Revista de Letras

Kafka es literatura

Franz Kafka (foto: Sigismund Jacobi/D.P.)

Franz Kafka (foto: Sigismund Jacobi/D.P.)

Para acercarnos a la enorme figura literaria y humana de Franz Kafka (Praga, 3 de julio de 1883 — Kierling, 3 de junio de 1924) consideramos perentorio explicar primero que Kafka, durante toda su etapa adulta, libró una batalla interior entre la pulsión arrebatadora de la escritura y la obligación de pertenecer a la sociedad, a la vida. “No soy más que literatura”, llegó a confesarle a Felice Bauer, la mujer con quien estuvo dos veces prometido y con quien dos veces rompió ese compromiso de matrimonio, precisamente por aquella ligazón tan íntima con la literatura, incompatible para Kafka con cualquier otra pasión. La literatura le alejaba de la vida y la vida le alejaba de la literatura. En estas tormentosas aguas estuvo navegando siempre el escritor nacido en Praga. Con el naufragio como constante peligro. Y sin permitirse arribar a ninguna de las dos orillas, literatura o vida, escritor o ciudadano, porque sabía que poner el pie en una de ellas equivalía a renunciar a tomar tierra en la otra. En otras palabras, la salvación en un extremo suponía la muerte en el otro. Pudiera pensarse que Kafka no supo generar su doble, o su sombra, para así haber podido habitar también en el otro lado. Pero, en realidad, sí lo hizo, sí generó esa dualidad literaria con su álter ego, K., pero no para vivir otra vida, sino la misma, más intensamente, más interiormente. Kafka reordenaba con las palabras sus experiencias para analizarlas y buscarse a sí mismo con intensidad.

También es importante, al hablar de esta batalla interna de Kafka, resaltar la figura paterna, Hermann Kafka, incrustada a fuego en la conciencia del escritor. El padre es, por supuesto, parte de lo que hemos llamado, con anterioridad, “la vida”. Un pilar que le recordaba con constancia todas esas obligaciones que como hombre de su tiempo Kafka debía cumplir. Las tareas que sus semejantes llevaban a término sin dificultad, para Kafka eran inalcanzables, y no por falta de capacidad, o voluntad, sino todo lo contrario.

Kafka, por tanto, vivió siempre en tensión y fue esa tensión y su maravilloso talento para la narración lo que confirieron autenticidad a sus imágenes por muy inconcebibles que fuesen, característica que salta a la luz cuando esas imágenes son analizadas tomando distancia. Cosa realmente difícil, por otra parte, puesto que no nos deja tomar distancia. Nos mantiene agarrados, a los lectores, en el pulso de su narración y, así, somos capaces de llegar por medio de sus frases a regiones pobladas de personajes estrafalarios, en pueblos fantasmales, atrayentes cantinas, infectas dependencias, tribunales decadentes, oficinas delirantes, etc., que el escritor construyó a base de constancia, decepciones, dudas y sueños.

Ilustración: D. P.

Ilustración: D. P.

En sus libros, Kafka nos hace conocer aquello que le atosigaba, nos explica el porqué no conseguía alcanzar sus objetivos, cuáles eran las trabas con las que una y otra vez se topaba. Es decir, lo inexpugnable de las obligaciones en cuanto se las mira de frente. En sus obras, sentimos la presencia de un círculo vicioso, permanente frontera en la que giraban sus obsesiones. Y, sin embargo, ese círculo vicioso que podría ser fuente de repetición y hastío, lo transformó en un mundo en que las formas y los personajes, a pesar de estar definidos con gran precisión, muy visualmente, carecen de consistencia y, en consecuencia, los cambios que acontecen en sus páginas son aceptados con naturalidad, como la única norma clara de un espacio y un tiempo sin normas claras, lleno de órdenes, y contraórdenes, y malentendidos. La vida es un juego extraño donde todos menos él parecen saberse las reglas, donde todos menos él parecen moverse con aplomo hacia algún lugar. Por supuesto, era consciente de que no existía tal lugar, que los demás se lo inventaban, y que se lo creían después. Y ese conocimiento provocaba que el escritor no se conformase con aquel juego, con la falacia que permitía a sus congéneres adquirir afán y ganas de prosperar. Kafka buscaba algo mucho más firme, algo real. Kafka buscaba su propia imagen, para destruirla después. No le bastaba su reflejo. Se buscaba a sí mismo, en su interior; en sus libros nos hace partícipes de sus avances y de sus fracasos (generalmente mucho más abundantes) en este camino de autoconocimiento que chocaba una y otra vez con los muros de fortalezas demasiado protegidas.

