Revista de Letras

La extranjera deseable, por José Luis Amores

Todo el mundo sabe que en enero de este año la obra de James Joyce pasó a ser de dominio público. Libros tan burros, por geniales, como Ulises, Dublineses o el Retrato de un artista adolescente —no menciono Finnegans Wake adrede— ya los puede editar cualquiera que no tenga dinero (o sí) pero disponga de tiempo, paciencia y un profundo conocimiento del idioma inglés y quiera sacarse unos euros. Mi Ulises me costó casi mil duros y fue de las mejores inversiones que he hecho en mi vida. Los otros dos fueron más baratos, pero ¿y si pudieran venderse por uno o dos euros?

Tronco de secuoya en el Museo de Historia Natural de Londres (foto: Drow male/wikimedia)

Estas o parecidas son las cuentas que se hacen muchos a toda velocidad en esta época de revival continuo —recordemos al Baudrillard de La ilusión del fin—. Mientras que la novedad desaforada nos atosiga con su tinta aún fresca, cada día cobra más fuerza un movimiento que podría ser calificado como retro e incluso vintage, y aun como mera paleografía, pero que tiene mucho más que ver con la eliminación de barreras económicas —y culturales— a cargo del tiempo. Analizar la sección literaria de una librería de nuestra época es como mirar el corte de la secuoya expuesto en el Museo de Historia Natural de Londres: ahí parece estar todo, desde los inicios hasta el ¿fin?

Pero haciendo algo de investigación uno se da cuenta de que aún hay más (es decir, oportunidades). Un amigo que se dedica a la literatura infantil y juvenil me comentó que, también este enero, se liberaron las obras de Hugh Walpole, entre ellas Jeremy, trilogía de novelas que en su día (1919-1927) tuvo un éxito arrollador en el Reino Unido. En español se le han editado a Sir Walpole algo más de diez libros de entre los cuarenta y pico que escribió, y la mayoría de ellos están descatalogados. Los herederos del trabajo de Sherwood Anderson, de cuyo Winesburg, Ohio ya dije algo aquí, también han dejado de cobrar royalties. A quienes les gustó ese libro de cuentos que era una novela —y por la que Acantilado recibió el Premi Llibreter en 2009— seguramente disfrutarían leyendo Poor White o Pobre blanco, editado en español hace décadas y hoy descatalogado (si alguien se atreviera se marcaría un detalle titulándolo Blanco pobre, tanto por purismo como por las connotaciones de actualidad). Y si es por estrellas literarias, tenemos a Virginia Woolf, editada y reeditada antes de que fuera gratis y es de suponer que leída (al menos aquí hay un fan suyo) pero también susceptible del ejercicio de la variación goldpress sin tener que pagar ya ni una libra.

Esto sólo en 2012 y mentando a los más obvios. En 2011 se “abrieron” autores tan interesantes como Isaac Babel, Walter Benjamin, Mikhail Bulgakov y F. Scott Fitzgerald. Y si nos metemos un poco más a fondo en nuestro corte radial, el de la secuoya, encontramos un auténtico festival de vetas de historia en el que hay que seleccionar con cuidado. Una “pareja” de ejemplos: Ford Madox Ford, que escribió las inolvidables El buen soldado y El final del desfile, y tres novelas con el brutal Joseph Conrad, todas editadas en español, todavía tiene un buen puñado de libros inéditos en nuestro idioma. Ford, además de escritor y editor de The English Review, tuvo tratos con Violet Hunt, figura literaria con una historia y relaciones interesantes y aunque su novela más famosa es White rose of weary leaf también escribió junto con Ford The desirable alien at home in Germany, libro bastante deseable. No hay nada de ella en nuestro idioma.

