Revista de Letras

Juan Trejo: “La realidad es una cuestión de consenso”

29 diciembre 2014 Entrevistas, Portada
Juan Trejo y Daniel López | Foto Carolina Cebrino

Juan Trejo y Daniel López | Foto: Carolina Cebrino

El número de publicaciones o la mayor presencia en los catálogos de novedades editoriales no deberían ser indicativo de la dedicación al universo de lo literario. Juan Trejo, con tan solo dos novelas publicadas –El fin de la guerra fría (Belacqua, 2008) y La máquina del porvenir (Tusquets, 2014), es una evidencia de ese prejuicio y un ejemplo de una vida dedicada al oficio literario: crítico y traductor, codirector de la revista Quimera durante el periodo 2006-2009, miembro del consejo de redacción de la ya desaparecida Lateral, y profesor de literatura en enseñanzas medias y en talleres de escritura creativa. La máquina del porvenir se alzó con el décimo Premio Tusquets de novela y será el eje sobre el que gire esta entrevista que tuvo lugar en Sevilla, en el café La Mercería, el mismo día en el que, a dos cuadras de donde nos encontramos, había fallecido la Duquesa de Alba. Quizá ese dato no les parezca relevante, pero si el sentido de un relato se construye por adición, como plantea Trejo, considero que podría importarles.

Tusquets Editores

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La máquina del porvenir me ha parecido una novela compleja, y no por la dificultad de su lectura, sino por la forma en la que está compuesta. ¿Cómo ha sido su proceso de creación y cuánto tiempo te ha tomado?
La novela empieza al poco de acabar la publicación de la anterior, El fin de la guerra fría (Belacqua), que fue en el 2008, y aunque el propio proceso de redacción empezó como un año o año y pico después, el tiempo total que me ha tomado ha sido de unos cuatro años. La máquina del porvenir ha tenido tres versiones diferentes, y digamos que el núcleo siempre ha sido el mismo, pero ciertas circunstancias exteriores cambiaban mucho. Ha sido un proceso largo, sobre todo hasta quitar todo lo que sobraba a esa historia y encontrar la voz, y saber por dónde tenía que ir o hasta dónde tenía que ir. Más o menos los personajes, sino todos los principales, Óscar, su padre y su abuelo, sí que más o menos estaban claros, pero la manera de tratar sus tramas ha sido diferente en cada una de las versiones. En total, tres versiones a lo largo de cuatro años. Esto, normalmente, suele sonar como a tres o cuatro años escribiendo todos los días como una especie de Salinger, y eso no es así cuando uno tiene dos hijos y una hipoteca por lo que tiene que estar multiempleado. Pero sí ha sido una novela que me ha tomado bastante tiempo y ha habido muchos procesos de cambio. Incluso en la última versión, la que ya iba a entregar a la editorial, sufrió una modificación importante. El manuscrito lo acabé en septiembre de 2013, y la novela tal y como está ahora la entregué en abril de 2014, y con ese margen que tuve intenté pulir todo lo que sobraba, que espero que haya sido para bien.

Aludiendo de nuevo a su estructura, intuyo que el trabajo de ensamblaje de las diferentes partes (hasta cuatro tramas argumentales que responden a cuatro personajes en tiempos y lugares distintos) ha debido de ser bastante laborioso.
Más bien ha sido laborioso el mantener el equilibrio durante tanto tiempo. De hecho, hay un momento en la novela en el que el propio personaje se pregunta si va a poder mantener toda la historia sin que la fuerza centrífuga disperse la potencia de cada uno de los relatos, de si se entenderá como una cosa unitaria. Ese es el peligro cuando llevas tiempo trabajando en algo, cuando además lo que pretendes contar no es una historia estrictamente lineal, sino algo que sumando sus partes tiene que dar algo más que el todo, por decirlo de alguna forma. He llegado a tener temor de que las historias por sí mismas fueran tan fuertes, o tuvieran un poder de gravedad superior al de la historia central, que desequilibraran el conjunto del relato. Quiero creer que no ha sido así, pero ha requerido de músculo.

El motor argumental es la reconstrucción del sentido de la historia del personaje de Óscar. Para ello, realiza una indagación en la historia familiar por la que descubre que otros miembros de su familia compartieron una obsesión parecida. ¿Hacia dónde se dirige la búsqueda de estos personajes?
Digamos que en principio son tres búsquedas diferentes, lo que pasa es que al final, cuando se recorre el arco narrativo, son mucho más similares, o están motivadas por algo más parecido de lo que puede parecer en un principio. Óscar busca un sustrato familiar sobre el que construir o reconstruir una identidad. El padre busca un camino en el que brillar o tener éxito. Y el abuelo va buscando la esencia de su padre a través de la construcción de una máquina misteriosa. Sin embargo los tres hablan de un anhelo y una necesidad que es común, que se podría traducir por el anhelo de trascendencia o de un sentido profundo, si una expresión de este tipo no queda muy cursi. Los tres están en una línea mucho más común de lo que puede parecer en un principio. Cada uno de ellos, vistos en su tiempo y en sus lugares y con sus diferentes aventuras, da la impresión de que no tiene nada que ver, pero sí. Sin duda, el que está contando la historia es Óscar, y como además hasta cierto punto uno no sabe si lo que se narra ha pasado o no ha pasado, es inevitable que este personaje acabe arrimando el ascua a su sardina, planteando un sentido que unifique al resto.