Cualquier obra de Kafka, sin excepción, posee interés. Animo, por tanto, al lector a acercarse a ellas: América, El proceso, el conjunto de relatos bajo el título de Contemplación, La metamorfosis, los cuentos fantásticos recogidos en Un médico rural, El castillo, La construcción de la muralla china, Carta al padre… La mayoría de ellos fueron publicados tras la muerte de Kafka por su amigo Max Brod, desoyendo los deseos expresados en su testamento por Franz (el escritor decidió antes de morir que lo mejor era destruir todas sus páginas).

P89281A.jpgNo obstante la recomendación global y total sobre su producción, nos centraremos brevemente en una de sus novelas, El proceso, ya que en esta obra se puede apreciar con claridad una característica de sus narraciones que, a nuestro juicio, pasa demasiado desapercibida. Se trata del hecho de que Kafka, en muchos casos, escribe con lenguaje simbólico, relatándonos situaciones que son, por separado, concretas y reales, pero que tomadas en su totalidad no nos puede por menos que llevar a pensar que estamos tratando con algo imposible y, por tanto, irreal. Son de gran ayuda, para comprender esta interpretación de El proceso, las ideas vertidas por Erich Fromm en El lenguaje olvidado:

La novela, para ser entendida, debe ser leída como si se escuchara el relato de un sueño, un sueño largo y complicado en el que los hechos externos que se desarrollan en el tiempo y en el espacio, son representaciones de los pensamientos y sentimientos internos del soñante, en este caso el protagonista de la novela, K.”.

Es algo similar a lo que ocurre en las películas de David Lynch, donde nada es lo que parece a primera vista, donde la lógica y la razón pierden peso a favor de las sensaciones y las intuiciones.

El proceso comienza como sigue:

Alguien debe haber estado contando mentiras sobre Joseph K., porque sin haber hecho nada malo un buen día lo detuvieron”.

Dos frases de una subyugante fuerza que nos revelan la esencia de esta obra, el desarrollo de una causa contra K. que se asemeja a una pesadilla, pues es asfixiante e incoherente. En realidad, nunca se llegan a saber los cargos contra K., quien tampoco comparece ante el juez. A K. se le detiene, sin embargo continúa con su rutinaria vida. Todo es simbólico y nada es real porque tratamos con, y en, la mente de Kafka. Pero no diré más, tan solo animo a que se acerquen a este libro, o a cualquier otro de los escritos por él, y traten de atisbar más hacia adentro que hacia afuera.

En definitiva, que no les pase como a K., quien finalizando El proceso se decía arrepentido:

¿Tendrá que decir de mí la gente, después de que me vaya, que al comienzo del proceso quería que terminara y que al final quería que comenzara de nuevo?”.

Estanislao M. Orozco (@g77en)
http://www.estanislaomorozco.blogspot.com.es

 

Etiquetas: El proceso, Felice Bauer, Franz Kafka, Hermann Kafka, La metamorfosis, Max Brod

Sobre el autor

Estanislao M. Orozco

Estanislao M. Orozco (Málaga, 1977) es Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos por la UGR y posee un Máster en Gestión del Patrimonio Literario y Lingüístico Español. Actualmente prepara el doctorado en Literatura en la UMA. Es colaborador de la revista Manual de Uso Cultural que se edita en Málaga y de la revista Rocinante, de Quito (Ecuador). Ha publicado relatos en las revistas digitales Cinosargo, Pliego Suelto y Palabras Diversas.

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