Revista de Letras

La mierda escrita no huele (tal vez)

5 noviembre 2014 Críticas, Portada
Detalle cubierta de 'El fiord' | Ediciones SinFin

Detalle cubierta de ‘El fiord’ | Ediciones SinFin

En el ensayo que acompaña la edición de El fiord realizada por Sin Fin, Ignacio Echevarría advierte que, si escribir sobre este cuento de Osvaldo Lamborghini es casi un rito de paso para el escritor argentino novel, buena parte de la exégesis resultante ostenta

“un lenguaje tediosamente inteligente, sofisticado hasta el enrevesamiento, transido de jerga lacaniana y formalista”

Todo ello, también, inequívocamente argentino, aunque sólo fuera a nivel de caricatura, de estereotipo; y a pesar de que Lamborghini, igual que Roberto Arlt o Macedonio, pertenezca a una tradición argentina en la sombra, aparentemente marginal. No en vano, según el mismo Echevarría, Osvaldo Lamborghini parece ser, como el peronismo, un fenómeno indescifrable para el extranjero, una especie de fenómeno local intransferible, incomunicable.

Y, en efecto, visto desde Barcelona, El fiord ofrece múltiples enigmas. Uno de ellos se nos lanza al gaznate incluso antes de abrir el libro: qué tiene un texto tan breve (27 espaciosas páginas) para constituir todo él un libro. Otro de ellos, si es que en este caso es un enigma, sería que, en medio de tanta celebración del boom hispanoamericano como encuentro ecuménico (y barcelonés) entre culturas, entre tanta nostalgia de la Barcelona “cosmopolita”, este sea de los pocos libros de su autor que por ahora podrán encontrar en las librerías (con alguna honrosa excepción). Algo especialmente irónico en el caso de Lamborghini, que vivió en el Cap i Casal desde 1981 hasta su muerte, en 1985.

Naturalmente, también está la pregunta sobre el sentido del texto, sobre el significado de eso con que nos encontramos al comenzar a leer El fiord. Un significado que, también, tiene que ver con la relación entre el texto y el lugar. Porque el cuento es un espectáculo de violencia hiperbólica, de escatología extrema; por decirlo brevemente, se trata de ese texto aparentemente imposible que Lars von Trier o Leos Carax no tendrían arrestos para filmar. Una impugnación, como bien indica Echevarría, de la frase de Barthes: “La mierda escrita no huele”; El fiord huele desde el primer momento. Y huele decididamente mal.

Pero a la vez, lo atraviesan claves, referencias al momento político en que fue escrito; y su lenguaje está lleno de palabras en lunfardo (la jerga aparecida entre la delincuencia y las clases bajas de Buenos Aires y luego difundida por el tango) y en vesre (otra jerga que altera el orden de las sílabas: “Atilio Tancredo Vacán, ya definitivamente nacido parido escupido, cayó atroden de la sabol”; más adelante les explico qué significa). Aunque también es cierto que la opacidad de estos términos y referencias está muy atenuada hoy día por un hecho en cierto modo casual: con cierta paciencia, todo ello es descifrable mediante Google, buceando entre diccionarios y enciclopedias on-line (ya les aviso que el de la Real Academia, sin embargo, tiene una utilidad muy limitada). El fiord es una ocasión más para certificar que, por culpa de la red, ciertos textos crípticos ya no son lo que eran.

Ediciones SinFin

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Buscando por ahí, el lector perezoso puede descubrir que Carla Greta Terón, uno de los personajes principales, comparte siglas con la Confederación General del Trabajo, sindicato peronista que, en los años sesenta, estaba prácticamente en la clandestinidad. O que Atilio Tancredo Vacán, su hijo que ya vimos caer “adentro de la bolsa”, comparte iniciales con Augusto Timoteo Vandor, el dirigente sindical de la CGT que intentó un pacto con el gobierno argentino (el “peronismo sin Perón”) y terminó asesinado en 1969, justo el mismo año de la aparición de El fiord.

Puede incluso, pero eso ya no depende de buscadores informáticos, que reconozca en el desenlace una reescritura (¿una parodia?) de Tótem y tabú, de Freud (con lo cual ya estamos en el psicoanálisis). Esa conjunción entre escatología, en un sentido bastante amplio del término, y referencias políticas, el recurso a un asco cegador como forma de comentario social, aparte de separar radicalmente a Lamborghini del uso, tan habitual entre poetas catalanes, de la ultraviolencia como postureo antinoucentista, parecería ser el núcleo del posible sentido de El fiord. Es, sobre todo, una violencia que se transmite al lenguaje; una sintaxis del mal gusto.

