Revista de Letras

De cómo tratar con las personas

No cabe ninguna duda de que el siglo XVIII es la edad de oro de la filosofía, tornada literatura más por la forma que por el fondo, moralista. Recogiendo los frutos de la Ilustración y sin perder de vista el Humanismo renacentista, aunque depurado del elemento religioso y apoyado en los nuevos hallazgos científicos -la “filosofía”, en esa época, todavía poseía intención de abarcar la totalidad del conocimiento humano, de ahí que la ciencia se convirtiera en uno de sus aliados más fieles-, un nutrido grupo de escritores franceses generó una nueva filosofía moral -se les denomina, precisamente, “moralistas”-, algunos explotando la potencia del aforismo, otros mediante auténticos tratados, cuya influencia ha llegado incólume hasta nuestros días. A estos autores franceses se les añadieron, poco tiempo después, algunos escritores centroeuropeos entre los que destaca Adolph Freiherr Knigge, perteneciente a una familia aristocrática, masón y miembro fundador de los Iluminati de Baviera, autor de este De cómo tratar con las personas (Über den Umgang mit Menchen, 1788), un texto que logra compatibilizar las contribuciones a la filosofía moral de los clásicos griegos y latinos con la filosofía práctica para la vida de Montaigne.

Knigge toma como punto de partida el hecho de que la diferente procedencia geográfica o de educación, aún en un mismo país, o de clase social, puede generar una diversidad de costumbres que pueden llegar a ser contradictorias -y que se experimentan cuando se viaja a un lugar distante del propio, por ejemplo-; así que dedica su libro a contemplar toda la casuística, recomendando un trato diferenciado en cada caso, pero siempre bajo el principio que denomina esprit de conduite.

“El esprit de conduite: el arte de comportarse con la gente, un arte que a menudo el tonto, sin estudiarlo, lo capta antes que el juicioso, el sabio o el ingenioso; es el arte de hacerse notar, de hacerse valer y respetar, sin ser envidiado; de acomodarse a los varios temperamentos, opiniones y pasiones de los hombres, sin caer en la falsedad; de adaptarse fácilmente al tono de cada sociedad sin perder las peculiaridades del propio carácter ni rebajarse a una vil adulación.”

A continuación, un completo resumen, comentado -que no debe sustituir la lectura de este extraordinario libro-, de las instrucciones de Knigge para ser, en definitiva, una buena persona.

Sobre el trato con los demás. La moderación es la regla principal que debe regir nuestras relaciones con los demás, sin hacer caso de las apariencias, ni de las propias ni de las ajenas; es necesario ser tolerante con las opiniones ajenas y nuestra conducta debe ser discreta para que nuestros hechos y nuestras opiniones lleguen solamente a aquellos que afecta o interesa.

Sobre el trato con uno mismo. La denominada “regla de oro” de todas las religiones debe tomarse en consideración en un sentido diferente: nuestro trato con los demás debe ser tan irreprochable que deberíamos tratarnos a nosotros mismos igual que los tratamos a ellos.

Sobre el trato según el temperamento. Knigge parte de la clasificación hipocrática de los cuatro temperamentos, colérico, flemático, sanguíneo y melancólico, para plantear que debe adaptarse el trato con los demás en función de su carácter; la carga de la adecuación recae siempre sobre el propio individuo: cuando, a pesar de nuestra tolerancia, el trato entre en conflicto, debe rehuirse siempre la confrontación. Knigge efectúa una distinción primordial entre las personas con defectos y las que hacen de estos defectos un principio vital; partidario siempre de la moderación, aconseja tolerancia y comprensión en el trato con los primeros, pero también recomienda evitar a los segundos, a los que considera irrecuperables.

Arpa

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Sobre el trato con personas de distinta edad. El trato con personas de la misma edad refuerza las convicciones y homogeneiza el temperamento; por esa razón, siempre pueden sacarse ventajas del trato con personas de edades diferentes: la juventud puede aprovechar de los mayores su experiencia, y éstos el empuje de aquéllos.

