Revista de Letras

La importancia de lo inútil

En una reciente conversación con unos compañeros de la universidad, surgía, como en otras ocasiones, la problemática del futuro de las Humanidades, su continuo desprestigio, que lamentablemente va unido a una siempre menor inversión de recursos, y el modo en que podríamos asumir el reto que supone convencer a la sociedad del sentido de nuestros estudios.

Ilustración: D.P.

Es difícil competir (aunque tampoco lo pretendemos) con disciplinas que te ponen en las manos un ordenador de última generación, que construyen aviones o que promueven la lucha contra el cáncer, disciplinas todas ellas muy respetables y respetadas a las que, sin lugar a duda, hay que seguir subvencionando con dineros públicos y privados.

Pero, ¿para qué continuar pagándonos a nosotros? ¿Qué producimos? ¿Cómo ayudamos a mejorar el mundo? ¿Les aportamos algo a nuestros conciudadanos? Cientos de libros y artículos publicados cada año que permanecen en el ámbito de lo académico. Nos leemos entre nosotros. Y basta.

Las ciencias naturales han sabido entender mucho mejor lo importante que es llegar a los medios de comunicación, convencer a la opinión pública de la relevancia de sus investigaciones, de que no son un grupo de profesores locos que viven en una torre de marfil, sino que, con su trabajo, contribuyen de un modo u otro al progreso de la humanidad. En ese sentido, creo que aún nos queda mucho por aprender para salir de los departamentos universitarios y trasladar a la gente lo que de valioso tienen nuestras aportaciones.

Por un lado, por tanto, quizás deberíamos señalar con voz alta y clara los aspectos más prácticos de nuestras disciplinas (alguien comentaba en la discusión de la que hablaba al principio el desarrollo, por ejemplo, de la llamada lingüística forense, que puede servir, entre otras cosas, para detectar el plagio). Y, por otro lado, tendríamos también, me parece, que hacer reflexionar un poco sobre la importancia de lo “inútil”.

Sí, han leído bien. Lo “inútil”, lo que no produce unos resultados visibles, lo que no tiene una aplicación inmediata y obvia a primera vista, puede llegar a ser realmente importante. Y ahí puede que la investigación básica en ciencias naturales comparta parcialmente la discriminación a las que se ven sometidas las Humanidades. El conocimiento por el conocimiento parece no ser suficiente. La pregunta de “¿y esto para qué sirve?” nos persigue a donde quiera que vayamos.

Las ciencias naturales nos ayudan a comprender el mundo que nos rodea y a nosotros mismos como parte integrante de él: las leyes que rigen el universo, el movimiento de las mareas, la evolución de las especies, los mecanismos que hacen funcionar el cerebro o los procesos químicos implicados en la digestión.

Las Humanidades estudian al hombre en la medida en que se ha hecho a sí mismo intentando darle un sentido a su existencia. Analizan, por tanto, el desarrollo de la historia de las ideas, el modo en que intentamos eludir la mortalidad con el juego del arte, los fundamentos religiosos que determinan nuestra visión del mundo. Se preocupan, en fin, de todo aquello que podemos llamar cultura, de todo lo que ha sido creado por el ser humano.

La reflexión crítica sobre los acontecimientos históricos nos permite intentar no caer una y otra vez en los mismos errores, el análisis de los cambios de los presupuestos morales a través del tiempo y el espacio nos ayuda a poner en cuestión valores que dábamos por sentado haciéndonos más tolerantes hacia la diversidad, el estudio de la literatura nos pone en contacto con algunos de los problemas fundamentales a los que se enfrenta todo hombre y toda mujer, y nos enriquece al permitirnos vivir más vidas, ampliar nuestro limitado campo de experiencia.

Son solo algunos ejemplos, pero creo que deberían ser suficientes. Las disciplinas humanísticas no nos proporcionan objetos útiles para nuestra existencia cotidiana ni curan enfermedades (quizás en ocasiones son un consuelo para el alma), pero sí que pueden mejorar nuestra comprensión de quiénes somos como especie, de nuestra forma de entender la realidad. Y, con ello, poner un granito de arena para conseguir que el hombre alcance, tanto a nivel individual como colectivo, la conciencia despierta que lo hace más profundamente humano.

Natalia González de la Llana Fernández
www.unesqueletoenelescritorio.blogspot.com

Etiquetas: Humanidades

Sobre el autor

Natalia González de la Llana

Natalia González de la Llana Fernández (Madrid, 1975) es Licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Univ. Complutense, donde obtuvo el Doctorado Europeo. Posee, entre otros posgrados, el Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes (UAB) y el Máster en Escritura de Guión para Cine y TV (UAB) . Se dedica a la enseñanza y la investigación en el Dpto. de Románicas de la Univ. de Aquisgrán (Alemania). Además, dirige talleres de escritura creativa y ha publicado la obra de teatro "Dios en la niebla" (2013). Es autora de “Un esqueleto en el escritorio”, Premio RdL al mejor blog internacional 2011.

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1 Comentario

  1. Daniel Romasanta 13 noviembre 2011 at 14:19

    Así también podríamos preguntarnos por la utilidad de la poesía, que utilidad tiene? y sin embargo ¿alguién puede imaginar un mundo sin poesía?

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