Si de lo que se trata es de economizar en materia de adelantos (léase la nota al pie número 20 del capítulo 9 [p. 95], “Prefacio del autor”, de El rey pálido, de David Foster Wallace, para comprender gran parte de la reticencia editorial a “importar” literatura extranjera o alienígena), no hay más que seguir explorando con paciencia. Para ello también sirven de ayuda los libros enciclopédicos cuya materia es la literatura en sí misma. Recientemente hablé del tratado de Steven Moore, que en sus páginas esconde tesoros al alcance de la mano. También hay libros más clásicos que podrían despertar conexiones olvidadas, espacios dejados de la mano del editor. Uno podría ser el Oxford Companion to English Literature, volumen de casi 1.200 páginas que incluye no sólo lo English sino (casi) todo lo legible desde el año 1.000 hasta 1.999, un guarismo realmente sugestivo. Editoriales prestigiosas han hecho de este tipo de actualizaciones un verdadero arte. Por nombrar, algo aleatoriamente, un solo caso: la edición por Cátedra, en 2010, del seminal Cultura y anarquía, de Matthew Arnold, cuya entrada en el Oxford dice así:

Colección de ensayos de Matthew Arnold publicados en 1869 … El primer capítulo está dedicado a su definición de la cultura “agradable y ligera”, frase de La batalla de los libros, de [Jonathan] Swift [recordemos, el autor de Los viajes de Gulliver; en La batalla no hace sino poner verdes las discusiones literarias que enfrentaban a los clásicos con los contemporáneos; Swift se decantaba por los primeros]. Arnold presenta la cultura como el ideal clásico de perfección humana, en lugar de “un puñado de griegos y latinos” …

Razonable o imperdonablemente incompleto (su análisis cronológico acaba en 1999 pero no trata muchos de los héroes del siglo XX, quizá porque, al decir de Bloom, ahí comenzó la chaotic age), el Oxford Tocho es otra bola de cristal condensada a muy buen precio (a mí me costó un poco más, pero poco, en el establecimiento de un librero despistado).

Pero la gratuita no es la única vía para conformar un catálogo con el suficiente empaque. Fuera de aquí —entendido ese aquí desde una perspectiva radicalmente distinta a la del paréntesis de más arriba— hay literatura a patadas con tales montañas de recomendaciones y el suficiente aparato crítico positivo como para excitar a los editores más exigentes y, de paso, alterar durante unos años los nervios de los devotos más acérrimos de Chauvin. Leyendo las páginas culturales de los grandes periódicos (p. e. The Guardian, The New York Times) cabe enterarse de por dónde van/irán los gustos mainstream, que ya sabemos lo poco literarios que son y lo caros que cotizan los autores elogiados en sus páginas; aunque también cabría fijarse en los vilipendiados: acordémonos del caso Gaddis, quien, por cierto, aparece como megaestrella en el Oxford:

GADDIS, William (1922-1998), novelista norteamericano, nacido en Nueva York y educado en Harvard, donde editó durante algún tiempo la Harvard Lampoon. Sus cuatro novelas, tres de ellas de amplitud épica y todas publicadas a intervalos extremadamente largos, le procuraron un lugar único en la literatura contemporánea mundial: un autor de sátiras inolvidable imbuido de una severidad moral casi victoriana combinada con una refrescante técnica experimental digna de un auténtico modernista. El héroe de su desmesurada ópera prima, Los reconocimientos (1955), es Wyatt Gwyon, quien abandona el seminario para convertirse en falsificador de los maestros antiguos. El libro ofrece una disquisición altamente compleja sobre los valores espirituales verdaderos y los falsos, pero al menos está escrito en prosa convencional. En J R (1975) Gaddis abandonó este estilo y en su lugar contó la historia de un agente de bolsa de 11 años de edad mediante diálogos fragmentados, superpuestos y a menudo incoherentes. Tanto J R como Gótico carpintero (1985), de menor extensión, constituyen retratos sombríos, desalentadores pero ácidamente divertidos, de una sociedad enloquecida por la codicia material y la vacuidad espiritual. La más alegre Su pasatiempo favorito (1994), una sátira sobre la obsesión norteamericana por los pleitos, es quizás el mejor punto de partida para explorar al más felizmente desalentador de los escritores modernos.

(Entre el párrafo precedente y el link que incluye, considérese resuelta mi reseña de Gótico Carpintero —lo que me sugiere que para reseñar todas las resurrecciones a que asistimos y asistiremos, no sería mala idea echar mano de un vademécum así para no inventar la rueda o “aligerar carga de trabajo”…).