Esa obsesión común se materializa en el relato con La máquina del porvenir. Aun siendo un elemento material, cobra un valor simbólico: los personajes en su búsqueda acaban posesos por la construcción de algo que parece imposible. ¿Qué función acomete este elemento en la historia?
A mí siempre me han gustado las historias en las que lo simbólico, el relato que nunca se ve, de repente adquiere una materialización. Por ejemplo Tiburón, donde el tiburón no es simplemente un mamífero que puede matar, sino que se convierte en la materialización de los miedos de la gente. En este caso es verdad que los tres personajes intentan traer al mundo de lo tangible algo que no lo es, y encuentran esta vía o esta excusa para hacerlo construir, esta máquina que parece prometer algo que es lo que ellos quieren, que cada uno lo enfoca a su manera. En ese sentido, es cierto que es un símbolo que se hace material. Al final de la novela se entiende hasta qué punto esa máquina es real o no, es un símbolo o es pura y simplemente una construcción mental. Pero sí que permite a tres de los personajes tener un objetivo tangible en la vida para conseguir algo intangible. Viene a ser la excusa que otros buscamos en otras cosas para conseguir un sentido o una satisfacción, o para encontrar y experimentar la trascendencia.

Cada uno de esos personajes podría identificarse con tradiciones que han tenido su expresión en la literatura: la historia de Ricardo podrá asociarse al realismo mágico, la de Jorge a los libros de autoayuda y la de Víctor con la ciencia y la filosofía. ¿Qué sentido aportan estas visiones a tu relato?
Tiene mucho que ver con lo que hablábamos antes. La manera de satisfacer el anhelo, de dar sentido a su realidad, que es consustancial al ser humano por mucho que se tape o se quiera ver de otra manera. Uno intenta llevarlo a cabo por los caminos que tiene mano o por los que cree que son convenientes, y hay diferentes formas de afrontarlo. En este caso, hay una serie de personajes que hablan de diferentes caminos. La visión de Víctor está influenciada por Emerson, y crea un discurso casi filosófico por el que trata las cosas desde esa óptica. O por Tesla por el que busca una visión científica, aunque éste fuera un personaje bastante esotérico que creía recibir mensajes del cosmos a través de sus antenas. Luego está Jorge, el padre de Víctor, que escribe libros de autoayuda y que, además, ha vivido una serie de búsquedas espirituales repleta de personajes variopintos, Vilo en particular, y que de algún modo también representa alguna enseñanza positiva. El problema del libro de autoayuda no es la recomendación -que puede ser comer verduras por ejemplo- sino el mecanismo: no hace falta irte a vivir a una comuna para hacerlo. Pero en su conjunto demuestran que hay muchos vendedores de crecepelo, que se aprovechan precisamente de ese anhelo legítimo del ser humano por encontrar una respuesta, y que a veces no son del todo honestos. Aparecen en el libro porque son diferentes vías de acceder a ese fin. El más confuso de todos ellos es Óscar porque al final cree estar buscando otra cosa, y que al final parece ser el único que encuentra la respuesta a lo que todos los demás buscan.

De hecho, la empresa de Óscar se identifica con la construcción de un relato autobiográfico a través de la indagación familiar, tradición que precisamente parece gozar de un buen momento literario. ¿Cómo interpretas este tipo de relatos en relación a tu libro?
La de Óscar es una autobiografía voluntariamente falsa. Es una autobiografía que opta por la ficción. He leído muchos libros de la literatura del Yo, que es como también se le suele llamar, que me gustan y he disfrutado. Pero creo que se está llegando a un punto en que parece una plaga, en el sentido de que es un contraproducente desprestigio del poder de la ficción. Por lo que aboga La máquina del porvenir es por la verdad de la ficción, el punto de verdad que existe en contar una historia ficticia, incluso para uno mismo. Damos por supuesto que los recuerdos de uno son reales, cuando no hay nada más falso, están igualmente editados y son parciales porque son una historia, los contamos como un cuento. De algún modo esta novela es una reivindicación de la ficción, del arte de narrar, porque me parece tan válido un yo autobiográfico como un yo ficcional. Pero el hecho de solo apostar por el yo, o con lo que yo sólo puedo contrastar, me parece tirar piedras sobre el tejado de ese poder que termina por reducirse a un ámbito muy limitado.

