Revista de Letras

La cara oculta de la luna

La ciudad oscura | Foto: MarcosGPunto

La ciudad oscura | Foto: MarcosGPunto

Viajo desde Sevilla a Madrid para pasar unos días ocupado entre asuntos de trabajo y personales, que deliberadamente hago coincidir con la presencia en el teatro María Guerrero de la última obra de Antonio Rojano La ciudad oscura, producida por el Centro Dramático Nacional.

Mi relación con el dramaturgo comenzó hace tiempo cuando, cursando mi postgrado en estudios comparados de literatura, me hallaba en busca de autor como los personajes de Pirandello. En mi caso, para que sostuviera un proyecto que más tarde se debía convertir en mi tesina. En aquellos años vivía una obsesión, la provocada por la lectura de los escritores de teatro estadounidenses de la segunda mitad de siglo XX: Arthur Miller, Tennessee Williams, Edward Albee, Sam Shepard o David Mamet, entre otros. Había descubierto lo que consideré en aquel momento como una de las cimas de la literatura occidental del siglo XX. Aquella literatura se convirtió en una especie de vórtice con capacidad de absorber al resto.

Creo recordar que entonces casi ninguno de mis compañeros entendió muy bien el por qué de aquella obsesión por el teatro, pudiendo dedicar el ejercicio del comparatismo literario a otros géneros mucho más agradecidos con la palabra y el libro como la narrativa o la poesía, a los que se dedicaron tanto aquel máster casi al completo como el resto de trabajos de investigación que se desarrollaron. Tampoco corrí mejor fortuna en la búsqueda de director para aquella empresa, y los profesores me recordaban que posiblemente no había acertado mi elección y que siempre podría orientar mis estudios hacia los vecinos en ciencias del espectáculo vivo. Pero yo tenía claro que quería estudiar literatura, y me encontré con el teatro, y que aquel sería el lugar desde donde proyectarlo.

Antonio Rojano | Foto cedida por el autor

Antonio Rojano | Foto cedida por el autor

Como les relato, en esta deriva me encontraba cuando afortunadamente conocí a Antonio Rojano en los depósitos de una biblioteca. Buscaba a un autor español que me permitiera comparar aquella obsesión norteamericana con la dramaturgia española, víctima entonces de un prejuicio de novatos en los estudios comparados: una mirada sesgada por la angustia de la influencia. Guiado por ésta, cayó en mis manos el texto de Rojano Sueños de arena (2005) –escrito durante su estancia en la Fundación Antonio Gala y Premio Nacional Calderón de la Barca. Aquel libro marcó un camino. Por un lado, apuntaba claramente hacia el universo de lo norteamericano; pero por otro, concebía una escena afectada por algunas de las innovaciones técnicas y planteamientos propios del pensamiento posmoderno. Fui un hombre con suerte, había encontrado el punto de inflexión entre la tradición y el impulso de renovación, el necesario puente entre dos sensibilidades.

Finalmente, realicé mi tesina y comparé una selección de la obra de Arthur Miller con otra de Antonio Rojano, con esa posmodernidad como contexto de fondo. Luego, asistí a algunos congresos internacionales donde expuse parte de aquel trabajo, mientras que en otros comenzaba a investigar sus nuevas obras, sobre todo hablaba de Fair Play. De alguna forma, me gusta pensar que el inicio de mis labores en crítica literaria comenzó de la mano de este escritor junto a otros, pero especialmente con él, creo que reconocerlo es lo justo, lo adecuado.