Todos estos datos, sin embargo, aún no nos entregan el significado del cuento. No nos dan una clave que permita descifrarlo. Tal vez Sebas, el personaje a quién todos los demás esclavizan, aquel a quien no permiten comer ni garchar, corresponda a Las Bases, pero eso no explica porque se dedica, a lo largo del cuento, a deformar las palabras del narrador, transformándolas en bromas procaces. El propio hecho de jugar con las palabras, de ser lúcido y crítico, parece convertirlo, a veces, en una parodia del posible comentador del texto. A la vez que la exhibición de atrocidades nos invita a desentrañar el enigma, a darles un sentido para atenuar la violencia que nos cae encima, para calmar la turbación que nos produce ese universo tan ajeno a nuestras categorías morales, el texto se resiste a una interpretación total, en un juego de insinuaciones casi erótico.

Un ejemplo de ello son las repeticiones: la mujer del narrador que aparece dos veces, cada vez diferentemente mutilada. O el eje del relato, el momento a partir del cual el relato se repite, volviendo sobre sus pasos, invirtiéndolos:

“El Loco me mira mirándome degradándome a víctima suya: entonces, ya lo estoy jodiendo. Paso a ser su verdugo. Pero no se acabó ni se acabará lo que se daba”.

Este anuncio de la persistencia avisa de la repetición que está a punto de tener lugar; parece una clave. Y sin embargo, no termina de serlo. Nos insinúa una pista para a continuación retirarla de debajo de nuestros pies.

El fiord, con toda su brevedad, es un texto infinitamente legible. Por eso empezó a circular exento, y es publicable ahora así. Y tal vez para explicarlo, antes de caer en la jerga lacaniana y formalista (porque El fiord tal vez es, también, una aplicación palmaria del lenguaje como violencia originaria, una idea que, años después, formulará Žižek… y con ello ya casi caemos en lo lacaniano), tengamos que girarnos hacia su origen. Volvamos a Echevarría:

El fiord reveló a Lamborghini como escritor. Ante los demás, sin duda, pero también ante sí mismo”.

En el momento de su aparición, el escritor de la familia era el hermano, Leónidas Lamborghini. Osvaldo se había dedicado hasta entonces más bien a la política y, ciertamente, a publicar algunos poemas, cartas abiertas y textos de carácter político. De una manera muy similar a como sucede en el caso de Georg Büchner, el escritor alemán que pasó de escribir libelos revolucionarios a crear el drama La muerte de Dantón, Lamborghini aterriza en la literatura a través de una muy particular decantación de la ideología política. Y también él, más que hablar sobre la revolución, es la revolución.

Un amigo mío me decía una vez que, en su opinión, el mejor libro de un escritor siempre es el primero. Se equivocaba, es cierto: el primer libro de todo escritor, a pesar de tener la ventaja sobre todos los otros de ser aquél que ha tenido más tiempo de escritura, tiene generalmente una embarazosa semejanza con una sesión de karaoke: el artista sube al escenario más pendiente de parecer un artista, de parecerse a los artistas que admiró en la soledad de su dormitorio de adolescente, de copiar sus gestos y amaneramientos, que de decir lo que quiere decir. No siempre sucede así, naturalmente. Y una de las formas de evitarlo es ese llegar a la literatura casi sin querer, sin una vocación previa, sin esperanza ni expectativas, con que parece que llegó Lamborghini: esa ausencia de premeditación, de proyecto literario, que tal vez explique el carácter enigmático de El fiord. E incluso sus múltiples resonancias, sus conexiones ambivalentes con la Historia, anterior, simultánea y posterior. La posibilidad, incluso, de hacernos pensar en herencias andorranas. Esas conexiones capaces de sorprender al mismo autor, que años después de la publicación del libro escribió:

Ocurrió como en El fiord. Ocurrió. Pero ya había ocurrido en pleno fiord. El 24 de marzo de 1976, yo, que era loco, homosexual, marxista, drogadicto y alcohólico, me volví loco, homosexual, marxista, drogadicto y alcohólico

Aunque, para saber si es el mejor libro de Lamborghini, tendremos que esperar a que lleguen más.

Etiquetas: Barthes, boom, El fiord, Ignacio Echevarría, Lars von Trier, Leos Carax, Macedonio, Osvaldo Lamborghini, Roberto Arlt

Sobre el autor

Joan Todó

Joan Todó (La Sénia, 1977) es poeta y escritor. Ha publicado un libro de relatos 'A butxacades', dos libros de poesía 'Los fossils' y 'El fàstic que us cega' y una novela 'L'horitzó primer'. Ha colaborado en varias revistas literarias como 'Paper de vidre' o 'L'Avenç'.

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