Revista de Letras

“La tumba del arco iris” y “La esquina del mundo”, de A. López Andrada

8 octubre 2013 Destacados

La tumba del arco iris.
Alejandro López Andrada
Ilustraciones de Ginés Liébana
Editorial Trifaldi (Madrid, 2013)

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La esquina del mundo.
Alejandro López Andrada
Prólogo de Antonio Colinas
Editorial Trifaldi (Madrid, 2012)

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Tengo dos libros de Alejandro López Andrada sobre mi mesa, junto al ordenador en que escribo mientras oigo llover. Acabo de leerlos prácticamente de un tirón, aunque de manera más reposada La tumba del arco iris, primero, porque se trata de un poemario y su condensación obliga a una lectura atenta, después, porque su delicadeza y su hondura meditativa me transmiten lentitud y sosiego y me inducen a relecturas luminosas. La esquina del mundo, con ser un libro en prosa, no es menos profundo, pues se trata de prosas poéticas que reflejan un mundo semejante y una pareja belleza, si bien, como en cualquier prosa, se permite el escritor digresiones y extensiones. Sin embargo, el primero precede al segundo en dos décadas: La tumba del arco iris fue galardonado en 1993 con el Premio de Poesía San Juan de la Cruz, pero se editaron tan pocos ejemplares, en edición no venal, que es ahora, con esta nueva edición de Trifaldi, cuando de verdad puede llegar a ser conocido. Y de veras que merece la pena. Porque el López Andrada de hace veinte años había ya alcanzado la posesión de un mundo propio, de un estilo genuino, de una madurez de voz y de espíritu, y ha atravesado el tiempo limpiamente hasta legarnos La esquina del mundo, un libro que conserva las recurrencias y esas maravillosas metáforas que ardían ya entonces, alimentadas con la emoción y su mirada contemplativa.

El espíritu poético de Alejandro López Andrada tiene el poder de atravesar la realidad. No todos los poetas lo consiguen, ni mucho menos. Atravesar la realidad con un poema implica minarla hasta extraer de su corazón la esencia de la vida, del alma, y palpar lo inasible. El poeta López Andrada procede de las dinastías de San Juan de la Cruz, de Claudio Rodríguez, de Antonio Colinas, por poner tres ejemplos esclarecedores, y se extiende en la actualidad a poetas de su tierra, Extremadura -donde nació en 1957-, como Basilio Sánchez, o de Castilla, como Fermín Herrero. Estirpe de poetas -hay algunos más, por supuesto- que tienden su corazón, como escribe López Andrada, “en medio de la luz”, “a los pies serenos de la vida”, y que jamás olvidan que la naturaleza es parte de nuestro espíritu.

La.tumba.del.arco.irisEste primer poema de La tumba del arco iris, que comienza, repito, así: “A los pies serenos de la vida, / en medio de la luz, / tiendo mi alma”, es toda una declaración de principios creadores: el poeta asiste a ese exilio interior que necesita para que obre desde la nada el misterio de la creación, el nacimiento de la palabra iluminadora, y así poder alcanzar el mundo propicio y generador: el de su infancia en medio de una naturaleza sagrada, primigenia. Lo que hace es despertar el recuerdo de la formación de su sensibilidad, la casa de la palabra y del espíritu que es la infancia o patria del corazón. Y su infancia en un entorno rural se alza en las promesas de la tierra: la casa en la que vivió con sus estancias -la bodega, el patio…-, ya envueltas por la luz cenital de los fantasmas añorados, por sus penumbras, por el eco de lo que en la memoria es eternidad: “La eternidad / se filtra por las ramas / de la higuera / y enhebra un sol de olíbano en mi sangre”, “La inocencia / de este patio / donde aún resiste el gris de aquellas tardes”. O esos otros motivos de su formación poética: los pájaros, las plantas, la presencia absoluta de su padre en el recuerdo.

Elegía por el tiempo y los lugares de la vida, pertenecientes a un tiempo pasado, que solo la poesía es capaz de despertar: “He llegado a la luz. Soy la quietud / conmemorando el vuelo de lo efímero”. El alma del poeta, contemplativa, enhebra los misterios de la naturaleza a su corazón. Estamos en el terreno de la madre diosa de los pájaros y de los sembrados, de los árboles y de los caminos de tierra, que al cabo son los símbolos de su vocación trascendente, signos de la naturaleza que siempre son elevados, en un vuelo de prosopopeyas, hacia su propio sentir, hacia la pepita misteriosa de la emoción del hombre. “Noche mía, ¿en qué arboleda gris / se abrasa / el blanco sueño de los pájaros?”.