Y de esta forma, llego al mencionado teatro y me dispongo esta vez a ver La ciudad oscura, última obra en escena de mi autor. Desde su inicio, la obra me sobrecoge. Reconozco que el texto propone explorar dimensiones de la dramaturgia que quizá no están poco frecuentadas, pero que desde luego no son cómodas. ¿Qué razón tiene hacer esto? Antonio Rojano es un escritor que desde el primer minuto hace que el lector y el espectador se sientan interrogados. Y aquí es donde encontré una conexión clara con Miller que vuelvo a confirmar, y que quizá no sea más que la cuestión de mayor tradición en la historia del gran teatro: la consideración de la escena como lugar para los debates más intensos del ser humano, un espacio para interrogarse sobre los personajes que termina interrogándonos a nosotros mismos. Pero a ello Rojano imprime su marca personal, y realiza un ejercicio literario colmado de estrategias discursivas propias de la literatura posmoderna: la deriva hacia lo fragmentario, la superposición de diferentes diégesis, la convivencia de elementos de ficción y no ficción, entre otras. En este punto, considero que La ciudad oscura y su puesta en escena son deudoras del teatro de Sanzol, y de esa manera de enhebrar desde lo dramático un tipo de estrategias que, siendo más común en otras disciplinas, a través del ejercicio de la literatura revelan al teatro como el cauce de expresión idóneo para la complejidad, acaso por la parquedad y potencia de sus recursos: el cuerpo de los actores, la escena y el encuentro con el público.

Cartel de 'La ciudad oscura' | Isidro Ferrer

Cartel de ‘La ciudad oscura’ | Isidro Ferrer

En La ciudad oscura he creído identificar todas las obsesiones literarias de Antonio Rojano: la construcción del poder en nuestras sociedades, el sentido de la verdad en nuestra realidad, la percepción de un mundo a la deriva, la desavenencia en la que vive la juventud, la fragilidad de las relaciones emocionales, el conflicto entre lo ético y lo político, etc. Me llama la atención, y me sorprende muy gratamente, cómo este autor maneja esa diversidad de temas combinando a su vez diferentes tramas, en lo que acaba siendo un juego de matrioshkas por el que un conflicto cubre a otro que se haya a un nivel más profundo. En este sentido, en esta obra la trama de la resolución de un caso policiaco revela otra que pone en cuestión el sentido de la Historia como simulacro y la construcción de la realidad por convenciones. Y ésta a su vez desvelará una nueva que desemboca en una visión de nuestras relaciones emocionales como el mayor de todos los simulacros –llegados a este punto, el personaje de la inspectora Vega conecta con el Montero del Hamelin de Juan Mayorga, emparentando ambas obras en este juego de muñecas.

De esta forma, cuando Antonio Rojano se dirige a la realidad, su mirada se expande, empeñado en abarcar lo que no tiene límites. Como si tratara de abarcar la luna, su teatro es una apuesta más interesada por la parte oscura y nunca a nuestra vista que por la otra que cada día vemos iluminada. Y quizá, por esa conciencia de que para llegar a ella se ha de explorar concienzudamente la parte que vemos, se puede tener la sensación de una falta de contención en su mirada, de una necesidad de no dejar nada atrás, que puede tener como resultado una densidad semántica que desborda la mirada del espectador. En cualquier caso, tengan por seguro que La ciudad oscura es una muestra del mejor teatro, de la mejor literatura, y que muy pronto Antonio Rojano conseguirá hacer transparente la cara vista de la luna, y observaremos de una sola vez las dos sobre la escena.

Etiquetas: Antonio Rojano, Arthur Miller, La noche oscura, teatro, Tennessee Williams

Sobre el autor

Daniel López

Daniel López García (Sevilla, 1980) es periodista y escritor. Licenciado en Comunicación Audiovisual y Máster en Literatura General y Comparada por la Universidad de Sevilla, actualmente, trabaja en su proyecto de tesis en estudios comparados de literatura dentro del programa de Literatura Española y Teoría de la Literatura también de la Universidad de Sevilla. Su proyecto está centrado en el estudio comparado de la literatura dramática de mitad del siglo XX en EEUU y el teatro español actual. Ha participado en varios congresos internacionales de literatura como ponente y ejerce la crítica literaria en diversos medios. Es miembro del colectivo de escritores Cinco en breve.

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2 Comentarios

  1. Espectadora 30 marzo 2015 at 10:42

    Muy buena crítica. El único problema es que nada de lo que cuentas se ve en la obra. Ni por asomo, vaya. Un saludo.

  2. Manuel 30 marzo 2015 at 10:56

    Buena crítica, sí. Yo más bien veo que no entra a describir la obra, sino que la trata desde su sentido general, pero que sí guarda relación con lo que pasa en escena. ¡Saludos!

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