En relación a lo que comentas, considero que esta novela se distancia de otros narradores españoles con los que compartes generación, donde lo autobiográfico juega un papel importante. Algunos han planteado la vuelta a este tipo de literatura como una necesidad frente al colapso de lo comunitario o el cansancio frente a lo imaginado o la fabulación. ¿Cuál es tu posición frente a estos planteamientos?
Para mí no hay mejor biografía o autobiografía que El quijote. Considero que en el mero hecho de escribir, como en el de hablar, el de vestirte o el de quedarte en casa, algo de ti, sin duda, estás diciendo. Y si eliges una palabra u otra también estás expresando. Para mí no hay nada más autobiográfico que el lenguaje. Y me parece bien y lícito que haya autores que tiendan hacia esa forma de contar, pero lo que no puedo entender es que sea un acto de fe o una condición sine qua non, que la literatura de hoy tiene que utilizar el yo por falta de credibilidad del resto de opciones. Yo pienso todo lo contrario. Creo que es el momento de fiarse de la ficción porque es a través de la ficción como nos construimos a través de un conjunto de historias. Hay un texto muy interesante de Jorge Volpi, Leer la mente: el cerebro y el arte de la ficción, que muestra cómo el cerebro neurológicamente funciona exactamente igual frente a una historia de ficción que frente a un supuesto caso real. Lo que es real y no o es termina siendo una convención, pero la escritura y la palabra entrañan verdad, que es lo que me interesa, pero no la realidad.

Juan Trejo | Foto: Carolina Cebrino

Juan Trejo | Foto: Carolina Cebrino

¿Y dónde te sitúas como narrador dentro del panorama de la literatura española actual?
Pues conmigo mismo, no lo sé. Tengo muchos amigos escritores, la mayoría de ellos más jóvenes que yo, y somos buenos amigos. En mi trayectoria como codirector de Quimera apoyé a una serie de personas con las que sigo manteniendo relación. Nunca me he sentido integrante de ningún tipo de comunidad. Me gustaría estar entre los que escriben bien [Se ríe]. Con eso me conformaba. Sin duda, tengo muy buena relación con gente que se dedica a la experimentación narrativa, y que admiro y comparto su trabajo. Pero también admiro a otros que apuestan menos por esa experimentación digamos voluntaria, y a la que también admiro y respeto. Sí es cierto que cada uno desde su estilo suele compartir anhelos y voluntades, pero desde mis gustos personales soy bastante respetuoso y heterogéneo. Yo también quise ser James Joyce a mis dieciséis años, y hoy me conformaría con parecerme a John Irving, por el poder de la historia. Soy incapaz de escribir una historia lineal, y lo he intentado y lo seguiré intentando, pero me cuesta horrores. Mis preocupaciones cuando escribo tienen que ver con la lengua y la estructura, pero sobre todo con la legibilidad. Pretendo que una novela sea asequible en una primera lectura por cualquiera, que la pueda leer cualquier persona. Entiendo que ese debe de ser un acto de generosidad fundamental por parte del escritor, que no pida más al lector, sino que ofrezca, que el que busque algo lo pueda encontrar, que el que solo busque pasar el rato también. A ser posible además que salga con la sensación de que se encuentre un poco mejor o es un poco más inteligente que es algo que siempre va bien.

Y además, entretenerse que es otra cuestión fundamental.
Por supuesto que sí. Ahora, con las series de televisión, vemos Los Soprano o The Wire, y puedes pensar que eres un tío muy sesudo y que estás buscando múltiples interpretaciones a unos hechos, pero también te lo estás pasando bien con esa historia. Y es fundamental porque es el camino para que luego, quien quiera, pueda ver una interpretación sociológica del alma humana, o lo que sea. Pero sólo con tener esa primera lectura de la serie ya se justifica por sí misma. Eso es lo que yo entiendo por legibilidad en el sentido de accesibilidad.

Teniendo en cuenta esa aspiración, cabría prever al lector sobre la inutilidad de buscar jerarquías de sentido en una novela como ésta, que funciona como un palimpsesto que conserva huellas de textos a diferentes niveles.
Has utilizado el término palimpsesto, y me parece bien. Lo que yo quería era que ciertas capas de posibles significados superpuestos dieran como resultado un significado superior que no necesitara de explicación. Mi obsesión, y ahí yo ya no puedo presumir porque no va más allá del plano de mi propia obsesión, es que la lectura se convierta en una experiencia, no simplemente una lectura, sino que el hecho de leer entrañe dicha experiencia. De hecho, en la novela se explica: el personaje de Óscar viene a decir que el relato de A más B ya no funciona, sino que se trata de unir diferentes capas que aporten un sentido, y no una explicación. Eso es lo que yo he pretendido. Hay un punto en el que se muestran dos historias, que aluden a lo mismo, pero como si se tratara de universos paralelos. De algún modo, lo que yo leería de eso es que la realidad o la veracidad de los hechos acaba siendo una cuestión de consenso, que el sentido se construye por adición, más que por extracción. Lo que hace el personaje de Óscar no es solo reconstruir el discurso de su familia, sino también escribir el suyo propio. Lo que termina concluyendo Óscar es que si no puede contarse su propia vida es que no está vivo, porque al final lo que tenemos de nosotros mismos es un discurso al que le damos validez.