Sobre el trato entre parientes. El parentesco condiciona el trato de forma que los criterios que se aplican en el trato en general no son de aplicación en este caso, aunque tampoco se puede favorecer a nuestros parientes tan desinteresadamente si de ello resulta que se acaba actuando injustamente con el resto de las personas.

Sobre el trato entre cónyuges. La convivencia y la costumbre rigen y distinguen el trato entre cónyuges, y la existencia de un vínculo permanente ofrece matices a ese trato. En este ámbito, el cumplimiento de los deberes propios y la observación de las normas deben ser más estrictos que en el resto de casos. Este estado modifica también el trato que sostenemos con otras personas, pues una efusión excesiva podría provocar indeseables conflictos con el cónyuge. Sin embargo, ninguno de ambos cónyuges debe aprovecharse de su condición para obtener una situación ventajosa: cada cual debe ejercer su rol sin invadir las atribuciones del otro; naturalmente -para Knigge-, la desigualdad es imprescindible.

Sobre el trato entre enamorados. Las reglas de trato generales tampoco pueden aplicarse en este caso, pues los enamorados “son poco aptos para la vida social”; hay que huir de ellos en toda ocasión y dejarlos en su mundo.

Sobre el trato con las mujeres. (Knigge, previsor, y eso que la crítica feminista todavía no existía, comienza el capítulo con pies de plomo). El trato con mujeres virtuosas y honestas es imprescindible para completar la educación de cualquier varón, pues es la mejor forma de adquirir peculiaridades del carácter femenino que son imprescindibles tanto para el trato social como para el propio enriquecimiento moral; en todo caso, y con carácter general, todo irá bien si ellas se mantienen en su lugar y los varones respetan esa distinción cuidadosamente.

Sobre el trato entre amigos. Las amistades más duraderas son aquellas que tienen sus origen en la juventud y se entablan entre individuos con circunstancias similares. La naturaleza del vínculo, voluntario y desinteresado, hace que el trato deba ser regido por la lealtad y la complicidad.

Sobre el trato entre señores y sirvientes. Aceptada sin más la circunstancia de la desigualdad, no se debe corregir con el trato la posición social de cada cual: la proporcionalidad en la relación es la opción más deseable: ni complicidad con los sirvientes ni despotismo.

Sobre el trato con los vecinos. Los vecinos son la fuente de trato más próxima después de los familiares, y las buenas relaciones con ellos son fundamentales en una vida ordenada; nunca debe darse lugar a malentendidos ni a enemistades.

Sobre el trato entre anfitrión y huésped. La hospitalidad es un requerimiento humanitario al que no se puede dar la espalda y que debe regirse por “la prudencia mundana y el conocimiento humano”: procurar que nuestro huésped se encuentre como en casa.

Sobre el comportamiento con personas en situaciones especiales. La honradez y el amor a la verdad, antes que la condescendencia, son las actitudes válidas cuando nos relacionamos con personas en situaciones especiales; en todo caso, la regla a seguir es la proporcionalidad y no aprovecharse de la situación en beneficio propio ni esperar nada a cambio.

Sobre el comportamiento con gente en situaciones especiales. (La distinción entre “personas” en el capítulo anterior y “gente” en este, es literal). La confianza en uno mismo es la estrategia óptima contra los enemigos. Contra la maledicencia, lo mejor es el enfrentamiento público; si hay que tomar partido en una discusión, hacerlo por quien tiene la razón de su parte y mantenerse fiel a él hasta el final. Tampoco en este caso debemos aprovecharnos de la debilidad ajena y sí, en cambio, guiarnos por criterios racionales.

Sobre el comportamiento en distintas ocasiones de la vida. Circunstancias inusuales requerirán comportamientos excepcionales: en los viajes, presencia y frialdad de ánimo son imprescindibles.