Mucho más modesto, tanto en extensión y alcance subjetivo como en finalidad, es Book Lust, la canónica lista para lectores, elaborada por la archifamosa bibliotecaria Nancy Pearl, en la que hace poco más que lanzar referencias sin añadir demasiado de su propia cosecha. Sus 300 páginas (en la edición de 2003) son más una guía portátil para apuntar títulos y después ampliar la información.

Las opciones más arriesgadas se encuentran en publicaciones menos masivas, las quaterly de toda la vida, los Believer, algunos blogs concurridos tipo HTMLGiant, e incluso hartándose a escudriñarlos será fácil que varias editoriales acaben tomando nota del mismo producto a la vez. No dije toda la verdad cuando dije que no leía blogs. En realidad estoy suscrito a una cantidad indecente de ellos, aunque la mayoría son británicos, norteamericanos y uno de Europa Central. (Veo ahí abajo las palabras que llevo —escribo en Word, hacerlo en el editor de blogger me parece una mortificación absurda— y compruebo lo difícil que será que alguien haya llegado hasta aquí). A más población, mayores posibilidades de encontrar cosas de calidad. (Por lo que no voy a poner ahora una lista gigantesca de direcciones. Mejor entrar a uno de los gordos y dejarse arrastrar por los enlaces). El de Europa Central lo lleva Michael Stein desde Praga, y está dedicado a asuntos literarios centroeuropeos y de algo más al Este. Ahí descubrí que la novela de Victor Pelevin Generation P se titula Homo Zapiens en Estados Unidos y Babylon en el Reino Unido, y este follón de títulos, más el hecho de que estaba tirada de precio en Amazon, me impulsó a comprar la versión babilónica, de la que he disfrutado aun averiguando muy poco después que Mondadori la había editado en español en 2003 con el título americano… Por si gustáis: literalab.com. Así y todo lo mejor para descubrir otras literaturas sigue siendo la lectura simple y directa de libros: a la par que se disfruta del objeto último de toda esta parafernalia, las referencias van cayendo como manzanas maduras. Leyendo Memphis Underground, de Stewart Home, me entero de que la tercera y última parte de la autobiografía de Arthur Machen, The London Adventure (1924), es su mejor libro. Lo busco y resulta que no ha sido editado en España. Por la fecha en que murió el autor (1947) es muy posible que, si no está libre de derechos, sus tenedores no pidan demasiado al editor que quisiera marcarse el detalle.

Y para detalle el que significaría que alguien editara el próximo título de William Gass, Life Sentences, del cual me enteré hace unos días que formará parte un ensayo titulado “Slices of Life in a Library”, más conocido por el título de su versión reducida “Shelf Life” o “Vida entre estanterías”.

Efectivamente, hay más literatura por ahí suelta que nunca. Nada ha caducado. Todo sigue vivo.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

Etiquetas: Arthur Machen, Babylon, Book Lust, Cultura y anarquía, David Foster Wallace, Dublineses, El buen soldado, El final del desfile, El rey pálido, F. Scott Fitzgerald, Ford Madox Ford, Gótico carpintero, Generation P, Harold Bloom, Harvard Lampoon, Homo Zapiens, Hugh Walpole, Isaac Babel, James Joyce, Jean Baudrillard, Jeremy, JR, La ilusión del fin, literalab.com, Los reconocimientos, Matthew Arnold, Memphis Underground, Michael Stein, Mikhail Bulgakov, Nancy Pearl, Nicolas Chauvin, Oxford Companion to English Literature, Pobre blanco, Poor White, Retrato de un artista adolescente, Sherwood Anderson, Steven Moore, Stewart Home, The desirable alien at home in Germany, The English Review, The London Adventure, Ulises, Victor Pelevin, Violent Hunt, Virginia Woolf, Walter Benjamin, White rose of weary leaf, William Gaddis, William Gass, William Maxwell, Winesburg. Ohio

Sobre el autor

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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