De hecho, el lector puede identificarse con el personaje de Óscar que podría funcionar como un personaje cero, que trata de construir ese discurso del que hablas partiendo de un vacío, a partir de diferentes relatos de otros personajes que atraviesan diferentes épocas y lugares.
Sí. Lo primero que yo vi en esta novela fue la relación que tiene Óscar con el personaje de Víctor. De algún modo, Óscar encuentra en Víctor una figura paterna con la que puede tratar directamente. Al mismo tiempo, es una figura paterna muy sospechosa respecto a su propia integridad mental. Lo que dices de personaje cero, de vacío, es interesante porque sí que se le puede llenar con otras cosas, y, de algún modo, Óscar es el que articula el discurso sobre la narración y permite dar ciertas claves de descifrado de la historia. Víctor por un lado va ser el guía, el Virgilio de Óscar, el que le va a llevar a dar un último paso en esa búsqueda. La relación entre estos dos personajes, y es cierto que finalmente tiene una función que no pensé al principio, acaba siendo estructural porque el personaje de Víctor está vehiculando otras cosas, está vehiculando la relación familiar, un elemento que ha estado presente en el centro de toda la novela, que se ha impregnado de cosas, que han facilitado la expresión de ese vacío, rellenar esos huecos que presenta Óscar y que puede ayudar tanto a la cohesión de ese personaje como al discurso del lector en su experiencia lectora.

Al final de la novela, se expresa un fracaso que al mismo tiempo revela una certeza: la necesidad de contar quienes somos que, a pesar de no saberlo con exactitud, se muestra como esencia del ser humano con un carácter universal. ¿Se podría entender de esta forma?
Por supuesto que sí. Antes te comentaba que la máquina es como la materialización de un símbolo, y es la expresión también de un anhelo de hacer tangible lo que no lo es. En ese sentido, podemos decir que hay una parte de fracaso. No obstante, tiene sus matices porque hay momentos supuestamente de éxito. Pero ese fracaso es lo que lleva a Óscar a descubrir el único éxito posible en esa relación con lo intangible precisamente, y es que, a lo mejor, lo único que tenemos, nada más y nada menos, es el hecho de contar para dar vida y para hacer vivir. Me gustaría que la novela fuera una experiencia, como te decía, y de algún modo lo que está haciendo Óscar es descubriendo que lo que queda es vivir y que vivimos a través del lenguaje. Y por eso tenemos que contarnos, y por eso contarnos es verdad y es válido, y en ese sentido es esperanzador.

Desde luego una novela pesimista no es. Más bien tiene un carácter existencialista por las inquietudes por las que transitan los personajes. Pero el hecho de que en el fracaso se encuentre una enseñanza, ya es algo bastante positivo.
Sí, desde luego. Lo que dices me recuerda un poco a aquello de Ciorán de que en una palabra se esconde un universo, que eso es lo único que tenemos, pero ese único ya es algo inconmensurable. Por eso suelo decir que esta novela es una celebración del hecho de contar, y que realmente es un canto a eso, y a la imaginación como camino de conocimiento. No imaginación como fantasía, sino como el puente que tendemos entre nuestro mundo interior y el exterior. Y como tiende a confundirse, tiende a denostarse, pero es precisamente la imaginación la que nos hace adaptar una cosa a la otra, y que no estemos todos esquizofrénicos.

Etiquetas: Duquesa de Alba, El fin de la guerra fría, El Quijote, Jorge Volpi, Juan Trejo, La máquina del porvenir, Los Soprano, Tesla, The Wire, Tusquets

Sobre el autor

Daniel López

Daniel López García (Sevilla, 1980) es periodista y escritor. Licenciado en Comunicación Audiovisual y Máster en Literatura General y Comparada por la Universidad de Sevilla, actualmente, trabaja en su proyecto de tesis en estudios comparados de literatura dentro del programa de Literatura Española y Teoría de la Literatura también de la Universidad de Sevilla. Su proyecto está centrado en el estudio comparado de la literatura dramática de mitad del siglo XX en EEUU y el teatro español actual. Ha participado en varios congresos internacionales de literatura como ponente y ejerce la crítica literaria en diversos medios. Es miembro del colectivo de escritores Cinco en breve.

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