Sobre el trato con los grandes de la tierra. El trato con los grandes debe tener en cuenta su especial educación y su aislamiento de la sociedad desde su infancia. En todo caso, ese trato es función de si se depende de ellos o se es libre; en el primer caso, hay que retenerse pero sin caer en la adulación, ante todo, precaución, mostrar sumisión pero sin comprometer la propia dignidad; en el segundo, mantener el respeto que se debe guardar a cualquier persona merecedora de consideración.

Sobre el trato con personas humildes. Afabilidad y cortesía, nunca condescendencia: cuanto mayor sea el grado de privilegio de que presuma el poderoso, mayor será el grado de vejación que sentirá el humilde.

Sobre el trato con cortesanos. Knigge muestra verdadera ojeriza contra los cortesanos, a los que parece relegar al último escalón de la civilización como la clase más abyecta e indeseable. La adaptación para tratar con estas personas, cuando son poderosas y el trato con ellas imprescindible, debe limitarse a lo justo y procurar que no se convierta en una influencia perjudicial para nuestro carácter; es en ese círculo donde la moda dicta su sentencia con mayor influencia.

Sobre el trato con eclesiásticos. El respeto que muestra Knigge hacia las ideas religiosas no alcanza de ningún modo a los profesionales de las creencias; el trato con ellos debe ser tomando todas las precauciones, sin confiarles ningún asunto de importancia, e impidiendo que cojan confianza con esposas e hijas.

Sobre el trato con académicos y artistas. Tampoco los supuestos académicos se libran de las invectivas de Knigge: hay que tomar más precauciones para criticar sus producciones que hacerlo a su persona, su vanidad es inagotable.

Sobre el trato con personas de diversas profesiones en la vida civil. Knigge cierra la sistematización, aunque seguirá unas cuantas páginas más con varios bonus track, poniendo en el punto de mira algunas profesiones “civiles” que requieren, sea por su importancia social, sea por su relevancia intrínseca -incluso por pura utilidad- un trato especial: médicos, juristas, militares, comerciantes, libreros y editores, profesores particulares, artesanos, judíos (!) y campesinos.

Sobre el trato con personas de toda índole. No parece tanto un asunto de consideración personal como el resultado de la observación de la frecuencia en el trato el hecho de que Knigge deje para el final ocupaciones pintorescas cuya relación con la mayoría de individuos es muy esporádica o prácticamente inexistente: los aventureros, a quienes respeta consideradamente; los jugadores, a los que desprecia y con respecto a cuya adicción se muestra muy previsor; y los “embajadores místicos”, del trato con los cuales aconseja huir.

Sobre las sociedades secretas y el trato con miembro de las mismas. Knigge concluye la relación del trato con los seres humanos con un grupo que conocía a la perfección. A pesar de su adscripción a uno de ellos, advierte de su peligrosidad e inutilidad y de su degeneración paulatina, aunque su origen haya sido prometedor, ya que todas terminan generando espíritu de secta.

Sobre el modo de tratar a los animales. Considerado por el propio autor como una digresión, las ideas de Knigge en este apartado serían aceptadas, con algunos reparos, por los modernos “animalistas”, pues se basa en el respeto hacia los seres inferiores, aunque -aquí, el reparo-, defiende la dieta carnívora.

Sobre la relación entre autor y lector. Finalmente, barriendo para casa, Knigge defiende el papel del escritor honesto atacando a aquellos que quieren gustar a todo el mundo, y reniega de las reseñas amañadas. En cuanto al lector, aconseja no desacreditar de forma ligera el libro ni deducir de éste aspectos personales del autor, y guiarse para la elección de lecturas antes de opiniones que sepa autorizadas que de reseñas interesadas.

Etiquetas: De cómo tratar a las personas, Filosofía, Freiherr Knigge, Humanismo, Montaigne

Sobre el autor

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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