porno nuestro de cada día es otro componente cultural que no merece desdeñarse sino explorarse y explotarse a fondo. Ya sabes que lo concibo como una suerte de auto sacramental de nuestro tiempo. Por desgracia, la literatura española parece encerrada de nuevo en el castillo de la pureza que nuestros ancestros construyeron con ladrillos de represión católica y tristeza castizas. En una novela china del dieciséis como Jing Ping Mei o en La lozana andaluza, por no hablar de Sade, el sexo era todo menos gratuito. Esa es la herencia que reivindico, como Apollinaire, para soliviantar a los curas y a las monjas de la literatura…

En el sentido político, hay anarquía en la novela. ¿Destruir para construir de nuevo sobre las ruinas, o, de nuevo, metáfora reflejo de una destrucción in progress que no queremos reconocer?

Todo lo contrario. Hay orden. Y método. Y disciplina. Un caos disciplinado por la voluntad de observación y descripción del mundo contemporáneo. La destrucción forma parte del sistema capitalista, es uno de sus instrumentos más eficaces para expandir su influencia. Esta lección aprendida de Ballard o DeLillo me he permitido aplicarla, a través de mi novela, en el corazón del corazón del sistema, para mostrar cómo funciona, con qué fines, quién hay detrás, quién está al mando, en suma, del gigantesco aparato, pero también para desmontar todas las ilusiones que el Mago de Oz de los medios nos suministra a diario como dosis alucinógena con que encubrir sus insuficiencias y bajezas. A una versión prefabricada de la realidad sólo se puede contestar desde la ficción extremando los procedimientos de ésta, conduciéndolos al límite, exacerbando los artificios y simulacros que forman esa realidad inducida, y quizá con ello se consiga tocar lo real, o quizá no. No es lo más importante por ahora…

Ahora, tres en una: que España va mal, cultural y prosaicamente hablando, ya lo sabemos. ¿Hay esperanza literaria? ¿Crees que este declive tiene remedio? ¿Está la solución en emigrar?

No estamos en el siglo XVII y nuestra decadencia no es, por tanto, la de una potencia imperial, sino la de un viejo país en crisis asociado a un viejo continente como el europeo cuyos valores, por desgracia, han entrado también en una crisis profunda, quizá irreversible. La literatura, si tuviera la oportunidad de decir lo que ve sin disimularlo tras una pantalla de buenas intenciones, podría vivir aún un período de gran esplendor. El problema es que como casi todas las artes en el mundo actual su papel se ha reducido a lo puramente decorativo. Se le pide a la novela, género de consumo privilegiado, que satisfaga las más bajas necesidades de entretenimiento y estímulo espiritual de ínfimo nivel y así es imposible para el novelista contar lo que de verdad está pasando a su alrededor. Uno de mis proyectos inmediatos es una novela ambientada entre los políticos europeos en Bruselas, las vidas privadas de los amos que toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos, imagínate los problemas futuros para publicarla…

Dicen que en la base de la crisis económica hay una crisis de valores, de ideas. ¿No será que el establishment no quiere reconocer, porque no son de su agrado, que esas otras ideas ya existen?

En efecto. Hay un deseo de que todo permanezca anestesiado, con productos culturales anodinos administrados a la población por todos los medios para preservar una versión convencional y no trastornar su visión de las cosas, con opiniones dominantes y discursos mayoritarios tendentes al adormecimiento general. Más vale que todo el mundo asocie la cultura con el bostezo o el sopor antes que con la lucidez y la resistencia. Menos mal que hay otros medios, Internet ha cambiado muchas cosas, pero aún así el control se extiende también ahí, con esa legión de lectores mediocres que expanden el ideario más convencional a través de foros y blogs. Hay mucho en juego, nadie quiere perder influencia y, sobre todo, poder y dinero, es casi lo mismo. El juego está planteado de tal modo perverso que incluso cuando crees jugar en contra estás favoreciendo sus intereses y necesidades…

¿Para cuándo, si alguna vez, el guión de una película?

El cine, al menos el español, está en manos de gente que cuando lea Providence le entrarán fiebres elevadas y alergias álgidas y sarpullidos por todo el cuerpo y no sólo en la entrepierna. No puede ser de otro modo. Aunque soy un devorador de cine, creo haber escrito la novela que desmonta de manera subversiva los mitos y las creencias que sostienen una determinada visión del cine, que es, no lo olvidemos, una determinada visión de la realidad y una determinada concepción de la cultura humana…

¿Y otro libro?

Estoy escribiendo, con intensa excitación, una nueva novela, pero me dejo seducir al mismo tiempo por otras, como me pasa en la vida a menudo, no sé decir que no a las tentaciones. Me temo que, como ya pasó con Providence, al final todas pasarán a formar parte de la misma novela. Es mi manera de afirmar lo múltiple a través de la individualidad. No obstante, permíteme que no te dé el título, la última vez, con Providence, cuando lo hice público, alguien de cuyo nombre prefiero no acordarme se lo apropió para un artículo y ni siquiera me lo agradeció. Así es la vida…

¿Conoces al sucesor de Herralde? ¿Son sustituibles este tipo de figuras, sobre todo en España?

Jorge me parece insustituible y, al mismo tiempo, irrepetible. De todos modos, la cultura está cambiando tanto que no somos capaces de imaginar con precisión qué tipo de figuras desempeñaran qué tipo de papeles en el futuro, ni siquiera cuáles serán éstos…

Como canon de orientación en este mundo hipersaturado por la mediocridad, ¿podrías darnos un puñado de títulos salvíficos?

Me limitaré a enumerarte, en plan lista del maestro Rabelais, escritor que me acompaña desde siempre en todas mis aventuras, el menú de libros que tengo en este momento encima de mi escritorio para leer o releer: Laura Warholic, or, The Sexual Intellectual, La carte et le territoire, Punto omega, Suites imperiales, The Novel: an alternative history, Contraluz, Cine artístico, Living in the End Times, Eros, Las tres eras de la imagen, Un adúltero americano, Blood rites of the bourgeoisie, La cultura-mundo, Jin Ping Mei, Les putes, Los libertinos barrocos, El sueño del celta, At Swim-Two-Birds, My Mother Was a Computer, El error, American Psycho, Puro humo, Post-Cinematic Affect

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Boris Groys, Don DeLillo, Eloy Fernández Porta, Guillaume Apollinaire, Howard Phillips Lovecraft, Ilya Prigogine, J. G. Ballard, Jorge Herralde, Juan Francisco Ferré, Marqués de Sade, Providence, William S. Burroughs

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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