Todos los abismos y belleza de su infancia son reclamados por su voz, por la sensibilidad exquisita de su mirada, y ejemplifican el mundo. La melancolía se abraza a la muerte y a la resucitación: el hojalatero, las muchachas a las que amó, el frío, los muertos, el lavadero, las canicas, el silencio y toda clase de pájaros -vencejos, ruiseñores, petirrojos, rabilargos, aguzanieves, autillos, alondras, oropéndolas…, con sus nombres evocadores y, sobre todo, con su ligereza, como símbolos del vuelo que en cada poema emprende el poeta-, son llamados para que evoquen su condición de poeta dotado con ese don de la poesía luminosa del que hablaba Claudio Rodríguez. Pues son la sutileza y la delicadeza las que trae el poeta al mundo de las palabras. El poeta que busca “el enigma / de un bosque / deshojado por el aire”.

En la cuarta parte del poemario, “In memoriam”, la ausencia y el recuerdo del padre obran los más conmovedores poemas. Un desgarro contenido, un sincero desnudamiento que prenden en el lector con toda su hermosura: “Si estuvieras aquí, / conocerías / el nombre que le he puesto a los murciélagos, / sabrías que en la hondura de mi sangre / hay un panal de avispas que me aman”.

Alejandro López Andrada está sin duda en este libro investido por la gracia, por la inspiración. Y no menos por el esfuerzo y un sentido del ritmo poético que aportan al verso la excelencia de su hechura: endecasílabos, heptasílabos y pentasílabos dibujan el escenario de su rico mundo interior. Alejandro López Andrada sabe que el poeta media entre la naturaleza y la divinidad, entre la naturaleza terrestre y la altura, entre el pasado y la ensoñación. Es el creador que resucita las pequeñas grandes cosas que de verdad importan, pues trascienden el microcosmos para simbolizar el mundo: el vuelo interior y los pájaros, la ternura, la infancia y el padre. Esta es la herencia que deja: “La luz / que contemplarán mis hijas / cuando una ortiga azul duerma en mis sienes”.

La.esquina.del.mundoPor otro lado, Alejandro López Andrada, en su libro de prosas poéticas La esquina del mundo, continúa sosteniendo su universo inconfundible, sus referencias y sus símbolos, pero la prosa le permite una extensión de las ideas y de las reflexiones -aunque pierden, naturalmente, esa maravilla de la condensación extrema que tienen sus poemas-, y se muestra aquí como un excepcional creador de atmósferas. Atmósferas de duermevela, de seres misteriosos que parecen debatirse entre la niebla y la melancolía. A veces, como señala en su prólogo Antonio Colinas, son textos memoriales, otras son reflexiones en torno a la realidad más actual, pero siempre conserva su estilo personal, que ya principiaban sus poemas, del que destacan sobre todo sus metáforas. Y su voz, entre lo divino y lo humano, tiene aquí como novedad la presencia no elusiva de lo terrestre, a pie de calle. Su indignación con los indignados, su empatía con el parado. Sin embargo, prevalece la mirada contemplativa y reflexiva sobre la infancia perdida, sobre el recuerdo amoroso del padre, sobre esas ciudades visitadas con los ojos de poeta que ve metáforas donde los otros ven humedad y ruido: “Llovía a cántaros y la ciudad era un bosque de grafito”. Como señala Colinas en su libro El pensamiento inspirado, “No se vuelve a vivir lo que se vivió, pero sí se puede ensoñar lo que se vivió y perdió /…/ De entre la ruina y la destrucción, podemos volver a salvar los símbolos que, a su vez, nos salven a nosotros”. López Andrada se ha salvado, es evidente, de muchas ruinas, quizá semejantes a las que todos los hombres almacenan en sus vidas, gracias a sus versos que han rescatado sus símbolos esenciales. Y el de los pájaros sigue siendo uno de los canónicos en su poesía y en su prosa.

Los pájaros habitan precisamente en uno de los dos únicos poemas que contiene el libro y con el que quiero terminar, citando algunos de sus versos:

Soy el último hombre que habla con los pájaros.

Nadie me entiende, por eso tengo alas

y me sigo escondiendo en el alma de los búhos

o en el sigilo de los petirrojos,

en el corazón violeta de las sombras que aún

regurgita el sol de mi niñez,

donde aún permanece la única verdad”.

Yolanda Izard

Etiquetas: Alejandro López Andrada, Editorial Trifaldi, La esquina del mundo, La tumba del arco iris

Sobre el autor

Yolanda Izard

Yolanda Izard Anaya, (Béjar, 1959), escritora y crítica literaria. Licenciada en Filología Hispánica y estudios de Bellas Artes, en la Universidad de Salamanca. Ha publicado las novelas “La mirada atenta” (Premio Carolina Coronado) y “Paisajes para evitar la noche” (Premio Cáceres de Novela Corta), además de tres poemarios y una Selección de Poemas en la Transición. Colaboradora habitual del suplemento cultural de El Norte de Castilla, y de las revistas digitales Sigueleyendo, Granite&Rainbow y Subverso.

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1 Comentario

  1. carmen ybañez 9 octubre 2013 at 13:31

    muy bonito comentario ,no eleido nunca un libro suyo pero nuca estarde para empezar,Alejandro lopez Andrada, un cordial saludo ,y muy buenos dias o casi tardes .

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